Capítulo 4 — El crecimiento #6
—Fácil —dijo Jey, apoyándose en la mesa—. Te animás a andar como en tu casa, sin tanta ropa, sin dudar ni un segundo.
Cami lo miró con diversión.
—¿Y qué gano si lo hago?
—Vos decime.
Ella pensó por un momento y luego sonrió con picardía.
—Si lo hago, Santi cocina toda la semana.
Santi la miró con fingido horror.
—Pará, pará, ¿yo qué culpa tengo?
—Vos te metiste en la charla —respondió ella, divertida—. Así que te jodés.
Jey se rió.
—Ok, acepto. Pero si te echás atrás, vos cocinás toda la semana.
Cami lo miró con burla.
—Ni que fuera un castigo cocinarles a ustedes. Comen cualquier cosa.
—Dale, entonces. ¿Te animás o no? —insistió Jey.
Cami se mordió el labio, dudando un segundo. Pero después de todo… ¿qué importaba? En su casa no tenía pudor, y con ellos ya tenía demasiada confianza.
Sin más, se quitó la remera, quedándose en ropa interior.
—Ahí tenés —dijo, con una sonrisa desafiante.
Santi silbó y Jey soltó una carcajada.
—No pensé que ibas a hacerlo tan rápido.
—No me gusta perder apuestas —respondió ella, encogiéndose de hombros.
Jey la miró de arriba abajo, analizando su actitud relajada.
—Bueno, bueno… pero todavía tenés mucho más puesto.
Cami levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Y sí. Dijiste que en tu casa andás desnuda prácticamente. No te veo cumpliendo con eso.
Cami resopló con burla.
—Ustedes son terribles.
—No nos hagas quedar como los malos —se defendió Santi—. La que aceptó la apuesta fuiste vos.
Ella rodó los ojos, pero no se movió.
—Miren que puedo subir la apuesta, eh.
Jey sonrió de lado.
—¿Ah, sí? A ver…
Cami lo miró fijo, midiendo la situación.
—Si me quedo sin nada, quiero que Jey haga mis sesiones gratis por un mes.
Jey soltó una carcajada.
—Pará, pará… gratis no, ni en pedo.
—¿Entonces? —dijo ella, con burla—. ¿No te animás?
Jey entrecerró los ojos, evaluándola.
—Está bien. Pero si te echás atrás, pagás doble por las sesiones.
Cami sonrió, sin miedo.
—Acepto.
Y sin pensarlo dos veces, se deshizo de lo que le quedaba.
Jey y Santi se miraron y sonrieron con complicidad.
—Bueno… creo que tenemos una ganadora —dijo Santi, levantando las manos en señal de rendición.
Jey se recostó en el sillón y la miró con diversión.
—Definitivamente.
Cami se rió y se sentó con ellos como si nada.
• • •
El bar estaba casi vacío. Un par de tipos en la barra, un mesero limpiando vasos sin apuro, y Jey sentado en una mesa del fondo, esperando.
No tuvo que esperar mucho. Lautaro llegó puntual, con la mandíbula apretada y los hombros tensos. No saludó, solo se dejó caer en la silla frente a Jey y cruzó los brazos.
—¿Para qué querías verme? —preguntó sin rodeos.
Jey apoyó los codos en la mesa y lo miró con calma, con esa mirada calculadora que Lautaro conocía bien.
—Para ponerle un punto final a todo esto.
Lautaro soltó una risa seca.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo pensás hacer eso?
Jey sacó un sobre de su mochila y lo dejó sobre la mesa.
—Abrilo.
Lautaro frunció el ceño, pero lo tomó y revisó el contenido. A medida que pasaba las hojas, su expresión cambió. Primero incredulidad, luego enojo.
—¿De dónde mierda sacaste esto?
—No importa —respondió Jey, tranquilo—. Lo que importa es que lo tengo.
Lautaro cerró el sobre con un golpe seco.
—¿Qué querés?
—Simple —Jey deslizó otro documento sobre la mesa—. Firmás esto y te vas con tu plata. No volvés a meterte en el negocio, no intentás hacer quilombo, y todos seguimos con nuestras vidas.
Lautaro lo miró con odio.
—¿Y si no firmo?
Jey se recostó en la silla y sonrió de lado.
—Entonces me aseguro de que todos vean lo que hiciste con Cami. Y no solo con ella.
Lautaro tragó saliva, apretando los puños.
—Hijo de puta…
—No me insultes, Lautaro. Vos jugaste sucio primero. Yo solo me aseguré de que no vuelvas a hacerlo.
El silencio entre ellos era pesado. Lautaro miró el documento, luego a Jey.
—¿Mis cuentas?
—Bloqueadas. No tenés acceso a nada relacionado al negocio. Ni cuentas, ni activos, ni contactos. Borramos todo.
Lautaro dejó caer la cabeza hacia atrás, soltando un resoplido amargo.
—Me sacaste del juego.
—Exacto. Pero te estoy dando una salida limpia. Te vas con tu plata y nadie te jode. Si abrís la boca, vos sos el que pierde.
Lautaro bajó la vista. Sabía que no tenía salida.
Después de unos segundos, agarró el bolígrafo y firmó el documento.
Jey lo tomó y lo guardó sin apuro. Luego lo miró una última vez.
—Buena decisión.
Lautaro se puso de pie con la mandíbula apretada.
—Ojalá te pudras, Jey.
Jey sonrió de lado.
—Nos vemos, Lautaro.
Sin otra palabra, Lautaro se fue.
Jey lo miró salir.
Era oficial.
El negocio ahora era solo suyo.
• • •
El frío del invierno empezaba a sentirse en el pueblo.
Las calles estaban más vacías de lo habitual, y cada negocio que cerraba dejaba un vacío más en la economía de la gente.
Fer lo veía todos los días: rostros preocupados, familias ajustando cada centavo, mujeres buscando maneras desesperadas de generar ingresos.
Por eso, cuando Melina llegó a la cafetería donde habían acordado encontrarse, Fer ya tenía todo pensado.
Melina entró con su abrigo largo y se sacudió la nieve de los hombros antes de sentarse frente a él.
—Bueno, Fer, decime qué es eso tan importante que querías discutir.
Fer tomó un sorbo de su café y la miró fijo.
—Una campaña.
Melina arqueó una ceja.
—¿Una campaña de qué?
—Para reclutar modelos. Pero en lugar de ir una por una, quiero que ellas vengan a nosotros.
Melina se recostó en la silla, evaluándolo.
—Hablá claro. ¿Cómo funcionaría?
Fer apoyó los codos en la mesa.
—El pueblo se está muriendo, Mel. La gente necesita plata, pero no todas saben que tienen esta opción. Y muchas ni se lo plantean porque creen que es demasiado turbio. Quiero cambiar eso.
Melina entrecerró los ojos, pensativa.
—Seguí.
—Mi idea es simple: un evento, una reunión discreta donde las interesadas puedan venir, escuchar y decidir sin presión. Sin compromiso, sin que nadie las juzgue. Solo información y oportunidades.
Melina cruzó los brazos.
—¿Y cómo pensás atraerlas?
Fer sonrió de lado.
—Con lo que más funciona: boca a boca. Hay mujeres en el pueblo que confían en mí, mujeres que ya consideraron la idea. Si ellas llevan el mensaje a otras, podemos hacer que corra la voz sin necesidad de publicidad directa.
Melina tamborileó los dedos sobre la mesa.
—¿Y qué les vas a decir exactamente?
Fer se inclinó un poco más hacia ella.
—La verdad. Que esto es una salida real. Que pueden ganar más en un mes de lo que ganarían en seis con cualquier otro laburo en el pueblo. Que pueden hacerlo con anonimato si quieren. Y que no hay jefes explotándolas.
Melina lo miró fijamente por un momento antes de asentir lentamente.
—Mmm… suena interesante. Pero hay riesgos.
—Obvio que hay riesgos. —Fer le sostuvo la mirada—. Por eso quiero hacerlo bien. Solo invitadas, nada de carteles ni anuncios. Que se corra la voz en los círculos correctos.
Melina exhaló y lo estudió por unos segundos más.
Finalmente, sonrió levemente.
—Ok, Fer. Tenés mi visto bueno.
Fer sonrió con satisfacción.
—No te vas a arrepentir.
Melina tomó su café y lo giró entre sus manos.
—Más te vale que no la cagues.
Fer sonrió con confianza.
—Confía en mí. Esto va a funcionar.
• • •
Jey estaba sentado en su oficina, con un café a medio terminar al lado del teclado. Frente a él, Santi revisaba su laptop mientras leía la información de la propuesta que habían recibido.
—Un campo, boludo. ¿Para qué carajo nos quieren vender un campo? —preguntó Santi, arqueando una ceja mientras deslizaba la pantalla.
Jey giró levemente la silla, pensativo.
—No es solo un campo. Es una granja con varias construcciones. La idea es que podríamos usarla para las sesiones y otras cosas del negocio.
Santi frunció el ceño y apoyó el codo sobre la mesa.
—A ver… tirame ideas. ¿Qué otras cosas podríamos hacer ahí?
Jey sonrió de lado.
—Mirá, para empezar, podemos tener un estudio más privado. La ciudad está bien, pero siempre hay riesgos. Ahí podríamos hacer contenido sin preocuparnos por miradas externas.
Santi asintió lentamente.
—Bien. ¿Qué más?
—Eventos. —Jey apoyó los codos en la mesa—. Podemos usar el lugar para reuniones exclusivas, contenido en vivo con clientes premium. Algo más selecto.
Santi entrecerró los ojos.
—Interesante… ¿y si armamos algo más? Tipo un espacio donde las modelos puedan quedarse unos días, desconectarse un poco, sin preocuparse por el quilombo de la ciudad.
Jey sonrió con aprobación.
—Me gusta. Un retiro. Algo que las haga sentir seguras y, de paso, podamos generar contenido más auténtico.
Santi hizo una mueca pensativa.
—Ok, hasta ahora suena bien. Pero… ¿el costo? Mantener un lugar así no es barato.
Jey tomó su café y le dio un sorbo.
—Si lo manejamos bien, se paga solo. Además, con el espacio que tiene, podemos pensar en agregar algo más… tal vez una parte exclusiva para contenido más producido.
Santi lo miró con curiosidad.
—¿Más producido?
—Sí. Algo que nos diferencie de la competencia. Ya sabemos que la demanda de contenido amateur es alta, pero también hay un mercado grande para producciones más elaboradas.
Santi tamborileó los dedos sobre la mesa.
—Podría funcionar… pero necesitamos ver el lugar antes de decidir.
Jey asintió.
—Obvio. Mañana vamos.
Santi sonrió con burla.
—O sea que ya estás casi decidido.
Jey sonrió de lado.
—Solo necesito verlo en persona para confirmarlo.
• • •
Dos días después, Jey y Santi llegaron a la propiedad en una camioneta alquilada. La granja estaba algo deteriorada, pero tenía potencial. Terreno amplio, varias construcciones en pie y una ubicación lo suficientemente alejada como para ofrecer privacidad.
Los recibió una mujer de unos cuarenta años, con ojeras marcadas y un gesto cansado. Llevaba el cabello recogido en un moño descuidado y su ropa mostraba signos de desgaste.
—Ustedes son los interesados en la propiedad, ¿no? —preguntó con voz apagada.
Jey asintió y le tendió la mano.
—Sí. Soy Jey, él es Santi. Vinimos a verla.
Ella se la estrechó con poca energía.
—Soy Lorena. Pasen, les muestro.