LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) EL PACTO EN LA CRIPTA
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EL PACTO EN LA CRIPTA

Las afueras de Madrid, más allá del paseo de las Delicias y cerca de las tapias del cementerio del Sur, guardaban los esqueletos de la antigua gloria religiosa de España.

Tras la desamortización de Mendizábal, decenas de conventos habían sido vendidos al mejor postor, despojados de sus altares de plata y convertidos en almacenes de grano, cuarteles improvisados o, simplemente, abandonados a la ruina y al musgo.

Uno de estos era el antiguo convento de San Elías, cuyas bóvedas de ladrillo, se hundían ahora en la tierra húmeda, olvidadas por los hombres y, al parecer, por el propio Cielo.

Gabriel de Valera caminaba por el claustro en ruinas.

La noche era cerrada, sin luna, y el viento de la meseta aullaba entre los arcos ciegos, levantando remolinos de polvo y hojas secas, llevaba su levita abrochada hasta el cuello, pero el frío que sentía no venía del aire nocturno, venía de dentro.

Desde el baile en el Palacio de Cristal, su mente era un campo de batalla, había logrado corromper al joven Moncada y había sentido el vértigo de dominar la voluntad ajena.

Pero también había sentido el terror de saber que, bajo su propia máscara de justiciero, latía la misma vanidad que condenaba a los demás.

Si soy un monstruo, se repetía Gabriel mientras sus botas crujían sobre los cascotes, que sea un monstruo útil, si el Diablo me ofrece la espada, la empuñaré para degollar a los lobos.

Al llegar al centro del claustro, una puerta de roble carcomida por la carcoma chirrió al abrirse.

No hubo viento, ni olor a mirra esta vez, solo el hedor a piedra húmeda, a cal y a tierra removida, Gabriel descendió por una escalera de caracol, guiado por la tenue luz de un farol de aceite que él mismo portaba.

La cripta era una sala inmensa, sostenida por pilares de sillería que se perdían en la oscuridad, en las paredes, nichos abiertos albergaban los restos óseos de los monjes que habían habitado el lugar siglos atrás.

Calaveras y fémures apilados con una geometría macabra y en el centro de la sala, sentado con naturalidad sobre un sarcófago de piedra sin nombre, estaba Helena de Santángel.

No llevaba luto, sino un vestido de seda color ceniza, sencillo pero de una elegancia que hacía que las ruinas a su alrededor parecieran un escenario dispuesto para su comodidad.

—Llegáis puntual, don Gabriel —dijo ella. Su voz resonó en la cripta, rebotando en las bóvedas de cañón con un eco que parecía provenir de todas partes y de ninguna—. Los hombres de honor suelen ser puntuales o eso dicen para justificar su falta de imaginación.

Gabriel se detuvo a tres pasos de ella. La luz del farol apenas iluminaba el rostro de la mujer, dejando sus ojos en una sombra impenetrable. —He venido porque me habéis citado, no porque espere vuestras burlas.

—No os burlo, Gabriel. Os observo Y me complazco en ver cómo vuestra mente, tan brillante para la táctica militar, se retuerce para encontrar una justificación teológica a lo que estáis a punto de hacer.

—Helena se puso de pie, —Mirad a vuestro alrededor.

Este lugar fue consagrado a Dios, Los monjes que yacen en esas paredes pasaron sus vidas rezando por las almas de España.

¿Y qué ha quedado de ellos? La Corona vendió sus reliquias por cuatro monedas para pagar las guerras civiles, España vendió lo sagrado por oro, Gabriel.

¿Por qué os escandaliza ahora que yo os compre a vos?

—Yo no me vendo —respondió Gabriel, con la voz dura como el pedernal—. Yo ofrezco un trato, Mi conciencia a cambio de la salvación de mi país.

Helena soltó una risa baja, un sonido que hizo temblar la llama del farol.

—¡Qué nobleza! Qué hermosa y trágica arrogancia, creéis que vuestra conciencia es una moneda de alto valor, don Gabriel, vuestra conciencia no me interesa, está llena de remordimientos, de dudas, de miedo al infierno, es una conciencia débil. Lo que yo quiero es vuestra voluntad.

Helena extendió la mano y le ofreció el cáliz de plata ennegrecida. Dentro, un líquido oscuro y espeso reflejaba la luz del farol como si fuera petróleo.

—Hasta ahora, habéis jugado con las sobras de mi poder, habéis leído los pecados de un muchacho asustado y habéis tentado a un joven vanidoso, son trucos de salon, pero si queréis ser el verdadero artífice del destino de España, si queréis que vuestra mano sea invisible para la justicia de los hombres y letal para los enemigos de la Patria, debéis beber.

Este es el vino de los monjes que murieron aquí, fermentado con la tierra de sus tumbas, es la comunión de los muertos.

Gabriel miró el cáliz. Su corazón, que había permanecido impasible frente al cadáver de Olózaga, comenzó a latir con una violencia descompasada.

El instinto, ese mecanismo de supervivencia que Dios había puesto en los animales y en los hombres, le gritaba que huyera, que saliera corriendo hacia la noche, que se perdiera en la meseta y no mirara atrás.

—¿Y el precio? —preguntó Gabriel, aunque ya conocía la respuesta.

—El precio es la duda —susurró Helena, dando un paso hacia él.

El frío que emanaba de su cuerpo era absoluto, como el de las estatuas en invierno—.

Mientras seáis un hombre, dudaréis, os preguntaréis si vuestros asesinatos son justos, si vuestro camino es el correcto.

Al beber, mataréis al hombre que duda, os convertiréis en la certeza absoluta, seréis la Mano Invisible.

Vuestros enemigos no solo morirán; desaparecerán, se suicidarán, enloquecerán, y nadie, ni la Guardia Civil ni la Inquisición, podrá rastrear vuestra sombra.

Pero a cambio, nunca más sentiréis el calor de la gracia, seréis un instrumento, un bisturí de hielo.

Gabriel cerró los ojos. En la oscuridad de sus párpados, vio a las tres mil familias de Sierra Morena pasando hambre, vio a los caciques riendo en los salones y luego, se vio a sí mismo, de pie ante el altar de una iglesia vacía, sosteniendo una espada manchada.

Si Dios no actúa, pensó con la desesperación del fanático, que actúe el Diablo. Yo seré el puente.

Abrió los ojos. Tomó el cáliz. La plata estaba tan fría que le quemó los dedos.

—Si bebo esto —dijo Gabriel, mirando fijamente los ojos oscuros de Helena—, juro que no me detendré hasta que España esté limpia, aunque tenga que arrancar la cabeza de cada uno de los hombres que bailan en los salones de Madrid.

—Lo sé —respondió ella, y por primera vez, Gabriel vio en su rostro algo parecido a la reverencia—. Bebed, Gabriel de Valera y sed la perdición de vuestra patria. Gabriel alzó el cáliz y bebió.

El líquido sabía a olvido. En el instante en que el brebaje tocó su garganta, un dolor agudo, físico y atroz, le atravesó el pecho, como si una mano de hierro le hubiera aplastado el corazón, Gabriel dejó caer el cáliz, que rodó por el suelo de piedra con un estrépito que pareció despertar a los muertos de las paredes.

Cayó de rodillas, agarrándose la levita, jadeando, el dolor no remitía; se expandía, irradiando desde su pecho hacia las extremidades, congelando su sangre, apagando el calor de sus mejillas, el latido de sus sienes. Y con el frío, llegó el silencio.

El ruido de sus propios pensamientos, el murmullo constante de su conciencia, las voces de la duda y el miedo... todo se apagó. De repente, la cripta no le pareció un lugar tétrico, le pareció un lugar lógico. Ordenado.

Se puso de pie lentamente. Se miró las manos, no habían cambiado, pero sabía que ya no eran las manos de un hombre, eran las de un verdugo consagrado.

Helena lo observaba desde la sombra, con una sonrisa que ya no era burlona, sino posesiva.

—El pacto está sellado, don Gabriel, la Mano Invisible es vuestra. Usadla.

Gabriel no respondió. Recogió su farol del suelo.

la llama ya no parpadeaba; ardía recta, quieta, como si el aire de la cripta hubiera muerto.

Sin decir una palabra más, el nuevo Subsecretario de la Gobernación dio la espalda al Diablo y comenzó a ascender las escaleras hacia la superficie, hacia Madrid, hacia la noche que lo esperaba.

Al salir al claustro en ruinas, el viento de la meseta golpeó su rostro, pero Gabriel no sintió frío.

Miró hacia la lejanía, hacia las luces amarillentas de la capital, ya no veía una ciudad de hombres, veía un tablero y por primera vez en su vida, no sintió el peso del pecado, sintió la ligereza de la absoluta, inquebrantable maldad.