LOS PASILLOS DE LA GOBERNACIÓN
La muerte de don Fermín de Olózaga no conmovió los cimientos de la nación, ni siquiera los de su propio distrito electoral.
La prensa de la mañana, esa misma que días antes había alabado su "visión estratégica" para la explotación de Sierra Morena, dedicó apenas tres columnas en la página interior a lo que rotuló como "un trágico suceso".
Un robo frustrado en un callejón oscuro, decían los redactores, cobrando el salario de la cobardía y la complacencia, la Guardia Civil, tras una investigación, que duró exactamente lo que tardó el Ministro de la Gobernación en hacer una llamada telefónica, archivó el caso.
En la España de la Restauración, la verdad no era un hecho objetivo, sino una mercancía que se cotizaba en la Bolsa de los intereses políticos y la muerte de Olózaga, lejos de ser un escándalo, había sido recibida en los mentideros del Congreso con un silencio cómplice, casi aliviado, el cadáver había sido retirado, y el hueco que dejaba en el poder requería, urgentemente, ser ocupado.
Gabriel de Valera comprendió esta lección con una claridad cristalina mientras contemplaba, desde el ventanal de su despacho, el bullicio de la calle de la Montera.
Hacía apenas una semana que había llegado a Madrid, y ahora, el Ministro Don Augusto Mínguez le había entregado las llaves del Ministerio de la Gobernación: Subsecretario.
El título sonaba a burocracia, a papeleo, a tinta y sellos, pero Gabriel sabía lo que realmente significaba. Significaba el control de la policía, de los gobernadores civiles, de los telégrafos y de los archivos, significaba ser el ojo que todo lo ve y la mano que todo lo aplasta.
—Os lo he dado porque sois el único en este edificio que no huele a miedo, Valera —le había dicho Don Augusto esa misma mañana, mientras le ofrecía un puro de La Habana y le encendía el suyo con una cerilla de azufre—.
Los demás políticos tienen manos de mantequilla, vos tenéis manos de hierro, y lo que es más importante, tenéis el estómago para usarlas.
Olózaga era un estorbo, vos lo habéis quitado.
Ahora, quitad a los que vengan, sed mi perro de presa, y os daré los huesos más grandes de España.
Gabriel había aceptado con una leve inclinación de cabeza, sin mostrar ni vanidad ni humildad, pero ahora, a solas en la inmensidad de su despacho, forrado en caoba y cuero de Córdoba, la realidad de su nueva posición, comenzaba a manifestarse de una forma que no tenía nada que ver con la política.
El pacto que se había sellado en el callejón no había venido acompañado de truenos ni de fuego infernal, había sido algo mucho más sutil y, por tanto, mucho más aterrador: un cambio en la percepción.
La puerta de roble se abrió con un quejido suave. Entró Cárdenas, el joven secretario particular que le habían asignado. Era un muchacho paliducho, de ojos nerviosos y levita algo grande para sus hombros estrechos, que traía la pila de expedientes del día.
—Señor Subsecretario —dijo Cárdenas, con la voz quebrada por los nervios—. Traigo los informes de los gobernadores civiles de Andalucía y la lista de los candidatos para las próximas elecciones, para que usted decida cuáles deben ser... "persuadidos".
Gabriel se giró para mirar al joven. Y entonces, ocurrió.
No fue una alucinación visual, sino una irrupción brutal en su conciencia.
Al clavar su mirada en los ojos de Cárdenas, Gabriel no vio solo al joven asustado, de repente, su mente fue inundada por una cascada de imágenes, olores y emociones que no le pertenecían, sintió el gusto amargo del coñac barato; escuchó el sollozo ahogado de una mujer en una habitación oscura; percibió el peso metálico de unas monedas robadas de la limosna de su propia madre; y, sobre todo, sintió el terror paralizante, viscoso y hediondo que Cárdenas experimentaba en ese preciso instante: el miedo a ser descubierto, el miedo a la pobreza, el miedo a la mediocridad.
Gabriel parpadeó, y la visión se disipó, dejándolo con un ligero temblor en las manos. Respiró hondo, acababa de leer la geometría oculta del alma de aquel hombre. Acababa de conocer todos sus pecados, todas sus miserias, en el espacio de un segundo.
—Dejad los sobre la mesa, Cárdenas —dijo Gabriel. Su voz sonó diferente, ya no era la voz grave del soldado; tenía una resonancia nueva, una cadencia hipnótica que parecía vibrar en los cristales de las ventanas—. Y decidme... ¿por qué tembláis?
Cárdenas tragó saliva, incapaz de sostener la mirada de su superior. —No... no tiemblo, señor, es solo el frío.
—No hace frío en esta habitación —replicó, dando un paso hacia el joven.
La presencia de Gabriel llenaba el espacio, absorbiendo el oxígeno—.
Tembláis porque robasteis el reloj de oro de vuestro padre para pagar las deudas de juego en el café de Levante y tembláis aún más porque sabéis que él lo sabe, y que solo espera a que seáis vos quien se lo confiese.
Cárdenas palideció hasta adquirir el tono de la cera derretida, sus ojos se desorbitaron, y las carpetas que sostenía resbalaron de sus dedos, esparciendo papeles por la alfombra persa.
—¿Cómo... cómo podéis saber eso? —susurró el muchacho, con las lágrimas asomando a sus ojos, derrotado por una vergüenza que le quemaba las entrañas—. ¿Me habéis mandado seguir?
Gabriel no respondió de inmediato. Miró al joven, y por primera vez en su vida, sintió una punzada de algo parecido a la piedad, pero fue rápidamente sofocada por una ola de frío absoluto, comprendió que su nuevo don no era una bendición para hacer justicia; era una maldición que lo aislaba de la humanidad.
Al ver la podredumbre interior de los hombres con tanta claridad, se daba cuenta de que no había nadie a quien salvar.
Todos eran culpables, todos eran, en el fondo, como Olózaga.
—No os he mandado seguir, Cárdenas —dijo Gabriel, con una suavidad que resultó más aterradora que un grito—.
Simplemente, os veo, recoged los papeles y a partir de hoy, cuando os dé una orden, la ejecutaréis sin preguntar, si lo hacéis así, vuestro secreto morirá conmigo, si me falláis, no solo lo sabrá vuestro padre, lo sabréis vos mismo, cada vez que os miréis al espejo.
Cárdenas, temblando como un azotado, se arrodilló para recoger los expedientes, murmurando un "sí, señor" apenas audible. Salió del despacho casi arrastrándose, cerrando la puerta con un cuidado reverencial.
Gabriel se quedó solo en el silencio de la estancia.
Se acercó al espejo de cuerpo entero que había junto a la chimenea apagada, se miró a los ojos.
Esperaba ver en su propio reflejo la misma podredumbre, la misma geometría de pecados que acababa de ver en el muchacho, pero no vio nada; sus ojos eran dos pozos negros, insondables, carentes de cualquier emoción humana.
Os habéis acostumbrado rápido, don Gabriel.
La voz no vino de la puerta, ni de la calle, surgió de las sombras de la propia habitación, densa y perfumada con ese aroma a mirra y flores marchitas que ya reconocía.
Gabriel no se giró. Sabía que ella no estaba físicamente allí, o al menos, no de una forma que los ojos mortales pudieran registrar, pero sentía su presencia junto a él, tan real como el frío del mármol de la chimenea.
—Me habéis dado un poder útil —dijo Gabriel al espejo, hablando con la sombra—. Me permite saber quién es leal y quién es un traidor.
Os he dado la verdad, respondió la voz de Helena, vibrando en su mente con una dulzura venenosa, la verdad es la única arma que no se empaña con el uso.
Los hombres os temerán, Gabriel, no por vuestro puñal, sino porque sabréis exactamente dónde apuñalarlos para que su alma desangre antes que su cuerpo.
Sois el perro de presa de Don Augusto, sí, pero pronto, seréis el lobo que devore al pastor.
—He matado a un hombre para salvar a tres mil familias —replicó Gabriel, con la mandíbula tensa, aferrándose a su justificación moral como un náufrago a un tablón—. No soy un monstruo, soy un cirujano.
La risa de Helena fue un sonido delicioso y terrible, como el tintineo de cristales rompiéndose en el fondo de un pozo.
Oh, mi querido cirujano, susurró la voz, y Gabriel sintió un aliento gélido rozando su nuca, mañana noche hay un baile en los Jardines del Retiro, en el pabellón de cristal, la flor y nata de la Corte estará allí, celebrando la "pacificación" del sur.
Venid, no como el verdugo de las sombras, sino como el hombre de mundo.
Hay otros pacientes en esta ciudad, don Gabriel y necesito que veáis con vuestros propios ojos la enfermedad que pretendéis curar.
La presencia se desvaneció, el olor a mirra fue sustituido de nuevo por el olor a cuero y tabaco de su despacho.
Gabriel se quedó inmóvil frente al espejo, su mano derecha, lentamente, se cerró en un puño.
No sentía miedo, lo que sentía, y esto le aterraba mucho más que cualquier demonio, era una curiosidad malsana, un hambre oscura por ver hasta dónde llegaba su nuevo poder.
Se ajustó el cuello de la levita, tomó su sombrero de copa y salió del despacho. España le esperaba, y él estaba dispuesto a operarla, aunque para ello tuviera que abrir el pecho de toda la nación.