Capítulo 5 — La decisión #9
—No te hagas el boludo —bufó ella—. La venta, Jey. ¿Por qué carajo te vas a deshacer de la empresa?
Jey apoyó los papeles en la mesa y entrecerró los ojos.
—¿Quién te dijo eso?
—No importa. ¿Es verdad o no?
Él suspiró, dándose cuenta de que no tenía sentido negarlo.
—Me hicieron una oferta. Todavía no decidí nada.
Emma chasqueó la lengua y miró hacia el techo por un segundo antes de volver a él.
—¿Y si la aceptás? ¿Qué carajo vamos a hacer nosotras?
Jey apoyó los codos en la mesa y la miró fijamente.
—Eso depende de vos, Emma. ¿Qué hiciste con toda la guita que ganaste en estos años?
Ella se tensó.
—No tengo nada guardado, si eso querés saber.
—¿Cómo mierda no tenés nada guardado? —Jey arqueó una ceja—. ¿Gastaste todo?
Emma se removió en su asiento, incómoda.
—No es que lo reventé en boludeces… Bueno, un poco sí, pero nunca pensé que iba a necesitar tener algo aparte. Siempre pensé que este laburo iba a seguir igual.
Jey la miró en silencio por un momento antes de apoyar la espalda en su silla.
—Emma, si vendo, nadie te va a venir a preguntar qué querés hacer. No van a cuidar de vos. No te van a dar el mismo trato que te doy yo. ¿Estás lista para lo que sea que venga?
Ella apretó los labios y negó con la cabeza.
—No. No lo estoy.
—Entonces más vale que empieces a estarlo.
—¿Y cómo mierda hago eso? No sé hacer otra cosa, Jey. No tengo nada más.
Jey la miró con dureza.
—Si este lugar se va a la mierda, nadie te va a preguntar si estás lista o no. Te van a tirar a la calle o te van a exprimir hasta que no sirvas más. Así de simple.
Emma bajó la mirada, sintiendo el peso de sus palabras.
—¿Vos creés que los nuevos dueños me van a dejar seguir como si nada?
—Dudo mucho que les importe quién sos. Les va a importar cuánto podés vender. Y si en algún momento les conviene más traerse a otra, lo van a hacer sin pestañear.
Emma tragó saliva.
—¿Entonces qué hago?
—Te acomodás ahora —dijo Jey, firme—. Te preparás para el peor escenario. Aprendé a manejar tu guita, buscá opciones, pensá en un plan B. Porque si llega el día en que toquen la puerta y te digan “ya no servís”, más vale que tengas adónde ir.
Emma se pasó la mano por el pelo, frustrada.
—La puta madre, Jey.
Él suspiró, ablandando un poco el tono.
—Mirá, yo todavía no sé si voy a vender o no. Pero si algo aprendí en este negocio es que nadie se preocupa por vos más que vos misma. Así que empezá a cuidarte antes de que sea tarde.
• • •
Jey apenas había cerrado la computadora cuando escuchó la puerta de su oficina abrirse de golpe. Camila entró con paso firme, sin siquiera golpear antes. Su expresión era seria, pero en sus ojos había algo más: preocupación, miedo.
—¿Podemos hablar? —preguntó, aunque ya estaba dentro.
Jey asintió y señaló la silla frente a él.
—Sentate.
Cami se dejó caer en el asiento, pero no se relajó ni un poco.
—Necesito saber la verdad, Jey. No boludeces, no vueltas. ¿Vas a vender o no?
Jey suspiró, pasándose una mano por la cara.
—Todavía no lo decidí.
—¿Pero lo estás considerando? —presionó ella.
—Sí.
El silencio que siguió fue denso. Camila cerró los ojos por un momento, como si estuviera conteniendo un impulso de putear. Luego apoyó los codos en la mesa y lo miró de frente.
—Jey, no puedo volver a lo de antes —dijo, con la voz un poco quebrada—. No puedo arriesgarme a que esta mierda cambie y termine como cuando empecé.
Jey la observó en silencio. Sabía exactamente a qué se refería, pero no quería decirlo en voz alta.
—No sé qué mierda puede venir si vendés —continuó ella—. No sé si los que vengan van a respetar las reglas, si van a dejar todo como está, si nos van a tratar igual. Y no quiero jugarme la vida a la suerte de un par de inversores de mierda.
Jey se pasó la mano por la nuca.
—No tengo una respuesta para eso, Cami.
—¡Pero yo necesito una, carajo! —explotó ella, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Tengo un hijo, Jey. No puedo darme el lujo de esperar a ver qué pasa.
Jey apretó los labios.
—Lo sé.
—¿Lo sabés? ¿Y qué carajo se supone que haga yo si vendés y los nuevos dueños quieren cambiar todo? ¿Si quieren hacer cosas que no puedo aceptar? —su voz tembló apenas, pero se recompuso rápido—. ¿Si me dejan sin trabajo de la noche a la mañana?
Jey la miró con seriedad, pero sin encontrar las palabras exactas.
—No quiero dejarte en la nada, Cami. Ni a vos, ni a nadie.
—Pero si vendés, ¿quién nos garantiza que no va a pasar? —lo desafió ella.
Jey respiró hondo.
—Nadie.
Cami bajó la mirada y soltó un suspiro tembloroso.
—No puedo pasar otra vez por lo mismo, Jey. No con mi hijo en el medio.
Jey sintió una punzada en el pecho. No podía prometerle que todo iba a seguir igual, porque ni él mismo lo sabía.
—Mirá, no tengo todas las respuestas —dijo finalmente—. Pero si algo pasa, si la cosa se pone jodida, no te voy a dejar sola.
Ella lo miró con escepticismo.
—¿Cómo me podés garantizar eso?
Jey sostuvo su mirada.
—No puedo garantizar nada. Pero sí te puedo prometer que, pase lo que pase, voy a hacer todo lo que pueda para que vos y las demás estén bien.
Camila no parecía del todo convencida, pero asintió lentamente.
—Eso espero, Jey. Porque si esto se va a la mierda, más de una nos quedamos sin nada. Y no todas podemos darnos el lujo de empezar de cero
• • •
La sala de reuniones estaba llena. Todas las chicas estaban ahí, aunque algunas con caras de pocos amigos. Se notaba que el tema de la venta las tenía inquietas. Jey se paró frente a ellas con calma, con las manos en los bolsillos y una expresión neutral.
—Bueno, ya que están todas, vamos a lo importante —empezó, mirándolas una por una—. No voy a vender.
Hubo un murmullo inmediato. Algunas suspiraron de alivio, otras se miraron entre sí como si no estuvieran seguras de si eso era bueno o malo. Emma fue la primera en hablar.
—¿Por qué?
Jey sonrió de lado.
—Porque todavía puedo sacarle mucho hasta la última gota a sus culos.
El silencio fue brutal. Algunas abrieron los ojos de par en par, otras hicieron caras de sorpresa. Emma soltó una carcajada y Melina lo miró con una mezcla de incredulidad y resignación.
—¿En serio, Jey? —bufó Camila, cruzándose de brazos.
—¿Qué querés que te diga? —se encogió de hombros él, sin vergüenza—. Es la verdad. No voy a vender porque esto sigue siendo un negocio que me da plata. Mucha. Y a ustedes también.
Varias asintieron, aunque sin decir nada. Jey apoyó las manos en la mesa y los miró con más seriedad.
—Pero escuchen bien lo que les voy a decir. No vendí ahora. Pero eso no significa que no lo vaya a hacer en el futuro.
Las risas y los murmullos se apagaron de golpe.
—No quiero que el día que decida vender estén en bolas, sin saber qué hacer con sus vidas. Si piensan vivir de esto siempre, es su decisión. Pero si no, vayan armando un plan B desde ahora.
Mica, que hasta el momento había estado en silencio, frunció el ceño.
—¿Qué estás queriendo decir exactamente?
Jey la miró directamente.
—Que tienen que dejar de gastar toda la guita en boludeces y empezar a pensar en el futuro. Todas ganan bien. Aprovechen. Ahorren. Inviertan. Busquen algo en lo que les gustaría meterse el día que esto se termine. Porque tarde o temprano, se termina.
Se hizo un silencio tenso. Algunas bajaron la mirada, otras parecían pensarlo seriamente. Camila suspiró.
—O sea, que nos estás avisando que en cualquier momento nos podés dejar en la calle.
—No —negó Jey, tranquilo—. Les estoy diciendo que no sean boludas y se preparen por si algún día eso pasa. No quiero que después vengan llorando porque no tienen dónde caerse muertas.
Emma chasqueó la lengua y sonrió con ironía.
—La ternura hecha persona, como siempre.
Jey se rió.
—No estoy acá para decirles lo que quieren escuchar. Estoy acá para decirles lo que les conviene.
Melina, que había estado observando todo con los brazos cruzados, finalmente habló.
—Y vos, Jey. Si el día de mañana vendés… ¿qué carajo vas a hacer?
Jey la miró, pero no respondió enseguida. Se pasó una mano por la nuca y suspiró.
—Cuando llegue el momento, lo sabré.