La Agencia del Pecado Capítulo 3 — La expansión #10
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Capítulo 3 — La expansión #10

Rocío, en cambio, parecía completamente relajada. Estaba en short y una remera suelta, descalza, con un cigarrillo entre los dedos. Había pasado lo suficiente en el negocio como para que las dudas de Emma le resultaran casi cómicas.

—Así que querés saber cómo es ser una modelo sin máscara —dijo Rocío, soltando el humo con calma—. ¿Por qué?

Emma se encogió de hombros.

—Porque me lo están pidiendo. Jey dice que sin mostrar la cara, la gente no se engancha tanto. Y Lautaro… bueno, Lautaro no quiere ni hablar del tema.

Rocío soltó una risa baja.

—Eso suena a Lautaro.

Emma la miró fijamente.

—Quiero saber la verdad. Sin vueltas. ¿Cómo es esto? ¿Es tan difícil como parece?

Rocío dejó el cigarrillo en el cenicero y se acomodó en el sofá, girándose hacia Emma con una expresión seria.

—A ver, pendeja. Te lo voy a decir como es. Hay ventajas, sí. Pero también hay cosas de mierda. Y si querés meterte en esto sin máscara, tenés que estar preparada.

Emma asintió lentamente.

—Decímelo todo.

Rocío sonrió con un toque de diversión.

—Dale. Arranco con lo lindo.

—Primero, la plata. Y no hablo de guita normal. Hablo de plata que nunca en tu vida pensaste que podrías ganar en tan poco tiempo. Es otra cosa.

Emma escuchaba con atención.

—Segundo, te convertís en una jodida diosa para los que pagan. No importa cómo seas, cuando sos pública, te ven como algo más grande. Te idealizan. Y eso significa más suscriptores, más pedidos personalizados, más billetes.

Emma levantó una ceja.

—Suena bien hasta ahora.

Rocío sonrió de lado.

—Sí, pero no termina ahí. ¿Querés las desventajas?

Emma asintió.

—Dale. No me guardo nada.

—Una vez estaba en el súper, boluda, y me crucé con un tipo que me miró fijo. No con la típica mirada de “te vi en algún lado”. No. Este me miraba con esa cara de “sé exactamente lo que hacés y lo que tenés debajo de esa ropa”. Fue asqueroso.

—Otra. Un primo lejano me mandó mensaje. Un tipo que en la vida me hablaba. Me puso: “Che, Rocío… ¿es posta que sos vos? No me jodas. Igual, felicitaciones, eh. Tenés todo mi apoyo”. Apoyo las pelotas. Quería confirmar si podía pajearse tranquilo o si tenía que sentirse culpable.

—Un tipo me ofreció diez lucas verdes para “un encuentro privado”. Y cuando le dije que no, se calentó y empezó a mandarme audios puteándome. Como si tuviera la obligación de aceptar su guita.

—Mi ex, que me dejó porque “no le gustaban las minas que hacían este tipo de cosas”, volvió arrastrándose cuando vio cuánto estaba ganando. Me mandó un mensaje tipo: “Siempre supe que eras especial, Roci. Podemos hablar?”. Andá a cagar.

—Y la mejor. La mamá de una amiga del secundario me mandó un mensaje largo diciendo que “estaba preocupada por mi camino en la vida”. Pero la vieja estaba suscrita.

Emma la miró con los ojos abiertos.

—Me estás jodiendo.

Rocío negó con la cabeza.

—Te juro por Dios. La gente es una hipócrita de mierda.

Emma apoyó los codos en las rodillas y se frotó la cara.

—Ok… sí. No es tan fácil como pensaba.

Rocío la miró con seriedad.

—No. Y eso que no te conté lo peor.

Emma levantó la vista.

—¿Hay peor?

—Sí. Sin Jey, yo no estaría acá.

Emma frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Jey me sacó del pueblo cuando empezaron los quilombos. Me alquiló este departamento, me llevó a la ciudad, hasta me dio plata para arrancar sin presionarme. Si me hubiera quedado allá, me hubieran destruido.

Emma la miró con algo de asombro.

—Nunca me dijo nada de eso.

Rocío se encogió de hombros.

—Porque no es un pelotudo que anda buscando reconocimiento. Pero la verdad es que sin él, yo no hubiera podido con esto.

Emma la observó en silencio.

—Vos lo bancás mucho, ¿no?

Rocío soltó una risa baja.

—Más de lo que debería.

Emma la miró con curiosidad.

—Si pudieras hacer algo por él, ¿qué harías?

Rocío se quedó pensativa por unos segundos. Luego sonrió con un brillo astuto en los ojos.

—Haría algo que él no se espera. Algo que lo saque de su zona de control.

Emma sonrió de lado.

—Eso suena interesante.

Rocío la miró con burla.

—¿Vos qué pensás hacer?

Emma se encogió de hombros con una sonrisa calculadora.

—No sé… pero después de todo lo que me dijiste, me diste ideas.

Rocío soltó una carcajada y sacudió la cabeza.

—Pendeja, te va a matar.

Emma sonrió más.

—O capaz le gusta la sorpresa.

Rocío negó con la cabeza, divertida.

—Bueno, hacé lo que quieras. Pero si te metés en esto, preparate para lo bueno y para la mierda también. Porque una vez que mostrás la cara, ya no hay vuelta atrás.

Emma asintió lentamente.

—Sí. Creo que ya lo entendí.

Rocío tomó el cigarrillo y le dio una última calada antes de soltar el humo y mirarla fijamente.

—Entonces, bienvenidos a la realidad.

• • •

El estudio estaba más silencioso de lo habitual. Emma se paró frente al espejo, mirándose a sí misma con la máscara en la mano. Su respiración era pausada, pero la tensión en su postura la delataba. Jey, sentado cerca con la cámara apoyada sobre su pierna, la observaba sin apurarla.

—¿Segura? —preguntó él, con su tono tranquilo.

Emma apretó los labios y asintió lentamente.

—Sí… sin máscara.

Jey arqueó una ceja, sorprendido. Hasta el día anterior, ella se había negado rotundamente a mostrarse sin protección. Ahora, de repente, estaba dispuesta.

—No tenés que hacerlo si no estás lista —agregó él.

Emma giró la cabeza hacia él y forzó una sonrisa.

—Ya decidí. Quiero que salga bien, así que hacé lo que tengas que hacer.

Jey se levantó y se acercó con calma. No quería presionarla, pero tampoco dejar que el miedo arruinara el momento.

—Escuchame, Emma. Esto no es solo sacarte la máscara y listo. Es un cambio grande. Si lo hacés, lo hacés bien. Tranquila, segura. Si te ven dudar, lo van a notar.

Emma tragó saliva y respiró hondo. Naty, que estaba organizando el vestuario, se giró con una sonrisa.

—¿Sabés qué ayuda? Pensá en alguien a quien quieras cerrarle la boca con esto. Alguien que haya dicho que no ibas a poder. Y mostráles lo equivocadísimos que estaban.

Emma rió suavemente.

—Sí… hay unos cuantos.

Jey la miró fijamente y le habló con calma.

—Entonces dale. Pero a tu ritmo. No hay apuro.

Emma soltó un suspiro y dejó la máscara sobre la mesa. Su reflejo en el espejo ya no la asustaba tanto.

Justo cuando iba a empezar la sesión, la puerta del estudio se abrió y Rocío entró con su energía característica.

—¿Interrumpo? —preguntó con una sonrisa.

Emma la miró con sorpresa.

—¿Qué hacés acá?

—Vine a darte apoyo moral —dijo Rocío, encogiéndose de hombros—. Y a traerte una idea que puede hacer que tu cuenta despegue más rápido.

Jey cruzó los brazos y la miró con interés.

—¿Qué idea?

Rocío se sentó en el borde de una mesa y miró a Emma directamente.

—Hacer contenido juntas. Yo ya tengo seguidores leales, vos necesitás visibilidad. Si aparecemos juntas en algunas sesiones, la gente se va a interesar más rápido en tu perfil.

Emma parpadeó, sorprendida. No había considerado esa posibilidad.

—¿Juntas? ¿Cómo?

Rocío sonrió y empezó a enumerar ideas con confianza.

—Podemos hacer fotos casuales, como amigas divirtiéndose, algo natural. O incluso algunas sesiones con temáticas más trabajadas, no necesariamente subidas de tono, pero sí llamativas. Cosas que generen conversación.

Jey se frotó la barbilla, pensativo.

—Podría funcionar… Rocío ya tiene un público estable. Si te introduce en sus publicaciones, los que confían en ella pueden empezar a seguirte.

Naty chasqueó los dedos.

—Además, con lo que pasó con Martín y todo el quilombo, si la gente ve que Rocío te está apoyando, puede servir para que no te tiren tanto hate por ser la hermana de Lautaro.

Emma miró a Rocío, aún procesando la propuesta.

—¿Vos estás segura de esto?

Rocío asintió sin dudar.

—Sí. Me ayudaste un montón cuando me fui del pueblo. Ahora me toca devolverte el favor.

Emma sonrió, sintiendo que el miedo que había traído consigo esa mañana se disipaba poco a poco.

Jey los observó a todos y asintió lentamente.

—Entonces hagámoslo bien. Vamos a planificar las sesiones para que tengan el mayor impacto posible. Y, Emma… —la miró directo a los ojos—. Si en algún momento sentís que esto es demasiado, parás. Nadie te va a forzar a nada.

Emma lo miró con gratitud.

—Gracias, Jey.

Él sonrió apenas y tomó la cámara.

—Ahora, a trabajar.