La Agencia del Pecado Capítulo 5 — La decisión #7
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Capítulo 5 — La decisión #7

—¿De qué?

Jey sonrió de lado.

—De vos.

Mica sintió un leve calor en la cara, pero lo disimuló con una sonrisa burlona.

—Qué respuesta de manual.

—Siempre digo la verdad —respondió él con simpleza.

• • •

Jey cerró la laptop con un suspiro y se estiró en la silla, sintiendo la tensión acumulada en los hombros. Llevaba semanas sin parar, resolviendo problemas, tomando decisiones, manejando la empresa y, últimamente, lidiando con dramas personales que ni siquiera le correspondían.

Ya era hora de un respiro.

Se pasó una mano por el pelo y llamó a Mica, que apareció en la puerta de la oficina con su expresión habitual de "¿qué querés ahora?".

—Necesito que organices unas cosas mientras me voy unos días.

Mica frunció el ceño.

—¿Irte? ¿A dónde?

Jey sonrió levemente al notar su sorpresa.

—A la playa.

El rostro de Mica se iluminó por un segundo antes de que lo ocultara con un tono despreocupado.

—Mirá qué bien. No te hacía del tipo que se toma vacaciones.

—Ni yo —admitió él—, pero me las merezco.

Mica cruzó los brazos, inclinando la cabeza.

—¿Y te vas solo?

Jey la miró con un destello divertido en los ojos.

—¿Por qué? ¿Querés venir?

Mica parpadeó, claramente no esperando la pregunta.

—¿Me estás invitando?

—Te estoy preguntando si querés venir.

Ella tardó un par de segundos en responder, tratando de descifrar hasta dónde iba la intención de Jey con esa pregunta.

—Nunca fui a la playa —admitió al final, más para sí misma que para él.

—Entonces ya es hora.

Mica lo miró con recelo.

—¿Esto es en plan "necesito un asistente personal hasta en mis vacaciones" o…?

Jey apoyó los codos en el escritorio y la miró fijo.

—Si lo fuera, ya habrías dicho que no.

Mica sintió un cosquilleo en el estómago. Algo en la manera en que la miraba, en cómo lo dijo, la hizo dudar.

—Mmm… No sé —dijo, haciéndose la pensativa—. Quizás sea muy aburrido estar con vos solo unos días.

Jey sonrió de lado.

—Si te aburrís, es porque querés.

El ambiente se cargó por un instante, la tensión flotando en el aire. Mica se aclaró la garganta y desvió la mirada.

—Lo pensaré. Mañana te digo.

Jey asintió, sin insistir.

—Bien. Tenés hasta mañana.

• • •

Mica se dejó caer en el sillón del departamento, exhalando un suspiro profundo. Rocío, que jugaba con su hijo en el suelo, levantó la vista con curiosidad.

—¿Todo bien? —preguntó Rocío, sin dejar de acomodar los bloques de colores que su pequeño tiraba al suelo con entusiasmo.

Mica se pasó una mano por el cabello, dudando un segundo antes de soltar la bomba.

—Jey me pidió que me fuera con él unos días. Como… una especie de mini vacaciones.

Rocío parpadeó, sorprendida. Luego, una sonrisa divertida apareció en su rostro.

—¿Me estás jodiendo? ¿Jey, el de las cejas fruncidas y la paciencia limitada, pidiendo compañía para unas vacaciones? —dijo con una risita.

Mica rodó los ojos. —Sí, bueno, dijo que necesita despejarse y que me vendría bien también. No sé qué pensar.

Antes de que Rocío pudiera responder, la puerta del departamento se abrió de golpe. Camila, Emma y Melina entraron con bolsas de snacks y bebidas, riendo entre ellas. Al notar las caras de Mica y Rocío, se detuvieron.

—¿Qué nos perdimos? —preguntó Camila con picardía, dejando las bolsas en la mesa.

Emma miró a Rocío, que ahora tenía una sonrisa traviesa, y al instante supo que algo interesante se cocía en el ambiente.

—Mica nos tiene un chisme de alto calibre —anunció Rocío con falsa solemnidad.

Melina se dejó caer en el sillón junto a Mica y la miró con curiosidad.

—¿Qué hiciste? ¿Mataste a alguien? ¿Te ganaste la lotería? —bromeó.

—Peor —intervino Rocío—. Jey la invitó a una escapada juntos.

El silencio duró exactamente dos segundos antes de que las tres explotaran en exclamaciones y risas.

—¡¿Y YA TE LO IMAGINASTE EN LA PLAYA, brONCEADO Y SIN REMERA?! —exclamó Emma sin filtro.

—¿Solos, en un hotel, compartiendo habitación? —añadió Camila con una ceja arqueada.

—Mirá que Jey parece duro, pero apuesto que cuando baja la guardia… —Melina se llevó un dedo a los labios, fingiendo un gesto pensativo— debe ser un fuego en la cama.

Mica se atragantó con su propia saliva. —¡Dios! ¡Paren un poco!

—Nah, Mica —siguió Emma, riendo—. Nos tenés que contar TODO cuando vuelvas. ¿Te imaginás? Luces bajas, una cena frente al mar, Jey sacándose la remera porque “hace calor”… —hizo comillas en el aire y todas rieron—. Y después, un par de copas, miradas intensas, y boom.

—Boom qué —interrumpió Mica, cruzándose de brazos con el rostro encendido.

—Boom… ¡ÉL sobre vos, obvio! —remató Melina con una carcajada.

Mica se cubrió la cara con las manos. —No sé qué es peor, que hablen así de mí o que tengan tan bien detallado cómo creen que Jey y yo…

—Mirá, amiga —Camila le dio unas palmaditas en la pierna—, lo decimos porque lo vemos venir. Es cuestión de tiempo.

Rocío, que se había mantenido más callada, sonrió con complicidad. —Igual, no es mala idea que vayas. Te va a hacer bien desconectarte un poco.

Mica suspiró, aún con la cara encendida. —Voy a pensarlo… Y mientras lo hago, ¿podemos cambiar de tema? Por favor.

Emma se encogió de hombros. —Obvio. Pero si pasa algo… nos contás hasta el último detalle.

• • •

Mica había aceptado la propuesta de Jey, pero no esperaba recibir su llamada esa tarde con un tono serio. Apenas respondió, él fue directo al punto.

—Mica, hay un problema —dijo Jey, suspirando—. Me acaba de surgir una reunión muy importante y no voy a poder ir mañana. El lugar ya está pago, así que quiero que vayas igual. Puedes llevar a una de las chicas o a alguien más si quieres.

Mica parpadeó, sorprendida. No le sorprendía que Jey tuviera compromisos importantes, pero la noticia le cayó de golpe.

—Oh… ¿De qué va la reunión? —preguntó sin mucha insistencia.

—No puedo decir mucho, pero es importante. No es algo que pueda mover —explicó Jey.

Mica asintió, aunque sabía que él no la veía. No iba a insistir. Confiaba en él.

—Está bien, entiendo —respondió con calma—. Voy a ver quién puede ir conmigo.

Después de despedirse, fue directo a la cocina donde Rocío estaba preparando algo para su hijo. No dudó en contarle lo que acababa de pasar.

—Entonces, ¿te vas a ir sola? —preguntó Rocío, alzando una ceja.

—No sé, por eso te digo. Si quieres venir conmigo…

Rocío sonrió con diversión.

—Claro, sería un desperdicio que no fueras. Pero dime, ¿ya lo saben las demás?

—Aún no… —Mica apenas terminó de hablar cuando escuchó pasos apresurados detrás de ellas.

Cami y Emma aparecieron en la cocina con expresiones de total picardía. Era obvio que habían escuchado.

—¿Así que te quedaste plantada? —bromeó Cami.

—Ooooh, esto es un golpe bajo —añadió Emma con dramatismo—. Pero tranquila, estamos aquí para ti. ¿Cuándo nos vamos?

Mica abrió los ojos, sorprendida.

—¿Nos vamos?

—¡Obvio! —exclamó Cami—. No podemos dejar que vayas sola. Será nuestro fin de semana de chicas.

—Meli no puede —aclaró Rocío—, trabajo y esas cosas.

—¡Más razón para aprovechar nosotras! —Emma dio un aplauso y miró a Mica con emoción—. Vamos, di que sí. Será divertido.

Mica miró a todas. Su plan original era distinto, pero la energía de ellas era contagiosa. Terminó sonriendo.

—Está bien… Vámonos todas.

• • •

Jey entró al edificio con paso firme. La reunión se llevaría a cabo en el piso más alto, en una sala de conferencias con una vista privilegiada de la ciudad.

El ambiente era sobrio, con paredes de vidrio y muebles de diseño minimalista.

Tres hombres lo esperaban al otro lado de la mesa, con expresiones que delataban experiencia y confianza.

—Señor, gracias por venir —dijo uno de ellos, un hombre de unos cincuenta años con traje gris y voz grave—. Soy Samuel , CEO Ellos son mis socios, Rodrigo Núñez y Álvaro Méndez.

Jey estrechó las manos con cada uno y tomó asiento. Se acomodó con la espalda recta y la mirada fría, dejando claro que no se impresionaría fácilmente.

—Hablemos de negocios —dijo con tono neutral.

Samuel asintió y deslizó un portafolio de cuero hacia él.

—Nuestra empresa está interesada en adquirir la totalidad de Montalvo Holdings. Hemos seguido de cerca su crecimiento y creemos que tiene un potencial inmenso, pero con nuestra infraestructura y recursos podríamos llevarla aún más lejos.

Jey abrió el portafolio y examinó los documentos con calma. Contenían un análisis detallado de sus activos, ingresos y proyecciones a futuro. La oferta era generosa, más de lo que esperaba.

—Interesante —comentó sin levantar la vista—. Pero quiero detalles. ¿Cuál sería su plan con la empresa una vez adquirida?

Rodrigo, un hombre de unos cuarenta años con un aire analítico, intervino.

—Nuestra intención es mantener la estructura y aprovechar sus contactos en la industria. No buscamos desmantelar lo que ha construido, sino potenciarlo con nuestro capital y conexiones internacionales.

Jey dejó los documentos en la mesa y entrelazó los dedos.

—¿Y qué pasará con mis empleados? Porque si piensan hacer despidos masivos, no me interesa su oferta.

Álvaro, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se inclinó hacia adelante.

—Valoramos el talento humano de su empresa. Podemos garantizar estabilidad para la mayoría del equipo clave. Claro que habría algunos ajustes, pero nada drástico.

Jey soltó una leve risa, sin humor.

—Siempre dicen eso, pero los “ajustes” suelen ser el principio del fin para la cultura de la empresa. ¿Qué tan involucrado esperan que yo esté si acepto la oferta?

Samuel sonrió, mostrando sus cartas.

—Idealmente, quisiéramos que se quedara como asesor durante la transición. Su visión es clave para la estabilidad de la marca.

Jey asintió lentamente, analizando cada palabra. Sabía que aceptar o rechazar la oferta no era una decisión para tomarse a la ligera.

—Es una oferta sólida —dijo finalmente—, pero necesito tiempo para evaluarla.

Rodrigo sacó una tarjeta de presentación y la deslizó hacia él.

—Lo entendemos. Le daremos unos días. Esperamos su respuesta.

Jey tomó la tarjeta y se levantó. Apretó las manos de los tres con la misma seguridad con la que había entrado.