LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) EL TRIBUTO DE LA INOCENCIA #2
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EL TRIBUTO DE LA INOCENCIA #2

Pero antes de que pudiera responder, antes de que la grieta en su armadura pudiera ensancharse, la voz de Helena irrumpió en su mente con la violencia de un latigazo.

—No os dejéis conmover, Gabriel —la voz era gélida, cortante, desprovista de la dulzura habitual—.

—Esta mujer es un veneno para vuestro propósito, su inocencia es una afrenta al pacto, recordad lo que os dije en la nieve: para construir el nuevo templo, hay que sacrificar un cordero sin mancha—.

Gabriel apretó los dientes. Miró a Isla, que esperaba de pie ante su escritorio, con las manos cruzadas y la mirada serena.

—No os pido que la matéis, continuó Helena, y su tono se suavizó, adquiriendo esa cadencia seductora que Gabriel había aprendido a temer más que sus gritos.

La muerte es un regalo demasiado generoso para una mártir, si la matáis, su nombre será recordado en las aldeas de Soria durante generaciones, y su sacrificio encenderá la llama de la rebelión que estáis intentando sofocar.

No, Gabriel, debéis hacer algo mucho más difícil, debéis destruirla por dentro, mancillar su reputación, corromper su virtud, hacer que su propio pueblo la repudie.

Debéis convertir a la santa en una pecadora a los ojos de quienes la aman, ese es el tributo que os exijo, esa es la prueba de que vuestra voluntad es mía—.

Gabriel cerró los ojos un instante. La lucha interna fue breve pero atroz, una parte de él, la parte que aún recordaba el olor a tierra mojada de su aldea natal, le gritaba que firmara el decreto, que salvara a aquellas familias, que se arrodillara ante aquella maestra y le pidiera perdón por todos los crímenes que había cometido.

Pero la otra parte, la parte que había bebido del cáliz de los muertos, la parte que ya no dudaba, que ya no sentía el calor de la gracia, le susurró que Helena tenía razón, que la inocencia de Isla era una amenaza para el orden que él había construido, que si cedía ante ella, todo el edificio de su poder se derrumbaría como un castillo de naipes.

Gabriel abrió los ojos, su rostro había recuperado la máscara de granito.

—Señorita Morell —dijo, con una voz que ya no era la del soldado ni la del hipnotizador, sino la del verdugo que ha tomado su decisión—, —vuestro memorial es conmovedor, pero la política no se hace con sentimientos, sino con realidades, la concesión minera de Soria ha sido aprobada por el Consejo de Ministros y ratificada por la Corona, yo no tengo autoridad para anularla.

Isla palideció ligeramente, pero no retrocedió.

—Mentís —dijo, con una firmeza que a Gabriel le pareció casi sobrehumana—. —Tenéis más poder que el propio Presidente, todo Madrid lo sabe—.

—Madrid dice muchas cosas —replicó Gabriel, rodeando el escritorio y acercándose a la puerta—.

Os agradezco vuestra visita, señorita Morell, Cárdenas os acompañará a la salida y os aconsejo que regreséis a Soria antes de que el invierno cierre los puertos de la sierra, Madrid no es un lugar seguro para las mujeres que viajan solas.

La amenaza, velada pero inequívoca, flotó en el aire del despacho. Isla lo miró durante un largo instante, y en sus ojos dorados Gabriel vio algo que no esperaba: no miedo, ni odio, sino una tristeza profunda, casi maternal, como la de quien contempla a un enfermo desahuciado.

—Que Dios os perdone, don Gabriel —dijo Isla en voz baja, recogiendo su chal—. —Porque creo que vos ya no podéis perdonaros a vos mismo—.

La maestra se giró y salió del despacho con la misma dignidad con la que había entrado. La puerta se cerró tras ella con un golpe suave, y Gabriel se quedó solo en la inmensidad de su oficina, rodeado de expedientes, de sellos de lacre y del silencio atronador de su propia conciencia muerta.

Se dejó caer en el sillón. Sus manos temblaban, no por el esfuerzo sobrenatural, sino por algo mucho más humano y mucho más terrible: la certeza de que acababa de cometer el primer acto de maldad pura de su vida.

Hasta ahora, sus crímenes habían tenido una justificación, por retorcida que fuera: mataba a los corruptos para salvar a los inocentes, pero lo que Helena le estaba pidiendo ahora era destruir a una inocente para consolidar su poder; no había excusa patriótica, no había razón de Estado, no había bien mayor que pudiera invocar, solo había la voluntad del Diablo y su propia obediencia.

—Bien hecho, Gabriel, —susurró Helena en su mente, y su voz sonó como una caricia de hielo sobre una herida abierta.

—Habéis dado el primer paso, ahora, dejad que yo me ocupe de los detalles; la señorita Morell descubrirá pronto que la virtud, en esta España nuestra, es un lujo que solo los ricos pueden permitirse y cuando su reputación esté en ruinas, cuando su propio pueblo la escupa, entonces comprenderéis que la inocencia no es un escudo, sino una diana—.

Gabriel no respondió. Se quedó mirando la puerta cerrada, y en el silencio de su despacho, por primera vez desde la cripta, sintió que algo dentro de él, algo pequeño y terco que ni el vino de los muertos había logrado matar del todo, comenzaba a gritar.

Era el grito de su alma, enterrada viva bajo capas de poder y de sangre, pidiendo auxilio desde el fondo de un pozo sin luz.