LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) LOS SALONES DE CERA
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LOS SALONES DE CERA

Los candelabros de cristal de Bohemia, que colgaban del techo del Palacio de los Condes de Valdeiglesias, proyectaban una luz dorada y temblorosa sobre la flor y nata de la sociedad madrileña.

El aire, denso y perfumado, olía a cera derretida y a ese aroma indefinible, pero inconfundible que exuda el dinero viejo y el poder ocioso.

Las damas, envueltas en sedas de colores pasteles y abanicos de marfil, reían con una frivolidad calculada, mientras los caballeros, de pie en corros, discutían de cacerías, de la última ópera en el Real y, sobre todo, de los próximos movimientos en el tablero del Congreso.

Gabriel de Valera se mantenía al margen, junto a una columna de mármol falso, con una copa de champán que no había probado.

Su levita negra, aunque impecable, parecía absorber la luz en lugar de reflejarla, y su rostro, curtido por el sol de África y las nieves del norte, formaba un contraste casi ofensivo con la lozanía empolvada de los cortesanos.

A su lado, su patrón político, el Ministro de la Gobernación Don Augusto Mínguez, sudaba ligeramente bajo el cuello almidonado y le señalaba con un gesto discreto a los hombres que manejaban los hilos de la nación.

—Observadlos, Valera —murmuró Don Augusto, sin mover los labios—.

Ese de la izquierda es el marqués; tiene el voto de seis diputados en su bolsillo.

Y el de la derecha, Olózaga, mañana presentará su enmienda para privatizar los montes comunales de Sierra Morena.

Si sale adelante, tres mil familias de campesinos morirán de hambre en el invierno, y los ingleses se llevarán la madera y el mineral por cuatro cuartos.

Pero Olózaga... Olózaga es intocable, tiene la protección de la Corona y el chantaje en sus archivos.

Gabriel no miraba a los poderosos; miraba sus manos. Manos blancas, manicuradas, que sostenían copas de cristal y que, sin embargo, estaban a punto de firmar la sentencia de muerte de miles de desconocidos.

—La ley no puede alcanzarlo, Ministro —dijo Gabriel, con la voz baja y rasposa de quien está acostumbrado a dar órdenes en el campo de batalla.

—La ley es un traje que nos hacemos a medida, querido Gabriel —rió Don Augusto, dándole una palmada en el hombro—. Por eso le necesitamos a usted, usted no lleva traje a medida; usted lleva el uniforme de la necesidad.

Gabriel asintió levemente, su mirada se clavó entonces en Don Fermín de Olózaga.

El diputado era un hombre de unos cincuenta años, de rostro rubicundo y ojos pequeños y húmedos, que en ese momento reía a carcajadas, mostrando unos dientes manchados por el tabaco, mientras acariciaba la cintura de una joven actriz.

Olózaga no era un monstruo de cuento; era algo mucho más terrible, era un hombre mediocre, movido exclusivamente por la gula y la avaricia, que devoraba el futuro de la Patria, con la misma indiferencia con la que devoraba las ostras que le servían en la cena.

Este hombre no es un enemigo político, pensó Gabriel, sintiendo cómo el frío de la disciplina militar se apoderaba de sus extremidades, es una gangrena y la gangrena no se debate en las Cortes; se corta.

Media hora más tarde, Olózaga, visiblemente ebrio y quejándose del calor, se disculpó con sus acompañantes y salió a la terraza para fumar un puro, antes de que su carruaje lo recogiera. Gabriel, con la parsimonia de un depredador que conoce el terreno, esperó tres minutos exactos y lo siguió.

La terraza daba a un callejón lateral, estrecho y mal empedrado, donde la luz amarillenta y enfermiza de las farolas de gas apenas lograba disipar la oscuridad.

El contraste con el salón era brutal: allí arriba, música de Strauss y champán; allí abajo, el olor a orín, a col hervida y a piedra húmeda.

Olózaga estaba apoyado en la balaustrada de hierro, intentando encender su fósforo con manos temblorosas. Gabriel no dijo una palabra, no había odio en su pecho, ni ira, ni siquiera deseo de venganza, solo había una fría y absoluta claridad quirúrgica.

Se acercó por su espalda, el sonido de sus botas fue ahogado por el traqueteo lejano de un carruaje sobre los adoquines.

Gabriel sacó de su bolsillo el puñal de hoja estrecha y negra que había traído de la guerra carlista, un arma que no reflejaba la luz.

Con la mano izquierda atrapó la mandíbula de Olózaga, impidiéndole gritar, y con la derecha le hundió el puñal en la base del cráneo, seccionando la médula con una precisión que solo años de matar en la oscuridad podían otorgar.

El cuerpo del diputado se tensó un instante, soltó un estertor ahogado que sonó como el rasgido de una tela gruesa, y luego se relajó, convirtiéndose en un peso muerto.

lo sostuvo un segundo para que no cayera con estrépito, y luego lo depositó con cuidado tras unos maceteros de hierro forjado, en la sombra más densa del callejón.

Gabriel retrocedió un paso. Su respiración era tranquila, se miró las manos; no había sangre en ellas, solo en la hoja del puñal, que limpió metódicamente en el faldón de su propia levita antes de guardarla.

Entonces, miró hacia arriba. A través del hueco de la terraza, le llegaba el sonido de los violines, la fiesta continuaba, nadie sabía que el destino de Sierra Morena, y el de tres mil familias, acababa de ser reescrito en el barro de aquel callejón.

Gabriel cerró los ojos y, en la soledad de la noche madrileña, elevó una plegaria silenciosa, no era una oración de súplica, sino un parte de guerra dirigido al Cielo.

Señor, pensó, con el alma endurecida como el acero de su daga.

Me habéis dado el libre albedrío, pero me habéis puesto en un mundo donde el bien es impotente ante la maldad de los poderosos, si la justicia de los hombres es una mentira, que la mía sea la verdad.

Me llevo este pecado a mi cuenta, condenadme si queréis, arrastradme al fuego eterno por este asesinato, pero que la sangre de este hombre sirva de rescate para los inocentes.

Asumo mi culpa, asumo mi infierno, para que ellos tengan su pan.

Al terminar su macabra oración, Gabriel esperó sentir el peso abrumador del remordimiento, ese dolor moral que los sacerdotes le habían prometido en su juventud, pero no sintió nada, absolutamente nada. Su corazón latía con la misma regularidad de siempre.

Sin embargo, en el preciso instante en que esa vacuidad se instaló en su pecho, ocurrió algo que escapaba a la lógica de los hombres.

La farola de gas del callejón, que hasta entonces había arrojado una luz mortecina, parpadeó y adquirió un tono rojizo, casi sanguíneo.

La sombra de Gabriel, proyectada sobre la pared de ladrillo, pareció alargarse de forma antinatural, estirándose hacia el cuerpo oculto de Olózaga como si quisiera acariciar la sangre derramada.

Y en el silencio del callejón, Gabriel no escuchó los violines de la terraza, ni el viento de la meseta, escuchó, nítido y cercano, como si unos labios helados le rozaran la nuca, un susurro que olía a mirra y a flores marchitas.

Un sacrificio excelente, don Gabriel, decía la voz de Helena de Santángel, vibrando no en el aire, sino directamente en la base de su cráneo, la Patria os está agradecida. Y yo... yo estoy encantada de conoceros, por fin, en toda vuestra gloria.

Gabriel se giró bruscamente, con la mano en el bolsillo, empuñando de nuevo el puñal, pero el callejón estaba vacío. Solo quedaba el olor a humedad, el humo del puro de Olózaga disipándose en la noche, y la certeza absoluta, terrible y embriagadora, de que ya no estaba solo en su cabeza.

El pacto, sin papeles ni firmas, acababa de sellarse con la primera gota de sangre.