EL INVIERNO DEL ESPÍRITU
El domingo amaneció con un cielo de plomo que descargó sobre Madrid una nevada silenciosa y pertinaz.
Gabriel de Valera, que no había dormido más de una hora, se vistó con la misma mecánica con la que un soldado se pone el uniforme antes de una carga suicida.
No fue al Ministerio, por primera vez en meses, sintió la necesidad imperiosa, casi física, de buscar el amparo de lo sagrado.
Se dirigió a pie a la iglesia de San Ginés.
El templo estaba en penumbra, iluminado solo por el parpadeo de las velas y las brasas rojizas de los incensarios.
El aire olía a cera derretida, a mirra y a la humedad de los abrigos de los fieles que, arrodillados en las naves laterales, murmuraban sus rosarios.
Gabriel avanzó por el pasillo central y se arrodilló en un reclinatorio de madera gastada, cerca del presbiterio.
Cerró los ojos y cruzó las manos, intentó formular la oración, invocar al Dios de su infancia, al Dios de las batallas carlistas, al Dios que le había dado la fuerza para empuñar el puñal en nombre de la justicia.
—Padre nuestro... comenzó en su mente. Pero las palabras se quebraron, no era que las hubiera olvidado; era que, al intentar pronunciarlas, sentía que se convertían en ceniza en su lengua, un sabor amargo, metálico, le llenó la boca.
Abrió los ojos y miró el crucifijo de madera negra que presidía el altar, la figura de Cristo no le transmitió paz, ni compasión, ni siquiera el temor al castigo, le transmitió una repulsión física, la misma que siente un hombre sano al ver una herida gangrenada.
Comprendió, con el terror sordo de quien descubre que está muerto, que la gracia lo había abandonado, el cáliz de la cripta de San Elías no le había quitado la capacidad de dudar; le había quitado la capacidad de creer.
Su alma era ahora un terreno yerto, un campo de batalla donde ya no había cadáveres, porque ni siquiera quedaban fuerzas para pudrirse.
Se levantó bruscamente, ahuyentando las miradas escandalizadas de las beatas, y salió a la calle. La nieve caía sobre su sombrero de copa, derritiéndose al contacto con el frío de su piel.
A las diez de la mañana, Gabriel estaba de vuelta en su despacho del Ministerio, el fuego de la chimenea ardía con fuerza, pero él tiritaba. Sobre su mesa de caoba, Cárdenas acababa de depositar un expediente de piel roja.
—Es el informe que me ordenasteis preparar anoche, señor Subsecretario —dijo el joven, con la vista baja y las manos temblorosas—. —Respecto a... a la maestra de Soria.
Gabriel miró la carpeta. No había sangre en ella, no había órdenes de fusilamiento, ni decretos de destierro, era algo mucho más sutil, y por tanto, mucho más devastador para la España de la Restauración.
Helena no había matado a Isla Morell, había hecho algo peor: había utilizado la maquinaria del Estado para sembrar la ponzoña en el pueblo.
El expediente contenía una denuncia anónima, redactada con una caligrafía falsa pero convincente, que acusaba a la maestra de malversar los fondos de la escuela para mantener a un amante, y de utilizar los libros de texto para inculcar ideas subversivas a los niños.
Por sí sola, una denuncia anónima en un pueblo de Soria habría sido ignorada, pero Gabriel, con su sello y su rúbrica, la había convertido en una "orden de inspección urgente" del Ministerio de la Gobernación, al darle el peso oficial del Estado, la calumnia se transformaba en verdad irrefutable.
El gobernador civil de Soria, un hombre que debía su cargo a Gabriel, se encargaría de que el escándalo llegara a oídos del cura, del alcalde y de cada vecino de Valdeavellano.
En una mujer sola, en la España rural del siglo XIX, la pérdida de la honra era una sentencia de muerte social, sería escupida en la plaza, sus alumnos serían retirados de la escuela, y terminaría sus días en la miseria y la locura, sin que nadie levantara un dedo por ella.
Gabriel miró el sello de lacre y la almohadilla de tinta, su mano derecha, la que sostenía la pluma para firmar la orden de envío, comenzó a temblar.
—Firmad, Gabriel. —La voz de Helena no sonó en la habitación, sino en la base de su cráneo, íntima y posesiva. —La inocencia es frágil, no necesita un puñal para morir; solo necesita el murmullo de la gente. Firmad, y demostradme que no os aterra la mirada de esa mujer—.
—No puedo —susurró Gabriel, con la voz quebrada. El sudor frío perlaba su frente.
—¿No podéis? ¿O no queréis? Recordad lo que os dije, si cedéis ante ella, si mostráis piedad, el pacto se romperá y yo reclamaré lo que es mío. Firmad, es solo tinta sobre papel, es solo burocracia.
Gabriel vio el rostro de Isla, sus ojos dorados, su voz serena hablando de los niños que comían bellotas, vio a las trescientas familias y luego, vio el abismo negro que se abría a sus pies si desobedecía.
El terror a la condenación eterna, a la pérdida total de su identidad, fue más fuerte que el remordimiento.
Con un movimiento brusco, casi violento, Gabriel estampó el sello sobre el papel, la tinta roja se marcó en la fibra, nítida y definitiva.
—Enviadlo por telégrafo al propio gobernador de Soria —dijo Gabriel, sin mirar a Cárdenas, con la voz completamente desprovista de emoción—. —Que se ejecute la inspección mañana mismo—.
Cárdenas tomó el expediente como si quemara, hizo una reverencia mecánica y salió del despacho.
Gabriel se quedó solo, miró su mano derecha, no había sangre, no había fuego; solo había un leve temblor que pronto se detendría.
Acababa de destruir la vida de una mujer inocente con un golpe de muñeca, y el mundo seguía girando, la banalidad del mal lo golpeó con la fuerza de un mazo, no era un monstruo de cuentos de hadas; era un funcionario del Ministerio de la Gobernación.
Incapaz de soportar el aire viciado de la oficina, Gabriel ordenó que le prepararan el carruaje. No dio instrucciones al cochero; simplemente le dijo que condujera hacia el norte, alejándose de la ciudad.
El carruaje traqueteó durante horas por el camino de El Pardo, adentrándose en las estribaciones de la sierra de Guadarrama, la nieve lo cubría todo, borrando los caminos, las casas y los límites de las propiedades, bajó la ventanilla y dejó que el aire gélido le golpeara el rostro.
Antaño, la montaña le había dado paz, en sus años de juventud, antes de la guerra, antes de Madrid, la sierra era para él el lugar donde Dios hablaba a través del viento en los pinos y el silencio de las cumbres, ahora, mientras el carruaje ascendía, Gabriel miraba el paisaje y no sentía nada.
Los árboles, cubiertos de hielo, parecían esqueletos de gigantes congelados en un grito mudo. La nieve no era blanca ni pura; a sus ojos, era la ceniza de un incendio que había consumido el mundo, el paisaje no le ofrecía consuelo ni belleza; le devolvía el reflejo exacto de su interior.
¿Es este el precio de salvar a España?, se preguntó Gabriel, observando cómo un cuervo negro se posaba en la rama de un pino muerto, mirándolo con sus ojos de cuentas de azabache. ¿Convertirme en este invierno eterno?
Gabriel subió la ventanilla y se recostó en el asiento de terciopelo.
Comprendió que Helena había ganado la partida, no necesitaba arrastrarlo al infierno con cadenas de fuego; ya lo había convertido en el infierno mismo, había matado a sus enemigos, había corrompido a los puros, y ahora, había destruido a la única persona que había intentado salvarlo.
Y lo más terrible, lo que le arrancó una sonrisa seca y carente de toda alegría, fue que al pensar en la ruina inminente de Isla Morell, en el dolor inmenso que ella sufriría cuando el pueblo la repudiara, Gabriel no sintió compasión, sintió la fría y oscura satisfacción del depredador que ha cobrado su pieza.
El carruaje continuó su ascenso hacia la montaña, adentrándose en la blancura implacable del invierno, llevando en su interior al hombre más poderoso de España, y al más profundamente muerto.