LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) LA CÚSPIDE DEL ABISMO
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LA CÚSPIDE DEL ABISMO

Llegó la primavera a Madrid, pero en el despacho del nuevo Ministro de la Gobernación, el invierno se había instalado para la eternidad.

Los meses que siguieron a la firma del decreto contra Isla Morell transcurrieron con la rapidez vertiginosa de los sueños febriles, Gabriel de Valera no solo había consolidado su poder; lo había trascendido.

El antiguo Presidente del Consejo, Don Augusto, había dimitido "por motivos de salud", y Gabriel, a sus treinta y cinco años, había asumido la cartera de la Gobernación.

Oficialmente, servía a la Corona y al turno pacífico de los partidos, en la realidad, España era un cuerpo inerte, y Gabriel era el sistema nervioso que la gobernaba mediante descargas eléctricas de terror.

No había necesidad de derramar sangre en los callejones, la sangre, Gabriel lo había comprendido, era un recurso vulgar, propio de los carniceros y de los revolucionarios, el verdadero poder, el poder divino y diabólico por igual, residía en la administración.

En la gran mesa de caoba del Consejo de Ministros, Gabriel ya no necesitaba usar su don sobrenatural para hipnotizar a sus colegas, su mera presencia bastaba; cuando entraba en la sala, los hombres más poderosos de la nación, generales condecorados, aristócratas de rancio linaje, banqueros de mirada codiciosa, bajaban instintivamente la voz y apartaban las sillas para cederle el paso.

No lo hacían por respeto; lo hacían porque sus almas, aunque no poseían la pureza de la maestra de Soria, reconocían al depredador alfa, Gabriel podía leer sus pensamientos con la misma facilidad con la que un hombre lee los titulares de un periódico: ambiciones mezquinas, miedos ridículos, avaricias previsibles y al conocerlos, los despreciaba.

¿Qué es el poder en su cúspide?, se preguntaba Gabriel una tarde de abril, mientras observaba desde el balcón de su despacho el ir y venir de los carruajes por la Puerta del Sol, los jóvenes creen que el poder es la capacidad de hacer lo que uno desea, los viejos saben que el poder es la capacidad de obligar a otros a hacer lo que uno desea; pero yo...

yo he descubierto la verdad final. El poder absoluto es la atrofia del deseo, no deseo nada, porque todo lo que existe en esta nación ya me pertenece.

Sin embargo, esa certeza absoluta, esa paz de la que Helena le había hablado en la cripta, se había revelado como una mentira. No era paz, era el vacío.

Gabriel se alejó del balcón y se acercó al espejo de cuerpo entero.

El hombre que lo miraba desde el cristal era impecable: el frac negro, la condecoración de Carlos III brillando en el pecho, el cabello perfectamente peinado hacia atrás, pero los ojos...

los ojos eran dos cristales oscuros, carentes de profundidad.

Había matado a doce hombres en las sombras, había arruinado la vida de decenas más con la pluma, había vendido los montes, los puertos y las conciencias de España y, sin embargo, al mirarse, no sentía el orgullo del arquitecto que ha terminado su catedral, sentía la náusea del carcelero que comprende que ha construido su propia celda.

La puerta del despacho se abrió sin que sonara el timbre, no hizo falta que Cárdenas anunciara al visitante. El olor a mirra y a flores marchitas precedió a la figura.

Helena de Santángel entró en la estancia.

Ya no vestía el luto riguroso de su primer encuentro, sino un traje de día de seda color marfil, adornado con encajes de Malinas, parecía una aristócrata más, una viuda rica que paseaba su aburrimiento por los salones de la Corte, pero en la penumbra del despacho, su piel parecía emitir una luz propia, fría y lunar.

—Os habéis superado a vos mismo, Gabriel —dijo ella, pasando un dedo enguantado por el lomo de un códice antiguo sobre la estantería—.

—El gobernador de Barcelona ha dimitido esta mañana.

El de Sevilla ha aprobado los nuevos aranceles sin rechistar y el ejército duerme plácidamente, soñando con vuestro rostro. Sois el amo de España—.

Gabriel no se giró. Siguió mirando su reflejo en el espejo. —Soy el administrador de vuestros caprichos, Helena. No os engañéis—.

Helena soltó una risa suave, acercándose a él hasta quedar de pie a su lado, mirando también el espejo. En el cristal, Gabriel vio que el reflejo de Helena no sonreía, su reflejo tenía los ojos completamente negros, sin esclerótica ni iris.

—Qué amargo os habéis vuelto, mi querido Ministro —murmuró ella, y su aliento helado rozó la mejilla de Gabriel—.

—Creíais que al venderme vuestra alma, os convertiríais en un mártir, en un Prometeo encadenado a la roca por el bien de los mortales, pero la tragedia de vuestra vida, Gabriel, no es que hayáis caído; la tragedia es que habéis descubierto que la caída es confortable.

—He cumplido con mi parte del pacto —dijo Gabriel, con la voz desprovista de todo timbre humano, plana como una losa—. —España está pacificada, la oposición ha sido... neutralizada.

—Y la maestra de Soria —añadió Helena, con la ligereza con la que se menciona el clima—, —ha sido destruida, el escándalo ha hecho mella, el cura ha prohibido que se le hable en el pueblo, los padres han retirado a los niños de su escuela.

Dicen que ha enfermado de los pulmones y que vive en una buhardilla, alimentada por la caridad de un viejo sacristán, su honor está en ruinas, su luz, apagada.

¿No sentís el triunfo, Gabriel? ¿No sentís la embriaguez de saber que habéis quebrado lo más puro de la tierra? —

Gabriel cerró los ojos. Helena esperaba que él sintiera el regocijo oscuro del depredador, la satisfacción sádica que había sentido en la sierra de Guadarrama.

El vacío era tan absoluto, tan insondable, que comenzó a dolerle físicamente, era como si le hubieran arrancado los órganos internos y hubieran llenado la cavidad de plomo fundido.

No sentía remordimiento, el remordimiento exige una conciencia, y la suya estaba muerta, sentía la angustia ontológica de la nada.

Había matado a su propia alma, y el cadáver empezaba a apestar.

—Siento... frío —susurró Gabriel, abriendo los ojos y mirando a la entidad que tenía a su lado.

—Helena lo miró con una mezcla de curiosidad clínica y decepción.

—El frío es la ausencia de calor, Gabriel. Vos sois ahora la ausencia de Dios, es el estado natural de las cosas cuando se les quita la gracia, pero no temáis, yo os llenaré ese vacío. Yo seré vuestro calor—.

Ella levantó la mano y le acarició la mejilla, el tacto de su guante de seda fue como el contacto de un hielo seco, Gabriel no se apartó, no podía; el pacto no solo ataba su voluntad; ataba su necesidad.

Helena era la única cosa en el universo que aún podía percibir, la única voz que resonaba en su cabeza hueca.

En ese instante, la puerta se abrió de nuevo. Cárdenas entró, pálido como la cera, sosteniendo un telegrama. —Perdonad, Excelencia... Ministro, es urgente, del gobernador civil de Soria—.

Gabriel tomó el papel con manos que, por primera vez en meses, temblaban ligeramente, lo desdobló, las palabras mecanografiadas bailaron ante sus ojos.

Sujeto Isla Morell fallecido esta madrugada. Tisis. Pocos asistentes al entierro. Asunto archivado.

Gabriel leyó las palabras una, dos, tres veces. Fallecido. Tisis. Asunto archivado.

Esperó la rabia, esperó la tristeza, cualquier cosa que le demostrara que seguía siendo un hombre, pero solo sintió el crujido de una rama seca partiéndose en el bosque.

—¿Malas noticias, don Gabriel? —preguntó Helena, con un tono de dulce veneno—.

Gabriel dobló el telegrama con precisión milimétrica y lo dejó sobre la mesa. Miró a Cárdenas, y por un segundo, el joven secretario retrocedió, aterrorizado no por el poder sobrenatural, sino por la absoluta, inhumana vacuidad de la mirada de su jefe.

—Archivad el telegrama, Cárdenas —dijo Gabriel. Su voz sonó perfecta, modulada, sin una sola fisura de emoción—. —Y preparad los documentos para las elecciones de mayo, vamos a asegurar la mayoría absoluta en los distritos mineros.

—Sí, Excelencia —susurró Cárdenas, huyendo del despacho—.

Helena sonrió, se giró y caminó hacia la puerta, pero antes de cruzarla, se detuvo. —Habéis hecho un trabajo excelente, Ministro. Disfrutad de vuestro trono.

Cuando la puerta se cerró, Gabriel se quedó solo en la inmensidad de la estancia, se dejó caer en el sillón de cuero. Había llegado a la cima de la montaña, y solo había descubierto que el aire allí arriba era demasiado fino para respirar.

Gabriel de Valera comprendió que la batalla no había terminado. La batalla por salvar a España había terminado, la batalla por recuperar, o al menos llorar, lo que quedaba de su propia alma, acababa de comenzar.