LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14) LA CASTILLA POLVORIENTA
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LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14)

LA ALIANZA OSCURA (NOVELA NEGRA-THRILLER nº 14)

Por Juan Carlos Hidalgo Antigoni

© inepub.com

LA CASTILLA POLVORIENTA

El tren de la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte, avanzaba con un traqueteo regular y atronador, atravesando la meseta castellana, bajo un sol que abrasaba los campos de trigo ya segados.

En el compartimiento de primera clase, el aire viciado olía a tabaco rubio, a cuero de los asientos y a la pomada barata, con la que los viajeros intentaban protegerse del polvo.

Sin embargo, en el rincón más alejado de la puerta, con la ventanilla entreabierta para dejar entrar el aire seco de la tierra, se encontraba Gabriel de Valera.

Gabriel no viajaba por placer, ni siquiera por verdadera ambición; viajaba por un sentido del deber que le oprimía el pecho como una losa de plomo.

A sus treinta y dos años, su rostro mostraba las marcas de quien ha visto la muerte de cerca, en las trincheras de la guerra carlista.

Llevaba un traje de levita negra, impecable pero de un paño modesto, y sus manos, aunque limpias, conservaban la rigidez de quien ha empuñado el sable y, en más de una ocasión, el cuchillo en la oscuridad.

¿Qué es España?, se preguntaba Gabriel, observando cómo el paisaje yerto y polvoriento, se perdía en el horizonte.

Un cuerpo enfermo, devorado por los parásitos, en los salones de Madrid, los ministros se llenan la boca con la palabra "Patria", mientras firman decretos que venden los bosques y los puertos al mejor postor y en los pueblos, el hambre y la ignorancia crían anarquistas y fanáticos.

Gabriel no era un hombre de ideas abstractas; era un hombre de acción, un cirujano convencido de que para salvar al enfermo, a veces es necesario cortar la carne sana.

En su maletín de piel no solo llevaba cartas de recomendación de los generales que le debían la vida, sino también una pequeña lista de nombres.

Eran los nombres de los diputados corruptos, de los caciques que explotaban a los pobres, de los hombres que estaban pudriendo la Restauración desde dentro.

Gabriel sabía que la ley no bastaba, sabía que, si España había de salvarse, algunos de esos hombres tendrían que desaparecer y él, Gabriel de Valera, estaba dispuesto a ser el brazo ejecutor de la Providencia.

Asumiría el pecado del asesinato para que otros pudieran vivir en la gracia de la honestidad.

El tren redujo su marcha al acercarse a Madrid, a través del cristal, contempló la capital. No era una ciudad que inspirara amor, sino una ciudad que inspiraba temor y desconfianza.

Las cúpulas de las iglesias se recortaban contra un cielo, que el humo de las fábricas y el polvo de los caminos teñían de un ocre perpetuo.

Los palacetes de la aristocracia, con sus fachadas de ladrillo y piedra, parecían mirar con desdén a los barrios obreros, que se apiñaban en las afueras, donde las chimeneas escupían su hollín sobre los techos de pizarra.

Al descender en la estación del Mediodía, el bullicio lo envolvió, el griterío de los mozos de cordel, los gritos de los vendedores de agua y el repique lejano de las campanas de San Francisco el Grande, formaban una sinfonía caótica. Gabriel apretó el asa de su maletín.

Mientras caminaba hacia la salida, un carruaje descubierto, tirado por dos caballos ingleses de paso elegante, pasó rozándolo.

El caballero que viajaba en el interior, un diputado de los que figuran en la lista de Gabriel, reía a carcajadas, ajeno a la miseria que lo rodeaba, y al agitar su bastón golpeó accidentalmente a un viejo mendigo que se arrastraba por la acera, pidiendo limosna.

El mendigo cayó al polvo, y el carruaje se alejó sin detenerse.

Gabriel se detuvo en seco, sintió el impulso de ayudar al anciano, pero al dar un paso, una mano enguantada en seda negra lo sujetó por el brazo con una fuerza que desmentía su aparente delicadeza.

—No perdáis el tiempo, capitán —dijo una voz suave, casi musical, pero desprovista de toda calidez humana.

Gabriel se volvió, a su lado había una mujer.

Era de una belleza inquietante, vestida con un traje de viuda de riguroso luto, pero la tela, de una seda finísima, brillaba con un reflejo casi líquido; su rostro era pálido, de facciones perfectas y heladas, y sus ojos, oscuros como el azabache, lo miraban con una inteligencia que resultaba casi ofensiva.

No había compasión en su mirada, sino una curiosidad clínica, como la de un entomólogo ante un insecto.

—Si levantáis a ese mendigo, atraeréis a todas las pulgas de Madrid —continuó la mujer, soltando el brazo de Gabriel con una delicadeza que resultó ofensiva—.

Y si intentáis vengar su golpe, mancharéis vuestra levita, y una levita limpia, en los pasillos del Congreso, es el primer paso para que os tomen en serio.

El pueblo no respeta a los justos, capitán, respeta a los que saben dónde enterrar los cadáveres.

Gabriel frunció el ceño, sintiendo que la pureza de su intención, había sido mancillada por aquella lógica cínica. Llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta, donde descansaba la fría empuñadura de su derringer.

—La justicia no se mide por la limpieza de la levita, señora —respondió Gabriel, con la voz grave y pausada de quien ha dado órdenes de muerte—. A veces, para limpiar la inmundicia, es necesario ensuciarse las manos.

La mujer sonrió. Fue una sonrisa que no llegó a sus ojos, una contracción muscular que pareció ensayar frente a un espejo de plata.

—Qué hermoso es escuchar esas palabras en boca de un hombre, que aún cree que su propia sangre es más limpia que la de sus víctimas. Bienvenido a Madrid, señor... —De Valera. Gabriel de Valera.

—Bienvenido, don Gabriel, yo soy Helena de Santángel, que Madrid os sea leve, aunque, si me permitís un consejo: guardad vuestras ilusiones de justicia, en el fondo de ese maletín.

En los salones que estáis a punto de frecuentar, las ilusiones se pudren más rápido que la carne en verano y si queréis cambiar España, no lo haréis con discursos. Lo haréis con secretos y con sangre.

Helena se llevó el velo de luto con una reverencia burlona y se perdió entre la multitud, dejando tras de sí un rastro de perfume a mirra y flores marchitas.

Gabriel se quedó inmóvil un instante, con el corazón latiéndole con una mezcla de indignación y una inquietud que no lograba nombrar.

El aire de repente le pareció más frío, aunque el sol de agosto caía a plomo.

Miró al anciano mendigo, que ya había sido empujado por la marea humana, y metió la mano en el bolsillo, tocando el acero de su arma.

Quizá tenga razón, pensó Gabriel, mientras reanudaba su marcha hacia el centro, sintiendo el peso de la capital sobre sus hombros. Para salvar a España, primero debo ser el monstruo que ella necesita, debo ser tan poderoso que ni el Diablo pueda detenerme.

En ese preciso instante, sin que Gabriel lo supiera, al pronunciar en su mente la palabra Diablo, una semilla invisible, traída por el viento polvoriento de Madrid, echó raíces en el terreno fértil de su orgullo.

Y en algún palacete oculto de la alta sociedad, Helena de Santángel, alzó la vista hacia el cielo ocre y sonrió, sintiendo el primer y leve tirón del hilo que acababa de atar al alma del verdugo.