EL PESO DE LA CRUZ
El telegrama que había llegado al despacho de la Gobernación en aquella mañana de abril mentía, pero en la España de la Restauración, la verdad no era un hecho objetivo, sino una conveniencia administrativa, y a veces, un acto de piedad.
El médico del pueblo de Valdeavellano, un hombre viejo y cansado que había visto morir de hambre a más niños de los que había logrado curar, se había apiadado de la maestra.
Conocía la maquinaria del Estado; sabía que si Isla Morell vivía, el gobernador civil la sometería a un tribunal de honor, la expondría al escarnio público en la plaza mayor y la entregaría a la Inquisición diocesana por "propaganda subversiva e inmoralidad".
Para ahorrarle aquella última y atroz humillación, el médico y el viejo sacristán que la cuidaba habían falsificado el acta de defunción, habían enterrado un ataúd lleno de piedras en el camposanto, bajo la lluvia y sin rezos, y habían hecho correr la voz de que la tisis se la había llevado en la noche.
La realidad, sin embargo, era que Isla Morell seguía respirando, aunque cada aliento le costara un precio terrible.
A ciento cincuenta leguas de Madrid, en una aldea perdida entre los pliegues más ásperos y estériles de la sierra de Albarracín, el invierno se negaba a morir, la tierra era dura, pedregosa, cubierta por una escarcha que brillaba como sal bajo un cielo de hierro.
Aquí no llegaban los ecos de los valses de Strauss, ni el olor a gardenias, ni el poder hipnótico de la Mano Invisible, aquí solo existía la ley implacable del frío, del hambre y de la supervivencia.
Isla vivía en una ermita en ruinas a las afueras del pueblo, un lugar donde los pastores dejaban a las ovejas cuando la nieve cerraba los puertos.
Las paredes de piedra dejaban pasar el viento, y el techo de paja estaba apolillado, pero el suelo había sido barrido, y en el rincón más seco, un fuego de boñigas y leña menuda ardía con una luz tenue y constante.
Estaba sentada en un taburete de madera, envuelta en una manta de lana basta que olía a oveja y a humo.
Su rostro, que un año atrás en Madrid había sorprendido a Gabriel por su luz interior, estaba ahora consumido por la enfermedad, las mejillas se le hundían, marcadas por el rubor febril de la tisis, y sus manos, antes firmes para sostener la tiza y los libros, temblaban ligeramente, cada pocos minutos, una tos seca y profunda le sacudía el pecho, y cuando se llevaba el pañuelo a los labios, este regresaba manchado con un hilillo de sangre oscura.
Sin embargo, sus ojos dorados no habían perdido ni un ápice de su brillo, al contrario, la cercanía de la muerte parecía haberlos purificado, despojándolos de cualquier rastro de vanidad o miedo.
A su alrededor, sentados en el suelo de tierra apisonada o en troncos despuntados, había media docena de niños, eran los hijos de los jornaleros sin tierra, de los viudas desahuciadas, de los hombres que habían perdido la razón en las minas, niños que el Estado había abandonado y que la Iglesia consideraba un castigo divino.
Isla les enseñaba a leer, no con los catecismos oficiales que el Ministerio imponía, sino con las fábulas de la tierra, con las historias de los ríos y los lobos, con la aritmética necesaria para que el amo de las tierras no les robara un solo céntimo en la cuenta del esquileo.
—Y entonces, el lobo le dijo al pastor que la luna era suya —decía Isla, con la voz ronca pero suave, interrumpiéndose para tomar un sorro de agua tibia con hierbas—. —¿Y qué creéis que hizo el pastor?—
—¡Matarlo! —gritó un niño de siete años, con los ojos encendidos.
—No, Mateo —sonrió Isla, y la sonrisa le arrancó una mueca de dolor en el pecho—.
—El pastor sabía que la luna no se mata, lo que hizo fue encender una hoguera, porque el lobo teme al fuego, pero no a la oscuridad, el pastor le enseñó que la luz que uno lleva dentro es más grande que la noche que hay fuera.
Los niños la miraban con una devoción que no conocía de sellos de lacre, ni los decretos reales. Para ellos, aquella mujer escupiendo sangre en una ermita no era una subversiva ni una pecadora, era la única verdad que conocían.
Cuando los niños se marcharon, llevándose cada uno un puñado de bellotas tostadas y una lección de letras, Isla se quedó sola. El silencio de la sierra era absoluto, solo roto por el aullido lejano del viento.
Se arrastró hasta su camastro de paja y sacó de debajo de la almohada un cuaderno de tapas negras, no era un libro de escuela. Era su testamento.
Isla no era una mujer política, no entendía los entresijos del turnismo, ni le importaban las ambiciones de Cánovas o Sagasta, pero poseía una intuición que solo tienen los que viven al borde del abismo: sabía que en Madrid había un hombre que estaba devorando el alma de España; sabía que Gabriel de Valera no era un monstruo por naturaleza, sino un hombre que había creído que podía usar el veneno para curar la enfermedad.
Él cree que me ha matado, pensó Isla, mojando la pluma en un tintero de barro, cree que ha destruido mi honor y que mi cuerpo se pudre bajo la tierra, no sabe que la tierra no me reclama, porque mi raíz está en el aire que respiran estos niños.
Isla comenzó a escribir. No escribía una denuncia para los periódicos de Madrid; sabía que la censura de la Mano Invisible la interceptaría, no escribía una carta al Papa; la Iglesia estaba comprada. Escribía para Gabriel.
Escribía sobre el olor de la lluvia en los campos de Soria, sobre el peso de la cruz que no es de madera, sino de la memoria de los inocentes.
Escribía sobre la grieta que ella había visto en el alma del Ministro el día que lo enfrentó en su despacho, esa grieta por donde aún se colaba un rayo de luz agonizante.
Don Gabriel, escribía, con la caligrafía temblorosa pero firme.
Vos habéis vendido vuestra alma para salvar a un cadáver llamado España, pero España no es los palacios de Madrid, ni las actas de las Cortes; España es el niño que come bellotas, es el mendigo que os da lástima en la calle; España está viva, y está sufriendo por vuestra culpa.
No os escribo para que me perdonéis, porque yo ya os he perdonado, os escribo para que recordéis cómo se llora porque el día que olvidéis cómo se llora, habréis dejado de ser un hombre y seréis solo la sombra que os acompaña.
Escribió durante horas, hasta que la luz del sol de invierno murió tras las montañas y la ermita se llenó de sombras.
Cuando terminó, cerró el cuaderno, sabía que no podía enviárselo por correo, que tendría que ser ella quien, cuando la muerte le diera el último respiro, o cuando la fuerza le alcanzara, llevara aquellas palabras al corazón del laberinto.
A mil kilómetros de allí, en el corazón del laberinto, Gabriel de Valera estaba cenando solo en el comedor de su palacete de la calle de Alcalá, la mesa estaba servida con porcelana de Sèvres y cubertería de plata. Los criados se movían en silencio, como fantasmas.
Gabriel cortaba un filete de ternera con precisión quirúrgica, no tenía apetito, pero comía porque el cuerpo exigía combustible. De repente, se detuvo, el tenedor se quedó a medio camino de su boca.
En el comedor, que estaba herméticamente cerrado y donde la chimenea ardía con fuerza, Gabriel sintió un escalofrío, pero no era el frío mineral de Helena. Era un frío distinto, el frío de la intemperie, el frío de la sierra, el frío que cala los huesos de los pastores.
Y luego, llegó el olor.
El perfume a mirra y flores marchitas de Helena, fue súbitamente anulado por un aroma que no debía estar allí. Olía a leña húmeda, a humo de boñigas. Olía a lana de oveja y a tierra mojada.
Gabriel dejó el tenedor sobre el plato, el metal chocó contra la porcelana con un sonido estridente que hizo que el mayordomo, en la esquina, diera un respingo.
—¿Excelencia? ¿Os encontráis indispuesto? —preguntó el mayordomo, con la voz temblorosa.
Gabriel no respondió. En la oscuridad de sus párpados, no vio el abismo negro de Helena, ni los rostros de los hombres que había asesinado, vio unos ojos dorados, una ermita en ruinas. Vio a una mujer escupiendo sangre en un pañuelo, sonriendo a un niño.
Por primera vez desde que bebió en el cáliz de la cripta de San Elías, Gabriel de Valera sintió que algo en su pecho, algo que creía petrificado para siempre, se movía, no era remordimiento, era algo más primitivo, más doloroso. Era el deseo de llorar.
Pero las lágrimas no acudieron. Sus ojos, secos como el yeso, se negaron a traicionarlo, sin embargo, la mano derecha, la mano que sostenía la servilleta, se cerró en un puño y esta vez, Gabriel no sintió que la Mano Invisible actuara por su cuenta.
Sintió que era él, el hombre, el que apretaba el puño, aferrándose a un recuerdo que el Diablo no había logrado borrar del todo.
—No, Juan —dijo Gabriel, abriendo los ojos. Su voz sonó extrañamente ronca—. —No estoy indispuesto. Simplemente... he recordado el invierno—.
El mayordomo asintió, confundido, y se retiró. Gabriel se quedó solo en el inmenso comedor, el olor a leña y a tierra húmeda se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando tras de sí solo el aroma a carne asada y a cera.
Pero el daño estaba hecho. La grieta en la armadura de cristal se había ensanchado y en algún lugar de la España profunda, una mujer que el mundo creía muerta estaba a punto de empezar su verdadera guerra.