La Agencia del Pecado Capítulo 3 — La expansión #6
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Capítulo 3 — La expansión #6

Emma comenzó a caminar de un lado a otro, pasándose las manos por el pelo rubio.

—Esto es una mierda…

Jey la dejó procesarlo.

Después de unos segundos, ella se giró bruscamente hacia él.

—No quiero ser pública. No quiero que todo el mundo sepa quién soy.

Jey respiró hondo.

—Es la única manera de que esto despegue.

Emma lo miró fijamente.

—¿Y si encontramos otra forma?

Jey se encogió de hombros.

—La buscamos. Pero si no funciona, eventualmente vas a tener que tomar una decisión.

Emma se cruzó de brazos.

—Dame más tiempo.

Jey levantó una ceja.

—¿Cuánto?

Emma mordió su labio otra vez, dudando.

Y entonces, lo dijo.

—Te puedo ofrecer algo a cambio.

Jey la miró con curiosidad.

—¿Qué cosa?

Emma sonrió de lado, con esa actitud desafiante que solía tener.

—Algo que te interese.

Jey sintió la intención en su tono.

—Decilo.

Emma se inclinó sobre la mesa, mirándolo directamente a los ojos.

—Sabés que soy la hermana de Lautaro. Y también sabés que nunca te hubieras imaginado esto.

Jey mantuvo la expresión neutral.

—¿Y?

Emma sonrió con malicia.

—Y que Lautaro no tiene idea de lo que te puedo ofrecer.

Jey se quedó en silencio.

Emma apoyó las manos en la mesa y se acercó un poco más.

—Si me das más tiempo… te puedo dar algo que nadie más puede.

Jey sabía exactamente a dónde iba.

Pero la dejó seguir.

Emma le sostuvo la mirada, su voz más baja y calculadora.

—No es contenido. Es algo exclusivo. Para vos.

Jey no reaccionó de inmediato.

—¿Y qué te hace pensar que lo quiero?

Emma sonrió levemente.

—Porque sé que no sos de piedra.

Jey apoyó los brazos en la mesa.

—Decime exactamente qué estás ofreciendo.

Emma no titubeó.

—Todo lo que puedas querer de mí. Pero solo para vos.

Jey se quedó en silencio por un segundo más.

Y luego sonrió.

—Sos más inteligente de lo que pensaba.

Emma se encogió de hombros.

—Y vos más difícil de convencer de lo que imaginaba.

Jey soltó una risa breve.

—No me vendo fácil.

Emma sonrió con astucia.

—Lo sé. Pero tampoco soy de las que se rinden.

Jey la miró fijamente, sin parpadear.

—Voy a pensarlo.

Emma se enderezó y sonrió con confianza.

—Hacelo.

• • •

El café estaba tranquilo, con pocas personas en las mesas dispersas por el local. Era un lugar discreto, el tipo de sitio donde se podían tener conversaciones sin que nadie prestara demasiada atención.

Jey llegó primero y se sentó en una mesa contra la pared, con vista a la calle. Pidió un café negro, fuerte, sin azúcar.

A los pocos minutos, Meli llegó.

Se quitó la campera y se sentó frente a él con una expresión seria.

—Gracias por venir —dijo sin rodeos.

Jey le dio un sorbo a su café y la miró con calma.

—Si me llamaste es porque es importante.

Meli asintió.

—Lo es.

Silencio.

Ella se acomodó en la silla y cruzó los brazos. Parecía elegir sus palabras con cuidado.

—Hablé con Emma ayer.

Jey se quedó en silencio, esperando.

Meli tomó aire y lo soltó lentamente.

—Me dijo algo que creo que tenés que saber.

Jey apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.

—Decímelo.

Meli lo miró directo a los ojos.

—Martín la metió en el negocio.

Silencio.

Jey no reaccionó de inmediato.

Se limitó a observar a Meli, procesando la información.

—¿Cómo?

Meli asintió lentamente, confirmándolo.

—Sí. Emma me contó que en realidad fue Martín el que la invitó a trabajar con nosotros**.**

Jey se recargó contra el respaldo de la silla.

—¿Y por qué mierda no dijo nada antes?

Meli se encogió de hombros.

—Porque no quería quilombos.

Jey resopló.

—Bueno, ahora los va a tener.

Meli lo miró con seriedad.

—Por eso te lo digo a vos y no a Lautaro.

Jey levantó una ceja.

—¿Por qué a mí?

Meli se inclinó un poco hacia adelante.

—Porque cuando Lautaro se entere, esto se va a pudrir.

Jey tamborileó los dedos contra la mesa, pensativo.

Sí. Se iba a pudrir todo.

—Lautaro no se lo va a tomar bien —admitió.

Meli soltó una risa sarcástica.

—¿No se lo va a tomar bien? Jey, cuando sepa que su mejor amigo metió a su hermana en esto, lo va a querer cagar a trompadas.

Jey se pasó una mano por la cara.

—Mierda…

Meli se cruzó de brazos.

—Te lo estoy diciendo ahora porque hay tiempo de manejarlo antes de que explote.

Jey la miró fijamente.

—¿Emma le va a decir a Lautaro?

Meli negó con la cabeza.

—No. Pero tarde o temprano lo va a descubrir. Y si no se lo decimos nosotros, va a ser peor.

Jey suspiró.

—Esto es un quilombo.

—Sí —asintió Meli—. Pero hay que decidir qué hacer antes de que sea incontrolable.

Jey tomó otro sorbo de café, pensando rápido.

• • •

ey tocó el timbre y esperó. No tardó mucho en escuchar los pasos ligeros dentro del departamento antes de que la puerta se abriera.

Rocío apareció en el umbral con una bata de tela fina y suelta, apenas atada con un nudo flojo a la altura de la cintura. Debajo, una tanga negra que sobresalía apenas con el movimiento.

—Mirá quién llegó —dijo con una sonrisa de lado—. Pensé que te habías olvidado de mí.

Jey le sostuvo la mirada, notando la confianza con la que se movía. Siempre había sido así, pero esta vez había algo más en su tono. Algo calculado.

—Nunca me olvido de nada, Rocío.

Ella se hizo a un lado para dejarlo pasar. Jey entró y miró alrededor. El departamento estaba cálido, con un aroma suave a comida recién hecha. La cocina estaba revuelta, con algunas cosas todavía sobre la mesada.

—Estaba cocinando —dijo ella, cerrando la puerta—. Aunque no te imaginaba con ganas de comer. Parecés más… tenso que de costumbre.

Jey se apoyó contra la mesa y suspiró.

—Cosas del trabajo.

Rocío se cruzó de brazos, lo analizó por un momento y luego sonrió con picardía.

—¿Puedo hacer algo para ayudarte?

Jey levantó una ceja.

—Podrías terminar de cocinar sin quemar la casa —dijo con una media sonrisa.

Ella rodó los ojos, pero caminó hacia la cocina, moviéndose con naturalidad, como si el hecho de estar prácticamente desnuda no tuviera ninguna relevancia. Mientras revolvía lo que tenía en la sartén, lanzó sin volverse:

—¿Y si en vez de eso, me saco la bata?

Jey la miró en silencio por un momento. No le sorprendía. Sabía que Rocío tenía esa manera de provocar, de ver hasta dónde podía llevar una conversación antes de que alguien retrocediera.

—Hacelo —dijo él, con una voz tan firme que la tomó por sorpresa.

Ella giró la cabeza con una ceja levantada.

—¿Así de fácil? Pensé que ibas a hacerte el difícil.

—Estoy demasiado tenso para eso —respondió Jey, sin apartar la vista.

Rocío sonrió de lado y, sin más, se llevó las manos a la cintura y desató el nudo de la bata, dejando que la tela cayera por sus hombros antes de deslizarse hasta el suelo.

—Ahí tenés —dijo con diversión—. ¿Te sentís mejor ahora?

Jey exhaló despacio, sin cambiar su expresión.

—No todavía.

Ella soltó una risita y volvió a revolver la sartén, como si nada hubiera pasado.

Jey se acercó, apoyándose en la mesada detrás de ella.

—¿Sabés que esto no es normal, no?

—Depende de cómo lo veas —respondió ella—. Es solo confianza. Y una buena vista, supongo.

Jey sonrió con un dejo de ironía.

—¿Siempre te movés así en tu casa?

Rocío se encogió de hombros.

—No. Pero hoy tengo visita.

Jey deslizó una mano por la mesada, acercándose apenas.

—Y… ¿esto es solo por diversión? ¿O hay una propuesta seria detrás?

Rocío se mordió el labio, pensativa.

—Mmm… depende. ¿Aceptarías algo serio si lo dijera?

Jey inclinó la cabeza.

—Decilo y veo.

Ella apagó el fuego y giró para mirarlo de frente.

—Ok. ¿Qué tal esto? Te propongo un trato. Me ayudaste con lo del departamento… déjame devolverte el favor.

Jey arqueó una ceja.

—¿Y cómo sería eso?

Rocío se acercó un poco más, con una sonrisa calculada.

—Puedo ser tu distracción. Lo que necesites, cuando lo necesites.

Jey entrecerró los ojos, evaluándola.

—¿Esa es tu oferta?

—Esa es mi oferta —asintió—. Sin condiciones, sin preguntas. Sólo cuando quieras.

Jey la observó por un momento, midiendo la propuesta. Luego sonrió levemente.

—Tentador. Pero no acepto favores que no necesito.

Rocío sonrió con diversión.

—Bueno, si alguna vez cambiás de idea… ya sabés dónde encontrarme.

Jey negó con la cabeza, pero no se movió.

Ella tomó un plato y se lo extendió.

—Comé algo. No te podés ir con el estómago vacío.

Jey tomó el plato, pero en lugar de moverse hacia la mesa, deslizó la mano libre hasta la cadera de Rocío, trazando un camino lento por su piel.

Ella no se inmutó. Solo sonrió de lado.

—¿Eso significa que te estoy convenciendo?

Jey tomó un bocado y la miró fijamente.

—No. Significa que me gusta ver hasta dónde llegás.

Rocío rió suavemente y tomó su propio plato.

—Entonces quédate un rato más. Seguro encontramos otra propuesta interesante.

• • •

Rocío había vuelto al pueblo solo por unas horas. Tenía que firmar unos papeles en la oficina municipal, un trámite rápido antes de volver a la ciudad. Sabía que no se quedaría mucho tiempo, pero desde que bajó del colectivo, había sentido las miradas sobre ella.

Era paranoia. Tenía que serlo. Nadie sabía nada. Nadie podía saber.

Caminó con la cabeza en alto, sin apresurarse, cruzándose con rostros familiares que apenas la saludaban con un gesto. El pueblo era chico, todos se conocían. Pero algo se sentía distinto.

Cuando terminó el trámite, decidió tomarse un café antes de volver. Se sentó en un rincón, pidió un cortado y sacó su teléfono, revisando mensajes. Todo normal.

Hasta que escuchó risas bajas en la mesa de al lado.

No era raro que la gente charlara en el café, pero esta risa tenía algo diferente. Algo que hizo que la piel se le pusiera de gallina.

—Te juro que sí, boludo. Es ella.

—Nah, imposible. Pero mirá bien...

Los murmullos eran apenas audibles, pero suficientes. Rocío sintió un nudo en el estómago. No levantó la cabeza de inmediato, en cambio, llevó la taza a sus labios con calma fingida, tratando de escuchar mejor.

—Te digo que es la misma mina. Vi las fotos, boludo. La misma boca, los mismos ojos. No me podés decir que no es ella.

—Pará, pará, no mires así...

Uno de ellos carraspeó, tratando de disimular. Rocío sintió su corazón latir con fuerza. Mierda. Ahí estaba. Lo que Jey le había advertido.

La reconocieron.