LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) EL HEMICICLO DE CERA
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EL HEMICICLO DE CERA

El hemiciclo del Palacio de las Cortes, en la carrera de San Jerónimo, era en aquella tarde de noviembre un hervidero de vanidades, sudor y tabaco negro.

El gobierno estaba a punto de caer, una moción de censura, urdida en los salones de los clubs liberales y financiada por los banqueros que veían amenazados sus intereses en las colonias, amenazaba con descabalgar al Presidente.

El ruido era ensordecedor: los diputados de la oposición golpeaban los pupitres con los puños, los ministeriales gritaban para acallarlos, y el aire, viciado por el aliento de trescientos hombres encerrados, olía a lana húmeda y a desesperación política.

Gabriel de Valera, sentado en su escaño de Subsecretario, observaba el caos con la impassibilidad de un entomólogo que contempla un hormiguero al que alguien acaba de verter agua hirviendo, hasta hacía una semana, aquel ruido le habría provocado taquicardia y un frío en el estómago, ahora, tras el vino de la cripta de San Elías, solo sentía una calma absoluta, densa y mineral, como la que precede a una avalancha.

El Presidente del Consejo de Ministros, un hombre pálido y tembloroso llamado Cánovas (no el histórico, sino un pariente lejano y de talento muy inferior), se giró hacia Gabriel con los ojos inyectados en sangre.

—Valera, por el amor de Dios, si no logramos convencer a la banda de Don Rodrigo de Vargas de que retiren la reforma, caemos mañana. Habladles, decidles que la Patria está en juego. ¡Usad vuestra elocuencia!

Gabriel se puso de pie. No hubo estrépito, ni un golpe de puño sobre el atril para pedir silencio, simplemente, se alzó y, sin embargo, el ruido del hemiciclo comenzó a morir.

No fue un silencio inmediato, fue como si una marea invisible y pesada hubiera entrado en la sala, ahogando los sonidos poco a poco, los diputados que gritaban cerraron la boca, no por respeto, sino porque de repente les faltaba el aire.

Gabriel apoyó las manos en la madera de su pupitre. No iba a usar la elocuencia, la elocuencia era un recurso de los débiles que necesitan persuadir, él iba a usar la certidumbre.

—Señores diputados —comenzó Gabriel. Su voz no era alta, pero poseía una resonancia grave, un timbre que no vibraba en el aire, sino directamente en la base del cráneo de los presentes—.

Se habla aquí de la Patria, se habla de intereses, de censuras, de caídas y ascensos, pero yo os hablo de la realidad.

Al hablar, miró fijamente a Don Rodrigo de Vargas, el líder de la oposición, un hombre de setenta años, de barba blanca y principios férreos, que se disponía a ponerse de pie para replicar, Gabriel no parpadeó, empujó su voluntad a través de la distancia que los separaba, un chorro de frío absoluto dirigido al centro mismo de la mente del anciano.

Don Rodrigo se quedó a medio levantar, sus manos, aferradas al borde del escaño, se volvieron blancas.

El viejo liberal abrió la boca para pronunciar su discurso, pero sus ojos, que un segundo antes ardían con el fuego de la indignación, se vidriaron.

De repente, Don Rodrigo no veía a Gabriel; veía, a través de los ojos de Gabriel, la inmensidad de un abismo negro, la inutilidad de todo esfuerzo humano, la certeza matemática de que la resistencia era un pecado contra el orden natural de las cosas.

—La nación no requiere de vuestras palabras, sino de vuestro silencio —continuó Gabriel, su voz meciéndose como un péndulo hipnótico—.

El gobierno que os habla no es una facción, es la necesidad histórica, oponerse a él no es un acto político; es un acto de locura.

Retirad la censura, votad a favor y volved a vuestras casas a rezar por haber sido perdonados.

El silencio en el hemiciclo era ahora sepulcral.

Trescientos hombres miraban a Gabriel, no había admiración en sus rostros, ni convicción ideológica, había una sumisa y bovina obediencia.

El poder sobrenatural de la Mano Invisible no había persuadido a aquellos hombres; los había vaciado, había barrido sus voluntades, dejando solo el instinto de supervivencia y el terror reverencial hacia el depredador que los acechaba.

Don Rodrigo de Vargas, temblando como un niño azotado, se dejó caer lentamente en su escaño, bajó la cabeza y, con voz quebrada, apenas audible, murmuró:

—Retiramos... retiramos la moción.

La campana de la presidencia sonó, aturdida.

El gobierno había sobrevivido, los ministros comenzaron a abrazarse, a felicitarse, creyendo en su fuero interno que la brillantez de sus argumentos había salvado la jornada.

Gabriel se sentó, no sintió orgullo, sintió que una parte de su propia alma se había desprendido y había cruzado la sala para habitar los cuerpos de aquellos trescientos hombres.

Aquella noche, la lluvia batía contra los cristales del despacho en su residencia de la calle de Alcalá, el fuego de la chimenea había muerto, reduciéndose a unas brasas que proyectaban una luz rojiza y enfermiza sobre los muebles de caoba.

Gabriel estaba sentado ante su escritorio, con un quinqué de gas encendido que iluminaba solo la superficie de la mesa.

Estaba redactando la lista de los gobernadores civiles que debían ser sustituidos al día siguiente, su pluma se movía con una rapidez mecánica, su mente estaba en paz.

La duda había muerto en la cripta, pero mientras escribía, ocurrió algo que detuvo su mano en el aire.

Gabriel tenía la costumbre, adquirida en sus años de campaña, de vigilar los reflejos y las sombras de su entorno, al levantar la vista para mojar la pluma en el tintero, su mirada se posó en la pared lateral, donde la luz del quinqué proyectaba su propia sombra.

La sombra estaba sentada en una silla, igual que él, pero mientras Gabriel tenía la mano derecha suspendida en el aire, la sombra tenía ambas manos apoyadas sobre el regazo.

Gabriel no respiró, el frío que sintió no fue el del invierno madrileño, sino el de la cripta de San Elías.

Lentamente, muy lentamente, bajó la mano derecha hacia el papel, en la pared, la sombra de su mano no se movió, permaneció quieta sobre el regazo.

Luego, la sombra giró la cabeza. —¿Os gusta el sabor de la victoria, don Gabriel?

Gabriel soltó la pluma, el tintero se volcó, manchando de negro los papeles inmaculados, pero él no apartó la vista de la pared.

—He salvado al gobierno —dijo Gabriel, su voz sonando extrañamente débil en la estancia—. He evitado el caos.

La sombra soltó una risa baja, un sonido que pareció rascar el papel pintado de la pared.

Habéis ahorrado a trescientos cobardes el esfuerzo de pensar, corrigió la voz de Helena, vibrando con una dulzura venenosa en la mente de Gabriel.

Creéis que habéis usado el don, mi querido verdugo, creéis que sois el maestro que empuña el látigo, pero decime, Gabriel...

cuando hablasteis en el hemiciclo, ¿sentisteis que vuestras palabras salían de vuestro pecho?

¿O sentisteis que alguien más respiraba a través de vuestras cuerdas vocales?

Gabriel cerró los ojos. La memoria del discurso acudió a él, recordó la sensación de vacío, que, al mirar a Don Rodrigo, no había sido él quien había proyectado el terror, sino que él había sido el conducto, el tubo de cristal por el que había fluido el frío del abismo.

—Soy el instrumento de la Patria —susurró Gabriel, aferrándose a su última justificación como un náufrago a una tabla podrida.

—Sois el instrumento de la necesidad, corrigió la sombra, y la silueta en la pared se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos oscuras en el borde del escritorio proyectado en la pared, acercándose al Gabriel real—.

Y la necesidad, Gabriel, tiene mi rostro, habéis bebido de mi cáliz para no dudar y lo habéis logrado, vuestra voluntad es ahora mi voluntad, sois la Mano Invisible, sí...

pero la mano no decide dónde corta el cuchillo, lo decide el brazo. Y el brazo es mío.

La sombra se echó hacia atrás y, de repente, volvió a imitar los movimientos de Gabriel. Cuando él levantó la mano, la sombra la levantó, cuando él se llevó la mano al rostro, la sombra hizo lo mismo, la ilusión de normalidad había vuelto.

Pero Gabriel sabía la verdad, se quedó solo en el despacho, mirando el tintero volcado que manchaba la madera como si fuera sangre negra, comprendió, con la claridad aterradora que le otorgaba su nueva condición, que no había vendido su alma para salvar a España, había vendido a España para que el Diablo pudiera jugar con ella a través de su cuerpo.

Y lo más terrible de todo, lo que le heló la sangre hasta los huesos, fue que en el fondo de su pecho, allí donde antes habitaba el horror moral, solo encontró una fría y oscura complacencia. Le gustaba ser el cuchillo.