Capítulo 3 — La expansión #9
Bruno, que había estado escuchando en silencio, levantó la mano.
—¿Y yo qué voy a hacer en todo esto?
Mel sonrió de lado y le dio una palmada en el hombro.
—Vas a empezar a entrenarte conmigo. A partir de ahora, te voy a enseñar todo lo necesario para que, en el futuro, puedas manejar las oficinas vos solo.
Bruno parpadeó, sorprendido.
—¿Encargarme de todo esto?
Jey asintió.
—Exacto. Pero primero, tenés que aprender.
Bruno soltó un suspiro y luego sonrió con un toque de orgullo.
—Bueno, eso suena interesante.
Lautaro miró a todos en la mesa y asintió.
—Entonces estamos en marcha. Vamos a hacer que esto siga creciendo, pero de una forma más organizada.
Jey tomó una taza de café y se la llevó a los labios.
—Empezamos mañana.
• • •
El estudio estaba listo. Las luces perfectamente colocadas, la cámara calibrada y el ambiente en la temperatura justa.
Jey revisó por última vez los ajustes mientras Naty, a su lado, observaba todo con atención.
Era su primera sesión como asistente, y aunque había visto muchas fotos y videos, estar ahí en vivo era otra cosa.
Camila llegó puntual, con su energía de siempre, vistiendo un conjunto de lencería negra que resaltaba sus curvas. Se quitó la chaqueta con naturalidad y la dejó en una silla.
—¿Arrancamos o qué? —dijo con una sonrisa pícara.
Jey la miró de arriba abajo con una media sonrisa.
—Siempre con ansias de empezar, ¿no? No te cansás nunca.
—Depende, ¿de qué estamos hablando? —respondió Camila con una ceja levantada.
Naty soltó una risa por lo bajo y Jey le dio una mirada cómplice.
—¿Ves, Naty? Esta es la parte más importante de la sesión: saber cuándo alguien está buscando provocar y cuándo está actuando natural. Camila es de las que provocan hasta cuando respiran.
Camila se cruzó de brazos, fingiendo indignación.
—¿Y vos sos de los que se hacen los profesionales pero disfrutan cada segundo?
Jey sonrió.
—Siempre. Pero no me pagan por disfrutar, me pagan por hacer que los demás disfruten con el contenido.
—Ah, mirá qué excusa más conveniente… —Camila se acercó lentamente a la silla donde iba a posar y se acomodó el cabello—. A ver, maestro, ¿qué hacemos hoy?
Jey miró a Naty.
—¿Querés dar la primera indicación? Vamos a ver qué tan buena profesora soy.
Naty asintió con confianza y miró a Camila.
—Sentate en el borde de la silla, abrí un poco las piernas, pero sin exagerar. Apoyá las manos atrás para arquear la espalda, que se marque la figura.
Camila siguió la indicación sin problemas. Jey tomó la cámara y ajustó el encuadre.
—Nada mal, Naty. Te estás ganando tu puesto.
Camila sonrió y movió los hombros con un gesto coqueto.
—Yo puedo ayudar a que aprenda más rápido si quiere.
—Mmm… no sé si quiero aprender todo lo que sabés vos —bromeó Naty, cruzándose de brazos.
Jey bajó la cámara y las miró con diversión.
—Bueno, bueno, dejemos de hacernos las santas. Acá todas sabemos a qué vinimos.
Camila lanzó una carcajada y Naty sonrió con un leve rubor en el rostro.
—Dale, sigamos —dijo Jey, enfocando de nuevo—. Camila, ahora levantá un poco la cabeza, como si estuvieras mirando a alguien que te interesa. Sin exagerar, natural.
Camila obedeció, pero antes de que Jey tomara la foto, sonrió de lado y murmuró:
—¿Y si lo estoy mirando a vos, Jey?
Jey soltó una risa baja y bajó la cámara otra vez.
—Entonces te cobraría extra por sesión privada.
Naty negó con la cabeza entre risas.
—Che, pará de jugar, que después me va a tocar a mí y no quiero estar en esa posición.
Camila arqueó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué no? Mirá que si Jey te saca fotos como a mí, capaz descubrís que te gusta más de lo que pensás.
Jey miró a Naty con una sonrisa.
—Podría hacer la prueba si quiere.
Naty le dio un empujón en el brazo, riéndose.
—¡Ni loca! Estoy para aprender, no para posar.
—Bueno, bueno, volvamos al trabajo —dijo Jey, retomando la cámara—. Camila, ahora apoyate en el respaldo, arqueá la espalda más, pero relaja los hombros… eso es. Perfecto.
El clic de la cámara rompió la conversación.
La sesión continuó con el mismo ritmo, entre bromas y profesionalismo, Naty observando cada detalle mientras Jey dirigía la escena.
Sabía que entrenarla tomaría tiempo, pero si algo había aprendido en este negocio, era que el ambiente relajado era clave para obtener el mejor contenido.
• • •
Emma estaba sentada en el borde del sofá, con las piernas cruzadas y los brazos firmemente apretados contra su cuerpo.
Su respiración era entrecortada, y cada tanto se pasaba una mano por la cara, tratando de calmarse.
Pero no podía. No cuando sus números seguían siendo bajos, cuando la desesperación empezaba a invadirla.
Frente a ella, Lautaro se mantenía de pie, los brazos cruzados y el ceño fruncido. No quería estar ahí, no quería escucharla, pero Emma no le daba opción.
—Por favor, Lau… necesito que me ayudes —rogó ella, con la voz temblorosa.
—No, Emma. Ya te dije que no me meto en esto. Hablalo con Jey, con Naty, con quien quieras, pero no conmigo —respondió él, firme, evitando su mirada.
Emma negó con la cabeza y se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con lágrimas contenidas.
—Ya lo hablé con Jey, pero no es suficiente. Me dijo que tengo que hacer algo más… algo más agresivo para que la gente me note. Pero yo no quiero hacer eso, no todavía.
Lautaro resopló y se pasó una mano por la nuca, claramente incómodo.
—¿Y qué carajo querés de mí, Emma? Yo no tengo nada que ver con esto. No voy a meterme.
—¡Por favor! —exclamó ella, su voz quebrándose—. Necesito que me ayudes a entender qué está fallando. Tal vez si alguien más me diera otra perspectiva, otra opinión…
Lautaro cerró los ojos con frustración.
—No, Emma. No voy a hacer eso. No quiero saber nada de lo que hacés.
Emma dejó escapar un sollozo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Lau… no puedo seguir así. Apenas estoy sacando lo justo, y esto no es lo que esperaba. Pensé que iba a ser más fácil, pensé que…
—Pensaste que ibas a hacer plata sin esfuerzo —la interrumpió Lautaro, su voz cargada de amargura.
Emma lo miró con desesperación.
—¡No es eso! Estoy haciendo todo lo que puedo. Sigo todas las estrategias, hago las sesiones, subo el contenido. Pero la gente no compra, no como debería. Jey dice que si quiero más, tengo que ir más allá, que el anonimato ya no me sirve.
Lautaro frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—¿Y qué esperabas? No todas van a ser un boom de la noche a la mañana. Algunas tardan más, otras nunca despegan. Si querés más, ya sabés lo que tenés que hacer. Pero no me pidas que te ayude con esto, Emma. No puedo.
Emma bajó la mirada, su respiración entrecortada. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero no le importaba. Sabía que lo estaba poniendo contra la pared, pero no le quedaban más opciones.
—No quiero que esto haya sido en vano… —susurró.
Lautaro miró hacia otro lado, sin poder sostener su mirada.
—Entonces tomá una decisión. Pero no me metas a mí en esto.
• • •
El departamento estaba en silencio cuando Lautaro entró, cerrando la puerta con un poco más de fuerza de la necesaria. Jey, que estaba sentado en el sofá con su laptop, levantó la mirada con calma.
—¿Y ahora qué? —preguntó sin rodeos, notando la tensión en el rostro de su amigo.
Lautaro pasó una mano por su cara, claramente frustrado, antes de soltar un suspiro pesado.
—Emma. Vino a verme.
Jey arqueó una ceja y cerró la laptop con tranquilidad.
—¿Y qué quería?
Lautaro se dejó caer en la silla frente a él, apoyando los codos en las rodillas y juntando las manos.
—Está desesperada, boludo. Está haciendo casi nada de ventas y está al borde de perderlo todo. Me suplicó que la ayude. —Se frotó el rostro y dejó escapar un resoplido—. Llorando, loco. No la había visto así nunca.
Jey lo observó en silencio por unos segundos antes de hablar.
—¿Y qué hiciste?
Lautaro chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Le dije que no. Que no quiero saber nada con eso. Pero ella insistió, me contó todo. Sobre las sesiones, sobre los números que hace… hasta sobre la conversación que tuvo con vos.
Jey se recostó en el sofá, cruzando los brazos.
—¿Qué conversación?
—Sobre cómo hacer que sus ventas suban. Lo de sacarse la máscara, ser pública.
Jey asintió lentamente.
—Le dije que si quería que las cosas despegaran, tenía que exponerse. No hay otra forma.
Lautaro lo miró con incredulidad.
—¿Eso nomás le dijiste? ¿Nada más?
Jey esbozó una sonrisa seca.
—No. También me hizo una oferta.
Lautaro frunció el ceño.
—¿Qué oferta?
Jey lo miró directo a los ojos, sin rodeos.
—Me ofreció varias cosas. Cosas personales. Íntimas. Con tal de que le dé más tiempo para que su contenido despegue sin tener que mostrarse completamente.
Lautaro apretó los puños.
—Hija de puta…
Jey levantó una mano en un gesto de calma.
—No lo acepté. No me interesa ese tipo de trato. Pero el punto es que está desesperada. Y si sigue así, en algún momento alguien más va a aceptar ese trato. Y ahí sí va a estar en problemas.
Lautaro apretó la mandíbula, pensativo. Se quedó mirando el suelo por un momento antes de levantar la vista.
—¿Entonces qué hacemos?
Jey se encogió de hombros.
—Yo te digo lo mismo que le dije a ella. Está jugada. No tiene más opciones si quiere ganar la plata que espera. Si vos la ayudás, puede mantenerse anónima. Si no, tarde o temprano va a hacer lo que no quiere hacer.
Lautaro cerró los ojos un momento y exhaló pesadamente.
—O sea que la única opción es que yo me meta.
Jey lo miró con seriedad.
—Si querés protegerla, sí.
Lautaro se quedó en silencio. Jey esperó su respuesta sin presionarlo.
Finalmente, Lautaro murmuró con la voz tensa:
—Dame un par de días para pensarlo.
• • •
El apartamento de Rocío tenía un aire tranquilo, con la luz del atardecer filtrándose por las cortinas. Emma estaba sentada en el sillón, con una pierna doblada sobre el asiento y una expresión seria. No había venido a boludear. Quería respuestas.