LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) EL VAGÓN DE HIERRO
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EL VAGÓN DE HIERRO

El expreso de medianoche que partía de la estación del Mediodía hacia Andalucía era un monstruo de hierro y vapor que desgarraba la noche castellana con un rugido mecánico.

En su interior, la sociedad de la Restauración se distribuía con la rigidez de las castas de una antigua colonia: en los coches de primera, los diplomáticos y los banqueros dormitaban entre cojines de seda; en los de segunda, los comerciantes y los militares de graduación media, jugaban a las cartas bajo la luz amarillenta del gas; y en los vagones de tercera, apiñados entre bultos de esparto y el olor acre del tabaco negro, viajaban los pobres de España, los que construían los ferrocarriles y los que morían en ellos.

Gabriel de Valera, Ministro de la Gobernación y amo factual de la nación, no estaba en su coche privado.

Había huido de Madrid la noche anterior, tras el inexplicable olor a leña húmeda en su comedor, el insomnio lo había clavado en la cama como un alfiler a una mariposa muerta.

Las paredes de su palacete parecían estrecharse, y los retratos de los reyes y los ministros lo miraban con la misma vacuidad que él sentía en el pecho.

Sin dar explicaciones a Cárdenas ni a su escolta, había tomado un abrigo de lana oscura, un sombrero de fieltro de ala ancha y había subido al tren, perdiéndose en la penumbra del pasillo.

Caminaba sin rumbo, empujado por una inquietud que su razón, entrenada en la lógica del poder, no lograba descifrar.

Al cruzar la puerta que separaba la segunda de la tercera clase, el aire cambió.

El olor a perfumes franceses y tabaco rubio fue reemplazado por el hedor a sudor rancio, a lana mojada y a carbón de mala calidad.

Gabriel se detuvo en el pasillo, balanceándose al ritmo de los traquidos de las ruedas y entonces, la vio.

Estaba sentada en el rincón de un compartimiento de madera desnuda, envuelta en un chal que parecía absorber la escasa luz de la lámpara de aceite.

No había nadie más en el vagón, Gabriel se quedó en el umbral, con la mano apoyada en el marco de la puerta.

Su corazón, que no había acelerado su ritmo ante los cañones de la guerra ni ante las amenazas de los anarquistas, dio un vuelco violento, casi doloroso. Era ella, Isla Morell.

El telegrama había mentido, quizás, la maquinaria del Estado había escrito la muerte, pero la tierra se había negado a aceptarla.

Gabriel entró en el compartimiento y cerró la puerta tras de sí, el chirrido de la bisagra sonó como un disparo en el silencio del vagón. Isla levantó la cabeza.

El contraste entre ambos era la encarnación física de la tragedia de España.

Él, alto, erguido, envuelto en la lana fina de un abrigo inglés, irradiando esa autoridad oscura y sobrenatural que doblegaba a los hombres.

Ella, consumida, encogida, con la piel translúcida como el papel de cebolla y los labios teñidos por el rubor febril de la tisis.

—Estáis muerta —dijo Gabriel. Su voz, que había hipnotizado a las Cortes, sonó ahora extrañamente quebrada, como la de un niño que intenta convencerse de que el monstruo bajo la cama no existe—. —Leí el telegrama. La tisis os llevó en la ermita—.

Isla lo miró. Sus ojos dorados, hundidos en las cuencas, no mostraron sorpresa, solo una tristeza infinita, antigua como los montes de Albarracín.

—El Estado escribe la muerte de lo que le estorba, don Gabriel —respondió ella, y su voz era un susurro rasposo, un hilo de aire a punto de romperse—. —Pero Dios lleva los libros de contabilidad y en los suyos, mi hora aún no había llegado, aunque, como veis, la deuda se está cobrando.

Una tos seca y profunda sacudió su pecho. Isla se llevó un pañuelo a los labios, cuando lo retiró, Gabriel vio, con una claridad atroz, la mancha de sangre fresca.

Instintivamente, la Mano Invisible se activó.

Gabriel no quiso hacerlo, pero el instinto de supervivencia del depredador es más rápido que el pensamiento, empujó su voluntad hacia la mente de la joven, buscando el miedo, buscando la vanidad, buscando cualquier resquicio por donde someterla, por donde obligarla a bajar la mirada, por donde demostrar que él seguía siendo el amo.

El choque fue brutal, no fue como chocar contra un muro de piedra, como la primera vez en su despacho.

Fue como empujar con todas las fuerzas contra el vacío, la mente de Isla no estaba protegida por la inocencia; estaba protegida por la aceptación absoluta de la muerte; no se puede amenazar con el abismo a quien ya tiene un pie en él, no se puede corromper a quien ha entregado su alma a la verdad.

Gabriel retrocedió un paso, apoyándose en la puerta de madera, respirando con dificultad, el esfuerzo sobrenatural lo había dejado exhausto, con un sudor frío perlándole la frente.

—¿Por qué habéis venido a Madrid? —preguntó Gabriel, con la voz ronca—. —Si estabais escondida, si estabais a salvo en la sierra... ¿por qué subir a este tren? ¿Por qué buscar al hombre que os destruyó?—

Isla sonrió, y la sonrisa le arrancó un gesto de dolor en el pecho. Metió la mano temblorosa en el bolsillo de su sayal y sacó un pequeño cuaderno de tapas negras, atado con un cordel.

—He venido porque me muero, don Gabriel —dijo ella, con una sinceridad que desarmaba cualquier retórica—.

—Los médicos dicen que no pasaré de la primavera.

Y no quería que mi último aliento se perdiera en el viento de la montaña.

Quería daros esto. Gabriel miró el cuaderno, no lo tomó. —No leo denuncias de campesinos.

—No es una denuncia —replicó Isla, extendiendo el brazo.

El esfuerzo le hizo cerrar los ojos un instante—.

—Es un espejo. He escrito en él lo que vi en vuestros ojos el día que entrasteis en mi escuela en Soria, antes de que el Diablo os bebiera el alma, he escrito lo que sois, no lo que os han convertido; leedlo cuando las sombras os hablen y no sepáis distinguir si son ellas o sois vos.

Gabriel sintió que la temperatura del vagón descendía bruscamente. El vaho de su aliento comenzó a condensarse en el aire, el olor a carbón y a sudor fue anulado por el aroma inconfundible, dulce y letal, a mirra y flores marchitas.

—No lo toméis. —La voz de Helena resonó en su cráneo, no como un susurro, sino como un grito de furia contenida—.

Las sombras del vagón parecieron alargarse, afilándose como cuchillos contra las paredes de madera.

—Es un veneno, Gabriel, es la última trampa de la carne, sacad el arma y terminad con esta farsa.

Matadla y arrastrad su cadáver por el andén. ¡Hacedlo!

Gabriel llevó la mano derecha al bolsillo interior de su abrigo, sus dedos rozaron la empuñadura de nácar de su derringer. El metal estaba helado.

—El tren se acerca a Aranjuez —dijo Isla, mirando por la ventanilla, ajena al frío sobrenatural que llenaba el compartimento, ajena a la presencia del Diablo que hacía vibrar los cristales—.

—Cuando pare, bajaré. Iré a morir a la casa de unas primas en el barrio de los lavaderos.

No me seguiréis, no porque me temáis, sino porque por primera vez en vuestra vida, tendréis miedo de vos mismo—.

Dejó el cuaderno sobre el banco de madera, entre ambos.

Gabriel sacó el arma. El percutor chasqueó al amartillarlo. El sonido fue seco, definitivo, apuntó al pecho de la joven. Tenía que hacerlo, Helena lo exigía, si la dejaba vivir, si dejaba que aquel cuaderno existiera, la grieta en su armadura se convertiría en una sima que lo tragaría.

Isla no se inmutó, no cerró los ojos. No suplicó, simplemente, lo miró y en sus ojos dorados, Gabriel no vio el reflejo de un asesino, vio el reflejo de un hombre que estaba llorando, aunque sus ojos estuvieran secos.

Vio la inmensa, trágica y patética soledad del Ministro de la Gobernación.

—Disparad, si eso os da calor —susurró ella.

Gabriel tembló, el cañón del arma osciló.

La voz de Helena aullaba en su mente, prometiendo tormentos inimaginables, prometiendo la locura, prometiendo el infierno, pero por primera vez desde la cripta de San Elías, Gabriel escuchó otro sonido.

Escuchó el traqueteo rítmico del tren, el viento de la meseta golpeando el exterior y escuchó, muy dentro de sí, el latido de su propio corazón, humano, imperfecto, aterrorizado, pero vivo.

Con un movimiento brusco, Gabriel bajó el arma.

El frío en el vagón se rompió como un cristal golpeado por un martillo, el olor a mirra se disipó, reemplazado de nuevo por el hedor a carbón. Helena había retirado su presencia, no por piedad, sino con la certeza arrogante de quien sabe que la presa, tarde o temprano, volverá a la trampa.

Gabriel guardó el arma. Miró el cuaderno de tapas negras sobre el banco, lo tomó; la pasta estaba tibia por el calor del cuerpo de la joven.

El tren comenzó a frenar, las ruedas chirriaron contra los raíles y la estación de Aranjuez apareció en la oscuridad, iluminada por las farolas de gas.

Isla se puso de pie con dificultad, apoyándose en el asiento. No dijo adiós, simplemente recogió su chal y caminó hacia la puerta, cuando el tren se detuvo por completo, bajó al andén, perdiéndose entre las sombras de los mozos de equipaje y el vapor de la locomotora.

Gabriel se quedó solo en el vagón de tercera. Miró el cuaderno en sus manos, lo abrió por la primera página. La caligrafía era temblorosa, pero las palabras estaban escritas con la tinta indeleble de la verdad.

Don Gabriel: Vos habéis vendido vuestra alma para salvar a un cadáver llamado España...

El tren volvió a arrancar, dejando atrás Aranjuez, llevando al hombre más poderoso de España de vuelta a la capital, llevando un libro que pesaba más que todos los decretos del Ministerio, y llevando a un hombre que, por primera vez en años, tenía miedo a la oscuridad.