La Agencia del Pecado Capítulo 4 — El crecimiento #10
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Capítulo 4 — El crecimiento #10

—Por eso la fiesta —respondió Jey—. Sin compromisos, sin tensiones. Quiero que se relajen, se diviertan y que entiendan que esto es un paso adelante para todas. Que la decisión que tomen sea desde la comodidad y la seguridad.

—Me gusta —dijo Melina asintiendo—. Pero hay que hacer algo más para que la fiesta realmente les deje una impresión fuerte. Que no solo sea alcohol y piscina. Algo que haga que se sientan en confianza y se animen a participar.

—Podemos agregar algo interactivo —propuso Santi—. Tal vez un juego, desafíos o dinámicas que las hagan interactuar sin sentirse expuestas. Si lo manejamos bien, podemos reforzar la idea de comunidad y que no estén solas en esto.

—Un buen punto —dijo Jey pensativo—. También podríamos hacer algo con la nueva propiedad, mostrarles lo que logramos y lo que podríamos hacer si crecemos más. Que vean lo que podemos construir juntos.

—Eso me gusta más —agregó Melina—. Algo así como una presentación breve entre copas y risas. Sin que se sienta como un discurso de empresa, pero dejando en claro que esto no es solo un trabajo, es una oportunidad de crecimiento para todas.

—Entonces lo tenemos —concluyó Jey—. La fiesta será durante todo el día, con piscina, buena comida y un ambiente relajado. Las anónimas podrán venir con sus máscaras o disfrazadas si lo prefieren. Habrá dinámicas para integrarlas mejor y, en el momento adecuado, presento la propuesta.

—¿Y si además agregamos un incentivo? —sugirió Santi—. Algo que haga que quieran decir que sí en el momento.

—Podría ser un bono especial para las primeras que acepten —dijo Melina—. O una producción especial para ellas, con un extra en pago y mejor visibilidad.

—Me gusta esa idea —Jey sonrió—. Lo estructuramos bien y lo hacemos sin presionar. Ahora solo queda preparar todo.

Los tres chocaron sus copas,

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El sol brillaba alto cuando las modelos comenzaron a llegar a la nueva propiedad, todas con máscaras elegantes que respetaban la temática de la fiesta.

A pesar de la vestimenta formal, no había dudas de que la tensión estaba en el aire.

Melina y Naty las recibieron en la entrada, asegurándose de que todas se sintieran cómodas.

Sin embargo, cuando Jey apareció y recorrió con la mirada a todas las asistentes, alzó una ceja con fingida confusión.

—Creo que me equivoqué de fiesta... —dijo con un tono de broma—. Acá deberían estar las chicas desnudas, ¿o no?

Varias modelos rieron, pero otras le respondieron con comentarios igual de directos.

—No somos tan fáciles, Jey —dijo Cami con una sonrisa desafiante. —Danos unas horas —agregó Valentina, sacudiendo la cabeza con diversión.

Jey soltó una carcajada y las invitó a relajarse.

La fiesta avanzó y, conforme la tarde se instalaba, la piscina se convirtió en el centro de todo.

La mayoría de las modelos cambiaron sus atuendos formales por bikinis que variaban en niveles de atrevimiento.

Algunas, como Sol y Rocío, llevaban prendas mínimas que dejaban poco a la imaginación, mientras que otras como Lore preferían algo más discreto.

Melina, en cambio, aún llevaba su vestido, negándose a meterse en el ambiente tan rápido.

—¿Y vos? —preguntó Jey, mirándola con una sonrisa desafiante—. ¿No pensás refrescarte?

Antes de que Melina pudiera responder, varias modelos se unieron a la presión. Rocío y Emma la rodearon, lanzándole cumplidos exagerados y empujándola suavemente hacia la piscina.

—Vamos, Mel, no te hagas la difícil —dijo Emma, riendo. —Seguro que debajo de ese vestido hay un bikini precioso —agregó Sol.

Finalmente, entre risas y provocaciones, Melina terminó cediendo y, con una mirada de advertencia a Jey, se quitó el vestido, revelando un conjunto negro que resaltaba su figura. Esto generó una ovación entre las modelos y una sonrisa de satisfacción en Jey.

La fiesta se descontroló de manera controlada.

Jey, siempre atento a capturar contenido, aprovechó la energía y la soltura del ambiente.

En un rincón de la piscina, Sol, junto con una de las madres presentes y su hija, decidieron hacer un topless sincronizado, posando de espaldas para la cámara, sus cuerpos iluminados por el reflejo del agua.

Cerca de ellas, Valentina y Cami jugaban a darse pequeños besos, entre risas y miradas cómplices, mientras Naty, quien originalmente no participaba, terminó en medio de una escena sin darse cuenta, cuando Lore y otra modelo la rodearon, abrazándola y posando con ella como si fuera parte del espectáculo.

En otro sector, una de las madres e hijas posaba juntas en un sofá, la madre con un conjunto de lencería rojo, la hija con un body negro transparente.

La imagen era provocativa, pero elegante.

Mientras tanto, Jey iba de un lado a otro, asegurándose de capturar los mejores momentos, animando a las chicas a probar poses más atrevidas.

A medida que la noche caía y la iluminación del lugar creaba un ambiente más íntimo, Jey decidió que era el momento ideal para hacer su presentación. Reunió a todas cerca de la piscina y tomó la palabra.

—Esta fiesta no es solo para divertirnos —comenzó—. También es para mostrarles el siguiente paso. Las que quieran dar la cara, ser reconocidas y ganar más, tienen la oportunidad de hacerlo con beneficios exclusivos. No es una obligación, es una oportunidad. Y quiero que todas lo consideren.

Hubo un silencio momentáneo, pero luego algunas modelos comenzaron a asentir. Varias se miraron entre sí, evaluando la oferta. Unas pocas, como Sol y Valentina, alzaron la mano de inmediato, aceptando sin dudarlo. Otras, como noe, se quedaron pensativas. Sin embargo, la semilla ya estaba plantada.

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Jey llegó puntual a la reunión con el intendente, sabiendo perfectamente que tenía la ventaja en la negociación.

El despacho municipal era un espacio austero, con una mesa de madera maciza en el centro y estanterías llenas de carpetas con documentos burocráticos.

El intendente, un hombre de unos cincuenta años con canas en las sienes y expresión cansada, lo recibió con un gesto serio.

—Jey, gracias por venir —dijo, señalándole un asiento frente a él—. Como sabrás, la ola polar está golpeando fuerte y tenemos muchas familias en situación crítica. Necesitamos generar empleo de inmediato para que la gente pueda afrontar el invierno sin pasar hambre ni frío.

Jey sonrió con calma, apoyando los codos sobre la mesa mientras entrelazaba los dedos.

—Lo entiendo, intendente. Y me gustaría ayudar, pero quiero que esta ayuda sea beneficiosa para ambos lados. No se trata solo de dar trabajo, sino de hacerlo sostenible.

El intendente entrecerró los ojos, reconociendo el tono de negociación en su voz.

—¿A qué te refieres?

—Tengo un negocio que está en expansión. Actualmente, genero empleo en el pueblo, pero puedo llevarlo a otro nivel si me dejan operar con mayor libertad —explicó Jey—. Si quiero que más mujeres consideren esta oportunidad, necesito poder comunicarme con ellas de manera directa y masiva.

—¿Quieres hacer una campaña de difusión? —preguntó el intendente, recostándose en su silla con una expresión desconfiada.

—Exactamente —asintió Jey—. Quiero permiso para distribuir volantes, colocar carteles y hacer una campaña agresiva en todo el pueblo. Las mujeres deben saber que esta oportunidad existe y entender cómo puede cambiar sus vidas y las de sus familias.

El intendente suspiró, rascándose la barbilla.

—Sabes que eso traerá polémica. No todo el mundo ve con buenos ojos lo que haces.

Jey sonrió de lado.

—Eso no es problema mío. La gente puede juzgar lo que quiera, pero si más mujeres entran al negocio, más empleo se genera.

Por cada una o dos nuevas chicas que se unan, contrataré a alguien más para ayudar en la producción, administración o mantenimiento.

En otras palabras, cuantas más mujeres recluten con tu ayuda, más trabajo habrá en el pueblo.

El intendente lo miró en silencio durante unos segundos, analizando la propuesta.

—Quieres que yo te ayude a reclutar —dijo finalmente, comprendiendo la jugada de Jey.

—Quiero que facilites la difusión. No te pido que salgas a convencer mujeres una por una, pero sí que permitas que la información fluya sin trabas —respondió Jey con voz firme—.

Si haces eso, yo me comprometo a contratar solo gente del pueblo para los nuevos puestos.

Y eso significa muchas familias con ingresos estables en plena crisis.

El intendente soltó un suspiro pesado y cruzó los brazos sobre la mesa.

—Sabía que no cederías nada sin sacar algo a cambio.

Jey sonrió con confianza.

—Siempre es mejor un trato donde todos ganamos, ¿no crees?

El intendente lo observó en silencio unos segundos más y finalmente asintió con resignación.

—Está bien. Haré que las normativas municipales no interfieran con tu campaña. Pero si esto se sale de control, me lavaré las manos.

Jey se levantó y le tendió la mano.

—No te preocupes, intendente. Esto solo traerá beneficios.