La Agencia del Pecado Capítulo 4 — El crecimiento
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Capítulo 4 — El crecimiento

El pueblo se estaba desmoronando. Cada día más negocios cerraban, más familias quedaban sin ingresos y la desesperación se sentía en el aire.

Ya no era solo la gente humilde la que buscaba alternativas, ahora también mujeres que antes tenían un buen pasar, esposas que nunca habían trabajado fuera de casa, incluso madres jóvenes que ya no podían sostener a sus hijos.

Los padres de Jey habían resistido todo lo que pudieron. Habían ajustado precios, reducido gastos, intentado atraer clientes con promociones, pero nada había funcionado. Finalmente, tuvieron que aceptar la realidad: la tienda no era sostenible.

La tarde en que bajaron la persiana por última vez, el silencio en el negocio era insoportable.

Jey estaba con ellos, apoyado en el mostrador, viendo cómo su madre pasaba la mano por las estanterías vacías con los ojos vidriosos.

Su padre, en cambio, mantenía el ceño fruncido, las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el suelo.

—Esto es una mierda —dijo su padre con la voz ronca.

—Sí, lo es —respondió Jey sin rodeos.

Su madre suspiró, girándose hacia ellos.

—Nos pasamos media vida en este lugar… ¿y ahora qué? ¿Qué hacemos?

Jey los miró a ambos, con la calma calculada que lo caracterizaba.

—Ahora aceptan mi ayuda.

Su padre resopló con fastidio.

—Ya te dijimos que no necesitamos que nos mantengas. Sabemos salir adelante.

Jey cruzó los brazos y apoyó la espalda en el mostrador.

—¿Ah, sí? ¿Cómo? ¿Vas a salir a buscar trabajo en un pueblo donde están despidiendo a todo el mundo? Mamá, ¿vos también? ¿Van a empezar de cero a esta altura?

Su madre bajó la mirada, pero su padre no cedió.

—No somos unos mantenidos, Jey. No vamos a vivir de tu plata.

Jey lo observó sin pestañear.

—No es mi plata. Es la nuestra. Es de la familia. Si ustedes no pueden verlo así, el problema es suyo, no mío.

El silencio fue pesado. Su madre tragó saliva, como si intentara asimilar sus palabras. Su padre, en cambio, apretó los puños.

—Nosotros trabajamos toda la vida para tener algo propio —murmuró su padre—. No nos gusta la idea de depender de vos.

Jey se inclinó hacia adelante, mirándolo fijamente.

—¿Sabés qué es peor que depender de mí? Pasar hambre. No tener para pagar las cuentas. Ver cómo todo se les escapa de las manos sin poder hacer nada.

Su madre se sentó en una de las cajas vacías, frotándose la cara.

—No sé, Jey… No me gusta esto. No me gusta la idea de que vos seas el que nos tenga que sostener.

Jey suspiró y se agachó frente a ella.

—Mamá, escúchame bien. No me molesta ayudar. No me pesa. Al contrario, lo que me jode es verlos sufrir cuando puedo evitarlo.

Ella lo miró, con los ojos cargados de emociones contenidas.

—¿Y vos? ¿No te hace daño esto? Saber que estamos en esta situación…

Jey sonrió con un deje de ironía.

—Si algo me enseñó la vida es que no podés salvar a todo el mundo. Pero a mi familia sí puedo ayudarla.

Su madre suspiró y asintió lentamente.

Su padre, en cambio, seguía resistiéndose.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Darnos plata y ya?

Jey negó con la cabeza.

—Voy a asegurarme de que tengan lo que necesitan. Y si después encuentran una manera de hacer algo con su tiempo, genial. Pero no quiero que tomen decisiones desesperadas solo porque no tienen otra opción.

Su padre lo miró con dureza por unos segundos, pero luego exhaló y se dejó caer en una silla.

—Está bien —dijo, derrotado—. Pero esto no es para siempre. Si encontramos la manera de volver a trabajar, lo haremos.

Jey sonrió levemente.

—Nunca dije que no.

Su madre se acercó y lo abrazó con fuerza.

—Gracias, hijo.

Jey apoyó la mano en su espalda, sin necesidad de decir nada más. Sabía que esto era difícil para ellos. Pero también sabía que era lo correcto.

Y ahora, con la tienda cerrada y sus padres bajo su protección, la pregunta que quedaba era: ¿quién más vendría a pedir ayuda?

• • •

El estudio estaba listo. Las luces colocadas en los ángulos perfectos, la música de fondo suave, la cámara en manos de Jey, preparado para una sesión que prometía.

Emma y Rocío ya estaban listas, ambas vestidas con conjuntos coordinados: shorts ajustados y tops cortos que resaltaban sus figuras. Era una sesión para redes, nada demasiado subido de tono todavía, pero lo suficiente para llamar la atención.

Naty estaba sentada en una esquina, revisando algunos mensajes en su celular. No tenía planeado participar, pero Jey sabía que con la energía de Rocío y Emma, nada estaba escrito en piedra.

—Bueno, chicas —dijo Jey, ajustando el lente—. Vamos a empezar con algo simple.

Rocío puso las manos en las caderas y miró a Emma con una sonrisa burlona.

—¿Lista para la fama, rubiecita?

Emma rodó los ojos, pero sonrió.

—Por favor, como si no estuviera hecha para esto.

Jey soltó una risa y tomó la primera foto mientras ambas posaban juntas, espalda con espalda, con miradas seguras y desafiantes.

—Bien, ahora algo más relajado —indicó él—. Como si estuvieran en casa, divirtiéndose.

Rocío no lo pensó dos veces. Se tiró sobre un sofá pequeño y jaló a Emma con ella.

—Dale, sentate arriba mío.

Emma se acomodó sobre sus muslos y Rocío, con una sonrisa traviesa, le dio una nalgada ligera.

—¡Ey! —protestó Emma, riendo.

—Naturalidad, chicas —comentó Jey, tomando la foto en el momento exacto.

Naty levantó la vista de su celular y negó con la cabeza, divertida.

—Están en cualquiera.

—¡Vení si te animás! —la desafió Rocío.

Naty entrecerró los ojos.

—¿Me estás retando?

Emma se giró con una sonrisa maliciosa.

—Obvio. Pero si tenés miedo, no pasa nada.

Naty se puso de pie de inmediato y caminó hacia ellas con paso decidido.

—A ver, corransé.

Se sentó en el sofá y, sin previo aviso, jaló a Rocío sobre sus piernas.

—¡Pero pará! —soltó Rocío entre risas.

—Ahora sí estamos en confianza —dijo Naty con burla.

Emma, no queriendo quedarse atrás, se tiró sobre las dos.

Jey capturó el momento justo cuando Naty atrapaba a Rocío y Emma se sumaba a la pila de cuerpos en el sofá.

—Esto es oro puro —murmuró Jey mientras seguía disparando.

Las poses fueron evolucionando de forma natural. Emma, en un momento, estaba sobre Rocío, ambas riendo mientras se apretaban mutuamente. Naty, en una esquina, las miraba con expresión de falsa desaprobación.

—Ustedes dos están buscando excusas para tocarse, ¿no?

Rocío levantó una ceja y, sin dudarlo, le dio una palmada a Emma en la cola.

—¿Y qué si sí?

Emma estalló en carcajadas y le devolvió el gesto.

—Ya estamos en confianza, ¿no?

Jey sonrió desde detrás de la cámara.

—Bueno, bueno, antes de que se terminen matando a nalgadas, hagamos una última toma.

—¿Cuál? —preguntó Rocío, todavía riendo.

—Emma en el medio, ustedes dos a los costados, posando como si fueran un equipo de superheroínas.

Naty y Rocío intercambiaron miradas y se posicionaron. Emma en el centro, con una mano en la cadera y la otra en el aire, como señalando al frente. Rocío y Naty a los costados, con poses que gritaban confianza y actitud.

—Perfecto —dijo Jey, capturando la imagen final.

Cuando terminó la sesión, Emma suspiró, tirándose al sofá.

—No sé si vendemos sensualidad o stand-up, pero esto estuvo buenísimo.

Rocío asintió, acomodándose el top.

—Deberíamos hacerlo más seguido.

Jey revisó las fotos en la cámara y sonrió.

—Definitivamente lo vamos a hacer.

• • •

Jey golpeó la puerta del apartamento de Rocío con dos toques suaves. No tardó mucho en escuchar los pasos de ella acercándose. Cuando abrió, lo recibió con una sonrisa divertida y una copa de vino en la mano.

—Mirá quién vino —dijo, apoyándose contra el marco de la puerta—. Pensé que ibas a dejarme plantada.

Jey arqueó una ceja, cruzando los brazos.

—No suelo hacer eso.

Rocío sonrió de lado y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

—Bueno, pasa, hombre ocupado. Te prometí comida y no quiero que digas que te engañé.

El aroma a comida recién hecha llenaba el aire. La mesa ya estaba servida con una presentación sorprendentemente ordenada para alguien como Rocío, que no solía preocuparse demasiado por los detalles. Jey se sentó sin apuro, observándola mientras ella se acomodaba en la silla frente a él.

—¿Por qué siento que esto es más que una cena casual? —preguntó él con una sonrisa de lado.

Rocío se encogió de hombros, bebiendo un sorbo de su vino.

—¿Desde cuándo las cenas entre amigos necesitan una razón oculta?

Jey soltó una risa baja.

—Desde que vos estás actuando así.

—¿Así cómo?

—Demasiado simpática. Y cuando vos sos demasiado simpática, hay algo atrás.

Rocío sonrió con malicia.

—Tal vez simplemente disfruto de tu compañía. ¿Eso es tan difícil de creer?

Jey no respondió de inmediato. Solo tomó su vaso y bebió un trago, manteniendo la mirada fija en ella. Rocío lo conocía lo suficiente como para saber que él no compraba excusas fáciles.

—Bueno —dijo ella después de un momento de silencio—, ya que estamos en confianza, dejame preguntarte algo.

—Adelante.

Rocío dejó su copa en la mesa y lo miró directamente a los ojos.

—¿Vos saldrías con una de tus modelos?

Jey no tardó en responder.

—No.

Ella levantó una ceja.

—¿Así de tajante?

—Así de tajante.

—¿Por qué?

Jey apoyó los codos en la mesa, entrelazando los dedos.

—Porque soy egoísta.

Rocío sonrió de lado.

—Eso ya lo sabía. ¿Pero qué significa eso en este contexto?

Jey exhaló con calma.

—Significa que no podría compartir a mi chica con el resto del mundo. Y en este negocio, eso es inevitable.

Rocío lo estudió por un momento.

—Mmm… interesante. Pero… si encontraras a alguien que estuviera dispuesta a dejarlo, ¿entonces sí?

Jey ladeó la cabeza.

—Tal vez. Pero ahí viene otro problema. ¿Cómo separás lo que hacemos acá de lo que sería una relación real?

Rocío apoyó un codo en la mesa y se sostuvo la cabeza con la mano, observándolo con interés.

—O sea, ¿te costaría ver a alguien como pareja si antes trabajaste con ella?

—No es solo eso —explicó Jey—. Si me meto con alguien de acá, cambia la dinámica. Mezclás trabajo con sentimientos, y eso siempre termina mal.

Rocío sonrió con picardía.

—¿Y si la relación fuera abierta?

Jey negó con la cabeza.