La Agencia del Pecado Capítulo 4 — El crecimiento #5
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Capítulo 4 — El crecimiento #5

—No sé ustedes, pero yo pagaría para ver si en vivo es tan buena como en video.

El helado se le congeló en la mano. Sintió el estómago contraerse mientras su hijo seguía caminando, ajeno a lo que pasaba. Pero ella ya no podía ignorarlo.

—Ey, Cami, ¿por cuánto nos hacés un privado? —preguntó otro con sorna, sacando un billete y agitándolo en el aire.

Las carcajadas fueron como una bofetada.

El corazón le latía con fuerza. Se giró bruscamente, con los labios apretados, buscando entender de dónde salía esto. Pero entonces, uno de los hombres sacó su celular y le mostró la pantalla.

Ahí estaba.

Su foto, sin la máscara. Su rostro completamente expuesto con un texto en negrita:

“Miren a la puta que vende contenido. Con y sin máscara, para que no haya dudas.”

Cami sintió que el suelo se le abría debajo de los pies.

El aire le quemaba en los pulmones. Su hijo tironeó de su mano, queriendo seguir caminando, pero ella estaba petrificada. El grupo de tipos seguía mirándola, divertidos, esperando su reacción. Esperando que se defendiera o que se derrumbara.

Ella tragó saliva con dificultad. El nudo en su garganta era insoportable.

—¿Y? ¿Nada para decir? —insistió uno de ellos.

Cami inspiró hondo y apretó la mandíbula. Sin decir una palabra, tomó a su hijo en brazos y aceleró el paso, alejándose de ahí lo más rápido posible. Lo abrazó con fuerza contra su pecho, como si eso pudiera protegerlo de lo que acababa de pasar.

Cada paso se sentía como un eco hueco en su cabeza.

Ya no había marcha atrás. Su anonimato estaba muerto. Ahora todos sabían quién era.

Cuando llegó a su casa, cerró la puerta de golpe y apoyó la espalda contra ella. Su hijo la miró con confusión.

—Má, ¿qué pasa?

Cami parpadeó rápidamente, obligándose a sonreír.

—Nada, mi amor. Vamos a ver dibujitos, ¿querés?

El nene asintió y corrió al sillón. Pero ella se quedó quieta, con la respiración agitada, sintiendo cómo todo a su alrededor se desmoronaba.

Su teléfono vibró en su bolsillo. Lo sacó con las manos temblorosas.

Era Jey.

No lo pensó dos veces antes de contestar.

—¿Viste la publicación? —preguntó él, sin rodeos.

—Sí —su voz salió apenas un susurro.

—Estoy en camino —dijo Jey, cortando enseguida.

• • •

Jey y Melina bajaron del auto y se quedaron un segundo en la vereda. La casa de Cami tenía las luces apagadas, pero sabían que estaba ahí. Había sido difícil contactarla desde la filtración. No respondía mensajes ni llamadas, y cuando finalmente accedió a recibirlos, su voz sonaba vacía. Apagada.

Jey golpeó la puerta dos veces y esperó. Se escucharon pasos del otro lado y luego el sonido del picaporte girando. Cami abrió con la cara seria, el pelo desordenado y los ojos hinchados. No necesitaban preguntar cómo estaba. Era evidente.

—Pasen —dijo simplemente.

Entraron al pequeño living. En un rincón, el cochecito de su hijo estaba vacío. El nene dormía en la otra habitación. Cami se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared, sin mirarlos directamente.

—¿Y? —preguntó con voz cansada—. ¿Qué carajo van a decirme?

Melina y Jey intercambiaron una mirada rápida antes de que él hablara.

—Primero que nada, lo siento. No tendría que haber pasado esto. Ya estamos trabajando para que no vuelva a ocurrir.

Cami dejó escapar una risa sarcástica.

—¿Para que no vuelva a ocurrir? Jey, ya está. Ya pasó. Ya todos me vieron. Me reconocieron en la calle. ¿Cómo mierda deshacen eso?

Melina habló con suavidad, pero con firmeza.

—No podemos borrar lo que pasó, pero sí podemos hacer algo para que estés mejor.

Cami resopló y negó con la cabeza.

—No tienen idea de lo que fue. Iba con mi hijo y unos tipos empezaron a decirme cosas…

cosas que ni siquiera voy a repetir. Como si yo fuera…

—Se interrumpió y se frotó la cara con las manos, respirando hondo—.

Me ofrecieron plata. En la calle, como si fuera una prostituta.

Y uno sacó el celular y me mostró la publicación.

No pude ni negarlo, porque ahí estaba yo. Mi cara, mi cuerpo. Todo.

Jey apretó la mandíbula. Ya había escuchado versiones de lo que le había pasado, pero escucharla decirlo en voz alta lo hacía más real. Más jodido.

—Lo sé. Y sé que esto cambió todo para vos. Por eso estoy acá —dijo él, acercándose un poco—. Quiero ayudarte. Necesito que te vayas del pueblo.

Cami lo miró con incredulidad.

—¿Irme? ¿Y a dónde carajo querés que me vaya? ¿A dormir bajo un puente con mi hijo?

Jey negó con la cabeza.

—A la ciudad. Te consigo un departamento, lejos de todo esto. Un lugar donde no tengas que salir y sentirte como una presa rodeada de hienas.

Cami entrecerró los ojos.

—¿Y qué, me vas a pagar todo como hiciste con Rocío?

—Sí —respondió Jey sin dudar.

Melina intervino antes de que Cami pudiera responder.

—No es lástima, Cami. Es sentido común. No podés quedarte acá. No con lo que pasó. No con lo que va a seguir pasando si te quedás.

Cami se pasó una mano por el pelo y miró al suelo, mordiéndose el labio con frustración.

—Esto es una locura…

—Lo es —admitió Jey—. Pero no hacer nada es peor.

Silencio.

Cami respiró hondo y lo miró fijamente.

—Decime la verdad. ¿Quién fue?

Jey sostuvo su mirada, pero no respondió de inmediato. No podía decirle que había sido Lautaro. No todavía.

—Alguien de adentro —dijo finalmente—. Pero ya estamos trabajando en eso. No va a volver a pasar.

Cami soltó una carcajada sin humor.

—¿Me estás diciendo que alguien del equipo me cagó? ¿Y qué, lo están “manejando”? ¿Eso es todo?

Jey no desvió la mirada.

—Sí.

Cami lo analizó con los ojos entrecerrados, pero finalmente suspiró con cansancio.

—Está bien… Lo que sea. Ya ni me importa. Solo quiero salir de esta mierda.

Jey asintió.

—Entonces, te vas a la ciudad. Yo me ocupo de todo. No tenés que preocuparte por la plata, por la mudanza. Solo empacá tus cosas y decime cuándo querés hacerlo.

Cami se quedó en silencio por un momento, procesando la oferta. Finalmente, exhaló y asintió con resignación.

—Ok. Me voy.

Melina sonrió levemente.

—Te prometo que es lo mejor.

Cami soltó una risa corta y amarga.

—No sé si lo mejor. Pero definitivamente es lo único que me queda.

• • •

El apartamento estaba en penumbras, iluminado solo por la luz de la pantalla de la laptop de Santi. Jey cerró la puerta con un golpe seco y caminó hasta la mesa donde su amigo tecleaba con rapidez, su rostro iluminado por el brillo azul de los códigos que desfilaban por la pantalla.

Santi ni siquiera levantó la vista cuando habló.

—¿Esto es lo que querés, no? Que lo investigue a fondo.

Jey se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared.

—Quiero que no haya dudas. Quiero saber qué tiene, qué hizo, qué planea hacer. Y cuando lo sepamos, lo vamos a borrar del mapa.

Santi dejó de escribir por un momento y levantó la mirada.

—¿Borrar del mapa? ¿Eso significa que vamos a hacerle lo que él nos quiso hacer?

Jey sonrió sin humor.

—No exactamente. No vamos a cometer los mismos errores. No va a quedar ni una sola foto, ni un solo archivo, ni un solo mensaje que pueda vincularnos. No vamos a arriesgar a las chicas ni al negocio. Pero a él, lo vamos a hundir.

Santi asintió y volvió a la pantalla.

—Entonces dejame trabajar.

Jey se acercó y apoyó las manos en el respaldo de la silla.

—¿Cuánto te va a tomar?

—Depende de qué tan cuidadoso haya sido —respondió Santi, con la vista clavada en la pantalla—. Pero nadie es perfecto. Siempre hay rastros. Si tuvo algo que ver con la filtración, lo voy a encontrar.

—No me conformo con “algo que ver” —dijo Jey, su tono cortante—. Necesito pruebas. Quiero capturas, registros, conexiones. Lo que sea. No quiero que tenga una sola oportunidad de defenderse.

Santi soltó un resoplido.

—Vas en serio con esto.

Jey le sostuvo la mirada.

—Él nos traicionó. Le jodió la vida a Cami, filtró lo que no debía, puso en riesgo todo lo que construimos. ¿Vos creés que podemos dejarlo pasar?

Santi negó con la cabeza y siguió tecleando.

—No, no podemos. Pero si vamos a hacer esto, tenemos que ser quirúrgicos. Si nos mandamos una cagada, vamos a estar en la misma posición que él.

Jey apoyó una mano en su hombro.

—Por eso confío en vos.

Santi sonrió de lado y movió los dedos sobre el teclado con más rapidez.

—Dame unas horas. Si hay algo en sus dispositivos, lo voy a encontrar.

Jey se enderezó y tomó aire.

—No hay límites, Santi. Lo sacamos del medio.

Santi dejó de escribir y giró la cabeza hacia él, con una mirada afilada.

—Entendido.

Jey asintió y caminó hacia la puerta.

—Avisame en cuanto tengas algo.

—Quedate cerca —respondió Santi—. Esto no va a tardar mucho.

• • •

Cami llevaba unos días quedándose con Jey y Santi mientras encontraban un departamento para ella y su hijo. Desde que llegó, intentaba no estorbar, ayudando en la casa como podía: cocinando, limpiando un poco, asegurándose de que su nene no molestara demasiado.

Los chicos la trataban con amabilidad, pero no tardaron en empezar a provocarla.

Jey, como siempre, no perdía oportunidad.

—Mirá qué raro verte vestida todo el día —comentó una tarde, mientras Cami lavaba los platos—. Te juro que me estoy acostumbrando a esta versión tuya... recatada.

Cami le lanzó una mirada por encima del hombro.

—¿Recatada?

—Y… —Santi se metió en la charla—. No es por nada, pero en las sesiones te soltás mucho más.

Cami resopló y siguió lavando.

—Ay, por favor. Acá es distinto. Estoy de invitada, no voy a andar en bolas.

Jey sonrió de lado.

—No sé, eh. Vos en tu casa andás desnuda prácticamente. Y aparte, te hemos visto haciendo cosas más sarpadas.

Cami se giró, secándose las manos con una toalla.

—Bueno, pero en mi casa estoy sola. No tengo dos boludos jodiéndome todo el día.

Santi se rió y Jey la miró con burla.

—¿Y qué? ¿Ahora te da vergüenza?

—No me da vergüenza nada. Pero tampoco voy a andar como quiero si ustedes van a estar hinchando las pelotas.

Santi arqueó una ceja.

—Mmm… no sé, suena a excusa.

Jey la miró con un brillo divertido en los ojos.

—A ver, Cami… ¿qué decís si hacemos una apuesta?

Ella cruzó los brazos, intrigada.

—Depende. ¿Qué querés apostar?