La Agencia del Pecado Capítulo 5 — La decisión #6
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Capítulo 5 — La decisión #6

—Quiero ayudar en la empresa. Lo que dijiste el otro día tenía sentido, y quiero demostrar que puedo aportar algo.

Jey dejó el bolígrafo sobre el escritorio y la miró con interés, aunque con un dejo de sospecha.

—¿Y qué sabés hacer?

—Puedo aprender —respondió Rocío, cruzándose de brazos—. Hay cosas básicas que puedo manejar mientras te saco un poco de peso de encima. Decime qué necesitás.

Jey se quedó en silencio unos segundos, evaluándola. Luego, resopló con diversión.

—Bien. ¿Querés empezar ahora?

—Sí.

—Perfecto. Ahí tenés una pila de documentos. Ordenalos, registrá lo que falta y asegurate de que no haya errores. Si te equivocás, te vas.

Rocío rodó los ojos. —Tan encantador como siempre.

Jey le pasó los papeles sin más rodeos y volvió a su trabajo, sin darle más importancia.

Horas después…

El ambiente en la oficina se había vuelto más relajado. Rocío estaba sentada en el sofá, revisando los documentos que Jey le había dado, mientras él seguía concentrado en lo suyo. Por momentos, él la observaba de reojo. No esperaba que realmente se quedara tanto tiempo.

—Me sorprende que sigas acá —dijo finalmente, rompiendo el silencio.

Rocío sonrió sin levantar la vista. —Yo también estoy sorprendida.

—¿Por qué hacés esto, Rocío? —preguntó, esta vez con un tono más serio.

Ella dejó los papeles a un lado y lo miró directo a los ojos.

—Porque quiero aprender. Y porque quiero demostrarte que valgo más que solo pedirte favores.

Jey la sostuvo la mirada por unos segundos. Había algo en la forma en que lo dijo que le hizo apretar la mandíbula. No era la primera vez que alguien intentaba acercarse a él por interés, pero esta vez se sentía diferente.

El silencio entre ellos se cargó de algo más. Algo sutil, pero eléctrico. Rocío lo notó y decidió probar un poco más su terreno. Se levantó con calma y caminó hacia el escritorio. Apoyó las manos sobre la mesa y se inclinó levemente, lo suficiente para que la distancia entre ellos se redujera.

—¿Voy bien, jefe? —preguntó con un tono bajo, casi provocador.

Jey entrecerró los ojos y sonrió con incredulidad.

—No juegues conmigo, Rocío.

—¿Quién dijo que estoy jugando?

Jey no respondió. En cambio, mantuvo la mirada fija en ella, como si intentara decidir qué hacer. Pero antes de que el momento pudiera escalar más, el sonido de su teléfono interrumpió el ambiente.

Jey suspiró y lo tomó sin despegar los ojos de Rocío.

—Vas bien —dijo finalmente—. Pero todavía te falta mucho por aprender.

• • •

Santiago llevaba todo el día con una sensación incómoda en el pecho.

Desde la última vez que habló con Jey, la inquietud no lo dejaba en paz.

No era solo la forma en que Jey había reaccionado, sino el hecho de que ahora veía a Rocío más cerca de él.

Algo en la dinámica entre ellos había cambiado, y Santi no podía quedarse de brazos cruzados.

Decidido, fue a buscarla. La encontró en su departamento, sentada en el sofá con unos papeles en la mano, probablemente relacionados con la empresa de Jey. Apenas lo vio, sonrió con naturalidad.

—¿Qué hacés acá? —preguntó, dejando los documentos a un lado.

Santi cerró la puerta detrás de él y cruzó los brazos. No se molestó en sentarse.

—Tenemos que hablar.

Rocío arqueó una ceja, notando su tono serio.

—¿Sobre qué?

—Sobre Jey.

La expresión de Rocío se endureció apenas escuchó el nombre. Se enderezó en el asiento, preparándose para lo que sea que Santi estuviera por decir.

—¿Qué pasa con él?

Santi resopló, frustrado. —¿En serio me preguntás eso? Te estuve observando, Rocío. No sos tonta. Te das cuenta de las cosas. Sabés cómo es Jey.

Rocío frunció el ceño. —Si esto es otro ataque de celos…

—No es celos —la cortó Santi con firmeza—. Es advertencia. Porque parece que te olvidaste de que Jey no hace nada gratis. Siempre hay un precio. Y si no lo ves, es porque no querés verlo.

Ella entrecerró los ojos, cruzándose de brazos. —¿Y cuál se supone que es el precio?

Santiago avanzó un paso, inclinándose un poco hacia ella, asegurándose de que entendiera cada palabra.

—Te quiere coger, Rocío.

El silencio que siguió fue espeso, tenso. Rocío sintió que la sangre le hervía en las venas, pero se obligó a no reaccionar impulsivamente.

—Estás exagerando.

Santi soltó una risa incrédula. —¿En serio? ¿Vos lo viste cómo te mira? ¿Cómo te trata? Jey no es un tipo que haga favores por nada. No importa cómo te lo pinte, él siempre espera algo a cambio. Y con vos, la respuesta es obvia.

Rocío apretó la mandíbula. Una parte de ella quería negarlo, quería creer que Jey la estaba ayudando porque realmente veía algo en ella. Pero otra parte… otra parte recordaba la forma en que la había mirado en la oficina, el peso de sus palabras cuando le dijo que aún le faltaba mucho por aprender.

Santiago notó la duda en sus ojos y presionó más.

—Mirá, hacé lo que quieras. Pero después no te hagas la sorprendida cuando te pida lo que realmente quiere.

Rocío se levantó del sofá de golpe, sintiendo que le ardía la piel.

—No necesito que vengas a decirme cómo manejar mi vida, Santi.

—Entonces manejala bien —disparó él, antes de girar sobre sus talones y salir del departamento sin esperar respuesta.

Rocío se quedó de pie, con la respiración agitada y los puños cerrados. No sabía si estaba enojada con Santi por decirlo… o consigo misma por saber que, en el fondo, sus palabras tenían algo de verdad.

• • •

Rocío no podía sacarse las palabras de Santi de la cabeza. Le molestaba que él creyera que sabía más que ella sobre lo que Jey quería, pero lo que más la carcomía era que, en el fondo, dudaba.

Así que decidió no darle más vueltas. Fue directo a la oficina de Jey, sin anunciarse.

Abrió la puerta sin golpear y lo encontró recostado en su silla, con los ojos fijos en la pantalla de su laptop. Apenas levantó la mirada al verla entrar.

—Otra vez vos —soltó con cansancio, sin sorpresa.

—Sí, otra vez yo. Tenemos que hablar.

Jey notó la firmeza en su tono y suspiró, cerrando la laptop con calma.

—¿Sobre qué?

—Sobre vos y yo —dijo sin rodeos, cruzándose de brazos.

Eso sí captó su atención. Jey se acomodó en la silla y le hizo un gesto para que continuara.

—Hablé con Santi —soltó Rocío, sin dudar.

—¿Y?

—Y me dijo que vos no hacés nada gratis, que siempre esperás algo a cambio. Que lo que realmente querés es cogerme.

Jey ni siquiera parpadeó. No se inmutó, ni intentó negarlo o fingir indignación. En cambio, esbozó una media sonrisa, ladeando la cabeza con curiosidad.

—¿Y vos qué pensás?

Rocío no vaciló.

—Que tiene razón en algunas cosas. Vos no hacés favores porque sí. Pero también creo que no sos tan básico como para pensar que porque me estás ayudando me lo voy a coger por agradecimiento.

Jey soltó una risa baja, pero no burlona.

—Eso es cierto. No funciono así.

—Entonces decime la verdad —exigió ella, acercándose un poco más al escritorio—. Si no estuviera con Santi, ¿hubieras intentado algo conmigo?

Jey sostuvo su mirada sin esquivar la pregunta.

—Sí.

Rocío sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no apartó la vista.

—¿Y ahora?

Jey entrecerró los ojos, como analizándola.

—Ahora estás con Santi. Y yo no me meto en quilombos que no me corresponden.

Rocío soltó una risa seca.

—Eso es nuevo.

Jey se encogió de hombros.

—No me interesa cagarle la cabeza a nadie. Si estuvieras sola, la historia sería diferente. Pero no lo estás, así que no hay nada más que hablar.

Hubo un silencio cargado. Rocío se humedeció los labios, procesando sus palabras.

—Entonces no tengo que preocuparme de que me pidas nada raro.

Jey la miró con diversión.

—No. A menos que vos me lo pidas.

Rocío negó con la cabeza, medio sonriendo.

—No va a pasar.

Jey alzó una ceja, confiado.

—Veremos.

Ella rodó los ojos y dio un paso atrás.

—Bueno, aclarado el tema. No quiero quilombos con Santi y tampoco con vos.

Jey asintió.

—Entonces estamos en la misma página.

Rocío respiró hondo, dándose por satisfecha.

—Nos vemos, Jey.

—Nos vemos, Rocío.

• • •

Mica nunca había entendido del todo a Jey. Siempre lo había visto como alguien frío, pragmático, más calculador que emocional. Pero últimamente, había empezado a notar matices en él que antes se le escapaban.

Desde su discusión con Rocío y el enfrentamiento con Santi, lo veía diferente. No era que hubiera cambiado—seguía siendo intenso y directo—pero ahora Mica podía percibir otros aspectos en su personalidad. Pequeños gestos que antes ignoraba.

Esa tarde, mientras trabajaban en la oficina, lo vio más relajado de lo habitual. Estaba revisando informes, pero en lugar de la expresión dura y ceñuda de siempre, tenía el ceño ligeramente fruncido, concentrado pero sin esa tensión de costumbre.

—¿Querés otro café? —preguntó Mica, sin pensar demasiado.

Jey levantó la mirada, sorprendido.

—¿Me estás ofreciendo café? —arqueó una ceja con una media sonrisa.

—¿Y qué? También sé ser amable.

—No, no digo que no. Solo… no me lo esperaba. —Jey la estudió un segundo, antes de asentir—. Dale, acepto. Pero con poca azúcar.

Mica rodó los ojos.

—Sí, ya sé cómo lo tomás.

Se fue a preparar el café, y cuando volvió, lo encontró con la mirada fija en la pantalla, pero con los hombros menos rígidos. Dejó la taza frente a él y, en lugar de irse de inmediato como solía hacer, se apoyó en el escritorio.

—Te vi con Rocío el otro día —comentó, fingiendo desinterés mientras revisaba unos papeles—. No parecías el Jey de siempre.

Jey soltó una leve risa.

—¿Y cómo es el "Jey de siempre"?

—Frío. Seco. Un poco hijo de puta.

Jey se inclinó hacia atrás en la silla, divertido.

—Gracias por la parte que me toca.

—Pero con ella fuiste… diferente. No tan distante. Hasta parecías… ¿cómo decirlo? ¿Paciente?

Jey exhaló, apoyando los codos en la mesa.

—A veces hay que saber elegir las batallas. Rocío no es una boluda, y si me hubiera puesto en plan cortante, no habría servido de nada.

Mica lo observó un momento.

—¿Y conmigo?

Jey la miró, intrigado.

—¿Qué con vos?

—¿Siempre vas a ser el mismo Jey de siempre?

Hubo un breve silencio entre ellos. Jey inclinó un poco la cabeza, como si la estuviera analizando.

—Eso depende.