Capítulo 4 — El crecimiento #8
—Dame un día para pensarlo. Pero creo que la respuesta va a ser sí.
Jey sonrió de lado.
—Tomate tu tiempo. Pero no demasiado.
Lorena dejó escapar una leve risa, más por nerviosismo que por otra cosa.
—Dios… esto va a ser una locura.J
• • •
La oficina estaba en silencio cuando Jey se acomodó en su silla, con los papeles de la compra de la propiedad y el contrato de Lorena apilados frente a él.
Se pasó una mano por la nuca y exhaló profundamente.
Todo estaba cerrado: la granja era suya y Lorena estaba oficialmente dentro del negocio.
Ahora solo quedaba lo más importante: hacer que funcionara.
Santi entró con una taza de café en la mano y se dejó caer en el sofá, con su laptop sobre las piernas. Lo miró con una media sonrisa.
—Bueno, jefe, ¿qué hacemos con la nueva adquisición?
Jey levantó una ceja, divertido.
—¿Te referís al lugar o a Lorena?
Santi tomó un sorbo de su café.
—A los dos, pero creo que el tema que más nos importa ahora es ella. ¿Cómo la lanzamos?
Jey se inclinó sobre la mesa, entrelazando los dedos.
—Esa es la pregunta. Tiene presencia, tiene historia… pero quiero saber cómo la ves vos. ¿Cómo la vendemos? ¿Qué imagen le damos?
Santi sonrió y abrió su laptop, girándola levemente para mostrarle algunas referencias visuales.
—Mirá, lo primero es su físico. Lorena está impecable para su edad.
No es una piba de veinte, pero tampoco es una señora mayor que la gente vea como “intocable”.
Está en el punto exacto donde despierta interés.
Tiene curvas naturales, buenas piernas, buen escote…
y sobre todo, presencia. Eso ya es una ventaja enorme.
Jey asintió, analizando la información.
—Eso lo tenemos claro. Pero, ¿cómo la posicionamos? No puede ser una más del montón.
Santi sonrió de lado.
—No lo va a ser. Vamos a jugar con su historia.
Madre de familia que tuvo que tomar el control de su vida, que no se dejó hundir y encontró una manera de salir adelante.
Eso vende. Hay un mercado gigante para eso.
Los tipos se mueren por una mujer con experiencia que no solo tiene físico, sino actitud.
Y si logramos que esa actitud se vea en cámara, tenemos oro.
Jey tamborileó los dedos sobre la mesa.
—¿Y qué contenido tenés pensado para ella? ¿Cómo arrancamos?
Santi giró la laptop y mostró algunas imágenes conceptuales.
—Primero, sesiones de presentación. Nada muy fuerte al principio, pero sí lo suficiente para que la gente sepa quién es. Fotos con ropa elegante pero insinuante. Algo que grite “mujer poderosa” pero con el morbo de saber que detrás de eso hay mucho más.
Jey sonrió levemente.
—Bien. ¿Después?
Santi se inclinó un poco más, entusiasmado.
—Cuando ya la tengamos en el radar de la gente, vamos a soltar contenido más jugado.
Algo que rompa la imagen de “madre de familia inofensiva” y la muestre como lo que realmente es: una mujer que tomó el control de su vida y hace lo que quiere sin pedir permiso.
Vamos a llevarla de menos a más, pero con estrategia.
Jey asintió, procesando.
—¿Y cómo manejamos su imagen en redes? No puede ser solo contenido sin una personalidad detrás.
Santi sonrió.
—Exacto. Vamos a construirle un personaje. Alguien que sea fuerte, que hable con seguridad, que haga sentir a los tipos que están pagando por algo exclusivo, por una mujer que no es fácil de conseguir. Lorena no va a ser solo otra modelo. Va a ser un lujo.
Jey dejó escapar una leve risa.
—Me gusta cómo suena eso.
Santi se acomodó en el sofá y cruzó los brazos.
—Sabía que te iba a gustar. Ahora solo falta ver si ella está lista para jugar este juego.
Jey se recostó en su silla y sonrió con confianza.
—Lo va a estar. Y si no… la vamos a preparar.
• • •
Fer se sentó en la mesa del pequeño café, moviendo la pierna con impaciencia. No sabía exactamente qué esperaba de su primera candidata tras la campaña, pero cuando la vio entrar, supo que no era lo que imaginaba.
Era joven, probablemente no más de veintidós años, con el cabello oscuro recogido en una coleta alta y una chaqueta de jean que le quedaba algo grande. Su mirada era firme, sin miedo, sin timidez. Se acercó directamente a la mesa y se sentó frente a él con una media sonrisa.
—¿Fer, no? —preguntó ella, cruzando las piernas.
—Sí. ¿Y vos sos…?
—Delfina. Pero me dicen Delfi.
Fer asintió, mirándola de arriba abajo con discreción. No era la típica chica que esperaba que respondiera a la campaña. No tenía el perfil que solía encajar de inmediato, pero algo en su actitud le decía que no estaba ahí por curiosidad. Estaba decidida.
—¿Leíste bien de qué se trata esto? —preguntó, sin rodeos.
Delfina apoyó los codos en la mesa y sonrió.
—Sí. ¿Por qué? ¿Vas a tratar de asustarme para que me vaya?
Fer resopló con una leve sonrisa.
—Algo así. Prefiero que entiendas todo ahora, antes de meterte en algo que después no puedas manejar.
—Dale —respondió ella—. Sorprendeme.
Fer la miró fijamente por unos segundos antes de empezar a hablar, su tono frío y crudo.
—Esto no es posar para fotos lindas en Instagram.
Vas a mostrar tu cuerpo. Y no de forma inocente.
Lo que hagas se va a vender a tipos que no conocés, que van a mirarte con intenciones que no podés controlar.
Algunos van a querer más de lo que deberían.
Algunos van a hablarte como si te conocieran de toda la vida.
Y otros van a insultarte por hacer lo mismo que les encanta consumir en secreto.
Delfina no se inmutó. Asintió lentamente.
—Seguí.
Fer apoyó los brazos sobre la mesa.
—Si te metés en esto, no hay vuelta atrás. Te reconocen una vez, y listo. Siempre va a haber alguien que sepa quién sos. Puede ser ahora o en unos años, pero va a pasar. ¿Estás dispuesta a lidiar con eso?
Delfina se encogió de hombros.
—Ya me reconocen por cosas peores. ¿Eso es lo peor que tenés para decirme?
Fer la estudió con más atención. No estaba esperando esa respuesta.
—¿Por qué querés hacerlo?
Ella exhaló, apoyando la espalda contra la silla.
—Porque estoy cansada de romperme el lomo por dos pesos. Porque me gusta mi cuerpo y no tengo problema en mostrarlo. Y porque si alguien se va a hacer rico con mujeres como yo, prefiero ser yo misma y no otro.
Fer soltó una leve risa.
—Mirá vos… suena como que ya lo tenías decidido antes de venir.
Delfina sonrió de lado.
—No me gusta perder el tiempo.
Fer tomó aire y asintió.
—Bien. Entonces, bienvenida al negocio.
• • •
El sonido de los motores y las herramientas resonaba en la propiedad mientras los obreros trabajaban sin descanso.
Jey caminaba por el terreno con una expresión seria, analizando cada rincón de la construcción.
Había contratado solo a gente del pueblo, asegurándose de que el dinero se quedara ahí mismo, beneficiando a quienes realmente lo necesitaban.
Pero la inversión no era menor, y quería que cada peso se aprovechara al máximo.
En una de las habitaciones que se estaban reformando, Melina lo esperaba, con una carpeta en la mano y su celular en la otra. Cuando Jey entró, ella levantó la vista con una ceja arqueada.
—¿Entonces? ¿Cuánto más vas a meter en esto? —preguntó, sin rodeos.
Jey suspiró y apoyó las manos en la cintura, mirando las paredes a medio terminar.
—Todo lo que haga falta para que quede perfecto. Ya sabés cómo es esto, si no lo hacemos bien desde el principio, después nos sale el doble.
Melina asintió, hojeando los papeles en su carpeta.
—Ok, pero hablemos de números. Entre los materiales, la mano de obra y los detalles extra, estamos metiendo una cantidad fuerte. Y si bien la empresa está generando bien, estás usando parte de tu propia guita. ¿Seguro que querés hacer eso?
Jey se cruzó de brazos.
—Esto no es un gasto, es una inversión. Cuando esté listo, vamos a tener un lugar exclusivo, sin necesidad de depender de terceros. Vamos a manejar todo desde acá, sin filtros ni intermediarios.
Melina lo observó por unos segundos y luego asintió.
—Ok, pero asegurémonos de que no nos pasemos del presupuesto. Ya tenemos a los del pueblo trabajando, que es lo que queríamos. Ahora, ¿qué tan rápido creés que podemos terminar?
Jey miró el plano de la propiedad sobre la mesa.
—Si todo sigue como hasta ahora, en un mes y medio debería estar listo lo esencial. Las mejoras finales pueden hacerse con el negocio en marcha.
Melina exhaló y se apoyó contra la mesa.
—Bien, pero quiero tener un control más detallado. Si vamos a gastar tanto, quiero saber en qué se va cada centavo. ¿Me dejás encargarme de eso?
Jey sonrió levemente.
—Por eso sos mi mano derecha, Meli.
Ella sonrió de lado y cerró la carpeta.
—Perfecto. Entonces me ocupo. Pero si esto se empieza a descontrolar, te lo voy a hacer saber.
Jey asintió y echó un último vistazo al lugar.
—Dale. Ahora volvamos al trabajo.
• • •
El estudio estaba perfectamente iluminado, con cada detalle calculado para que Lorena se viera impecable en cámara. Jey ajustaba la lente con precisión mientras ella permanecía de pie en el centro del set, respirando hondo. A pesar de su apariencia serena, él notaba la ligera tensión en su postura.
—¿Nerviosa? —preguntó Jey con tono tranquilo, sin apartar la vista del visor.
Lorena soltó un suspiro y esbozó una sonrisa tensa.
—Un poco. Las fotos fueron una cosa, pero esto es diferente.
Jey bajó la cámara y la observó con calma.
—Es lo mismo, solo que en movimiento. Pensalo como una sesión de fotos donde podés expresarte más.
Ella asintió, pero seguía sin moverse del lugar.
Jey apoyó la cámara en el trípode y cruzó los brazos.
—A ver, Lorena, contame algo. Cuando hicimos las fotos, ¿qué te ayudó a soltarte?
Ella se mordió el labio y pensó por un momento.
—Supongo que dejar de pensar tanto en la cámara. Y en que vos no me mirabas como si estuviera haciendo algo extraño.
Jey sonrió levemente.
—Bueno, podés aplicar lo mismo acá. La cámara no es el problema, es lo que imaginás que la gente va a pensar. Pero si vos te sentís cómoda, se va a notar en el video.
Lorena inspiró profundo y exhaló lentamente.