Capítulo 3 — La expansión #7
No sabía cuánto habían visto, cuánto habían pagado. Solo sabía que ya no era anónima en este lugar.
Respiró hondo y finalmente levantó la vista. Dos tipos, ambos en sus treinta y tantos, la miraban como si hubieran visto un fantasma. Uno apartó la mirada rápido, el otro no. Sostuvo la mirada con una media sonrisa, una expresión entre burla y curiosidad. Como si estuviera esperando su reacción.
Rocío mantuvo su expresión firme. No se iba a encoger en su asiento como una niña asustada. Si querían mirarla, que lo hicieran.
Se terminó el café de un sorbo y dejó dinero en la mesa sin esperar el cambio. Se puso de pie y caminó directo hacia la puerta. No iba a correr. No iba a mostrar debilidad.
Pero cuando pasó junto a la mesa de ellos, sintió un escalofrío cuando uno murmuró:
—No te imaginaba tomando café en público después de todo...
Ella se detuvo un segundo. No giró la cabeza, pero sus puños se cerraron. Cada fibra de su cuerpo le decía que respondiera, que no se quedara callada. Que les dejara en claro que ella no tenía nada de qué avergonzarse.
Pero no valía la pena.
Salía de ese lugar y se olvidaba de ellos.
Respiró hondo y siguió caminando. No miró atrás.
Cuando finalmente estuvo afuera, el aire fresco le pegó en el rostro. Se apoyó contra una pared por un momento, tratando de calmarse.
Ahí estaba. La realidad.
No había vuelta atrás.
• • •
El sonido de los mensajes entrando al celular de Martín era constante. Uno tras otro, con fotos, capturas de pantalla y frases que le revolvían el estómago. Había evitado mirar demasiado, había intentado borrar sin prestar atención, pero la cantidad y el contenido lo estaban volviendo loco.
Finalmente, levantó la vista de la pantalla y exhaló con frustración.
No podía más.
Con una tensión marcada en la espalda y las mandíbulas apretadas, fue directo al departamento.
Cuando llegó, ni siquiera tocó la puerta. Entró con pasos firmes y encontró a Jey en la cocina, sirviéndose un vaso de agua.
—Necesitamos hablar.
Jey, sin inmutarse, terminó de beber antes de mirarlo.
—Te escucho.
Martín sacó el celular y lo puso sobre la mesa, la pantalla iluminada con las notificaciones.
—Esto —dijo con un tono áspero—. Me está volviendo loco.
Jey arqueó una ceja, tomó el celular y deslizó las notificaciones. Al abrir los mensajes, vio exactamente de lo que hablaba Martín.
Fotos de Rocío. Algunas capturas de su contenido, otras sacadas de la plataforma sin permiso. Mensajes anónimos llenos de comentarios asquerosos.
—"Mirá lo que hace tu hermana, Martín. Qué rico, ¿no?"
—"Debe ser raro saber que hay cientos de tipos acabando con esto mientras vos la ves como si fuera la misma de siempre."
—"Dale, admitilo. Seguro la viste, seguro la miraste, seguro te calienta un poco."
Martín apartó la vista, con la mandíbula tensa.
—No puedo con esto, Jey. No puedo seguir recibiendo esta mierda todos los días.
Jey dejó el celular sobre la mesa y cruzó los brazos, analizándolo.
—¿Bloqueaste los números?
—¿Creés que sirve de algo? Siguen llegando de otros.
Jey exhaló con calma.
—Lo sabías desde el principio.
Martín apretó los puños.
—Sabía que la gente iba a hablar, pero no a este nivel.
—Te subestimaste.
Martín golpeó la mesa con la palma.
—¡No me subestimé! Pensé que podía ignorarlo, que podía hacer como si nada, pero no puedo. No cuando cada puto día alguien me manda algo más gráfico, más directo, más enfermo.
Jey lo miró fijo.
—¿Qué querés que haga?
Martín rió con sarcasmo.
—No sé, ¿quizás parar todo esto? ¿Quizás hacer algo para que no pase?
Jey negó con la cabeza.
—No voy a detener el negocio porque a vos te incomoda. Y vos sabés que Rocío tampoco lo haría.
Martín resopló.
—¡Pero no se trata solo de ella! Se trata de lo que esto le hace a todo a su alrededor. ¿Sabés lo que significa ser el hermano de Rocío en este momento? No puedo caminar por el pueblo sin sentir que todos saben algo que yo no quiero saber.
Jey sostuvo su mirada con frialdad.
—Y sin embargo, acá estás. Enterado de todo.
Martín cerró los ojos con frustración.
—No quiero saberlo, Jey.
Jey levantó una ceja.
—Pero lo sabés.
Silencio.
Martín respiró hondo y pasó una mano por su cara, intentando calmarse.
—Dame una solución.
Jey tamborileó los dedos contra la mesa, pensativo.
—Podemos reforzar la seguridad, filtrar su contenido, reportar cuentas que compartan material sin permiso.
Martín soltó una carcajada irónica.
—Eso no va a cambiar lo que ya está allá afuera.
Jey se encogió de hombros.
—No. Pero sí puede evitar que te llegue tan fácil.
Martín se quedó en silencio por un momento, asimilando todo.
—No puedo hablar con ella sobre esto.
—No tenés que hacerlo —respondió Jey.
Martín apretó los labios, conteniendo algo más.
—¿Vos te metiste con ella?
Jey sostuvo la mirada sin parpadear.
—No.
Martín evaluó su expresión.
—¿Seguro?
—Seguro.
Silencio tenso.
Martín asintió lentamente.
—Ok.
Jey inclinó la cabeza.
—Esto no va a parar, Martín. No importa cuánto te alejes o cuánto lo ignores. La única forma en que no te afecte es si dejás de darle importancia.
Martín lo miró con una expresión agotada.
—No es tan fácil.
Jey sonrió de lado.
—Nada en esto lo es.
Martín tomó su celular y lo guardó en el bolsillo.
—Voy a ver cómo manejarlo.
Jey asintió.
—Hacelo. Pero no esperes que esto desaparezca.
Martín lo miró un segundo más, luego se giró y salió del departamento sin decir otra palabra.
• • •
El departamento estaba en silencio cuando Jey abrió la puerta y dejó pasar a Martín. Rocío ya estaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados y la mirada fija en la mesa de centro. No parecía nerviosa, pero sí firme. Jey notó de inmediato que esto no iba a ser una conversación fácil.
Martín entró sin decir nada, su expresión era de pura tensión contenida. Se quedó de pie por unos segundos, sin saber si sentarse o no. Rocío levantó la mirada y le hizo un gesto con la cabeza.
—Sentate, Martín —dijo con tono neutro.
Él obedeció con un suspiro, apoyando los codos en las rodillas. Jey se quedó de pie unos segundos más antes de tomar asiento en un sillón cercano, cruzando los brazos y preparándose para lo que estaba por venir.
—Bueno —comenzó Rocío—. ¿Querés empezar vos o empiezo yo?
Martín soltó una risa seca.
—No sé ni por dónde empezar, Rocío. Esto es un quilombo.
—Para vos —corrigió ella—. Para mí, es mi vida.
Martín resopló y negó con la cabeza.
—¿Tu vida? ¿En serio creés que esto es vivir? No podés caminar tranquila en el pueblo sin que te reconozcan. No podés evitar que la gente te mire como... como...
—¿Como qué? —lo desafió Rocío—. Decilo, Martín. Como una cualquiera, ¿no?
Martín apretó la mandíbula y desvió la mirada. Jey los observó en silencio, midiendo la situación.
—No es eso…
—Sí, sí lo es —lo interrumpió Rocío—. Porque si esto lo hiciera cualquiera que no conocés, no te importaría. Pero soy yo, tu hermana, y no podés soportarlo.
Martín exhaló pesadamente.
—No quiero verte así, Rocío.
—¿Así cómo? ¿Independiente? ¿Ganando bien? ¿Sin depender de nadie? —su tono era desafiante, pero había una nota de dolor en sus palabras.
—Expuesta —corrigió Martín con dureza.
Se hizo un silencio pesado. Jey suspiró y se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos.
—No van a llegar a ningún lado si siguen así.
Rocío lo miró de reojo.
—¿Para eso te traje, Jey? ¿Para que le des la razón?
—No le estoy dando la razón a nadie —respondió él con calma—. Pero tampoco me parece que pelearse a los gritos sirva de algo.
Martín lo miró con expresión amarga.
—¿Vos qué pensás, Jey? ¿Te parece que esto es normal? ¿Que está bien?
Jey mantuvo la mirada firme.
—No es cuestión de que me parezca bien o mal. Es cuestión de que Rocío tomó una decisión y no hay vuelta atrás. Lo que importa ahora es cómo siguen adelante.
Martín soltó una carcajada seca y se pasó una mano por la cara.
—No puedo con esto. No puedo con los mensajes, con las fotos, con los comentarios que me mandan. ¿Sabés lo que es abrir el celular y ver cosas de tu hermana que no querés ver?
Rocío lo miró sin pestañear.
—Y yo no puedo con el hecho de que pienses que mi vida gira alrededor de tu incomodidad.
Martín la miró con furia contenida.
—No es solo mi incomodidad, Rocío. Es mamá. Es la familia. ¿Pensaste en ellos?
—Sí —respondió sin dudar—. Pensé en todos. Y al final, entendí que la única persona por la que tengo que preocuparme es por mí y por mi hijo. Porque nadie más me da de comer, nadie más me paga las cuentas.
Martín apretó los puños sobre sus rodillas.
—Hay otras maneras.
Rocío se inclinó hacia adelante.
—¿Sí? ¿Cuáles? Decime una sola manera en la que pueda ganar lo mismo sin depender de nadie, sin tener que rogar por aumentos de sueldo de miseria, sin estar muerta de cansancio y miedo por si me quedo sin laburo.
Martín abrió la boca para responder, pero no dijo nada.
Jey intervino en ese momento.
—Miren, esto no va a resolverse en una sola charla. Pero lo que sí pueden hacer es aceptar la realidad. Martín, esto no va a cambiar. Rocío, él necesita tiempo.
Martín apretó la mandíbula y miró a su hermana con frustración.
—No sé si puedo aceptar esto, Ro.
Rocío lo miró con una mezcla de tristeza y determinación.
—Entonces vas a perderme.
El silencio que siguió fue pesado.
Jey miró a ambos y se levantó del sillón.
—Voy a darles un minuto solos. Si necesitan putearse o decirse algo que no quieran que escuche, háganlo ahora.
Dicho eso, salió del departamento y cerró la puerta detrás de él, dejando a los hermanos solos.
• • •
El departamento estaba en penumbras, iluminado solo por la luz tenue de la ciudad filtrándose por las ventanas.
Jey, Lautaro y Santi estaban sentados en la mesa del comedor, cada uno con una bebida en la mano.
Habían pasado semanas desde la última gran discusión, pero el ambiente seguía cargado.
Había algo en el aire, una sensación de que algo estaba por romperse.