LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) EL TRIBUTO DE LA INOCENCIA
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EL TRIBUTO DE LA INOCENCIA

La mañana de enero amaneció sobre Madrid con esa luz blanca y cortante que solo el invierno castellano sabe fabricar, una luz que no calienta pero que desnuda, que arranca las sombras de los rincones y deja al descubierto la suciedad de los adoquines, las grietas de las fachadas y las ojeras de los transeúntes.

En el Ministerio de la Gobernación, sin embargo, la luz del sol se filtraba a través de los cortinajes de terciopelo granate del despacho de Gabriel de Valera, tamizada y dócil, como si incluso los rayos del astro rey temieran ofender al Subsecretario.

Gabriel llevaba dos horas revisando los informes de los gobernadores civiles.

Su pluma se movía con la precisión de un cirujano: una firma aquí para destituir a un alcalde díscolo, una rúbrica allá para autorizar el cierre de una imprenta sediciosa, un trazo seco para ordenar el traslado forzoso de un juez que había tenido la imprudencia de aplicar la ley en lugar de la conveniencia, cada firma era una sentencia, y Gabriel las estampaba sin que su pulso se alterara lo más mínimo.

La Mano Invisible había convertido la burocracia en un instrumento de muerte tan eficaz como el garrote vil, y mucho más limpio.

Cárdenas, su secretario, entró en el despacho con la cautela de quien pisa un campo minado, desde aquella mañana en que Gabriel le había revelado el secreto del reloj de su padre, el muchacho se movía por el Ministerio como un autómata, obedeciendo las órdenes de su superior con una eficiencia terrorífica y una palidez cadavérica.

—Señor Subsecretario —dijo Cárdenas, puso una tarjeta de visita sobre la mesa de caoba con la punta de los dedos, como si el cartón estuviera envenenado—.

Hay una persona en la antesala que insiste en veros, no tiene cita, no tiene recomendación de ningún diputado, y la Guardia Civil ya la ha intentado echar dos veces.

Pero... pero dice que viene de Soria, y que trae un memorial firmado por trescientos campesinos del valle de Ucero.

Gabriel ni siquiera levantó la vista del expediente que estaba firmando. —Que espere o que se vaya. No recibo a peticionarios sin el sello del gobernador civil.

—Ya, señor. El problema es que el gobernador civil de Soria es precisamente contra quien viene la denuncia y la persona...

—Cárdenas tragó saliva, visiblemente incómodo—, la persona es una mujer, una maestra.

Dice que si no la recibís, se encadenará a la verja del Ministerio y leerá el memorial en voz alta a todo el que pase por la calle de Alcalá.

Gabriel detuvo la pluma. Levó la vista lentamente. En sus ojos oscuros no había irritación, sino esa curiosidad fría y clínica del entomólogo que acaba de descubrir un espécimen raro bajo la lupa. —¿Cómo se llama? —Isla Morell, señor. Maestra de primeras letras en la aldea de Valdeavellano.

Gabriel dejó la pluma en el tintero, se recostó en el sillón de cuero y cruzó las manos sobre el pecho.

Una maestra de pueblo, pensó, una mujer que cruza media España en diligencia, en pleno enero, para enfrentarse al hombre más temido del gobierno.

O es una loca, o es una santa, en ambos casos, será fácil de manejar.

—Hacedla pasar —ordenó.

La puerta se abrió, y la mujer que entró en el despacho no se parecía en nada a la imagen que Gabriel había construido en su mente, no era la campesina ruda y desaliñada que su prejuicio de cortesano le había sugerido, ni tampoco la institutriz pálida y temblorosa que abundaba en las novelas sentimentales que leían las damas de la Corte.

Isla Morell era una joven de veintitrés o veinticuatro años, de estatura media y constitución delgada pero fibrosa, como la de quienes han crecido caminando por los montes y trabajando con las manos.

Llevaba un vestido de lana oscura, de corte sencillo y remendado en los codos, y un chal de estambre negro cruzado sobre el pecho.

Su rostro, moreno por el sol de la meseta y curtido por el viento de la sierra, poseía una belleza que no residía en la perfección de las facciones, sino en la intensidad de la mirada, sus ojos eran grandes, de un color castaño casi dorado, y brillaban con una luz interior que Gabriel no había visto en ningún ser humano desde que bebió en el cáliz de la cripta.

Pero lo que más desconcertó a Gabriel fue su postura.

Isla no entró en el despacho con la reverencia servil de los peticionarios, ni con la arrogancia calculada de los políticos, entró con la naturalidad de quien pisa su propia tierra, con la espalda recta y las manos desnudas —sin guantes— apretando contra el pecho un fajo de papeles amarillentos.

—Don Gabriel de Valera —dijo Isla, y su voz era clara, directa, desprovista de los artificios retóricos que estaba acostumbrado a escuchar en los salones de Madrid—.

Soy maestra de la escuela pública de Valdeavellano de Tera, en la provincia de Soria, vengo en nombre de trescientas familias de labradores a quienes el gobernador civil, don Leopoldo de la Hoz, ha despojado de sus tierras comunales para entregárselas a una sociedad minera inglesa.

Gabriel la observó en silencio durante unos segundos.

Automáticamente, como hacía ya con cada persona que entraba en su presencia, activó su don, empujó su voluntad hacia la mente de la joven, buscando la grieta, la fisura por donde colar el frío del abismo.

Buscó la vanidad, el miedo, la avaricia, la lujuria, cualquier pecado capital que le permitiera manipularla y no encontró nada.

La experiencia fue tan desconcertante que Gabriel sintió un mareo momentáneo, como si hubiera empujado una puerta y se hubiera encontrado con un muro de piedra.

La mente de Isla no estaba blindada por la astucia ni por la fuerza de voluntad; estaba protegida por algo mucho más simple y mucho más impenetrable: la coherencia absoluta entre lo que pensaba, lo que sentía y lo que hacía, no había fisura porque no había contradicción, su alma era un bloque de granito tallado por la fe y la compasión, y la Mano Invisible rebotaba contra ella como la lluvia contra un tejado.

Gabriel parpadeó, disimulando su turbación. Se puso de pie y rodeó el escritorio, adoptando su tono más suave, más hipnótico, el que había doblegado a generales y a diputados.

—Señorita Morell —dijo, modulando la voz con una cadencia envolvente, casi paternal—, comprendo vuestro sufrimiento, las injusticias del campo son una lacra que este gobierno se ha propuesto erradicar, pero debéis entender que los procesos administrativos tienen sus tiempos, y que la explotación minera traerá progreso y empleo a vuestra comarca.

¿No preferiríais que vuestros alumnos tuvieran un futuro en las fábricas, en lugar de morir de hambre tras el arado?

Las palabras, cargadas con todo el peso sobrenatural de su pacto, flotaron en el aire del despacho como una red de seda invisible, diseñada para envolver la voluntad de la joven y adormecer su resistencia, cualquier otro ser humano habría asentido, habría sentido la tentación de ceder, de aceptar la mentira confortable.

Isla lo miró fijamente, sus ojos dorados no se vidriaron, no hubo temblor en sus manos. La red de seda se deshizo al tocarla, como la escarcha ante el sol de la mañana.

—Don Gabriel —respondió Isla, con una serenidad que le heló la sangre más que cualquier demonio—, —no me habléis de progreso con la voz de un hombre que nunca ha visto a un niño de siete años comer bellotas porque su madre no tiene harina, no me habléis de fábricas cuando las minas de Riotinto están llenas de hombres que mueren tosiendo sangre a los treinta años y no intentéis hipnotizarme con ese tono de voz que usáis con los diputados, porque yo no soy un diputado, soy una maestra y mi oficio es enseñar a los niños a distinguir la verdad de la mentira.

El silencio que siguió a estas palabras fue tan denso que Gabriel pudo escuchar el tictac del reloj de pared y el latido de su propio corazón, que por primera vez en meses había acelerado su ritmo.

Retrocedió un paso, casi imperceptiblemente, su mente, entrenada en la táctica militar y en la manipulación sobrenatural, buscaba frenéticamente una nueva estrategia, pero todas sus armas —el miedo, la vanidad, la promesa de poder, la amenaza velada, rebotaban contra aquella mujer como piedras contra un acantilado.

—Sois muy valiente, señorita Morell —dijo Gabriel, dejando el tono anestésico y recurriendo a su voz natural, la del soldado que habla de igual a igual—.

—O muy imprudente. ¿Sabéis quién soy? ¿Sabéis lo que le ha ocurrido a hombres mucho más poderosos que vos que han intentado enfrentarse a este Ministerio?

—Sé que sois quien ha convertido la Gobernación en una máquina de acallar conciencias —respondió Isla, sin bajar la mirada—.

—Sé que desde que ocupáis este despacho, los opositores mueren de formas extrañas, los periódicos se callan y los jueces obedecen.

No sé cómo lo hacéis, y francamente, no me importa, lo que me importa es que trescientas familias van a perder sus tierras antes de la primavera, y que vos tenéis el poder de detenerlo con una sola firma—.

Isla dio un paso adelante y depositó el fajo de papeles sobre el escritorio de Gabriel, junto al tintero y los expedientes oficiales.

—Aquí están las firmas. Trescientas cruces, porque la mayoría de mis vecinos no saben escribir, pero cada cruz vale más que todos los sellos de lacre de vuestro Ministerio, porque cada una está respaldada por el hambre de una familia.

Os pido que anuléis la concesión minera, os pido que destituyáis al gobernador de Soria y os pido que lo hagáis hoy.

Gabriel miró los papeles. Las cruces torpes, dibujadas con tinta barata sobre un papel rugoso, le parecieron de repente más pesadas que todos los decretos reales que había firmado en su vida, sintió una punzada en el pecho, algo que creía haber enterrado en la cripta de San Elías: la vergüenza.