La Agencia del Pecado Capítulo 3 — La expansión #5
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Capítulo 3 — La expansión #5

Emma rió y se acomodó en una pose más relajada, pero con la misma actitud confiada.

—Admitilo, Jey. Te encanta que te tire palazos.

Jey negó con la cabeza y sacó otra foto.

—Me encanta que no te los guardes.

Emma soltó una carcajada genuina.

—Así me gusta. Que aprendas a disfrutar la compañía.

Jey terminó de ajustar la lente para la siguiente toma.

—¿Y qué te hace pensar que no lo disfruto?

Emma lo miró directo a los ojos, sosteniendo la mirada más de lo normal.

—Mmm… no sé.

Jey disparó la última foto del set y bajó la cámara lentamente.

—Listo por ahora. Terminamos esta parte.

Emma exhaló con satisfacción.

—Buena charla, buen trabajo, buen sueldo… me gusta este laburo.

Jey sonrió de lado.

—Eso me gusta escuchar.

Emma se estiró con una sonrisa confiada.

—Y ya vas a ver, Jey. En algún momento, te vas a invitar una escapada con todo ese efectivo.

Jey levantó una ceja.

—Si llega ese día… te aviso.

Emma sonrió con malicia.

—Espero que lo hagas.

Jey no contestó.

• • •

El barrio estaba silencioso, con la brisa de la tarde filtrándose entre las casas bajas.

Jey apagó la moto frente a la casa de Rocío, sabiendo que esta sería la última vez que hablarían antes de que su contenido saliera al mundo.

Se bajó con calma, respiró hondo y tocó la puerta.

Unos segundos después, Rocío apareció, con el cabello recogido en un rodete desprolijo y un buzo ancho cayendo sobre su hombro.

—Mirá quién apareció —dijo con una media sonrisa—. Pensé que ya no ibas a joderme con este tema.

Jey no sonrió.

—Podemos hablar?

Ella arqueó una ceja, notando su tono serio.

—Dale, pasá.

Entraron a la casa. La sala estaba ordenada, con algunos juguetes desperdigados en el suelo.

—¿Tu hijo? —preguntó Jey, mirando alrededor.

—Con mi mamá —respondió ella, como si leyera su mente.

Jey asintió y se sentó en el sofá.

—Ya está todo listo.

Rocío se cruzó de brazos y apoyó la espalda contra la pared.

—Lo sé.

Jey la miró fijamente.

—¿Estás completamente segura de esto?

Ella suspiró.

—Jey… ya lo hablamos. No me voy a echar para atrás.

Él apoyó los codos en las rodillas, inclinándose hacia adelante.

—Sabés que esto no es lo mismo que las otras. Ellas son anónimas. Vos no.

Rocío asintió lentamente.

—Lo sé.

—Entonces también sabés que en algún momento, alguien te va a reconocer.

Ella sonrió con ironía.

—Sí, Jey. No soy boluda.

Jey la miró con seriedad.

—Y cuando tu hijo crezca…

Silencio.

Rocío apretó los labios y se sentó frente a él.

—¿Sabés por qué lo hago?

Jey la observó con atención.

—Decímelo.

Rocío tomó aire y su tono cambió.

—Porque estoy harta.

Jey frunció el ceño.

—¿De qué?

—De vivir así. De contar los pesos para llegar a fin de mes. De depender de trabajos de mierda donde me pagan dos mangos y me tratan como si tuviera que estar agradecida.

Jey no interrumpió.

—Estoy cansada de tener miedo. Miedo de que se enferme mi hijo y no pueda pagar un médico. Miedo de que mañana el alquiler suba otra vez y tenga que buscar otro lugar. Miedo de no tener futuro.

Jey se quedó en silencio.

—Esto me da algo que ningún otro laburo me dio. Control.

Jey levantó una ceja.

—¿Control?

Rocío asintió.

—Sí. Yo decido cuánto, cómo, con quién. No hay jefes, no hay horarios de mierda. Es mi negocio, mi cuerpo y mi decisión.

Jey tamborileó los dedos contra su rodilla.

—¿Y las consecuencias?

Rocío sonrió con amargura.

—¿Sabés cuál es la única consecuencia real? Que la gente hable.

Jey no dijo nada.

—Y la gente siempre habla. No importa qué hagas. Si soy pobre, soy una inútil. Si trabajo en esto, soy una puta. Nunca vas a ganar.

Jey se quedó en silencio.

Rocío apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá y miró el techo.

—Pero hay una diferencia.

Jey esperó.

—Ahora, si hablan de mí, por lo menos lo harán mientras yo estoy ganando plata.

Silencio.

Jey la miró con atención.

—¿Y tu hijo?

Rocío suspiró y lo miró a los ojos.

—Cuando crezca, le voy a decir la verdad. Que hice lo que tenía que hacer para darle una vida mejor.

Jey asintió lentamente.

—¿Y si no lo entiende?

Rocío sonrió.

—Me va a entender. Porque cuando sea grande, no va a haber vivido las carencias que yo viví.

Jey respiró hondo y asintió.

—Está bien.

Rocío sonrió con satisfacción.

—¿Entonces lo subimos?

Jey exhaló profundamente y la miró fijamente.

—Tengo una mejor idea.

Rocío frunció el ceño.

—¿Cuál?

Jey se inclinó hacia adelante.

—Quiero ayudarte. Pero nadie tiene que enterarse.

Rocío parpadeó, sorprendida.

—¿Ayudarme cómo?

Jey entrelazó los dedos.

—Tengo suficiente dinero para que te mudes a la ciudad por unos meses. Hasta que la gente del pueblo deje de prestarle atención al tema.

Rocío abrió los ojos.

—¿Vos me estás jodiendo?

—No.

—¿Me estás ofreciendo pagarme un departamento?

Jey asintió.

—Sí. Pero con una condición.

Rocío entrecerró los ojos.

—¿Cuál?

Jey sostuvo la mirada.

—Que nadie sepa que fui yo.

Rocío lo miró en shock.

—¿Y por qué harías eso?

Jey suspiró.

—Porque sé lo que se viene. No quiero que tengas que lidiar con quilombos innecesarios.

Rocío se quedó en silencio.

Después de unos segundos, lo abrazó con fuerza.

Jey se tensó por un momento, sorprendido, pero luego correspondió el abrazo.

Cuando ella se separó, tenía los ojos brillosos.

—No sé qué decirte.

Jey sonrió levemente.

—No digas nada. Solo aceptalo.

Rocío tomó aire y luego sonrió de lado.

—Sos demasiado bueno para esto.

Jey negó con la cabeza.

—No. Solo sé lo que hago.

Rocío lo miró con una expresión diferente.

—Y decime…

Jey levantó una ceja.

—¿Qué?

Rocío mordió su labio inferior, pensativa.

—Si te estoy debiendo un favor… ¿Querés que haga algo especial para vos?

Jey levantó ambas cejas, sorprendido.

—¿Para mí?

Rocío asintió lentamente.

—Sí. Algo… más íntimo.

Jey se quedó en silencio por un momento.

Luego sonrió con calma.

—No es necesario.

Rocío se rió suavemente.

—Bueno, si alguna vez cambiás de opinión, avisame.

Jey se levantó y caminó hacia la puerta.

—Nos vemos en la ciudad, entonces.

Rocío lo siguió con la mirada.

—Nos vemos, Jey.

• • •

Los días pasaron rápido.

Jey se había encargado de todo.

Rocío ya estaba instalada en su nuevo apartamento en la ciudad. No era lujoso, pero tenía todo lo que necesitaba: una buena ubicación, espacio suficiente para ella y su hijo cuando pudiera traerlo de visita, y sobre todo, lejos del pueblo.

Era una manera de empezar de nuevo.

Aunque su contenido ya estaba subido, y las miradas ya estaban puestas sobre ella.

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Rocío caminaba descalza por el piso de madera, observando las cajas que aún quedaban por desempacar. El apartamento no era grande, pero tampoco pequeño.

Era perfecto.

Ella sonrió para sí misma.

—Definitivamente, esto es otra cosa… —murmuró, pasando la mano por la mesada de la cocina.

El sol entraba por las ventanas, iluminando el espacio con una luz cálida. No era solo un lugar nuevo, era un respiro.

Se acercó al ventanal y miró hacia la calle. La ciudad se movía con otro ritmo, completamente distinto al del pueblo.

Aquí nadie la conocía.

Aquí podía ser lo que quisiera.

Su celular vibró en la mesada. Notificación de la plataforma.

Se había vendido más contenido.

Rocío sonrió, satisfecha.

Era un comienzo.

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Días después, en el departamento de los chicos, Jey revisaba las métricas en su laptop.

El arranque de Rocío había sido bueno…

Pero no como él esperaba.

—Le fue bien, pero no explotó —dijo, apoyando la espalda contra la silla.

Lautaro, sentado a su lado, chasqueó la lengua.

—Quizás hay que empujarla más en redes.

Martín, que estaba en el sofá con los brazos cruzados, no dijo nada.

Jey notó su expresión, pero no comentó nada al respecto.

Santi, desde su rincón, miró los números y frunció el ceño.

—Lo que pasa es que su imagen no se construyó desde el anonimato. Ella apareció de golpe, sin un perfil previo. Es diferente a las demás.

Jey asintió.

—Exacto. Hay que trabajar su imagen como una marca propia. Que la gente se acostumbre a verla.

Lautaro sonrió de lado.

—Dale un mes y va a estar en boca de todos.

Jey cerró la laptop.

—No tenemos un mes. Queremos que esto crezca ya.

Martín resopló y se levantó del sillón.

—No importa cuánto la empujen. No me gusta esto y punto.

Silencio.

Jey se giró lentamente hacia Martín.

—¿Y entonces? ¿Vas a seguir haciéndote el distante?

Martín lo miró sin responder.

Lautaro intervino antes de que la tensión subiera más.

—Mirá, Martín… ya está hecho. Si no querés meterte en su contenido, nadie te obliga. Pero esto es un negocio.

Martín apretó la mandíbula.

—Yo lo veo diferente.

Jey suspiró con cansancio.

—Entonces seguilo viendo así. Pero el negocio sigue.

Martín los miró a ambos, luego negó con la cabeza y salió del departamento sin decir más.

Lautaro soltó aire.

—Va a seguir así un buen tiempo.

Jey cerró los ojos por un momento.

—Lo sé. Pero no podemos frenar todo por eso.

• • •

El departamento de Jey estaba tranquilo, pero el ambiente se sentía tenso.

Emma se sentó frente a él, con el ceño fruncido y los brazos cruzados. No estaba contenta.

—Necesitamos hablar en serio —dijo sin rodeos.

Jey apoyó los codos en la mesa y la miró con calma.

—Te escucho.

Emma exhaló con frustración.

—¿Qué mierda está pasando con mi cuenta?

Jey no se inmutó.

—No vende.

Ella apretó la mandíbula.

—Eso ya lo sé. ¿Pero por qué?

Jey suspiró y se reclinó en su silla.

—Porque no destacás lo suficiente.

Emma lo miró fijamente, mordiéndose el labio con nerviosismo.

—¿Qué querés decir?

Jey se inclinó un poco hacia adelante.

—Que sos anónima. Y el mercado está saturado de contenido anónimo. La gente quiere conexión real.

Emma frunció el ceño.

—¿Estás diciendo que tengo que sacarme la máscara?

Jey asintió sin rodeos.

—Sí. Hacerte pública.

Emma parpadeó.

—Ni en pedo.

Jey no se sorprendió.

—Escuchame antes de decir que no.

—No, Jey. Ni en pedo.

Jey se pasó la lengua por los dientes.

—Emma, nosotros estamos invirtiendo en vos. Ropa, publicidad, edición, estrategias… y no estás avanzando.

Emma se levantó de golpe, nerviosa.

—¿Y qué? ¿Me vas a echar?

Jey se mantuvo serio.

—No. Pero hay que cambiar algo.