Capítulo 5 — La decisión #5
(Cami frunce el ceño y sacude la cabeza.)
CAMI: No, no, no. Vos me tenés que ayudar. No puedo hacerlo sola.
(Jey se pasa una mano por la cara. Era obvio que no iba a aceptar un no. Pero él realmente no tiene tiempo para encargarse de eso.)
JEY: Mirá, te explico todo, te guío, te doy opciones, pero ejecutarlo… no puedo.
CAMI: No me jodas, Jey. No quiero que solo me expliques, quiero que estés ahí.
JEY: Y yo quiero muchas cosas también, pero no siempre se puede.
(Cami aprieta los labios, claramente no conforme. Emma se ríe por lo bajo, disfrutando del tira y afloje.)
EMMA: ¿Desde cuándo te cuesta tanto hacer favores, eh?
(Jey la fulmina con la mirada.)
JEY: No es hacer favores. Es que tengo cosas más urgentes que manejar.
(Cami cruza los brazos, cabezadura.)
CAMI: ¿Más urgentes que ayudarme a asegurar el futuro de mi hijo?
(Jey suspira. La cabrona sabe cómo apretar donde duele. Se reclina en la silla, mirándola con intensidad.)
JEY: No lo pongas así porque sabés que me cagás.
CAMI: Entonces ayudame.
(Jey la mira, midiendo sus opciones. No quiere comprometerse a algo que no puede manejar, pero tampoco puede simplemente dejarla sin respuestas. Finalmente, chasquea la lengua y asiente lentamente.)
JEY: Está bien. Pero lo hacemos a mi manera. Yo te digo cómo, te doy los contactos, te guío, pero vos te movés con esto.
(Cami sonríe, aliviada.)
CAMI: Trato hecho.
(Emma se ríe, dándole un codazo a Cami.)
EMMA: Qué insistente que sos, boluda.
CAMI: Cuando quiero algo, lo consigo.
(Jey sacude la cabeza, sabiendo que la batalla está perdida. Pero al menos, logró manejarlo sin meterse en algo más grande de lo que puede manejar.)
• • •
(Es una tarde tranquila. Cami y Rocío están en un café del centro, con sus tazas frente a ellas. La charla fluye relajada hasta que, por casualidad, Cami menciona su inversión.)
ROCÍO: Pará, pará… ¿Cómo que inversión?
(Cami sonríe, revolviendo su café con calma.)
CAMI: Sí, estoy metiéndome en algo. No quiero depender de esto para siempre, quiero asegurarme un futuro estable, por el nene y por mí.
(Rocío asiente, interesada. Se reclina sobre la mesa, apoyando los codos.)
ROCÍO: ¿Y cómo lo estás haciendo?
CAMI: Jey me está ayudando.
(Rocío levanta una ceja, sorprendida.)
ROCÍO: ¿Jey? No me jodas, ¿desde cuándo es asesor financiero?
(Cami se ríe, negando con la cabeza.)
CAMI: Desde nunca, pero el chabón sabe cómo mover la plata y conoce gente que puede ayudar. Yo no entiendo nada, así que le pedí que me guíe.
(Rocío se queda pensativa, mordiendo su labio. Algo en la idea la hace reflexionar. Luego de unos segundos, levanta la mirada.)
ROCÍO: …Eso está bueno. Me gusta la idea.
(Cami frunce el ceño, sorprendida.)
CAMI: ¿Posta?
ROCÍO: Sí. O sea, lo mismo que vos… no quiero quedarme en la nada. Yo también tengo que pensar en el futuro, en mi hijo. No puedo depender solo de lo que hago ahora.
(Cami asiente, entendiendo perfectamente la preocupación. Ambas están en una situación parecida.)
CAMI: Tiene sentido.
(Rocío se queda en silencio unos segundos y luego sonríe, con cierta picardía.)
ROCÍO: ¿Creés que Jey me ayudaría también?
(Cami suelta una carcajada y niega con la cabeza.)
CAMI: Ay, Ro, no sabés lo que me costó que me diera bola.
(Rocío se cruza de brazos, divertida.)
ROCÍO: Dale, no debe ser tan difícil.
CAMI: ¿Ah, no? A ver, intentá vos. Jey tiene la cabeza en mil cosas, si le decís de una que te ayude, te va a mandar a la mierda.
ROCÍO: ¿Y vos cómo hiciste?
CAMI: Insistí. Lo agarré con argumentos que no pudo rechazar.
(Rocío ríe con diversión.)
ROCÍO: ¿Qué hiciste, le lloraste?
CAMI: Más o menos. Le dije que era por mi hijo. Ahí le toqué el punto débil.
(Rocío alza una ceja, intrigada.)
ROCÍO: ¿Jey tiene punto débil?
CAMI: Cuando se trata de nosotros, sí. Aunque lo disimule.
(Rocío se queda pensativa, asimilando la información.)
ROCÍO: Bueno… entonces voy a intentarlo.
(Cami la mira con una mezcla de incredulidad y diversión.)
CAMI: Te deseo suerte, porque la vas a necesitar.
(Rocío sonríe con confianza, ya maquinando en su cabeza cómo abordar a Jey.)
• • •
Rocío entró a la oficina de Jey sin anunciarse.
Había estado buscando el momento adecuado para hablar con él, y aunque no estaba segura de si este era el indicado, decidió no postergarlo más.
Al entrar, vio a Mica de pie junto al escritorio, con una taza de café en la mano.
Parecía que acababa de servirle uno a Jey, quien, con el ceño fruncido, hojeaba unos papeles con la concentración de alguien que llevaba demasiado peso sobre los hombros.
—¿Te interrumpo? —preguntó Rocío, apoyándose en el marco de la puerta.
Jey levantó la vista y soltó un suspiro. —Si te digo que sí, igual vas a hablar, ¿no?
—Exacto —respondió ella con una sonrisa ladeada, antes de caminar hasta el escritorio. Se sentó en una de las sillas frente a él y miró a Mica, que aún sostenía la taza. —Gracias por el café, Mica. Si le pusiste suficiente azúcar, capaz se le pasa el mal humor.
Mica sonrió levemente y dejó la taza frente a Jey antes de salir de la oficina. Rocío esperó a que la puerta se cerrara para hablar.
—Estuve charlando con Cami —empezó, cruzando las piernas—. Me contó sobre la idea de inversión que le estás ayudando a armar.
Jey bebió un sorbo de café, sin apurarse en responder. Sabía perfectamente a dónde iba esto. Rocío captó su mirada y decidió ir directo al punto.
—Quiero hacer algo similar. No solo por mí, sino por mi hijo. Quiero asegurarle un futuro.
Jey apoyó la taza con un golpe leve y se pasó la mano por la cara, visiblemente agotado.
—Me lo imaginé… —murmuró, recargando la espalda en el sillón—.
Escuchame, no es que no quiera ayudarlas, pero ya tengo suficiente con lo que hay que manejar acá.
No me da el tiempo para estar armando planes financieros a medida para cada una.
—No te estoy pidiendo que me armes nada —se defendió Rocío—. Solo quiero entender cómo hacerlo. Y bueno, capaz que un poco de guía al principio…
Jey resopló, mirando el techo como si buscara paciencia en las grietas invisibles.
—Rocío, lo que hice con Cami fue porque ella no tiene la misma base de capital.
Quise asegurarme de que no la caguen. Pero en general, si tienen la plata, lo que tienen que hacer es investigar.
No pueden depender de que yo les arme todo.
—¿Y cómo se supone que aprendamos si nadie nos explica? —rebatió Rocío.
Jey la miró con cansancio, pero sin malicia.
—No digo que no les explique nada. Pero hay muchas formas de ayudar, Ro.
No tiene que ser con información o esperando que yo haga todo.
Hay cosas en la empresa, cosas alrededor mío, donde podrían dar una mano.
Mientras más alivian eso, más puedo enfocarme en lo que sí sé hacer.
Rocío lo estudió en silencio, comprendiendo la carga que llevaba. A veces se olvidaba de que Jey no era solo la persona que resolvía todo, sino que también tenía un límite. No insistió más.
—Está bien, lo entiendo —dijo finalmente—. Voy a pensar cómo aportar de otra forma.
Jey asintió, relajando un poco los hombros.
—Eso ya es un buen comienzo.
• • •
Jey cerró la laptop con un golpe seco y se frotó la cara con ambas manos, exhalando con frustración.
Aún estaba tratando de sacarse de la cabeza la conversación con Rocío cuando sintió que alguien entraba con paso firme y decidido.
Levantó la vista y se encontró con Santiago, que lo miraba con un brillo oscuro en los ojos.
—¿Qué mierda te pasa con Rocío? —soltó Santi sin rodeos.
Jey entrecerró los ojos y ladeó la cabeza, intentando descifrar hasta dónde llegaba la acusación.
—¿De qué hablás? —preguntó, aunque ya se lo imaginaba.
—No te hagas el boludo, Jey. Te veo. Siempre estás cerca, siempre metido en todo lo que le pasa. Como si estuvieras esperando el momento para meterte en su vida.
Jey bufó, negando con la cabeza. Se apoyó en la mesa con los brazos cruzados y lo miró fijo.
—No jodas, Santi. Si hubiera querido estar con Rocío, ya lo habría hecho. Pero no lo hice, así que bajá un cambio.
Santiago dio un paso más, con los puños cerrados.
—Claro, ¡pero porque te hacés el buen tipo! Como si fueras mejor que los demás, como si estuvieras por encima de todo.
Jey soltó una risa seca, sin una pizca de humor.
—No tengo tiempo para esta pelotudez. Rocío vino a hablar conmigo de otra cosa, nada que ver con lo que vos te estás inventando en la cabeza. Pero si te molesta tanto, andá y hablá con ella, en vez de venir a hacerte el macho conmigo.
Santi lo miró con los dientes apretados, el pecho subiendo y bajando con la respiración agitada. No había esperado que Jey le contestara de esa manera, directo, sin rodeos, sin intentar suavizar nada.
—Espero por tu bien que estés diciendo la verdad —espetó.
Jey se irguió, desafiándolo con la mirada.
—No necesito convencerte de nada. Creé lo que quieras, pero si volvés a venir a acusarme de algo sin pruebas, te voy a mandar bien a la mierda.
• • •
Rocío no había dejado de pensar en la conversación con Jey.
Sabía que tenía razón en muchas cosas, pero también sentía que no podía quedarse de brazos cruzados si realmente quería asegurar el futuro de su hijo.
No era solo cuestión de dinero, sino de aprender cómo moverse en un mundo que hasta ahora le era ajeno.
Decidida a demostrar que podía aportar algo, se presentó en la empresa sin avisar. Caminó con paso firme por los pasillos hasta la oficina de Jey, donde Mica la miró con sorpresa.
—¿Otra vez por acá? —preguntó con una sonrisa divertida.
—Necesito hablar con Jey.
—Está ocupado.
—No me importa.
Mica soltó una risita, pero no la detuvo cuando Rocío abrió la puerta y entró sin esperar respuesta. Jey estaba inclinado sobre su escritorio, revisando papeles con una concentración absoluta.
—Dijeron que estás ocupado —dijo Rocío, apoyándose en el marco de la puerta.
Jey ni siquiera levantó la vista. —Porque lo estoy.
—Entonces te ayudo.
Jey frunció el ceño y finalmente alzó la mirada.
—¿Qué?