La Agencia del Pecado Capítulo 5 — La decisión #2
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Capítulo 5 — La decisión #2

—No se preocupen, chicas, van a ver que esto se siente natural en poco tiempo —les dijo mientras las guiaba al área donde se cambiarían.

Entre ellas, había distintas personalidades. Algunas, como Sofía y Lara, estaban más dispuestas, riendo y murmurando entre ellas, pero otras, como Micaela, se abrazaban los brazos, aún inseguras.

Cuando todas estuvieron listas, Jey reunió al grupo en el centro de la habitación, rodeados de luces, cámaras y fondos preparados con detalles estéticos.

—Vamos a hacer esto fácil. Las que ya tienen experiencia van a ir marcando el ritmo. Las nuevas, observen, tómense su tiempo. Cuando se sientan cómodas, se suman —explicó con un tono tranquilo pero firme.

Las chicas nuevas asintieron, algunas intercambiando miradas entre sí.

Cami, Rocío y Emma fueron las primeras en posicionarse.

Rocío se acomodó en un sofá de terciopelo oscuro, su cuerpo recostado con elegancia mientras dejaba caer un tirante de su lencería con un movimiento lento y provocador.

Emma se acercó a ella por detrás, rozándole el cuello con los labios, mientras Cami se arrodillaba junto a ellas, deslizando una mano por el muslo de Rocío con una sonrisa juguetona.

Las cámaras hicieron clic en cuanto la tensión se instaló en la imagen.

—Dios, esto parece una puta obra de arte —comentó Santi, acomodando una de las luces para resaltar las sombras en sus cuerpos.

Las chicas nuevas observaban con los ojos abiertos. Algunas, como Sofía, mordieron el labio con curiosidad. Otras, como Micaela, todavía se mantenían un poco rígidas.

—Tranquilas, no hay apuro —susurró Naty, que caminaba entre ellas, animándolas.

Después de ver un par de escenas, las nuevas comenzaron a entrar en calor.

Lara fue la primera en sumarse, sentándose junto a Emma en el sofá, siguiendo el juego y replicando sus movimientos.

Al principio, sus gestos eran inseguros, pero cuando Emma la tomó del mentón y le susurró algo al oído, una risa suave escapó de sus labios y se relajó.

—¿Vieron? No es tan difícil —comentó Cami con una sonrisa mientras le guiñaba un ojo.

Micaela, por su parte, dudó unos segundos más. Jey lo notó y se acercó.

—No hay presión. Lo hacés si querés, cuando te sientas cómoda —le dijo en un tono tranquilo, ofreciéndole una mano para ayudarla a acercarse.

Ella tragó saliva, miró a las demás y, con una respiración profunda, dio un paso adelante.

Las primeras fotos suyas fueron más suaves: poses individuales, jugando con la luz y la ropa, tocándose el cabello, deslizándose las manos por la piel. Con cada click de la cámara, la tensión disminuía.

Para cuando ya llevaban más de una hora, la atmósfera había cambiado por completo. Las chicas nuevas ya estaban completamente integradas, riendo y posando sin vergüenza.

En un momento, Rocío tomó la mano de Micaela y la llevó al centro del set.

—Ahora sí, estás lista —le dijo con un guiño, acomodándole el cabello.

Micaela sonrió, más segura, y se dejó llevar.

Naty y Jey se miraron desde el otro lado de la habitación. La sesión estaba saliendo mejor de lo esperado.

—Esto es oro —murmuró Naty, ajustando la cámara para capturar otro ángulo.

Jey asintió con una sonrisa orgullosa.

—Y recién empezamos.

• • •

Era mitad de semana y el ambiente en la casa estaba más tranquilo después del ajetreo del fin de semana. Melina estaba en la cocina, revisando unos papeles y tomando un café cuando escuchó el timbre. Se sorprendió al ver a Micaela en la puerta.

—Mica, ¿todo bien? —preguntó con una sonrisa amable, notando la expresión algo inquieta de la joven.

—Sí... bueno, no del todo. ¿Podemos hablar? —respondió Micaela, jugando con el borde de su manga.

Melina asintió y la hizo pasar. Se sentaron en la sala, donde el sol de la tarde entraba por las ventanas, llenando el espacio con una luz cálida.

Micaela suspiró antes de empezar a hablar.

—Quería agradecerte por la oportunidad del fin de semana, pero... creo que esto no es para mí —dijo, bajando la mirada.

Melina la observó con comprensión.

—No te preocupes, Mica. No todas se sienten cómodas con esto, y está bien. No tenés que forzarte a algo que no querés.

—Es que... yo pensé que sí, que podía hacerlo, pero me di cuenta de que no me siento bien. Y encima, mi situación en casa está cada vez peor... Necesito un trabajo, cualquier cosa, pero no como modelo —explicó, con un dejo de desesperación en la voz.

Melina apoyó los codos en la mesa, pensativa.

—Te entiendo. Pero justo terminamos de contratar al personal que nos faltaba

Micaela asintió con un gesto de resignación.

—Lo entiendo, no pasa nada... —murmuró, aunque la decepción era evidente en su rostro.

Melina la observó por un momento, pensando en alternativas. Entonces, algo se le ocurrió.

—Esperá. Tal vez haya algo que puedas hacer.

Micaela levantó la mirada con un destello de esperanza.

—¿En serio?

—Sí. Jey necesita una secretaria. No es algo que hayamos planeado mucho, pero con todo lo que está manejando, le vendría bien alguien que lo ayude con la agenda, los contactos, los pagos y esas cosas.

Micaela frunció el ceño, confundida.

—¿Pero eso no lo hace él solo?

Melina sonrió.

—Sí, pero no es precisamente su fuerte. Una mano extra le vendría genial. Pero hay un detalle... Tendrías que mudarte a la ciudad donde él vive.

Micaela se mordió el labio, dudando.

—El problema es que no tengo dinero para mudarme. Apenas tengo para moverme de acá...

Melina tomó su teléfono y, sin dudarlo, marcó un número.

—Voy a hacer una llamada. Dame un segundo.

La Llamada a Rocío

Rocío atendió al segundo tono.

—¿Qué hacés, Mel?

—Necesito pedirte un favor —respondió Melina sin rodeos—. ¿Te acordás de Micaela, la chica nueva del fin de semana?

—Sí, la tímida pero linda. ¿Qué pasa con ella?

—Se dio cuenta de que no quiere ser modelo, pero necesita trabajo. Le ofrecí la posibilidad de ser la secretaria de Jey, pero para eso tiene que mudarse a la ciudad y no tiene dónde quedarse.

Rocío no tardó en responder.

—¿Querés que se quede conmigo?

—Sí. Al menos hasta que pueda acomodarse.

Hubo un breve silencio antes de que Rocío respondiera con naturalidad:

—Dale, no hay drama. Tengo espacio y me cae bien.

Melina sonrió.

—Sos una genia. Gracias, Ro.

Cortó la llamada y volvió a mirar a Micaela.

—Hablé con Rocío. Podés quedarte en su departamento hasta que te acomodes.

Los ojos de Micaela se abrieron con sorpresa.

—¿En serio?

—Sí. Rocío es buena onda y ya dijo que no hay problema.

Micaela llevó una mano a la boca, completamente emocionada.

—Mel, no sé cómo agradecerte... De verdad, esto significa mucho para mí.

Melina le apretó la mano con una sonrisa.

—No tenés que agradecerme. Solo aprovechá la oportunidad.

Micaela asintió con decisión.

—Lo haré.

• • •

Jey estaba solo en la oficina del departamento que compartía con Santi. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando el escritorio desordenado con papeles y su laptop abierta. Se pasaba una mano por el cabello, revisando algunas cuentas cuando escuchó unos suaves golpes en la puerta.

—Pasa —dijo sin levantar la vista.

Melina entró primero, con su actitud confiada de siempre.

Detrás de ella, Micaela la seguía con pasos más medidos, sosteniendo sus manos frente a ella como si se preparara para una evaluación.

Antes de entrar, Melina ya le había dejado en claro que Jey no era alguien fácil de convencer.

No se dejaba llevar por la lástima ni la compasión.

Si quería ser parte del negocio, tenía que ofrecer algo que realmente valiera la pena.

—¿Y bien? —Jey las miró con curiosidad, inclinándose en su silla.

—Mica quiere hablar contigo —dijo Melina sin rodeos, cruzándose de brazos.

Jey fijó su atención en Micaela. La chica tragó saliva y tomó aire antes de dar un paso adelante.

—Quiero ser tu secretaria —soltó sin rodeos, aunque su voz tenía un leve temblor.

Jey arqueó una ceja y miró de reojo a Melina, quien solo asentía, como dándole su apoyo. Luego se reclinó en su silla, analizándola con interés.

—¿Y qué me das a cambio? —preguntó con tono neutro, pero con un brillo afilado en los ojos.

Mica apretó los labios y miró de reojo a Melina, quien le dio una leve señal para que hablara. Sabía que la decisión final dependía solo de Jey, así que tenía que jugar bien sus cartas.

—Puedo manejar las cuentas, llevar la agenda, filtrar llamadas… cualquier cosa que necesites —enumeró, tratando de sonar segura, pero Jey no parecía impresionado.

—Eso lo puede hacer cualquiera con dos dedos de frente —replicó él, sin perder la calma.

Mica inspiró profundo. Era ahora o nunca.

—También puedo encargarme de cosas más… personales —añadió, bajando un poco la voz, aunque sin dudar.

Jey entrecerró los ojos. Quería ver hasta dónde llegaba.

—¿Personales cómo? Sé específica.

Mica sintió el calor subirle al rostro, pero no desvió la mirada.

—Lo que necesites. Sin límites. —Su voz apenas tembló, pero lo suficiente para que Jey captara su nerviosismo.

El silencio se hizo pesado en la habitación. Jey la estudió por unos segundos que parecieron eternos. Luego, dejó escapar una pequeña risa y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.

—¿Y qué te hace pensar que necesito a alguien sin límites? —preguntó con una sonrisa ladeada, disfrutando de verla debatirse internamente.

Mica tragó saliva y buscó una respuesta convincente, pero fue Melina quien intervino.

—Porque sabes que te conviene. No te vendría mal alguien de confianza para manejar el negocio mientras tú te ocupas de otras cosas —dijo, directa como siempre.

Jey tamborileó los dedos sobre el escritorio. Sabía que Melina tenía razón. Aunque no estaba completamente convencido, la idea de tener a Micaela bajo su control le resultaba interesante. Finalmente, esbozó una sonrisa y asintió.

—Está bien. Eres mi secretaria —sentenció—. Pero que quede claro: aquí no hay medias tintas. Si te metes, te metes de lleno. Y más te vale estar a la altura.

Micaela sintió un alivio recorrerle el cuerpo, pero no bajó la guardia. Asintió con firmeza.

—No te voy a decepcionar.