Capítulo 5 — La decisión
El sonido del papel deslizándose contra las yemas de sus dedos se repetía en la mesa.
Jey pasó la mirada por los volantes recién impresos, asegurándose de que el diseño fuera atractivo sin ser demasiado explícito.
No necesitaban problemas antes de tiempo.
Las imágenes sugerentes y la promesa de una independencia económica eran el gancho perfecto.
—"¿Querés ser tu propia jefa? ¿Trabajar en lo que te gusta y generar ingresos reales? Esta es tu oportunidad."— leyó en voz alta, asegurándose de que el mensaje transmitiera lo que quería.
Melina, sentada frente a él, tomó uno de los volantes y lo observó con atención.
—Está bien equilibrado —opinó—. No es vulgar, pero deja en claro de qué se trata. Aun así, algunas van a necesitar más detalles antes de decidirse.
—Para eso estoy yo —respondió Jey con una sonrisa confiada—. Quiero que esto llegue a cada rincón del pueblo. En las paradas de colectivos, en las tiendas, en los gimnasios. Hasta en la municipalidad si nos dejan.
Santi, que hasta el momento había estado en su teléfono, alzó la vista con una ceja arqueada.
—¿Y no creés que esto va a traer quilombo? Digo, la gente no es boluda. En cuanto lo vean, van a empezar a hablar.
Jey soltó una risa seca.
—Que hablen lo que quieran. Mientras hablen, significa que estamos llamando la atención.
Melina chasqueó la lengua, aunque no discutió. Sabía que Jey no tenía miedo al escándalo, siempre y cuando le trajera beneficios.
—¿Cómo vamos a repartir esto? —preguntó ella, dejando el volante en la mesa.
Jey sacó una pila más grande de hojas y las deslizó hacia el centro.
—Voy a encargarme personalmente de hablar con algunas mujeres que creo que pueden estar interesadas. Pero también quiero que dejemos esto en los lugares estratégicos. Necesito que vos y Naty hagan lo mismo. Puntos clave donde las mujeres que necesitan esto lo vean sin sentirse expuestas.
Santi silbó, tomando un par de volantes y mirándolos de cerca.
—Esto va a hacer ruido. Pero me gusta.
—Esa es la idea —respondió Jey, poniéndose de pie—. Mañana temprano empezamos. Vamos a ver qué tan rápido se esparce la noticia.
Melina suspiró, tomando su propia pila de volantes.
—Espero que estés preparado para lo que viene después.
Jey sonrió con la misma confianza de siempre.
—Siempre lo estoy.
• • •
No habían pasado ni veinticuatro horas desde que los primeros volantes aparecieron pegados en las paradas de colectivo, en los postes de luz y en algunos comercios estratégicos, cuando el pueblo entero comenzó a hablar.
Jey lo sabía. Era inevitable. Pero no esperaba que la reacción fuera tan inmediata ni tan polarizada.
Desde la mañana temprano, su teléfono no dejaba de sonar.
Mensajes de apoyo, curiosidad, insultos y advertencias se mezclaban sin pausa.
En el grupo de WhatsApp de las modelos, algunas compartían capturas de conversaciones de gente indignada, mientras otras recibían consultas privadas de mujeres interesadas en saber más.
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En la panadería del centro, una señora mayor le entregó a Melina el vuelto junto con una mirada cargada de significado.
—No sé en qué andás vos y los tuyos —murmuró la mujer, bajando la voz—, pero hay chicas en este pueblo que realmente necesitan esa oportunidad. No dejen que las hagan callar.
Melina parpadeó, sorprendida por el comentario.
—Gracias… supongo —respondió, tomando el paquete de facturas y saliendo con paso apresurado.
Apenas cruzó la puerta, alcanzó a escuchar a otra clienta susurrarle a la panadera:
—Qué vergüenza, ofreciendo esas porquerías como si fuera un trabajo de verdad.
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No todos eran tan discretos.
En la plaza, un grupo de hombres se había reunido alrededor de un volante pegado en un árbol. Lo leían entre risas y comentarios despectivos.
—¿Así que ahora cualquiera puede ser putita profesional? —dijo uno, arrancando el papel con una sonrisa burlona.
—No me jode que lo hagan, me jode que lo vendan como si fuera algo digno —agregó otro, escupiéndose en los dedos para borrar los restos de pegamento.
Justo en ese momento, Santi pasó por ahí y los escuchó.
—¿Y qué les molesta tanto? —preguntó, deteniéndose con las manos en los bolsillos.
Los hombres lo miraron con una mezcla de reconocimiento y desprecio.
—Que ahora tenemos que ver esto en todos lados —gruñó uno, señalando otro cartel—. Que nuestras hijas y hermanas tengan que leer esto.
Santi se encogió de hombros.
—Si confían en sus hijas y hermanas, no debería preocuparles. No es obligatorio.
—Andá a cagar, Santi. Vos seguro te llenás los bolsillos con esto.
Santi sonrió.
—Por eso me preocupan menos los problemas ajenos.
Dicho esto, se alejó, sintiendo las miradas en la nuca.
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Jey no se salvó tampoco.
Cuando entró a un almacén a comprar algo, el dueño lo recibió con una sonrisa cínica.
—No sabía que te gustaba vender carne en oferta, Jey.
El local estaba casi vacío, pero aún así, un par de clientes escucharon el comentario y esperaron su reacción.
Jey no pestañeó.
—No vendo carne. Le ofrezco a la gente una forma de ganar plata. Algo que, por lo que veo, vos no hacés acá.
El hombre se cruzó de brazos.
—Es una vergüenza lo que están haciendo. Esas mujeres tienen familias. Hijos. ¿No te da asco?
—¿Te da asco que una mujer use su cuerpo para ganar plata? —preguntó Jey, mirándolo fijo—. Pero seguro no te da asco cuando consumís el contenido que hacen, ¿no?
Hubo un silencio incómodo. Un par de clientes dejaron de fingir que miraban las góndolas y se quedaron atentos a la conversación.
—Mirá, hacé lo que quieras, pero no me pegues esos carteles de mierda en mi negocio —gruñó el dueño.
—No te preocupes, no necesito que la gente lo vea en tu pared. Lo están viendo en todos lados.
Jey pagó lo que tenía que pagar y salió, sintiendo la tensión en el ambiente.
• • •
La oficina del departamento estaba iluminada solo por la lámpara del escritorio.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo nocturno, pero ahí dentro, Jey y Melina estaban concentrados en lo único que les importaba en ese momento: cómo transformar la reciente ola de aceptación en dinero lo más rápido posible.
Jey revisaba la lista de nombres en su celular, pasando el dedo por la pantalla mientras hablaba en voz alta.
—Diez, doce chicas nuevas. Algunas con más experiencia, otras con cero idea de cómo posar o qué hacer frente a una cámara. Pero todas con ganas de arrancar.
Melina, sentada frente a él con una libreta en mano, asintió.
—¿Y las que dudaban?
—Un par siguen pensándolo, pero la mayoría ya dieron el sí —respondió Jey, apoyando el teléfono en la mesa—. No podemos esperar a que todas estén listas, así que tenemos que movernos ya.
Melina suspiró y tomó nota.
—Usamos la casa nueva para todo. Sesiones, ambientaciones, contenido variado. Ahí no nos jode nadie.
—Exacto. —Jey sonrió—. Si hacemos esto bien, en un solo fin de semana generamos contenido suficiente para que todas empiecen a ganar de inmediato.
—Entonces necesitamos organización. No podemos meter a todas en un mismo espacio y que se vuelvan un caos.
Jey se reclinó en la silla, pensativo.
—Lo dividimos en sesiones. Grupos de cuatro o cinco por turno. Algunas harán fotos más sugerentes, otras más atrevidas. Ahí vemos qué onda con cada una.
Melina anotó rápido.
—Rocío, Cami y Emma van a estar. Como ya son públicas y no tienen problemas con nada, podemos usarlas como referencia para que las nuevas se suelten más.
—Sí. Además, generan más tráfico. Cuando la gente las ve con otras chicas, esas chicas nuevas reciben más atención.
Melina levantó la mirada con una media sonrisa.
—Siempre pensando en los números.
—Siempre pensando en hacer que funcione —corrigió Jey con un guiño—. Naty y yo nos encargamos de las fotos. Vos y Santi de que todo esté bajo control.
Melina asintió, pero luego lo miró con seriedad.
—¿Y si alguna se arrepiente a último momento?
Jey entrecerró los ojos, como si analizara la posibilidad.
—No las forzamos. Pero tampoco les damos espacio para que se sientan inseguras. La clave es que todo parezca natural, divertido. Que se contagien de la energía de las demás.
Melina apoyó el bolígrafo en la mesa.
—Entonces, tenemos locación, organización, fotógrafos y modelos. ¿Falta algo?
Jey sonrió de lado.
—Solo asegurarnos de que, cuando termine ese fin de semana, cada una tenga suficiente material para empezar a ganar sin excusas.
Melina lo miró unos segundos y luego esbozó una sonrisa cómplice.
—Va a salir bien.
Jey tomó su teléfono de nuevo, listo para enviar los primeros mensajes y poner todo en marcha.
—Va a salir mejor de lo que imaginás.
• • •
El sol todavía no terminaba de salir del todo cuando las primeras en llegar cruzaron la puerta de la casa.
Cami, Rocío y Emma aparecieron con su energía de siempre, cargadas de confianza y listas para lo que viniera.
Apenas entraron al salón principal, se encontraron con Jey y Santi, que las recibieron con sus típicas bromas sin filtro.
—Mirá quiénes llegaron temprano, ¿qué pasó? ¿No se les pegó la sábana después de tanto meneo anoche? —soltó Santi con una sonrisa burlona.
—Nosotras dormimos como angelitos, ¿vos podés decir lo mismo? —le respondió Rocío con una mirada pícara.
—Yo siempre duermo bien después de un buen entrenamiento —dijo Jey con una sonrisa de lado, cruzándose de brazos—. Pero ahora les toca entrenar a ustedes.
Emma se rio y pasó entre los dos, palmeando el hombro de Jey.
—Nosotras no necesitamos entrenamiento. Ya sabemos cómo calentar rápido.
Las carcajadas se sintieron en toda la casa mientras caminaban hacia el salón principal, donde ya estaba todo preparado para la sesión.
Las chicas nuevas llegaron poco después. Se notaba la diferencia en sus posturas: algunas se veían nerviosas, otras tímidamente emocionadas. Naty las recibió con una sonrisa tranquila, intentando hacerlas sentir cómodas.