La Agencia del Pecado Capítulo 5 — La decisión #8
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Capítulo 5 — La decisión #8

—Les haré saber mi decisión pronto.

Salió de la sala sin apresurarse, pero con la mente llena de cálculos. La oferta era tentadora,

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El sol abrasaba la arena blanca mientras las chicas aprovechaban al máximo sus días de descanso. No pasaban desapercibidas: sus bikinis bien ajustados, las risas despreocupadas y la energía que irradiaban llamaban la atención de cualquiera en la playa.

Emma era la más desinhibida, lanzando comentarios sin filtro sobre los chicos que pasaban. Camila no se quedaba atrás, jugando con su cabello y lanzando miradas coquetas de vez en cuando. Rocío, aunque un poco más relajada, también disfrutaba del ambiente.

Mica, en cambio, era la más recatada del grupo. No porque no disfrutara, pero su mente estaba en otra parte. Mientras sus amigas se divertían sin preocupaciones, ella pensaba en cómo había cambiado su vida en los últimos meses, en lo que realmente quería a futuro.

—Bueno, chicas… —dijo Camila de repente, estirándose sobre la reposera—. Seamos serias por un segundo. ¿Qué quieren hacer con sus vidas? Porque yo, sinceramente, no me veo haciendo esto por mucho tiempo.

Emma soltó una risa corta, pero asintió.

—Ni en pedo —confirmó—. Me encanta la plata fácil, pero no quiero ser modelo para siempre.

—Tal cual —coincidió Rocío—. Yo tampoco me veo en esto a largo plazo.

Mica se removió en su asiento, pensativa.

—¿Y vos, Mica? —preguntó Emma, dándole un leve codazo.

Ella se quedó en silencio por un momento antes de responder con honestidad.

—Siempre quise tener una familia —dijo finalmente—. Algo tranquilo, lejos de la ciudad. Me gustaría vivir en el campo.

Las otras tres la miraron sorprendidas.

—Mirá vos —soltó Camila, con una media sonrisa—. Nunca te imaginé con ese sueño.

—Tiene sentido —dijo Rocío, mirándola con curiosidad—. Siempre fuiste distinta a nosotras en eso.

Mica se encogió de hombros.

—Simplemente es algo que siempre quise.

Emma suspiró y se dejó caer más cómodamente en la reposera.

—A veces dan ganas de mandar todo a la mierda y desaparecer, ¿no?

—Eso sí —coincidió Rocío—. Todas sabemos que este trabajo es temporal. Ninguna quiere quedarse en esto para siempre.

—Por eso hay que aprovechar mientras dure —añadió Camila, alzando su copa en un brindis improvisado.

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Jey se recostó en el respaldo de su silla, observando a Melina con una expresión seria. Habían quedado en juntarse en un café tranquilo, lejos del bullicio de la empresa, para hablar con calma. Melina removió su café con la cucharita antes de alzar la mirada, notando que él no daba rodeos.

—Me ofrecieron comprar la empresa —soltó Jey sin más preámbulos.

Melina parpadeó, claramente sorprendida.

—¿Cómo que comprarte la empresa? ¿Quién?

Jey apoyó los antebrazos sobre la mesa y suspiró.

—Un grupo inversionista. Tienen una oferta muy tentadora. Buen dinero, estabilidad para mí… pero no sé qué hacer.

Melina se cruzó de brazos, observándolo con intensidad.

—¿Lo vas a aceptar?

—Todavía no decidí. Por eso quiero saber qué opinás.

Melina se tomó un segundo antes de responder.

—Si vendés, ¿qué va a pasar con las chicas? ¿Conmigo? ¿Con toda la gente que trabaja en la empresa?

—Probablemente el nuevo dueño mantendría parte del equipo… pero no puedo garantizar nada —admitió Jey.

Melina dejó escapar un suspiro, pero su tono siguió siendo firme.

—Mirá, Jey. No te voy a decir qué hacer, porque al final del día, es tu empresa. Pero si lo hacés, asegurate de que no sea solo por la plata. Esto no es solo un negocio, es una red de gente que depende de vos. Si te vas, más de uno va a quedar en la nada.

Jey la miró en silencio. No era que no lo hubiera pensado, pero escuchar a Melina decirlo de manera tan cruda lo hizo sentirse aún más en una encrucijada.

—Y vos —añadió ella, señalándolo con la cucharita—, ¿qué vas a hacer si vendés? ¿A qué te vas a dedicar?

Él no respondió de inmediato. Melina lo analizó y negó con la cabeza.

—Ahí está —dijo con media sonrisa—. Ni siquiera sabés qué harías después.

Jey soltó una risa corta y seca.

—Touche.

—Pensalo bien, Jey. No solo por la empresa, sino por vos mismo.

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Las chicas se habían reunido en el departamento de Rocío para comer algo después del viaje.

La mesa estaba llena de restos de empanadas, botellas de cerveza abiertas y paquetes de papas fritas a medio terminar.

Hablaban de todo y de nada al mismo tiempo, hasta que Melina, sin darle demasiada importancia, dejó caer la bomba.

—Ah, por cierto, Jey recibió una oferta para vender la empresa.

Silencio.

Todas la miraron al mismo tiempo.

—¿Cómo que vender? —preguntó Emma, frunciendo el ceño.

—Eso mismo, le quieren comprar todo —respondió Melina encogiéndose de hombros.

—¿Y él qué dijo? —insistió Camila.

—Todavía no decidió. Está pensando.

Rocío dejó su vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Y nosotras qué carajo hacemos si la vende?

—No sé —admitió Melina—. No sé qué va a pasar con nadie.

—La puta madre… —murmuró Mica, pasándose una mano por la cara.

—Bueno, a ver —intervino Emma, levantando una mano como si fuera a poner orden—. Pensemos en serio. Si Jey vende, ¿qué carajo nos pasa a nosotras?

—A la mierda con todo —soltó Camila—. Nos limpian en un segundo.

—Depende de quién compre —dijo Melina—. Pero sí, no sería raro que empiecen con “reestructuraciones”.

—Nos rajan a la mierda —sentenció Rocío.

—Literal —asintió Emma—. A nosotras, a las otras minas, a todos.

Mica estaba callada, pero la cabeza le iba a mil por hora. Si Jey vendía, ¿qué pasaba con su trabajo? ¿Con ella?

—¿Y vos, Meli? —preguntó de repente—. Vos sos la mano derecha de Jey, ¿qué te pasa a vos si la empresa cambia de dueño?

Melina hizo una mueca y tomó un trago de cerveza.

—Ni idea. Supongo que me ofrecerían quedarme, pero… No sé si me gustaría.

—O te mandan a cagar también —apuntó Camila con brutalidad.

—También es una opción.

—¿Y vos, Mica? —preguntó Rocío—. ¿Qué onda si Jey se va?

Mica suspiró.

—Soy su secretaria. Si entra otro jefe, puede que me dejen o puede que traigan a alguien más. No tengo idea.

—Es una mierda —espetó Emma, cruzando los brazos—. ¿Y él qué dice?

—Solo me dijo que la oferta es buena —respondió Melina.

—¿Cuánto? —preguntó Camila.

—No sé.

—Dale, boluda, algo tenés que saber.

—No sé, en serio —insistió Melina—. Y aunque supiera, no lo diría.

—Igual, si es lo suficiente como para tentarlo, tiene que ser un número grande —razonó Rocío.

—Sí, pero si la vende… —Mica se pasó la mano por el pelo, exasperada—. Esto se va todo a la mierda.

—Básicamente —confirmó Melina.

Hubo un silencio denso, cada una procesando lo que significaba.

—Y si lo convencemos de que no lo haga —propuso Emma de repente.

—¿Cómo? —preguntó Camila—. ¿Con sexo? Porque si es por eso, yo me sacrifico.

Todas soltaron una carcajada, pero la tensión seguía ahí.

—Hablando en serio —siguió Emma—. ¿No podemos hacer algo?

—Si ya tiene la idea en la cabeza, no sé si lo vamos a poder frenar —dijo Melina.

—Pero podemos intentarlo —murmuró Mica.

Las otras la miraron.

—¿Vos querés que se quede? —preguntó Rocío.

Mica dudó un segundo.

—Sí —admitió finalmente.

Hubo otro silencio.

—Bueno —dijo Emma, apoyando los codos en la mesa—. Entonces habrá que ver cómo mierda hacemos para que no la cague.

Melina suspiró.

—Si es que ya no la cagó.

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El departamento quedó en silencio después de que todas se fueron. Camila y Rocío se miraron, ambas con la misma preocupación en la cara.

—Esto es una mierda —soltó Camila, dejándose caer en el sillón.

—Alta mierda —confirmó Rocío, sentándose a su lado.

Por un momento ninguna habló, cada una perdida en sus propios pensamientos. Hasta que Rocío suspiró y rompió el silencio.

—Si Jey vende, estamos al horno.

Camila asintió lentamente.

—No es solo nosotras, boluda. Tenemos pibes. No podemos darnos el lujo de quedarnos sin laburo de la noche a la mañana.

—¿Y si los nuevos dueños son unos enfermos de mierda? —preguntó Rocío, con el ceño fruncido—. ¿Si nos hacen hacer cosas que ni en pedo haríamos ahora?

—Boluda, obvio que lo van a hacer. Estos tipos compran empresas para sacarle el jugo hasta dejarla seca.

—¿Y si nos piden contenido más jodido? —insistió Rocío—. Cosas turbias, cosas ilegales…

Camila cerró los ojos por un segundo y sacudió la cabeza.

—Nos van a pedir de todo. Y si decimos que no, nos rajan a la mierda.

—O nos hacen la vida imposible hasta que nos vayamos solas.

Silencio.

Rocío tomó aire y se pasó la mano por el pelo.

—No quiero esto para toda mi vida, boluda. Yo ya lo dije.

—Yo tampoco —admitió Camila—. Pero, ¿qué carajo hacemos?

—Algo tenemos que hacer. No nos podemos quedar esperando a que nos caguen.

—¿Y qué mierda hacemos? —preguntó Camila, mirándola fijamente—. ¿Nos vamos antes de que pase?

—¿Y a dónde, boluda? —Rocío chasqueó la lengua—. Con un nene, sin laburo fijo… No es tan fácil.

—Pero quedarnos acá y ver cómo nos pisan la cabeza tampoco es opción.

Ambas se quedaron calladas un momento, procesando el desastre en el que podían estar metiéndose.

—Yo quiero salir de esto —dijo Rocío de repente—. Hablábamos en la playa de lo que queríamos hacer después… Yo lo dije en joda, pero posta, ¿y si lo intentamos?

Camila la miró con curiosidad.

—¿Intentar qué?

—Algo nuestro, algo que nos de guita sin depender de estos soretes. No quiero que mi pibe crezca viendo cómo me explotan hasta la mierda.

—Yo tampoco… —murmuró Camila.

Se quedaron en silencio otra vez. Ambas sabían que cambiar de vida no era tan fácil, pero quedarse y esperar lo peor tampoco era una opción.

—Hay que pensar bien qué carajo hacemos —dijo finalmente Camila—. Pero si esto se va a la mierda… Nosotras no nos vamos a hundir con el barco.

—Exacto.

• • •

Jey estaba en su oficina, revisando unos documentos, cuando Emma entró sin previo aviso. Se dejó caer en una de las sillas frente a su escritorio, cruzando las piernas con aparente tranquilidad, pero su expresión la delataba.

—¿Se puede saber qué mierda estás haciendo, Jey? —disparó sin rodeos.

Él alzó la vista, frunciendo el ceño.

—¿A qué te referís?