LA COSECHA DE LOS CUERVOS
El invierno descendió sobre Madrid con una crudeza inusitada, tiñendo de blanco las tejas de la capital y congelando las aguas estancadas del Manzanares.
Pero el frío que imperaba en los despachos del Ministerio de la Gobernación no tenía nada que ver con la temperatura de la calle, era un frío seco, mineral, que emanaba de la persona de don Gabriel de Valera y que se instalaba en los huesos de cualquiera que osara cruzar su mirada.
Desde aquella noche en la cripta de San Elías, la naturaleza de los asesinatos de Gabriel había cambiado radicalmente.
Ya no necesitaba emboscadas en callejones oscuros, ni puñales de hoja negra, ni el esfuerzo físico de silenciar un grito, el puñal había sido reemplazado por la voluntad; la sangre, por el terror.
La "Mano Invisible" que Helena le había otorgado no era una metáfora poética, sino una herramienta quirúrgica de una eficacia aterradora, Gabriel había comprendido que el alma humana, por muy blindada que estuviera por la fe, el honor o la ideología, poseía siempre una grieta, una fina fisura por donde el frío del abismo podía colarse.
Y él sabía exactamente dónde aplicar la presión.
En el transcurso de aquel gélido mes de diciembre, la oposición a la Restauración fue diezmada, no en los campos de batalla, ni en los debates del hemiciclo, sino en la soledad de sus alcobas, en los patios de las cárceles y en los despachos de sus propias redacciones.
Don Anselmo, un general carlista retirado, que conspiraba desde su palacete de la calle de Serrano para levantar una nueva partida en el Maestrazgo, amaneció muerto en su biblioteca.
La Guardia Civil dictaminó que un fallo en el mecanismo de su antigua pistola de duelo le había volado la tapa de los sesos, nadie mencionó que la noche anterior, Gabriel de Valera había cruzado el salón de baile donde el general se encontraba, había sostenido su mirada durante tres segundos, y había proyectado en su mente la imagen ineludible de su propio fracaso y la inutilidad de su sangre.
El general, poseído por una melancolía súbita y fulminante, había buscado el alivio en el plomo.
Poco después le tocó el turno a Evaristo de la Riva, el director del periódico republicano El Pueblo Despierto, cuyas imprentas no dejaban de escupir panfletos incendiarios contra la Corona.
Gabriel no mandó cerrar el periódico, no mandó detener al periodista, simplemente, una tarde de lluvia, entró en la imprenta, con el olor a tinta y a papel húmedo impregnando el aire, se acercó a Evaristo, que componía una plana, y le susurró al oído una sola frase, cargada con todo el peso sobrenatural de su pacto: "Tus hijos morirán de hambre en la calle, y nadie recordará sus nombres".
Evaristo de la Riva no volvió a escribir.
A la semana siguiente, fue encontrado ahorcado en el sótano de la imprenta, con la soga atada a una de las poleas de la máquina tipográfica, la prensa oficial habló de un ataque de locura provocado por el exceso de absenta.
La Corte, en sus salones, brindó por la "pacificación de los ánimos".
Gabriel asistía a estos funerales con la misma expresión impasible con la que asistía a las misas de campaña, vestido de riguroso luto, con su levita negra y su rostro tallado en granito, recibía las felicitaciones hipócritas de los ministros y los generales.
—Tenéis una mano de hierro, Valera —le dijo una tarde el propio Presidente del Consejo, dándole unas palmadas en la espalda en los pasillos de las Cortes—. Los radicales se han callado, los carlistas se han rendido, habéis salvado la institución con vuestra... discreción.
—Solo hago lo que la necesidad exige, Excelencia —respondía Gabriel, con la voz suave y resonante que ahora le era habitual, pero por dentro, el desierto se expandía.
Gabriel había esperado que la eliminación sistemática de sus enemigos le trajera la paz, la sensación de un trabajo bien hecho, la certeza de que España sanaba, sin embargo, lo que sentía era una apatía espantosa.
Matar a los corruptos, a los vanidosos, a los ambiciosos, había resultado ser demasiado fácil, eran presas débiles, sus almas ya estaban podridas; solo había que empujarlas para que se desmoronaran.
La verdadera prueba, la verdadera naturaleza de su poder, no residía en destruir a los monstruos, residía en lo que Helena le había insinuado en la cripta: la capacidad de moldear la realidad.
Una tarde, al salir del Ministerio, Gabriel decidió no tomar su carruaje, sentía una opresión en el pecho, una necesidad casi física de caminar, de sentir el barro de la calle bajo sus botas, de mezclarse con la materia densa y sucia de la vida real.
Ordenó a su escolta que le siguiera a distancia y se adentró a pie en los barrios populares del sur, hacia las riberas del río, donde la miseria de Madrid se apiñaba en casas de vecinos hacinadas y callejuelas intransitables.
El contraste con el Madrid de los salones era un bofetón en el rostro, aquí no había perfumes de gardenias, sino olor a col cocida, a carbón barato y a miseria crónica.
Las mujeres, con los brazos enrojecidos por el agua helada, lavaban la ropa en las pilas públicas; los niños, envueltos en harapos, jugaban con aros de madera en los charcos; los hombres volvían de las obras con la espalda encorvada y la mirada perdida.
Gabriel caminaba entre ellos como un espectro.
La gente se apartaba a su paso, no por respeto, sino por un instinto primario, animal, las mujeres bajaban la vista, los hombres apretaban el paso, los perros dejaban de ladrar y se escondían bajo los portales.
Gabriel intentó usar su don sobre ellos, miró a un mendigo que tiritaba en un portal, intentó leer sus pecados, buscar su vanidad o su avaricia para manipularlo, pero al clavar sus ojos en el anciano, Gabriel retrocedió un paso, casi tambaleándose.
No había vanidad, no había malicia, no había grieta por donde colarse, solo había un sufrimiento tan puro, tan antiguo y tan desprovisto de ego, que actuaba como un escudo impenetrable para su poder oscuro.
El mendigo levantó la vista, con los ojos lechosos por las cataratas, y miró directamente a Gabriel, no vio al Subsecretario de la Gobernación, ni al verdugo de la Corte.
Vio, con la claridad de los locos y de los santos, la sombra negra y alargada que se arrastraba detrás del político.
El anciano no sintió miedo, sintió lástima.
—Que Dios le perdone, caballero —murmuró el mendigo, con la voz quebrada por el frío—. Debe de llevar usted un peso muy grande en el alma para caminar con la espalda tan recta y los ojos tan muertos.
Gabriel se quedó paralizado. Su mano, instintivamente, buscó la empuñadura de su derringer bajo la levita, ´podía matarlo, podía ordenar que lo despeñaran desde el puente de Toledo, pero sabía que su poder sobrenatural, ese que había doblegado a generales y a diputados, rebotaba contra la inocencia de aquel hombre como una bala contra el granito.
Por primera vez desde que bebió en el cáliz de la cripta, Gabriel sintió un escalofrío que no venía de Helena, ni del Diablo, venía de sí mismo. Sintió el vértigo de lo irreparable.
Se giró y echó a andar casi a la carrera, dejando atrás el barrio miserable, buscando la luz artificial y el calor hipócrita de los bulevares., pero mientras caminaba, la voz de Helena resonó en su mente, no con burla, sino con una severidad gélida, casi decepcionada.
—Os habéis asustado, don Gabriel—, —susurró la voz, vibrando en su nuca mientras la nieve comenzaba a caer sobre su sombrero de copa.
—Habéis ido a buscar el barro para recordar que sois humano, y solo habéis descubierto que ya no lo sois.
El mendigo no os ha dado lástima; os ha dado el espejo de vuestra propia vacío—.
—He venido a reconocer los barrios —respondió Gabriel en voz alta, ignorando las miradas de los transeúntes que lo creían loco—. —A asegurar el orden.
—El orden, se rió Helena, —y la risa sonó como el crujir de las ramas heladas en el bosque—.
—Matar a los lobos corruptos es fácil, Gabriel, es una tarea de jardinero, pero yo no hice un pacto con un jardinero, hice un pacto con el arquitecto de una nueva España y para construir el nuevo templo, no basta con derribar las paredes podridas, hay que sacrificar algo que sea puro. Hay que ofrecer un cordero sin mancha—.
Gabriel se detuvo en seco en medio de la acera. La nieve se posaba en sus pestañas. —¿Qué estáis diciendo? —preguntó, con la voz ronca.
—Mañana recibiréis una visita en vuestro despacho, —respondió la sombra en su mente, desvaneciéndose en el ruido de los carruajes—.
—Una joven, una maestra de las provincias que viene a pedir clemencia para unos campesinos; es inteligente, es valiente, y lo más terrible de todo...
es inocente. Vuestra Mano Invisible no podrá corromperla, Gabriel, tendréis que usar el bisturí, que destruirla y cuando lo hagáis, cuando veáis cómo la luz se apaga en sus ojos por vuestra culpa, entonces, solo entonces, comprenderéis el verdadero precio de vuestro poder—.
La voz se apagó. Gabriel se quedó solo en la calle, bajo la nieve que caía implacable. Comprendió, con la certeza helada de los condenados, que la cacería de los opositores había sido solo el preludio, el verdadero sacrificio estaba a punto de comenzar.