EL PALACIO DE CRISTAL
Gabriel de Valera se mantenía al margen del torbellino de sedas y uniformes.
Vestía su levita negra de costumbre, su figura rígida y adusta formaba un contraste deliberado con la ligereza de los danzantes.
Desde su refugio junto a una de las palmeras exóticas que adornaban el pabellón, observaba a la multitud, pero ya no la observaba como un hombre normal.
Desde aquella noche en el callejón, sus ojos habían adquirido una terrible transparencia.
Al mirar al general que reía en el centro de la pista, Gabriel no veía al héroe de las guerras africanas; veía los sobresueldos robados a la viudedad de sus soldados caídos.
Al mirar a la duquesa de Alcudia, que se abanicaba con languidez, veía la frialdad calculadora, con la que había arruinado a su sobrina para quedarse con sus tierras.
La humanidad, despojada de sus máscaras de cera, se le presentaba como un festín de gusanos.
¿Es esta la España por la que derramo sangre?, se preguntaba Gabriel, sintiendo cómo un cansancio mortal le oprimía el pecho. ¿Es este el rebaño al que intento pastorear hacia la luz?
—Pensáis demasiado, y el pensamiento, cuando no va acompañado de acción, es el único pecado que no tiene perdón.
La voz llegó a su espalda, suave, arrastrada, con ese matiz de ironía que helaba la sangre. Gabriel no se estremeció, se giró lentamente.
Helena de Santángel estaba a dos pasos de él.
Llevaba un vestido de terciopelo color vino, de un corte que, sin ser escandaloso, ceñía su figura con una elegancia, que resultaba casi agresiva entre tantos colores pastel.
Su rostro pálido estaba enmarcado por un velo de encaje negro, que no ocultaba sus ojos oscuros, líquidos y carentes de cualquier calor humano.
A su alrededor, la gente parecía instintivamente apartarse, dejándola un espacio vacío, como si los animales intuyen la presencia del depredador.
—No pensaba, señora —respondió Gabriel, manteniendo la voz en un tono bajo y neutro—. Simplemente, observaba la enfermedad.
Helena sonrió, y esa vez la sonrisa llegó a sus ojos, encendiendo en ellos un brillo de cruel diversión.
—¿Y qué diagnóstico habéis hecho, doctor? ¿ El paciente se puede salvar con la amputación de unos cuantos miembros corruptos?
—Sé que se puede salvar —replicó Gabriel, con la mandíbula tensa—. La Patria es un cuerpo sano, infectado por la cobardía de los hombres que temen usar el bisturí. Yo no temo usarlo.
—Ah, la Patria —murmuró Helena, saboreando la palabra como si fuera un bocado exótico—.
Qué útil es esa palabra, don Gabriel, es el manto con el que los hombres cubren su propia vanidad.
Decidme, con la mano en el corazón y sin recurrir a la retórica de los cafés: cuando hundisteis el acero en la nuca de Olózaga, ¿pensabais en las tres mil familias de Sierra Morena? ¿O pensabais en vos mismo?
Gabriel sintió un latigazo de ira, pero antes de contestar, Helena dio un paso adelante, acortando la distancia. El perfume a mirra y flores marchitas lo envolvió, anulando el olor a gardenias del salón.
—Pensabais en el poder de decidir quién vive y quién muere —continuó ella, su voz ahora un susurro que solo él podía escuchar, aunque sus labios apenas se movieran—, pensabais que, al arrebatarle la vida, os elevabais por encima de la ley de los hombres y os situabais a la altura de Dios.
No matasteis por justicia, Gabriel, matasteis porque os embriagó la sensación de ser, por un instante, el amo del destino.
Yo no os tenté en aquel callejón, yo solo abrí la puerta de la jaula donde ya estabais encerrado.
—Mentís —siseó Gabriel, con los puños cerrados a los costados—. Mi conciencia está limpia, asumo el peso de mis actos.
—La conciencia es un músculo, querido mío, se anquilosa con el uso, o se hipertrofia hasta volverse loca —Helena señaló con un gesto elegante de su abanico de carey hacia el centro del salón.
Allí se encontraba Alejandro Moncada, un joven diputado de apenas veinticinco años, conocido por su integridad inquebrantable y su fe inquebrantable en la democracia.
Estaba hablando acaloradamente con un viejo cacique corrupto, negándose rotundamente a aceptar un soborno para retirar una enmienda—.
Mirad a ese muchacho, puro, recto. Un mártir en potencia; apostaría mi alma a que no hay oro en Madrid que lo doblegue.
Gabriel miró al joven. Su nueva visión le mostró el alma de Alejandro: un tapiz de ideales sinceros, de amor por su tierra, de un honor que no estaba en venta.
—Tiene razón —dijo Gabriel con frialdad—. No hay oro que lo doblegue.
—El oro es vulgar —dijo Helena, acercando sus labios al oído de Gabriel—. El verdadero precio de un hombre es su miedo a la irrelevancia, hablad con él, usad lo que os he dado. Veamos si vuestro bisturí puede cortar el alma de un santo.
Gabriel dudó un instante. Una parte de él, la parte que aún recordaba las oraciones de su madre en la aldea, le gritaba que se alejara de aquella mujer, pero otra parte, más oscura, más hambrienta, sintió la irresistible atracción del abismo.
Se separó de Helena y caminó hacia el joven diputado. Alejandro lo miró con una mezcla de respeto y recelo; la fama de "perro de presa" del Subsecretario le precedía.
—Señor Moncada —dijo Gabriel, y al hablar, moduló su voz, su tono adquirió una resonancia grave, hipnótica, que pareció absorber el ruido del salón—.
Os he escuchado defender vuestras enmiendas, sois un hombre justo, pero la justicia sin poder es poesía, y la poesía no da de comer a vuestros electores.
Alejandro frunció el ceño, intentando mantenerse firme. —No vendo mi voto, señor de Valera, mi conciencia no está en el mercado.
—No hablo de mercado sino del legado —Gabriel dio un paso hacia él, y al clavar sus ojos en los del joven, empujó su voluntad a través de la mirada, sintió cómo su mente se deslizaba por los resortes ocultos del alma de Alejandro.
Encontró la grieta: el terror secreto del joven a morir siendo un desconocido, a que sus ideales murieran con él en un pueblo olvidado—.
El viejo que os ofrece dinero os ofrece miseria, pero yo os ofrezco la historia.
Retirad la enmienda hoy, dejad que el gobierno caiga, en seis meses, con mi apoyo, seréis el Director General de Obras Públicas.
Desde allí, podréis construir los ferrocarriles que vuestro pueblo necesita.
¿De qué os sirve vuestra pureza si os convierte en un mártir olvidado?
Sed útil, sed grande; el pecado de la soberbia es solo un pecado si fracadáis, si triunfáis, se llama Providencia.
Gabriel vio el exacto momento en que la grieta en el alma del joven se abría, la resistencia en los ojos de Alejandro se quebró, no por el dinero, sino por la vanidad, por la terrible y seductora promesa de poder hacer el bien a través del mal.
El joven tragó saliva, y la luz pura de sus ojos se apagó, sustituida por un cálculo frío y terrenal.
—Yo lo pensaré, señor Subsecretario —murmuró Alejandro, bajando la mirada, derrotado.
Gabriel se alejó de él. Su corazón latía con fuerza, pero no de remordimiento, sentía una embriaguez espantosa; no solo podía matar a los corruptos; podía crear corruptos, podía moldear la arcilla de las almas humanas.
Al volver junto a la palmera, Helena no estaba, pero su voz resonó en su mente, clara y triunfal.
¿Veis, don Gabriel? No sois el cirujano que cura el cuerpo de España, sois la infección que se extiende por su sangre. Habéis venido a Madrid a matar monstruos, y lo único que habéis logrado es descubriros a vos mismo como el mayor de todos ellos.
Gabriel se quedó solo en el centro del Palacio de Cristal, a su alrededor, la música seguía sonando, los cristales brillaban, y la alta sociedad de España bailaba hacia el abismo, se acercó a uno de los grandes paneles de vidrio y miró su reflejo.
El gas de las lámparas se reflejaba en el cristal, y por un segundo, Gabriel no vio su propio rostro, vio el rostro de Olózaga, degollado en el callejón, que lo miraba desde el otro lado del vidrio, sonriendo con los dientes manchados de sangre.
Gabriel cerró los ojos con fuerza, pero la imagen no se borró, comprendió, con la certeza helada de los condenados, que el verdadero infierno no era un lugar de fuego bajo la tierra, el infierno era aquel salón de cristal, y él era su rey.