La Agencia del Pecado Capítulo 3 — La expansión #3
48%

Capítulo 3 — La expansión #3

Nadie hablaba.

Martín seguía con la mandíbula apretada, tamborileando los dedos contra la mesa.

Lautaro lo observaba con una expresión neutra, pero con ese brillo burlón que lo caracterizaba cuando disfrutaba ver a alguien en una situación incómoda.

Jey, por su parte, se mantenía en su rol de mediador, con los brazos cruzados y la mirada analítica.

Fue Martín quien rompió el silencio.

—Vamos a dejar algo claro. Yo no me meto en esto.

Lautaro resopló.

—Era obvio, hermano. Como si fueras a estar en una sesión dirigiendo a tu propia hermana.

Martín le lanzó una mirada de advertencia.

—No es joda, Lautaro.

—No, no lo es. Pero vos sabés cómo funciona esto.

Martín apretó los labios y se recargó en la silla.

—No significa que tenga que gustarme.

Lautaro cruzó los brazos y sonrió de lado.

—Bueno, acostumbrate, porque esto no va a cambiar.

Martín le sostuvo la mirada.

—No quiero que la vean diferente.

Lautaro soltó una carcajada seca.

—¿Diferente? ¿En serio creés que no la van a ver distinta?

Martín cerró los ojos un segundo, conteniendo su enojo.

Jey intervino con calma.

—Hay que ser realistas. Lo que está pasando no es algo que podamos controlar.

Martín frunció el ceño.

—Podríamos haber dicho que no.

Lautaro se inclinó hacia adelante.

—¿Y qué habría cambiado? ¿La habrías hecho cambiar de opinión?

Silencio.

Martín no respondió, porque sabía la verdad.

No habría cambiado nada.

Rocío era terca.

Siempre lo había sido.

Jey suspiró y apoyó los codos en la mesa.

—Tenemos que manejar esto bien. No podemos tratarla diferente solo porque es tu hermana.

Lautaro asintió.

—Exacto. Lo que pasa acá es un negocio.

Martín entrecerró los ojos.

—Decís eso ahora… pero ¿y si fuera tu hermana?

Lautaro se congeló por un segundo.

El comentario le pegó.

Martín lo vio y se aprovechó.

—Decime, Lautaro. Si tu hermana estuviera acá sentada diciendo que quiere hacer esto… ¿vos lo aceptarías?

Lautaro lo miró con dureza.

—Mi hermana no está en la misma situación que la tuya.

Martín sonrió con frialdad.

—Pero si lo estuviera…?

Silencio.

Jey observaba sin intervenir, dejando que la tensión creciera.

Lautaro entrecerró los ojos y apoyó los brazos en la mesa.

—Escuchame bien, Martín. Tu hermana ya tomó una decisión. Le guste a quien le guste.

Martín no desvió la mirada.

—Y si un día tu hermana hace lo mismo, quiero ver qué tan tranquilo te quedás.

Lautaro le sostuvo la mirada por varios segundos.

No respondió.

Martín sonrió con sarcasmo.

—Pensé que tenías respuestas para todo.

Lautaro apretó la mandíbula.

Jey decidió que era suficiente.

—Terminemos con esto. Tenemos que organizarnos.

Martín se levantó, con la sangre en el ojo por la conversación.

—Sí. Terminemos.

Y sin más, salió de la sala, dejando a Lautaro con una expresión más seria de lo normal.

• • •

Martín estaba enojado.

No solo porque Lautaro no entendía su postura, sino porque se creía intocable.

Como si su mundo nunca fuera a tambalearse.

Como si nunca fuera a estar en su lugar.

Pero Martín sabía cómo jugar este juego.

Y si Lautaro no quería entenderlo con palabras, lo haría con hechos.

Por eso, a la mañana siguiente, fue directo a la casa de Lautaro.

No avisó.

No preguntó si podía pasar.

Simplemente llegó y golpeó la puerta.

Después de unos segundos, Emma abrió.

—Martín… —lo miró con desconfianza—. ¿Qué hacés acá?

—Pasaba por el barrio y me acordé de vos.

Emma entrecerró los ojos.

—Sí, claro. Como si vos y yo habláramos seguido.

Martín sonrió levemente.

—Hoy es un buen día para cambiar eso. ¿Podemos hablar?

Emma cruzó los brazos.

—Depende. ¿De qué?

Martín miró hacia el interior de la casa.

—No quiero que nos interrumpan.

Emma frunció el ceño.

—Mi vieja no está. Mis hermanas duermen. Así que dale, decime qué mierda querés.

Martín no se anduvo con rodeos.

—Tengo una propuesta para vos.

Emma lo miró con cautela.

—¿Una propuesta?

—Un negocio. Algo que te puede interesar mucho.

Emma rió con sarcasmo.

—Martín, no tengo plata para invertir en nada.

—No necesitás plata. Necesitás una decisión.

Emma lo miró en silencio.

Martín sabía que la tenía enganchada.

—Sentémonos un segundo —dijo, señalando la mesa del comedor.

Emma lo pensó por un momento y, con una mueca de curiosidad, se sentó frente a él.

—Dale, decime.

Martín apoyó los codos en la mesa.

—Sé que estás buscando independencia.

Emma soltó una carcajada seca.

—¿Eso te dijo Lautaro?

—Lautaro no sabe que estoy acá.

Emma levantó una ceja.

—Ahora sí me interesa.

Martín sonrió.

—Sé que querés tu propia plata. Que estás harta de depender de tu vieja. Que te gustaría vivir de otra manera.

Emma no respondió de inmediato.

—Seguí.

Martín entrelazó los dedos.

—Yo tengo la manera de que consigas eso.

Emma apoyó el codo en la mesa y lo miró con interés.

—Ok, ahora sí quiero saber de qué se trata.

Martín bajó la voz, pero su tono seguía seguro.

—Sabés lo que hacemos.

Emma se mordió el labio.

—Algo sé.

—Bueno, esto es simple. Si querés, podés ser parte de eso.

Emma lo miró fijamente.

—¿Modelo?

Martín asintió.

—Sí.

Emma soltó aire por la nariz, sorprendida.

—Mierda. No esperaba eso.

Martín sonrió con calma.

—Sé que no es algo que hubieras pensado antes. Pero si sos inteligente, vas a ver el potencial.

Emma lo estudió con la mirada.

—¿Y cuánto se gana?

Martín deslizó su celular sobre la mesa y le mostró los números reales.

Emma abrió los ojos como platos.

—¿Esto es lo que pagan?

Martín asintió.

—Esto es lo que podrías ganar.

Emma tamborileó los dedos sobre la mesa, nerviosa pero interesada.

—¿Cómo funciona?

Martín mantuvo su tono persuasivo.

—Empezás suave, como todas. Fotos bien hechas, sugerentes pero sin nada fuerte. Si te sentís cómoda, podés subir el nivel. Vos decidís los límites.

Emma bajó la mirada, pensando.

Martín esperó.

Sabía que lo estaba considerando seriamente.

—¿Y qué me asegurás? —preguntó finalmente.

Martín apoyó la espalda en la silla.

—Anonimato si querés. Seguridad total. Control sobre lo que hacés. Y, sobre todo, independencia.

Emma lo miró fijamente.

—¿Y Lautaro?

Martín sonrió levemente.

—Si querés evitar quilombos con él, decí que vos sola tomaste la decisión. Que yo no tuve nada que ver.

Emma rió.

—Sos un hijo de puta.

—Soy un empresario.

Emma miró el celular otra vez.

—Voy a hacer esto.

Martín sonrió con satisfacción.

—Bienvenida al negocio, Emma.

Ella se inclinó hacia adelante.

—Pero cuando Lautaro se entere, quiero verte sostenerle la mirada.

Martín se levantó y le guiñó un ojo.

—Con gusto.

• • •

El ambiente en el departamento se puso tenso en segundos.

Emma había llegado decidida.

Jey, Martín y Lautaro estaban en la sala cuando ella entró, con la mirada firme y sin rastro de duda.

Jey fue el primero en hablar, con su tono profesional.

—¿Qué te trae por acá, Emma?

Ella se cruzó de brazos.

—Quiero entrar al negocio.

Silencio.

Martín mantuvo su expresión neutra, pero Lautaro frunció el ceño de inmediato.

—No.

Emma ni parpadeó.

—No te estoy preguntando, Lautaro. Te estoy avisando.

Lautaro soltó una risa seca, incrédulo.

—No me jodas. ¿Vos?

—Sí, yo. Como anónima.

Lautaro la miró con una mezcla de enojo y sorpresa.

—Ni en pedo.

Emma entrecerró los ojos.

—¿Por qué?

Lautaro se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—¿Querés saber por qué? Dale, te lo explico.

Emma no se movió.

—Te escucho.

Lautaro la miró fijamente.

—Vas a hacer contenido para vender. No selfies para Instagram, contenido de verdad.

Emma asintió sin dudar.

—Sí.

Lautaro sonrió con burla.

—¿Y sabés quién lo va a comprar?

Emma no titubeó.

—Hombres.

—Exacto. Hombres viejos, jóvenes, casados, solteros, desesperados. Todos.

Emma sostuvo la mirada.

—¿Y qué?

Lautaro chocó la lengua con los dientes y se rió sin humor.

—¿Te imaginás a un tipo de cincuenta años pagando para verte en ropa ajustada? ¿O para ver un video tuyo haciendo algo sugerente?

Emma no se inmutó.

—Sí. Y me chupa un huevo.

Lautaro la miró con incredulidad.

—¿No te da asco?

Emma se encogió de hombros.

—¿Me los tengo que coger? No. ¿Tengo que conocerlos? Tampoco. Solo tengo que hacer mi trabajo y cobrar.

Lautaro negó con la cabeza.

—Mierda, Emma…

Emma apoyó las manos en la mesa.

—Decime una cosa, Lautaro. ¿Por qué vos podés vivir de esto y yo no?

Lautaro la miró con dureza.

—Porque no es lo mismo.

Emma levantó una ceja.

—¿Por qué no?

Lautaro apretó la mandíbula.

—Porque sos mi hermana.

Emma soltó una risa sin humor.

—Ahí está. Ese es tu único problema.

Silencio.

Jey y Martín miraban la discusión sin intervenir.

Emma continuó.

—A vos te encanta este negocio cuando no te toca de cerca. Pero ahora que soy yo la que quiere entrar, te ponés en modo "hermano protector".

Lautaro no respondió.

Emma se cruzó de brazos.

—No te estoy pidiendo permiso.

Lautaro exhaló pesadamente.

—No puedo creerlo.

Emma sonrió con frialdad.

—Empezá a creerlo.

Jey, que hasta ahora había estado en silencio, finalmente habló.

—Si está segura, no veo razón para decir que no.

Lautaro lo miró con furia.

—¿En serio, Jey?

Jey se encogió de hombros.

—Esto es un negocio. Si ella quiere entrar, es su decisión.

Lautaro volvió la vista a Emma.

—Si lo hacés, no hay vuelta atrás.

Emma sonrió.

—No la necesito.

• • •

Los últimos días en el departamento se sentían diferentes.

La tensión era palpable.

Martín y Lautaro habían tomado la misma postura: distancia absoluta con sus hermanas dentro del negocio.

No hablaban del tema, pero todos lo sentían.

Sin embargo, el negocio no podía detenerse.

Y Jey tenía que poner las cosas en marcha.

________________________________________

Esa noche, Jey los reunió en la sala.

Sentado en el sofá, iba directo al punto.

—Tenemos que hablar.

Martín y Lautaro estaban sentados frente a él, sin mucho entusiasmo.

—Dejáme adivinar —resopló Lautaro—. Rocío y Emma.

—Exacto —asintió Jey—. Vamos a empezar a trabajar con ellas.

Martín apretó la mandíbula.

—¿Tan rápido?

Jey entrelazó los dedos.

—El negocio no espera.

Silencio.

Lautaro resopló con frustración.

—No me cabe nada esto.

—Lo sé —admitió Jey, manteniendo su tono firme—. Pero va a pasar igual.

Martín se pasó una mano por la cara.