Capítulo 4 — El crecimiento #7
Mientras recorrían el lugar, Jey y Santi hablaban entre ellos sobre las posibilidades.
—Acá podríamos hacer un estudio cerrado, lejos del ruido y con buena acústica —dijo Jey, señalando un viejo galpón.
—Sí, pero hay que reformarlo bastante. La estructura parece sólida, pero necesita refuerzos.
Más adelante, llegaron a una casa abandonada en la parte trasera del terreno.
—Esto podría servir como casa de retiro para las modelos —comentó Santi.
Jey asintió.
—Sí. Con algunas remodelaciones, quedaría ideal.
Lorena los observaba en silencio, hasta que finalmente suspiró y se detuvo.
—Miren, chicos, voy a ser sincera. Estoy vendiendo porque no tengo opción. Las deudas me están comiendo viva. Si tuviera otra alternativa, no lo haría.
Santi la miró con atención.
—¿Y qué otras opciones tenés?
Lorena soltó una risa amarga.
—No muchas. Lo que saque de la venta ni siquiera cubre todo lo que debo. Estoy en un punto donde estoy considerando cosas que nunca pensé que haría.
Santi y Jey intercambiaron miradas.
—¿A qué te referís? —preguntó Jey.
Lorena desvió la mirada, incómoda.
—Nada ilegal… pero digamos que hay gente que se aprovecha cuando ven a una mujer desesperada.
Santi se pasó una mano por la cara.
—Mierda…
Jey cruzó los brazos y la miró fijo.
—Lorena, escúchame. Hay otra opción.
Ella levantó la vista con desconfianza.
—¿Cuál?
Santi tomó la palabra.
—Podés trabajar con nosotros. Pero no en cualquier puesto. Como modelo.
Los ojos de Lorena se agrandaron.
—¿Modelo? ¿Ustedes creen que yo…?
—Sí —respondió Jey con firmeza—. Tenés la actitud, y hay un mercado para mujeres como vos. Además, te puedo pagar bien. Más de lo que te pagarían por cualquier otro laburo en el pueblo.
Lorena se quedó en silencio, procesando la información.
—No sé… nunca me imaginé haciendo algo así.
Santi sonrió con calma.
—Nadie lo imagina hasta que ve la oportunidad.
Lorena suspiró y miró el terreno.
—Si vendo esto, sigo sin pagar todo lo que debo. Pero si además trabajo con ustedes…
Jey asintió.
—Podés recuperar el control. No te estoy diciendo que lo hagas ya. Solo pensalo.
Lorena se mordió el labio, pensativa.
—Lo voy a pensar.
Jey le tendió la mano nuevamente.
—Tomate tu tiempo. Pero no demasiado.
Lorena sonrió levemente y la estrechó.
—Gracias.
Mientras volvían a la camioneta, Santi miró a Jey con una sonrisa de lado.
—Te juro que cada vez sos más persuasivo.
Jey sonrió de lado.
—No es persuasión. Es mostrarle a la gente la mejor opción que tienen.
Santi sacudió la cabeza y subió al auto.
—Igual, si la convencés, te pago un asado.
Jey rió y encendió el motor.
—Voy a cobrarte esa apuesta.
• • •
La camioneta avanzaba por la carretera de vuelta a la ciudad, con Jey al volante y Santi en el asiento del copiloto, revisando mensajes en su celular. El motor rugía bajo la música baja que sonaba en la radio, pero el silencio entre ambos era más fuerte que cualquier sonido externo.
Finalmente, Jey habló sin apartar la vista del camino.
—¿En serio lo decís? ¿La ves funcionando en esto?
Santi dejó el celular sobre su muslo y giró la cabeza hacia él, con una leve sonrisa.
—Sí. Y si la convencemos, va a ser un boom.
Jey frunció el ceño levemente, aún escéptico.
—Explicame bien. Porque una cosa es que tenga deudas y otra es que realmente pueda generar algo en este negocio.
Santi se acomodó en el asiento y cruzó los brazos.
—Mirá, lo primero es el físico. Para la edad que tiene, está impecable. Tiene buen cuerpo, buenas piernas, y sobre todo, buenas delantera. Eso es algo que se vende solo. Hay una categoría entera para mujeres como ella.
Jey tamborileó los dedos contra el volante, pensativo.
—Ok, el físico está. Pero eso no es suficiente. ¿Qué esperás que genere realmente?
Santi sonrió de lado, con una mirada astuta.
—Mirá, hay tres cosas que la pueden hacer destacar.
Primero, el morbo de su edad. No es joven, pero tampoco es una anciana.
Está en ese punto exacto donde hay demanda.
Segundo, su historia. Es una mujer en problemas, desesperada por salir adelante.
Si se maneja bien, podemos vender su contenido con esa narrativa.
Y tercero, la actitud. Si logra soltarse, si se anima a hacer cosas que otras de su edad no hacen, va a ser un éxito inmediato.
Jey asintió lentamente, procesando la idea.
—¿Y qué tan fuerte esperás que sea su contenido? Porque una cosa es que haga sesiones normales y otra es que se meta en cosas más jugadas.
Santi se rió entre dientes.
—Depende de ella, pero si nos basamos en cómo habló de su situación, no creo que tenga muchos límites. Gente en su posición tiende a ser más arriesgada cuando ve los números. Y ahí está la clave: mostrarle los números correctos.
Jey soltó un resoplido.
—O sea que vos la ves metiéndose de lleno, sin miedo.
Santi levantó una ceja.
—¿Vos viste la forma en la que nos miraba cuando mencioné la opción? No era rechazo. Era duda. Significa que ya se lo está planteando. Y si ya lo está pensando, es cuestión de darle un empujón.
Jey se quedó en silencio un momento, girando la idea en su cabeza. Finalmente, suspiró y movió la cabeza con una mezcla de incredulidad y aceptación.
—Sos un hijo de puta, Santi.
Santi rió y le dio una palmada en el hombro.
—Por eso me querés en el equipo.
Jey sonrió levemente y aceleró un poco más.
—Mañana la llamo. Vamos a ver si realmente se anima a dar el salto.
Santi se recostó en el asiento, satisfecho.
—Vas a ver que sí. Solo necesita el empujón correcto.
• • •
La sala del pequeño hotel donde se hospedaba Lorena estaba iluminada con una luz tenue. Había un silencio tenso en el aire cuando Jey se sentó frente a ella, con los brazos relajados sobre la mesa, pero con la mirada fija en la mujer que tenía delante.
—Así que querés poner como condición para la compra que yo acepte la propuesta —dijo Lorena, cruzándose de brazos.
Jey asintió sin rodeos.
—Exacto. La oferta está sobre la mesa. El lugar es bueno, pero el trato solo se cierra si vos aceptás.
Lorena exhaló pesadamente, apoyando los codos en la mesa y sosteniendo su cabeza con las manos. Se notaba agotada, pero más que nada, abrumada.
—No es tan fácil como pensás, Jey. No se trata solo de que yo acepte. ¿Sabés lo que va a significar esto para mí? Para mi familia, para mis hijos...
Jey inclinó la cabeza, observándola con atención.
—¿Qué es exactamente lo que te preocupa más? ¿Que lo sepan ellos o que vos no puedas lidiar con eso?
Lorena lo miró fijamente, como si la pregunta la hubiera golpeado con fuerza.
—Obvio que me preocupa lo que ellos piensen. No quiero que mis hijos tengan que cargar con esto, que les hagan bullying, que los jodan por lo que hace su mamá. Son adolescentes, Jey. Vos sabés cómo es la gente.
Jey apoyó los brazos sobre la mesa y la miró con seriedad.
—¿Y qué es peor, Lorena? ¿Que te critiquen por hacer algo que te da estabilidad o que terminen en la miseria porque no podés sostenerlos? Porque la realidad es que, si vendés la granja y no hacés algo pronto, no te alcanza para cubrir lo que debés. Y lo sabés.
Lorena tragó saliva, desviando la mirada hacia la ventana. Su mandíbula estaba tensa.
—No quiero que me vean como una desesperada —susurró.
Jey soltó una risa seca.
—Pero lo estás. Estás en una situación de mierda, Lorena. Y las opciones que tenés son pocas. La diferencia es que yo te estoy ofreciendo una solución que te da control sobre tu vida. No una en la que dependés de que alguien más decida cuánto valés.
Lorena apretó los labios.
—Decís que tendría control, pero en realidad, si hago esto, la gente va a verme de una sola manera. Una mujer de mi edad, mostrando el cuerpo para ganar plata. ¿Sabés cómo me van a señalar? ¿Cómo van a hablar de mí?
Jey se encogió de hombros.
—Sí, sé exactamente cómo van a hablar de vos.
Como hablan de todas las mujeres que deciden dejar de ser esclavas del sistema y ganarse la vida sin pedir permiso.
Porque eso es lo que más molesta, Lorena.
No es el contenido, no es la imagen. Es el hecho de que una mujer tome el control de su vida y haga dinero sin rendirle cuentas a nadie.
Lorena lo miró fijamente, sus dedos tamborileando sobre la mesa con nerviosismo.
—¿Y qué pasa si me arrepiento? ¿Si un día me doy cuenta de que no puedo con esto?
Jey la estudió por un momento antes de responder.
—Si te arrepentís después de un mes, ya va a ser tarde. Porque una vez que das el paso, no hay marcha atrás. Pero si te arrepentís antes de empezar, entonces ni siquiera te diste la oportunidad de ver lo que realmente podías hacer.
Lorena apretó los dientes y negó con la cabeza.
—No sé si puedo...
Jey se inclinó hacia adelante.
—¿Podés seguir viviendo como hasta ahora? ¿Podés seguir viendo cómo las cuentas se acumulan y los problemas te ahogan? Porque esa es la alternativa. No hay un camino en el medio, Lorena. O tomás control, o te dejás hundir.
Lorena bajó la mirada. Su respiración era pesada, como si estuviera luchando internamente.
—Nunca me imaginé haciendo algo así —murmuró.
Jey sonrió levemente.
—Nadie lo hace. Hasta que ven los resultados.
Silencio. Un silencio largo y tenso en el que Lorena parecía debatirse entre su orgullo y su necesidad. Finalmente, levantó la vista y lo miró directo a los ojos.
—Decime la verdad, Jey. Vos creés que esto me va a funcionar, ¿no?
Jey asintió con firmeza.
—Sí. No tengo dudas. Tenés el físico, tenés la presencia, y tenés algo que vende muchísimo más de lo que imaginás: experiencia y madurez. Hay un mercado enorme para mujeres como vos. No solo funciona, Lorena. Va a ser un éxito.
Ella tragó saliva, con la mirada perdida por un momento. Luego, inspiró profundamente y soltó el aire lentamente.
—Si acepto… quiero hacerlo bien. No a medias, no con miedo.
Jey asintió.
—Esa es la única forma en que esto funciona. Y si decidís hacerlo, yo me encargo de que tengas lo mejor. La mejor producción, la mejor estrategia. Que si te metés en esto, lo hagas para ganar de verdad.
Lorena se quedó en silencio unos segundos más y finalmente, asintió.