Capítulo 4 — El crecimiento #3
—Obvio —respondió ella con confianza—. Si querés, hacemos la prueba una noche y vemos qué tan profesional te mantenés.
Jey entrecerró los ojos, evaluándola.
—¿Me estás desafiando?
—Tal vez —sonrió Melina.
Santi levantó las manos.
—Ok, ok. Antes de que esto se convierta en una apuesta rara, ¿confirmamos que Mel se muda?
Melina tomó aire y asintió con decisión.
—Sí. Lo hago.
Jey sonrió satisfecho.
—Bien. Entonces pongamos esto en marcha.
• • •
Emma llegó a la cafetería de la ciudad con una gorra y lentes oscuros, tratando de pasar desapercibida. Sabía que era una tontería. Si alguien quería reconocerla, lo haría igual. Pero después de lo que le había pasado en el pueblo, cualquier intento de cubrirse le daba un poco de tranquilidad.
Melina ya estaba en una mesa en la esquina, con un café en la mano y su celular en la otra. Cuando Emma se acercó, levantó la vista y le hizo un gesto para que se sentara.
—¿Qué onda, Emma? —saludó Melina, mirándola con curiosidad—. Me dijiste que querías hablar de algo serio.
Emma se quitó los lentes y dejó escapar un suspiro.
—Sí… necesito sacarme esto de la cabeza.
Melina le dio un sorbo a su café y se acomodó en la silla.
—Te escucho.
Emma se mordió el labio inferior por un segundo y luego comenzó a hablar.
—Me siguen pasando cosas raras en el pueblo —dijo con el ceño fruncido—. No es solo que me miran o me susurran cosas. Hay tipos que se animan a decirme cosas en la cara.
Melina apoyó el codo en la mesa y la miró fijamente.
—¿Qué cosas?
Emma tragó saliva y bajó la mirada.
—Hace unos días, estaba saliendo de una tienda, y un tipo se me acercó de la nada. Me reconoció. Primero empezó con los típicos comentarios de mierda, tipo “qué lindo verte en persona” o “qué ganas de verte sin ropa de verdad”, pero después se puso peor.
Melina entrecerró los ojos.
—¿Qué te dijo?
Emma soltó aire con frustración.
—Me pidió que le mostrara las tetas ahí mismo.
El rostro de Melina se endureció.
—¿Qué?
Emma asintió con una risa amarga.
—Sí. Ahí, en la calle, como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Y qué hiciste?
Emma se pasó una mano por el pelo, visiblemente incómoda.
—Estaba atrapada. Había gente alrededor, pero nadie decía nada. Sentía todas las miradas encima. Y el tipo insistía, decía que no era gran cosa, que ya lo habían visto todos en internet.
Melina apretó la mandíbula.
—Hijos de puta.
Emma continuó, evitando la mirada de Melina.
—No sabía qué hacer. Y… al final, lo hice.
Melina la miró fijamente.
—¿Qué hiciste?
Emma se recostó en la silla y cruzó los brazos.
—Le mostré un segundo, rápido. Levanté la remera, apenas un instante, y me fui antes de que pudiera decir algo más.
Melina se quedó en silencio por unos segundos, asimilando lo que acababa de escuchar.
—Emma…
—Ya sé lo que vas a decir —la interrumpió—. No debería haberlo hecho. Pero en ese momento, me pareció la única salida.
Melina suspiró y dejó su café sobre la mesa.
—No puedo creer que estés pasando por esto.
Emma soltó una risa sin humor.
—Bienvenida a la realidad de ser pública.
Melina la observó con atención, luego tomó aire y habló con decisión.
—No podés seguir viviendo en el pueblo.
Emma frunció el ceño.
—No es tan fácil, Mel.
—Sí lo es —insistió Melina—. Venite a la ciudad conmigo.
Emma la miró sorprendida.
—¿Qué?
—Escuchame bien —dijo Melina, apoyando los codos en la mesa—. En la ciudad tenés más anonimato, más seguridad. Acá la gente no te va a joder de la misma manera. Podés enfocarte en tu contenido sin estar mirando sobre el hombro todo el tiempo.
Emma se quedó en silencio, procesando la propuesta.
—¿Y dónde viviría?
Melina rodó los ojos.
—Obvio que conmigo. Mi departamento no es gigante, pero hay lugar para dos.
Emma se mordió el labio, dudando.
—No sé, Mel…
—¿Qué no sabés? —insistió Melina—. ¿Querés seguir en el pueblo, cruzándote con pajeros en cada esquina?
Emma suspiró.
—No… pero tampoco quiero sentir que estoy huyendo.
—No estás huyendo —Melina la miró con seriedad—. Estás eligiendo vivir mejor.
Emma tomó su café y lo giró entre sus manos, pensativa.
—No quiero ser una carga.
Melina soltó una carcajada.
—Boluda, dejate de joder. ¿Sabés cuántas veces compartí departamento con amigas? Esto no es nada. Y además, nos ayudamos mutuamente. Yo te doy un lugar y vos me ayudás con cosas del negocio si hace falta.
Emma la miró con una sonrisa cansada.
—Siempre tan práctica.
—Siempre tan inteligente —corrigió Melina con una sonrisa confiada.
Emma suspiró y tamborileó los dedos sobre la mesa.
—Ok… está bien. Me mudo con vos.
Melina sonrió ampliamente.
—Buena decisión, Emma.
Emma esbozó una sonrisa de lado.
—Más te vale que no ronques.
Melina soltó una carcajada.
—Y vos más te vale que no seas una histérica en las mañanas.
Emma rió suavemente y asintió.
—Trato hecho.
• • •
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del local en el pueblo. Jey estaba sentado en la pequeña oficina que habían montado en la parte trasera, revisando unos informes de ingresos cuando escuchó que la puerta se abría.
Levantó la vista y vio a Fer, su hermano menor, parado en el umbral con las manos en los bolsillos y una expresión seria.
—¿Qué hacés acá, Fer? —preguntó Jey con curiosidad.
Fer cerró la puerta detrás de él y se apoyó contra la pared.
—Vine a verte. Hace rato que no hablamos en serio.
Jey dejó los papeles sobre el escritorio y cruzó los brazos.
—Dale, hablá. ¿Qué pasa?
Fer exhaló, claramente incómodo con lo que iba a decir.
—Quiero ayudar, Jey. Quiero hacer algo por la familia.
Jey arqueó una ceja.
—¿Y qué se supone que significa eso?
Fer se acercó y se sentó en la silla frente a él.
—Vos sos el que está manteniendo a nuestros viejos ahora. No me gusta estar al pedo mientras vos te rompés el lomo con esto. Quiero hacer mi parte.
Jey lo miró por unos segundos, analizándolo. Su hermano siempre había sido impulsivo, pero esta vez parecía hablar en serio.
—¿Y qué pensás que podrías hacer?
Fer dudó un instante antes de responder.
—No sé… pero quiero formar parte del negocio.
Jey soltó una risa baja.
—No sé si este negocio es para vos, Fer.
—Probame —insistió Fer—. Dame algo para hacer. Si la cago, me echás.
Jey se pasó la lengua por los dientes, pensativo. Luego apoyó los codos sobre la mesa y lo miró fijamente.
—Ok. Querés hacer algo útil… entonces te voy a dar una tarea.
Fer asintió enseguida.
—Dale, decime.
Jey se inclinó un poco más hacia él.
—Necesitamos más modelos. Pero no cualquiera. Mujeres con físico, actitud, que se animen a esto. No importa si son jóvenes, madres de familia o lo que sea. Lo que importa es que tengan el perfil adecuado.
Fer parpadeó, sorprendido.
—¿Querés que reclute?
—Exacto —confirmó Jey—. Pero no cualquiera puede hacer esto. No quiero quilombos. Tenés que elegir bien a quién le hablás y cómo lo hacés.
Fer asintió, empezando a sonreír.
—Ok… ¿y cómo querés que lo haga?
Jey apoyó una mano sobre la mesa.
—Sos inteligente, Fer. Usá el boca a boca, pero con discreción. No salgas a decir que buscamos modelos en cualquier lado. Observá, prestá atención a las que podrían encajar y acercate con cuidado.
Fer asintió lentamente, procesando la información.
—¿Y si alguna acepta?
Jey sonrió con calma.
—La traés a mí. Yo me encargo del resto.
Fer exhaló y se puso de pie.
—Bien. Lo voy a hacer.
Jey lo miró con seriedad.
—No la cagues, Fer.
Fer sonrió con confianza.
—No la voy a cagar.
Jey asintió.
—Entonces ponete a trabajar.
• • •
La cena en la casa de los González transcurría como cualquier otra noche. Los platos estaban casi vacíos, solo quedaban rastros de comida en las servilletas y el sonido de los cubiertos descansaba en la mesa. Fer miraba a sus padres, sopesando cómo iba a decirles lo que tenía en la cabeza.
No era fácil.
Pero lo que menos esperaba era que, al final, fuera más fácil de lo que pensaba.
—Mamá, papá… quiero contarles algo —dijo finalmente, dejando el vaso en la mesa.
Su madre, que estaba recogiendo platos, le dedicó una mirada fugaz antes de seguir con lo suyo.
—Dale, decime.
Fer miró a su padre, que ya tenía un cigarrillo en la boca pero aún sin encender.
—Voy a empezar a trabajar con Jey.
El viejo levantó una ceja.
—¿Sí? ¿Y qué vas a hacer?
Fer aclaró la garganta.
—Voy a… eh… conseguir modelos para él. Reclutar, básicamente.
Silencio.
Su madre dejó los platos en la pileta y su padre encendió el cigarro, dándole una calada mientras lo observaba con calma.
—¿Modelos? —repitió su madre.
Fer asintió.
—Sí. Pero no cualquier modelo, ya saben cómo es el negocio de Jey. Busco mujeres con actitud, con el físico y la mentalidad para hacerlo.
La madre se cruzó de brazos y lo miró fijamente.
—¿Y cómo pensás hacerlo?
Fer se encogió de hombros.
—No sé… observando, hablando con la gente, tanteando el terreno.
Su padre sonrió levemente y soltó el humo del cigarro.
—Buena suerte con eso, pibe.
Fer frunció el ceño.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
Su madre suspiró y se sentó nuevamente.
—Mirá, Fer… no es lo ideal, pero tampoco estamos en condiciones de ponernos exquisitos. Jey nos está ayudando, sin él, no sé qué estaríamos haciendo ahora.
Su padre asintió.
—Si esto sirve para que todos sigamos adelante, hacelo.
Fer parpadeó, incrédulo.
—¿Posta? ¿No me van a decir que estoy metiéndome en algo turbio?
Su padre rió bajo.
—Pibe, abrí los ojos. ¿Vos te pensás que todavía tenemos el lujo de juzgar?
Fer pasó una mano por su cara.
—La puta madre, pensé que iba a tener que pelearme con ustedes.
Su madre sonrió con ironía.
—Si querés, discutimos, pero no te va a cambiar la respuesta.
Fer negó con la cabeza, todavía sorprendido.
—O sea que… ¿están de acuerdo?
—No orgullosos —aclaró su padre—. Pero tampoco en contra.
Fer apoyó los codos en la mesa, aún tratando de procesarlo.
—Bueno… esto es raro.
Su madre tomó un sorbo de agua y luego lo miró con seriedad.
—Si vas a hacer esto, hacelo bien. No traigas quilombos.
—Sí, sí… —Fer agitó la mano, pero luego una idea cruzó su mente—. Pará, pará… ya que estamos, ¿no tendrán alguna conocida que… ya saben?
Su padre soltó una carcajada ronca y su madre lo miró con incredulidad.