La Agencia del Pecado Capítulo 4 — El crecimiento #4
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Capítulo 4 — El crecimiento #4

—¿Me estás jodiendo? —soltó ella.

Fer alzó las manos.

—¡Ey, lo digo en serio! Si me pueden ahorrar el laburo, mejor.

Su madre negó con la cabeza, pero luego suspiró.

—Mirá… no sé si esto te sirve, pero hay varias mujeres en la iglesia que están pasando un momento complicado.

Fer casi se ahoga con su propia saliva.

—¿La iglesia?

Su padre se rió con más ganas.

—No subestimes la desesperación, hijo.

Fer negó con la cabeza.

—Me estás diciendo que vaya a la iglesia a buscar modelos… esto ya es un delirio.

Su madre lo miró con seriedad.

—No dije que vayas a la iglesia a reclutar. Pero algunas mujeres ahí la están pasando mal. Capaz, si sabés cómo manejarlo, podés encontrar a alguien interesada.

Fer apoyó la cabeza en la mesa y dejó escapar un resoplido.

—Esto es demasiado.

Su padre le dio unas palmadas en la espalda.

—Bienvenido al mundo real, pibe.

Fer levantó la cabeza y los miró a ambos.

—Ok… ¿algún otro consejo brillante?

Su madre se encogió de hombros.

—Hay una señora que viene a casa de vez en cuando a vendernos cosas. Dice que necesita más plata. Y tiene una hija joven.

Fer la miró con incredulidad.

—¿Me estás armando la lista?

Su padre sonrió y le dio otra calada a su cigarro.

—No te quejés, te estamos facilitando el laburo.

Fer apoyó la frente en la mesa.

—Me voy a la mierda…

Su madre rió con suavidad y su padre simplemente le dio una palmada en la cabeza.

—Dale, Fer. A laburar.

• • •

El sol caía lentamente sobre el pueblo cuando Fer encontró a Laura en la plaza. Ella estaba sentada en un banco, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Se notaba que tenía la cabeza en otro lado.

Fer se acercó con calma y se sentó a su lado.

—Ey, Lau. ¿Todo bien?

Laura levantó la vista con un suspiro y sonrió de lado, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

—Eh… sí, más o menos.

Fer sacó su encendedor y jugueteó con él.

—Mirá… te voy a hablar sin vueltas. Mi vieja me dijo que andás complicada con la plata.

Laura resopló, como si el tema la hartara.

—¿Y a quién no?

—Sí, obvio. Pero vos estás más jodida que otros.

Laura frunció el ceño y lo miró con desconfianza.

—¿A qué vas, Fer?

Fer tomó aire y bajó la voz.

—A ver, te conozco. Sé que no te gusta pedir ayuda, pero también sé que harías lo que sea por tus pibes.

Ella endureció la mandíbula.

—¿Qué mierda querés decir?

Fer la miró fijo.

—Que tengo una forma de que hagas buena plata. Mucha, y rápido.

Laura rió con ironía.

—No me jodas, Fer. Si fuera así de fácil, todos lo harían.

Fer se inclinó hacia adelante.

—No todos pueden. Pero vos sí.

Laura se quedó en silencio. La desconfianza seguía en su rostro, pero también la curiosidad.

—Explicame bien —dijo finalmente.

Fer se pasó una mano por la cara.

—Mirá, mi hermano maneja un negocio que genera mucha guita. Necesita modelos. Mujeres que tengan la actitud para hacerlo.

Laura parpadeó varias veces antes de entender.

—¿Modelos? ¿Estás hablando de…?

Fer asintió lentamente.

—Sí.

Laura se recostó contra el respaldo del banco y soltó un suspiro largo.

—No sé, Fer… tengo hijos, ¿qué pasaría si se enteran?

—Nadie se tiene que enterar —aseguró Fer—. Es anónimo si querés. Nadie va a saber que sos vos.

Laura tamborileó los dedos contra su rodilla, mordiéndose el labio.

—Es tentador… pero no puedo.

Fer asintió con tranquilidad.

—Te entiendo. Pero si alguna vez cambiás de opinión, ya sabés dónde encontrarme.

Laura le sonrió con tristeza.

—Gracias, Fer.

Él se levantó, le dio un último vistazo y se alejó.

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Fer la encontró en la tienda, mirando los precios como si intentara estirar hasta la última moneda. Mariana siempre había sido una de esas mujeres que parecían tenerlo todo resuelto. Pero ahora, su ropa estaba más gastada y sus ojos tenían un cansancio distinto.

Fer se apoyó en la estantería a su lado.

—Mariana.

Ella lo miró con sorpresa.

—Fer… qué casualidad.

Fer sonrió de lado.

—No creo en las casualidades.

Ella frunció el ceño.

—¿A qué te referís?

Fer bajó la voz.

—Sé que la están pasando mal. Tu marido perdió el laburo, las cuentas se siguen acumulando… ¿Cómo van a hacer?

Mariana suspiró y cruzó los brazos.

—No sé, Fer. Estamos viendo.

Fer asintió con lentitud.

—Te hago una pregunta… ¿hasta dónde estás dispuesta a llegar para salir de esta?

Ella entrecerró los ojos.

—¿Por qué me preguntás eso?

Fer sonrió levemente.

—Porque conozco una forma en la que podrías hacer más plata de la que imaginás.

Mariana tragó saliva.

—No me gusta cómo suena eso.

Fer se encogió de hombros.

—Mirá, no te voy a mentir. No es un laburo común. Pero paga bien, mejor que cualquier otra cosa que puedas encontrar ahora.

Mariana bajó la mirada.

—¿Es algo ilegal?

—No —respondió Fer, serio—. Pero tampoco es algo que contarías en una cena familiar.

Ella levantó la cabeza y lo miró con intensidad.

—Fer… ¿qué carajo me estás proponiendo?

—Ser modelo. En el negocio de mi hermano.

Mariana se quedó en silencio. No hubo una reacción inmediata, ni risa, ni enojo. Solo pensó.

—No sé si podría…

—Piénsalo. No tenés que decidir ahora.

Ella asintió lentamente.

—¿Y si digo que sí?

Fer la miró con interés.

—Hablamos con Jey y vemos cómo hacerlo de la mejor manera para vos.

Mariana inspiró hondo y asintió.

—Voy a pensarlo.

Fer le dio una palmada en el hombro y salió de la tienda.

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Fer la encontró en una cafetería, sentada sola, con un café que parecía haber olvidado que existía. Se veía derrotada.

—Vero.

Ella levantó la cabeza y sonrió apenas.

—Fer… ¿qué hacés por acá?

Él se sentó frente a ella sin preguntar.

—Buscando oportunidades.

Verónica rió sin ganas.

—Si encontrás alguna, avisame.

Fer la miró con seriedad.

—Eso estoy haciendo.

Ella parpadeó.

—¿Cómo?

Fer entrelazó los dedos y bajó la voz.

—Tengo una forma de que hagas plata.

Verónica ladeó la cabeza, desconfiada.

—Fer… ¿qué estás tramando?

Él sonrió.

—Nada ilegal. Pero tampoco convencional.

Ella se cruzó de brazos.

—Hablá claro.

Fer respiró hondo.

—Mi hermano tiene un negocio. Necesita modelos.

Verónica se tensó.

—¿Modelos? ¿De qué tipo?

Fer la miró fijamente.

—Sabés de qué tipo.

Ella se quedó en silencio. Miró su café como si buscara respuestas ahí dentro.

—Fer… fui maestra.

—Lo sé.

—Si alguien me reconoce…

—No tiene por qué pasar. Puede ser anónimo.

Ella mordió su labio, claramente en conflicto.

—No sé si podría hacerlo.

Fer asintió con calma.

—No todos pueden. Pero si alguna vez lo pensás mejor, la oferta está.

Verónica tomó aire y lo soltó despacio.

—Te aviso si cambio de opinión.

Fer le sonrió.

—Eso es todo lo que pido.

• • •

El aire en el departamento se volvió denso de un momento a otro.

Santi dejó su laptop sobre la mesa con un golpe seco y miró a Jey y Melina con una expresión que no solía mostrar: preocupación real.

—Tenemos un problema —dijo, girando la pantalla hacia ellos.

Jey se inclinó para ver. En la pantalla, dos imágenes aparecían lado a lado. La primera, una foto de Cami con su máscara en una de las sesiones. La segunda, mucho peor. Su rostro descubierto, con una frase escrita en grande debajo:

"Miren a la puta que vende contenido. Con y sin máscara, para que no haya dudas."

El estómago de Jey se tensó de inmediato. Su mandíbula se endureció mientras su mirada se volvía afilada.

Melina cubrió su boca con la mano.

—Mierda…

Santi exhaló con frustración.

—Apareció en un foro. Un usuario anónimo lo subió, pero no fue difícil rastrear el IP. Es alguien del país, pero está usando VPN para ocultar su ubicación exacta.

Jey tamborileó los dedos contra la mesa, su expresión era pura frialdad calculadora.

—Esto no fue un cliente —dijo con seguridad.

Santi negó con la cabeza.

—No. Solo el equipo interno tenía acceso a las fotos sin máscara de Cami.

Melina frunció el ceño.

—Entonces… alguien de adentro la vendió.

Santi asintió con seriedad.

—Y no puede haber sido cualquiera. El equipo de edición solo recibe las imágenes con los filtros y ediciones listas. Quienes tienen acceso a los archivos originales son…

—Nosotros —completó Jey.

El silencio se hizo pesado.

Melina cruzó los brazos y se apoyó contra la mesa.

—Eso significa que fue uno de los nuestros.

Jey entrecerró los ojos, su mente trabajando a toda velocidad.

—No fue Santi. No fue Melina. No fui yo.

Melina lo miró.

—¿Entonces quién?

Jey suspiró y pasó una mano por su cara.

—Solo hay una persona que tiene un problema conmigo.

Melina lo miró fijamente.

—Lautaro.

Santi exhaló.

—Tiene sentido. Está resentido con vos, se alejó del negocio, y esto es su forma de joderte.

Jey apretó la mandíbula.

—No hay otra explicación. Solo él, nosotros tres, y Martín tenían acceso a esas fotos sin editar. Y Martín ya está fuera.

Melina negó con la cabeza.

—Pero… ¿Lautaro haría algo así? No estamos hablando de joderte con una pelea de amigos. Estamos hablando de arruinar la vida de Cami.

Jey la miró con seriedad.

—A Lautaro no le importa Cami. No ahora. Solo le importa demostrar que tiene poder sobre mí.

Santi se inclinó hacia adelante.

—Si es él… ¿qué hacemos?

Jey respiró hondo y exhaló lentamente.

—Lo enfrento. Pero no ahora. Primero, tenemos que ver cómo protegemos a Cami de esto.

Melina asintió.

—Voy a hablar con ella antes de que lo vea en otro lado.

Santi cerró la laptop.

—Voy a seguir rastreando. Si Lautaro fue lo suficientemente idiota como para dejar algún rastro, lo voy a encontrar.

Jey se levantó de la silla.

—Hagan su parte. Yo me encargo de Lautaro.

El ambiente estaba cargado. No era solo la filtración. Era la traición.

Y Jey no perdonaba ese tipo de cosas.

• • •

El sol caía sobre el pueblo mientras Cami caminaba por la vereda con su hijo de tres años. Habían ido a la plaza a que el nene jugara un rato, y ahora volvían a casa con un helado en la mano. Era una tarde tranquila, o al menos eso creía hasta que escuchó las primeras risas.

—M—M\u00eirenla, eh —soltó un tipo desde la esquina, con una sonrisa torcida.

Cami no le prestó atención al principio. Estaba acostumbrada a las miradas, al murmullo de algunas personas cuando pasaba. Pero entonces, otro se sumó.