LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) LOS SUSURROS EN LA NOCHE
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LOS SUSURROS EN LA NOCHE

El palacete de la calle de Alcalá, que durante el día era el centro neurálgico de la corrupción española, por la noche se convertía en un mausoleo.

Los criados, advertidos por la pálida y taciturna expresión de Cárdenas, se movían por los pasillos con pasos de felino, evitando hacer crujir los entarimados de roble.

En la planta noble, el Ministro de la Gobernación, don Gabriel de Valera, se encontraba solo.

Había ordenado que no le sirvieran la cena, se había encerrado en su estudio, un despacho forrado en paneles de nogal y cuero de Córdoba que olía a tabaco frío y a poder rancio, sobre la mesa, iluminada por la luz trémula de un quinqué de petróleo, reposaba el cuaderno de tapas negras.

Gabriel se sirvió una copa de coñac. El líquido ámbar brilló en el cristal tallado, lo llevó a los labios, pero el aroma dulce y leñoso le provocó una náusea repentina; dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.

No tenía sed, tenía hambre de verdad, un hambre atroz y dolorosa que el alcohol no podía saciar.

Con manos que, a su pesar, temblaban ligeramente, desató el cordel del cuaderno. Las páginas crujieron, la letra de Isla Morell era pequeña, apretada, trazada con la paciencia de quien sabe que cada palabra es un grano de trigo que debe ser guardado para el invierno. Gabriel comenzó a leer.

Don Gabriel: Vos creéis que el mal es un monstruo de dientes afilados que acecha en los callejones, pero el mal, Excelencia, es la aritmética, es el cálculo frío de un hombre en un despacho que decide que mil vidas valen menos que un ferrocarril.

Vos habéis matado a hombres, sí, pero lo que os condena no es la sangre en vuestras manos; es la certeza de que lo hicisteis por el bien común.

El diablo no os tentó con la maldad, os tentó con la utilidad.

Gabriel apartó la vista del papel, el corazón le latía con una violencia descompasada, golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado.

La utilidad. La palabra le quemaba la retina, Isla había diseccionado su alma con la misma precisión con la que él había diseccionado las voluntades de los diputados. Volvió a mirar la página.

No sois un santo caído, sois un hombre que se ha convencido de que el infierno es el precio de la gloria, pero os equivocáis, Gabriel.

El infierno no es el fuego, el infierno es la soledad de saber que, cuando cerréis los ojos por última vez, no habrá nadie, ni siquiera Dios, que llore por el hombre que pudisteis ser.

El reloj de pared, un majestuoso Breguet de péndulo visible, comenzó a dar las dos de la madrugada. Las campanadas resonaron en el estudio, densas, metálicas.

Al caer la última campanada, la llama del quinqué parpadeó y se tornó de un azul enfermizo, el aire de la habitación se espesó, adquiriendo la consistencia del agua helada.

Gabriel no necesitó olfatear el aire para saber que ella estaba allí.

Helena no se manifestaba con olor a mirra esta vez; se manifestaba con el silencio, un silencio tan absoluto que Gabriel pudo escuchar el zumbido de la sangre en sus propios oídos.

—Leedlo, Gabriel. —La voz de Helena no vino de la puerta, ni de las sombras, surgió de su columna vertebral, vibrando a través de sus nervios—. —Leed las palabras de la maestra, dejad que su virtud os abrace. Es tan reconfortante... el arrepentimiento.

Gabriel apretó los dientes. Intentó cerrar el cuaderno, pero sus dedos se negaron a obedecer. Estaban paralizados.

—Pero ved lo que ocurre cuando un hombre que ha bebido del cáliz de los muertos intenta beber de la copa de la penitencia—, —continuó la voz, ahora con un matiz de cruel diversión—. —El cuerpo rechaza el veneno de la gracia, cerrad los ojos, Gabriel. Veamos a vuestros pacientes—.

Gabriel intentó gritar, pero la voz se le atascó en la garganta, sus párpados, pesados como losas de plomo, cayeron por sí solos, no se había dormido, pero la realidad del estudio se desvaneció, reemplazada por una claridad diáfana y despiadada.

No estaba en el infierno de fuego que predicaban los curas, estaba en su propio despacho, pero el despacho era inmenso, infinito, y las paredes estaban cubiertas de espejos.

Frente a él, de pie, estaba don Fermín de Olózaga, no tenía el cuello degollado, llevaba su frac de baile, impecable, y sostenía una copa de champán.

A su lado estaba el general carlista Don Anselmo, con el uniforme limpio, sin el orificio de bala en la sien y más allá, Evaristo de la Riva, el periodista, con los dedos manchados de tinta, y el viejo mendigo de la estación del Mediodía, con sus ojos lechosos mirando hacia el frente.

No avanzaron hacia él. No lo amenazaron, simplemente, lo miraban. ¿Por qué no me atacan?, pensó Gabriel, con el pánico anudándole el estómago. ¿Por qué no me gritan?

—Porque los muertos no tienen ira, Gabriel, susurró Helena, cuya presencia flotaba en la habitación como una niebla invisible. —La ira es de los vivos. Los muertos solo tienen memoria y vosotros, los vivos, sois los que os encargáis de recordármelos—.

Gabriel miró a Olózaga, el diputado corrupto sonrió, una sonrisa triste, casi compasiva, y levantó su copa en un brindis silencioso.

Luego, miró al general, el militar le devolvió la mirada con la misma expresión.

No había odio en sus ojos, solo la inmensa, abrumadora tristeza de la vida desperdiciada.

Y entonces, el mendigo dio un paso al frente. El viejo alzó una mano temblorosa, señalando a Gabriel, y sus labios se movieron, Gabriel no escuchó las palabras con los oídos, pero resonaron en su cráneo con la fuerza de un trueno:

Que Dios le perdone, caballero, debe de llevar usted un peso muy grande en el alma...

—¡Basta! —logró articular Gabriel en el sueño, o en la vigilia, no sabía distinguir ambos mundos—.

—¡Basta! ¡Los maté por España! ¡Los maté para que ella no se pudriera!—

—¿Ah, sí?, —respondió la voz de Helena, y de repente, la mujer de Santángel estaba allí, de pie entre los espectros, llevaba el vestido de seda color ceniza de la cripta.

Su rostro era hermoso, terriblemente hermoso, y sus ojos eran dos pozos de obsidiana.

—Entonces, ¿por qué os duele, Gabriel? Si fuisteis el cirujano, ¿por qué lloráis sobre la mesa de operaciones?

La verdad, mi querido Ministro, es que no los matasteis por España.

Los matasteis porque os gustaba ver cómo se apagaba la luz en sus ojos os gustaba ser Dios y ahora que habéis perdido el poder de ser Dios, os duele la pérdida de poder, no la pérdida de sus vidas—.

—¡Mentís! —rugió Gabriel, intentando lanzarse sobre ella.

Pero su cuerpo no respondió. Estaba clavado en el suelo, paralizado por el peso de las miradas de sus víctimas, los espejos de las paredes reflejaban su rostro, pero no era el rostro del Ministro de la Gobernación, era el rostro de un niño asustado, llorando en la oscuridad, pidiendo a su madre.

La dialéctica del alma se cumplía con rigor matemático: el hombre más poderoso de España había sido reducido a su esencia más frágil, despojado de todas sus armaduras.

—Leed el cuaderno, Gabriel, —le susurró Helena, acariciándole la mejilla con una mano que no proyectaba calor, sino un frío que quemaba—.

—Leed las palabras de la maestra. Intentad arrepentiros, descubrid que el arrepentimiento no os limpia, solo os hace sentir el barro en el que estáis hundidos.

La culpa no redime, Gabriel, la culpa es el lujo de los que aún tienen alma; vos ya no la tenéis.

Solo tenéis el recuerdo de haberla tenido eso... y eso es el verdadero infierno.

Gabriel abrió la boca para gritar, pero solo salió un hilo de aire, se estaba asfixiando, se estaba ahogando en el océano de su propia conciencia muerta.

Con un esfuerzo sobrehumano, rompiendo las cadenas invisibles de la pesadilla, Gabriel se incorporó de golpe en su sillón de cuero. El quinqué de petróleo ardía con su llama amarilla y normal, el reloj Breguet marcaba las dos y diez. El palacete de la calle de Alcalá estaba en silencio.

Gabriel estaba empapado en un sudor frío que le calaba los huesos, respiraba con dificultad, llevándose las manos al pecho, como si intentara contener el corazón que amenazaba con estallar.

Miró a su alrededor, no había espectros, no había Helena; solo estaba él, y el cuaderno de tapas negras sobre la mesa.

Se quedó mirando el libro durante largo rato. Las manos le temblaban tanto que tuvo que entrelazar los dedos para detenerlas, comprendió, con la claridad aterradora que otorga la supervivencia, que Helena tenía razón en una cosa: el cuaderno no lo iba a salvar.

Leer las palabras de Isla Morell no iba a borrar sus crímenes, solo iba a hacer que sintiera el dolor de cada uno de ellos, cada día, cada noche, hasta que la locura o la muerte le ofrecieran el único perdón posible, pero también comprendió algo más, algo que el Diablo, en su arrogancia, no había previsto.

Si el arrepentimiento era un lujo, él iba a permitírselo, si la culpa era el infierno, él iba a habitarlo.

Gabriel extendió la mano, no para cerrar el cuaderno, sino para atraerlo hacia sí.

Abrió la página donde lo había dejado, los ojos, enrojecidos y secos, se fijaron en la caligrafía de la maestra.

Iba a leerlo hasta el final; iba a beberse el veneno de la verdad hasta que lo matara, o hasta que lo transformara en otra cosa.

Porque en el fondo de aquel abismo de desesperación, Gabriel de Valera había descubierto una última y desesperada trinchera: si no podía salvar a España, al menos podía asegurarse de que su propia condenación le costara al Diablo el mayor de los esfuerzos.