Capítulo 4 — El crecimiento #2
—Ahí está el problema del egoísmo otra vez. No podría.
Rocío entrecerró los ojos con diversión.
—Entonces, si vos y yo estuviéramos juntos, ¿te molestaría que siguiera trabajando en esto?
Jey sostuvo su mirada con seriedad.
—Sí.
Rocío se mordió el labio, como si estuviera analizándolo.
—Pero si realmente me quisieras, ¿me pedirías que lo dejara?
Jey suspiró.
—No lo haría. Porque eso sería injusto.
Ella rió suavemente.
—O sea, que estaríamos jodidos.
—Exacto.
Rocío bebió un poco más de su vino, pensativa.
—Pero… hay soluciones.
Jey arqueó una ceja.
—¿Ah, sí? Iluminame.
—Bueno, podríamos hacerlo en secreto. Vos y yo, sin que nadie se entere.
Jey negó con la cabeza.
—Sería cuestión de tiempo antes de que alguien lo note.
—O podría dejarlo eventualmente y dedicarnos a otra cosa.
—¿Y estarías dispuesta a eso?
Rocío se quedó en silencio por un momento antes de sonreír con burla.
—No lo sé. Nunca lo había considerado hasta ahora.
Jey la miró con una mezcla de diversión y cautela.
—Lo que estás haciendo ahora es teórico, pero no real.
—¿Y qué pasaría si lo fuera? —preguntó ella, inclinándose un poco hacia él.
Jey sostuvo su mirada.
—Sería complicado.
Se quedaron en silencio por unos segundos. Rocío tomó otro sorbo de vino y sonrió con malicia.
—Mmm… interesante. Pero bueno, no te preocupes. No estoy proponiendo nada. Solo… jugando con la idea.
Jey sonrió levemente.
—Lo sé. Pero vos nunca jugás sin un propósito.
Rocío se encogió de hombros con una sonrisa misteriosa.
—Tal vez solo quería ver cómo reaccionabas.
—¿Y estás conforme con lo que viste?
Ella sonrió más.
—Sí. Muy conforme.
Jey negó con la cabeza con una risa baja.
—Sos un caso, Rocío.
Ella levantó su copa en un gesto de brindis.
—Y vos me seguís el juego.
Jey chocó su vaso con el de ella antes de dar otro trago.
—Para bien o para mal.
• • •
Emma caminaba por la calle principal del pueblo con los auriculares puestos, tratando de ignorar el murmullo a su alrededor. Hacía semanas que su contenido estaba disponible al público, pero hasta ahora había evitado pensar en cómo eso podría afectarla en la vida real.
Pero hoy, lo sintió.
Desde que entró al almacén, notó las miradas.
No de todos, pero sí de algunos. Un par de tipos en la esquina del pasillo de bebidas que la observaron de reojo.
La mujer mayor detrás del mostrador que frunció el ceño cuando la vio.
Un grupo de chicos más jóvenes que murmuraban entre ellos, lanzándole miradas furtivas.
Emma mantuvo la cabeza alta, fingiendo no darse cuenta.
Respiró hondo y se enfocó en su compra. Había venido solo por unas cosas básicas. No iba a dejar que esto la afectara.
Agarró una botella de agua, un paquete de galletas y se dirigió a la caja. Pero cuando llegó, un hombre se le adelantó, bloqueándole el paso con una sonrisa desagradable.
—Mirá vos… si es la famosa Emma.
Emma lo miró de arriba abajo. Treinta y tantos, barba desprolija, ropa gastada. Lo conocía de vista, era alguien del pueblo, pero no recordaba su nombre.
—Disculpá, tengo que pagar —dijo con tono seco, intentando pasar.
Él no se movió.
—Tranquila, nena. No hay apuro. Solo quería decirte que te felicito. Hay que tener huevos para hacer lo que hacés. Bueno, o más bien… ganas de mostrar los tuyos.
Unas risas sordas sonaron desde la otra punta del almacén. Emma sintió cómo el calor le subía al rostro.
—Corréte.
—Eh, eh, pará, no te enojés —dijo el hombre, levantando las manos con falsa inocencia—. Solo estoy siendo sincero. Mirá, ya que sos tan abierta con la cámara, ¿por qué no nos das un adelanto ahora?
Emma se tensó.
—¿Qué?
El hombre sonrió con malicia y miró alrededor.
—Dale, nena. Bajate un poco el escote. Total, ya todos lo vimos.
Un silencio espeso cayó sobre el almacén. Nadie dijo nada. Nadie intervino.
Emma sintió cómo su corazón se aceleraba. Miró a su alrededor. Las miradas la taladraban. Algunas con burla, otras con morbo. Algunos evitaban verla. Pero nadie decía nada.
Las manos le temblaban. Quería gritar, quería empujar al tipo, quería hacer algo. Pero estaba paralizada.
El tipo sonrió más.
—Dale, no te hagás la difícil. Te pago lo que compraste si hacés un gesto lindo para la gente.
Emma sintió náuseas.
No lo pensó. Simplemente agarró sus cosas y salió del almacén lo más rápido que pudo.
El aire frío le golpeó el rostro, pero no la calmó. Caminó rápido, casi corriendo, con la respiración agitada. Su mente iba a mil.
¿Así iba a ser ahora? ¿Así la iban a tratar?
Sintió los ojos humedecerse, pero no dejó que las lágrimas cayeran.
No aquí.
No ahora.
Apretó la mandíbula y siguió caminando, alejándose lo más rápido posible.
• • •
El apartamento estaba en su habitual ritmo de trabajo. Jey revisaba las estadísticas en su laptop, Santi programaba algo en su escritorio improvisado y Lautaro estaba en el sillón, respondiendo algunos mensajes en su celular. Todo parecía normal… hasta que su expresión cambió de golpe.
Su rostro se tensó y frunció el ceño con fuerza, con la mandíbula apretada.
—No puede ser… —murmuró, su voz cargada de furia contenida.
Jey levantó la mirada, notando el cambio en su energía.
—¿Qué pasó?
Lautaro no respondió de inmediato. Solo giró su celular y se lo mostró a Jey.
En la pantalla había una captura de Emma, sacada directamente de su contenido. Pero lo que más destacaba era la frase que la acompañaba:
"Qué lindo debe ser tener una hermana así, Lautaro. Gratis para vos, ¿no?"
Jey exhaló lentamente, su mirada fija en la pantalla. Santi se acercó para ver y resopló con desagrado.
—Qué hijos de puta… —murmuró.
Lautaro bajó el celular con fuerza, sus ojos ardiendo de rabia.
—¿Ves lo que generaste? —espetó, mirando directo a Jey.
Jey entrecerró los ojos, midiendo su respuesta.
—¿Yo generé esto?
Lautaro soltó una carcajada amarga y se puso de pie, agitado.
—¡Sí, boludo! Todo esto es por tu idea de meterla en el negocio. Ahora es un chiste para todos. ¡Es mi hermana y están diciendo cosas así de ella!
Jey se apoyó contra la mesa, manteniendo la calma.
—Lautaro, yo no obligué a Emma a hacer nada. Fue su decisión.
—¿Decisión? —bufó Lautaro—. Sí, claro, porque vos sos un santo que no la convenció de nada.
—No la convencí de nada —respondió Jey con firmeza—. Le expliqué las ventajas, las oportunidades, pero ella decidió. Y no fue hace un día. ¿O recién te das cuenta de lo que implica este negocio?
Lautaro golpeó la mesa con la palma.
—¡No es sobre el negocio! Es sobre ella, sobre lo que están diciendo de ella.
—¿Y qué querés que haga? —preguntó Jey, con tono serio—. ¿Que la saque a la fuerza? ¿Que le diga que deje de trabajar porque vos no soportás los comentarios de unos pajeros?
—¡Quiero que esto no esté pasando! —gritó Lautaro.
Santi se levantó de su asiento y se cruzó de brazos.
—Ey, Lautaro, bajá un cambio. Jey no tiene la culpa de que haya gente de mierda allá afuera.
Lautaro giró bruscamente hacia él.
—¡Sí la tiene! Si no la hubiera metido en esto, no estaríamos acá.
Santi negó con la cabeza.
—Si no era Jey, capaz ella lo hacía sola en otro lado. ¿Pensás que esto empezó porque Jey la agarró de la mano y la metió en una sesión? No, loco. Emma estaba buscando una salida, una oportunidad. Y la tomó.
Lautaro apretó los dientes.
—No lo entienden…
Jey suspiró y se cruzó de brazos.
—Sí lo entendemos, Lautaro. Pero el problema acá no es el negocio. Es que no podés aceptar que tu hermana tomó una decisión con la que vos no estás de acuerdo.
—No —dijo Lautaro con rabia—. El problema es que vos solo viste números. Nunca te importó qué pasaba con ella.
Jey sostuvo su mirada con frialdad.
—Me importa más de lo que creés.
Lautaro negó con la cabeza, su rabia sin lugar donde canalizarse.
—No puedo creer esto…
Tomó su celular y sin decir más, salió del apartamento con un portazo.
Santi y Jey se quedaron en silencio unos segundos.
Finalmente, Santi resopló y miró a Jey.
—Esto no va a ser fácil de arreglar.
Jey se pasó una mano por la cara y suspiró.
—Nunca lo fue.
• • •
El apartamento estaba más tranquilo de lo habitual.
Desde que Lautaro se había mudado, el ambiente se sentía diferente.
No había discusiones, no había tensión en el aire…
pero tampoco era lo mismo. Jey lo notaba, y aunque no lo decía en voz alta, sabía que la ausencia de Lautaro estaba dejando una marca.
Esa tarde, se reunió con Melina y Santi para discutir el futuro del equipo.
Melina llegó con su actitud habitual: confiada, con una carpeta en la mano y su celular siempre activo. Santi, en cambio, estaba más relajado, con su laptop abierta y un café en la otra mano.
Jey los miró a ambos y fue directo al grano.
—Quiero hacer un cambio grande —dijo, cruzando los brazos—. Mel, quiero que dejes a Bruno a cargo en las oficinas del pueblo y te vengas para la ciudad a trabajar conmigo.
Melina parpadeó, sorprendida.
—¿Querés que me mude?
—Sí —asintió Jey—. Necesito a alguien acá que pueda manejar el negocio conmigo, alguien que entienda cómo funcionamos y que tenga la cabeza para tomar decisiones rápidas. Y vos sos esa persona.
Melina se cruzó de brazos y lo miró con una ceja levantada.
—¿Y Bruno?
—Va a encargarse de las oficinas —explicó Jey—. Lo entrenaste bien, y es hora de que tome más responsabilidades. No va a estar solo, pero necesito que aprenda a moverse sin depender de vos.
Santi asintió.
—Tiene sentido. Bruno ya maneja bastante, y si lo dejamos a cargo, podemos enfocarnos en hacer crecer el negocio desde acá.
Melina se quedó en silencio unos segundos, pensativa.
—¿Y dónde viviría?
Jey se encogió de hombros con una sonrisa divertida.
—En mi cama.
Melina arqueó una ceja con una expresión de incredulidad.
—¿Me estás jodiendo?
—Obvio —se rió Jey—. Buscamos un departamento cerca, pero igual… si querés dormir conmigo, no me quejo.
Melina le devolvió la sonrisa, pero con un brillo travieso en los ojos.
—Nah, mejor no. Te ibas a terminar enamorando y después sería incómodo para trabajar.
Santi soltó una carcajada y Jey negó con la cabeza, divertido.
—Ah, claro, porque vos sos irresistible.