La Agencia del Pecado Capítulo 3 — La expansión #8
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Capítulo 3 — La expansión #8

Martín llegó sin avisar, con una expresión que delataba que no era una visita casual. Cerró la puerta detrás de sí y se quedó parado un momento, mirando a sus amigos, como si necesitara reforzar su decisión antes de decirla en voz alta.

—Tenemos que hablar —dijo, con voz firme.

Jey le indicó una silla con un leve movimiento de cabeza, pero Martín negó con la cabeza.

—No me voy a sentar. Esto va a ser rápido.

Lautaro apoyó su vaso en la mesa y cruzó los brazos.

—Dale. Decilo.

Martín tomó aire y soltó la bomba sin rodeos.

—Me voy. Dejo la empresa. Me voy del país.

Silencio.

Jey no reaccionó de inmediato. No parecía sorprendido, solo calculador. Santi miró a Martín con incredulidad, y Lautaro chasqueó la lengua, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo que te vas? —preguntó Lautaro, con el ceño fruncido.

Martín sostuvo la mirada.

—No puedo más con esto. Me está destruyendo. Me voy a otro lugar, empiezo de cero.

Jey entrelazó los dedos sobre la mesa y habló con su tono habitual, frío y controlado.

—¿Y qué vas a hacer con tu parte del negocio?

—Nada —respondió Martín, sin dudar—. La dejo. Solo quiero el dinero que me corresponde, lo que generé en todo este tiempo. No quiero más nada de esto.

Lautaro resopló, agitando la cabeza.

—Estás exagerando.

—No, Lautaro —dijo Martín, más serio que nunca—. No es exageración. Me está afectando a niveles que ustedes no entienden.

Santi finalmente habló, con un tono más conciliador.

—Pensé que solo necesitabas tiempo. No que ibas a dejar todo.

Martín pasó una mano por su cara, visiblemente agotado.

—Un mes, Santi. Me di un mes para ver si podía aguantar. Y cada día fue peor.

Jey lo miró fijamente.

—Esto es porque no soportás lo de Rocío.

Martín apretó la mandíbula.

—Eso es parte. Pero no es solo eso. Estoy cansado del negocio, de las mentiras, de la paranoia de que en cualquier momento algo salga mal. No quiero vivir así.

Lautaro soltó una carcajada seca.

—¿Y qué? ¿Ahora sos moralista?

Martín lo fulminó con la mirada.

—No se trata de moral, Lautaro. Se trata de que no quiero más esto para mí. Ya no.

Jey lo estudió por unos segundos, como si evaluara si había algo que pudiera decir para cambiar su decisión. Pero algo en la expresión de Martín le hizo entender que no había marcha atrás.

—Está bien —dijo finalmente—. Te vamos a transferir tu parte.

Lautaro lo miró con incredulidad.

—¿Así de fácil?

—Si tomó su decisión, es suya —dijo Jey, encogiéndose de hombros.

Martín exhaló lentamente, como si se hubiera quitado un peso de encima.

—Gracias.

Santi se pasó una mano por la nuca.

—¿Y adónde vas a ir?

—A Europa. Aún no sé exactamente a dónde, pero tengo contactos que pueden ayudarme a empezar de nuevo.

Lautaro lo miró con una mezcla de frustración y resignación.

—Es una cagada que te vayas así.

—Es lo que necesito hacer —dijo Martín con firmeza.

Jey tomó su celular y comenzó a escribir un mensaje.

—Voy a decirle a Milena que haga los movimientos financieros para liquidar tu parte. Te transferimos todo en la semana.

Martín asintió.

—Gracias. En serio.

Jey levantó la vista y lo miró directo a los ojos.

—Solo espero que no te arrepientas.

Martín sonrió de lado.

—No lo haré.

Hubo un silencio pesado entre todos. Nadie sabía exactamente qué más decir.

Finalmente, Martín tomó su chaqueta y se dirigió a la puerta.

—Nos vemos, chicos. No sé si algún día nos volvamos a cruzar, pero… cuídense.

Nadie respondió de inmediato.

Cuando Martín salió y la puerta se cerró detrás de él, el departamento se sintió diferente.

Como si una parte de lo que habían construido juntos se hubiera ido con él.

• • •

El departamento de Rocío estaba en penumbras cuando Jey llegó.

Golpeó la puerta un par de veces y esperó.

Desde adentro, escuchó pasos lentos y luego el sonido del pestillo abriéndose.

Rocío apareció en el umbral con el rostro serio, el cabello recogido en un rodete desordenado y una remera ancha que le llegaba hasta la mitad del muslo.

—¿Qué hacés acá? —preguntó sin rodeos, pero sin molestia real en la voz.

Jey no respondió de inmediato. La miró, midiendo cómo estaba su humor, y luego levantó levemente una ceja.

—Necesito hablar con vos.

Ella suspiró y se hizo a un lado para dejarlo pasar. Jey entró y cerró la puerta detrás de él. La sala estaba en silencio, con apenas una lámpara encendida en la esquina, proyectando una luz cálida que contrastaba con la tensión que él sentía en el ambiente.

—¿Pasó algo? —preguntó Rocío, cruzándose de brazos.

Jey se pasó una mano por la nuca antes de contestar.

—Martín se fue.

La expresión de Rocío cambió de inmediato. Su postura rígida se desmoronó un poco, como si su cuerpo hubiera entendido el peso de la noticia antes que su mente.

—¿Cómo que se fue? —Su voz sonó más baja, más tensa.

—Dejó todo. El negocio, el país, todo. Se fue a empezar de nuevo.

Rocío frunció el ceño y se sentó en el sofá. Jey la observó en silencio mientras ella procesaba la noticia. Después de un largo silencio, Rocío apoyó los codos en sus rodillas y se agarró la cabeza con ambas manos.

—Mierda… —susurró.

Jey se sentó frente a ella y esperó. Sabía que no podía presionarla para hablar, pero tampoco quería dejarla sola en este momento.

Finalmente, Rocío levantó la mirada y lo vio directamente a los ojos.

—¿Me odia, no? —preguntó con voz apagada.

Jey negó con la cabeza.

—No te odia, Rocío. Está cansado, eso es todo.

Ella rió sin humor.

—No me jodas, Jey. Se fue por mi culpa.

Jey se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—No solo por vos. Todo esto lo superó. No supo cómo manejarlo. Pero no podés culparte por su decisión.

Rocío negó con la cabeza y se frotó el rostro con las manos.

—Yo podría haber hecho las cosas de otra manera…

—¿Cómo? —preguntó Jey, con calma—. ¿Renunciando a todo lo que lograste? ¿Dejando esto por él?

Rocío no respondió de inmediato. Sus ojos se llenaron de frustración y una sombra de tristeza se instaló en su mirada.

—No podés echarte atrás ahora, Rocío —continuó Jey—. Sabías que esto podía pasar. Sabías que alguien iba a reaccionar así.

Ella mordió su labio inferior y luego exhaló con fuerza.

—Pero no él.

Jey la observó en silencio antes de continuar.

—Martín recibió mucha mierda en estos meses. Mensajes, fotos, cosas que le mandaban sobre vos. Lo golpearon por donde más dolía.

Rocío cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo del sillón.

—Decime algunas de las cosas que le mandaban. —Su voz sonó apagada, pero firme.

Jey dudó por un momento, pero al ver su expresión decidida, accedió.

—Imágenes tuyas con frases como “Así se gana la vida tu hermana” o “¿Cómo te sentís sabiendo que la mitad del pueblo ha pagado por ver esto?”

Rocío apretó los dientes, su mandíbula se tensó, y tragó saliva con dificultad. Sabía que era probable que pasara, pero escucharlo en voz alta lo hacía más real.

Jey se inclinó un poco más hacia ella.

—Escuchame bien. Podés hundirte en culpa o podés hacer algo al respecto.

Rocío levantó la mirada y lo miró con los ojos brillantes.

—¿Y qué carajo querés que haga?

Jey la miró fijamente antes de hablar.

—Que lo uses a tu favor.

Rocío frunció el ceño.

—¿Cómo?

Jey se acomodó en el sillón, relajando la postura.

—Que tomes todo esto, toda esta mierda que te están tirando, y lo conviertas en fuerza. No podés cambiar lo que hiciste, pero podés decidir cómo seguir adelante.

Rocío exhaló lentamente y se quedó en silencio por un momento. Luego, lo miró con una mezcla de determinación y duda.

—¿Y cómo hago eso?

Jey sonrió apenas.

—Dejame manejarlo.

Rocío lo miró fijamente, evaluando sus palabras.

—No sé si confiar en eso.

Jey se inclinó hacia adelante y apoyó una mano sobre la suya.

—Siempre podés confiar en mí.

Ella bajó la mirada a su mano y luego volvió a subirla hasta sus ojos. Algo en su expresión se suavizó, pero todavía había una sombra de preocupación en su rostro.

—¿Y si no funciona?

Jey esbozó una sonrisa de lado.

—Siempre tengo un plan B.

Rocío lo miró por un momento más, y luego, finalmente, asintió.

—Está bien. Hagámoslo.

Jey apretó suavemente su mano antes de soltarla.

—No te vas a arrepentir.

Rocío suspiró, dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Espero que tengas razón.

Jey la observó por unos segundos más antes de levantarse.

—Descansá. Mañana empezamos de nuevo.

Rocío cerró los ojos un momento antes de asentir lentamente.

—Gracias, Jey.

Él solo sonrió de lado antes de salir del departamento,

• • •

El local del pueblo estaba en plena actividad cuando Jey y Lautaro llegaron. Desde que Martín se había ido, habían tenido que replantear la estructura de trabajo para asegurarse de que todo siguiera funcionando de manera eficiente.

Entraron a la oficina donde los esperaban Naty, Mel y Bruno. Había café en la mesa y varias hojas con planificación esparcidas por el escritorio. Jey se apoyó contra el borde de la mesa y fue directo al grano.

—Vamos a hacer algunos cambios —dijo, mirando a los tres—. Necesitamos redistribuir el trabajo para optimizar el tiempo y asegurarnos de que todo siga en orden.

Lautaro se cruzó de brazos y tomó la palabra.

—Naty, vos vas a empezar a manejar las sesiones. No todas, pero sí las más comunes. Las más importantes, como los dúos y Rocío, seguirán a cargo de Jey.

Naty asintió lentamente, procesando la información.

—¿Y cómo va a funcionar eso? —preguntó.

Jey señaló el escritorio.

—Al principio, te voy a entrenar. Quiero que aprendas bien cómo dirigir las sesiones, cómo manejar a las modelos, qué buscar en cada toma. Cuando ya estés lista, vas a hacerlo sola.

Naty asintió con determinación.

—Está bien. ¿Cuánto tiempo me va a tomar estar lista?

—Depende de vos —respondió Jey—. Si te enfocás, en un mes ya podrías manejarte sola sin problemas.

Mel intervino en ese momento.

—¿Y la parte técnica? Porque si vamos a enfocarnos más en producción, necesitamos refuerzos en la parte de mensajes, edición y manejo de redes.

Lautaro asintió.

—Vamos a contratar dos o tres personas más para eso. Necesitamos un equipo técnico sólido para no atrasarnos con la demanda.