La Agencia del Pecado Capítulo 3 — La expansión #2
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Capítulo 3 — La expansión #2

—Porque vale la pena.

Lorena la miró, y por un momento, Martín pensó que aceptarían.

Pero entonces Sofía negó.

—No podemos.

Martín se mantuvo serio.

—¿Por qué?

Lorena se removió en su asiento.

—Mi novio. Nunca lo aceptaría.

Martín alzó una ceja.

—¿Pero es tu decisión o la de él?

Silencio.

Sofía la miró y luego suspiró.

—No es el momento.

Martín guardó el celular.

—Entiendo.

Dos intentos, dos rechazos.

Pero aún quedaba una última opción.

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Esta reunión era diferente.

Porque, de todos los dúos que Martín tenía en la lista, ellas eran las que menos esperaba que aceptaran.

Andrea, 38 años.

Jazmín, 19 recién cumplidos.

Martín se encontró con ellas en la parte trasera de un restaurante. Un lugar discreto.

Andrea fue la primera en hablar.

—A ver, Martín. ¿Qué es esto?

Martín apoyó los codos en la mesa.

—Un negocio.

Jazmín se rió.

—Sí, claro. Negocio.

Martín giró la laptop y mostró la pantalla.

—No estoy exagerando.

Andrea miró los números en silencio.

Jazmín arqueó una ceja.

—¿Esto lo hacen mujeres de verdad?

—Sí. Y ustedes pueden ser las próximas.

Andrea entrecerró los ojos.

—¿Cuánto se gana?

Martín sonrió.

—Lo suficiente como para que no te hagas esa pregunta nunca más.

Silencio.

Jazmín miró a su madre.

Andrea se pasó una mano por el cabello.

—No voy a mentir… es jodidamente tentador.

Jazmín rió.

—Mamá, ¿te das cuenta de que estás considerando esto?

Andrea se recostó en la silla.

—Con la plata que nos debemos en el alquiler… sí, lo estoy considerando.

Jazmín suspiró.

—Bueno… si vos lo hacés, yo lo hago.

Martín sonrió levemente.

Lo tenía.

—Entonces, bienvenidas al negocio.

Andrea lo miró con intensidad.

—Espero que esto valga la pena.

Martín se levantó y le estrechó la mano.

—Te lo aseguro.

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Esa noche, Martín volvió al departamento y les dio la noticia a Jey, Lautaro y Santi.

—¿Quién aceptó? —preguntó Lautaro.

Martín sonrió.

—Andrea y Jazmín.

Jey levantó una ceja.

—Madre e hija otra vez.

Martín asintió.

—Sí. Pero esta vez, desde otra perspectiva.

Silencio.

Hasta que Jey sonrió de lado.

—Esto se pone cada vez mejor.

• • •

El local del pueblo estaba más activo que nunca.

Desde que Milena implementó la opción de contenido personalizado, los ingresos aumentaron drásticamente, lo que permitió contratar más personal para manejar ediciones, mensajes y organización de pedidos.

Mientras tanto, el pueblo seguía en crisis. Más despidos, más negocios cerrando, más gente buscando cualquier oportunidad para ganar dinero.

Jey lo veía con claridad.

Y era hora de dar otro paso adelante.

Hasta ahora, todas sus modelos eran anónimas, protegidas por máscaras, iluminación y encuadres calculados.

Pero ahora quería algo más audaz.

Modelos a cara descubierta.

Gente que no tuviera miedo de mostrarse.

Por eso, decidió juntarse con Milena en el local para discutirlo.

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Milena lo esperaba en la oficina improvisada del local, con su laptop abierta y papeles desparramados en la mesa.

Cuando Jey llegó, ella levantó la vista con curiosidad.

—Si venís a felicitarme por lo bien que va esto, acepto el elogio.

Jey sonrió levemente y se sentó frente a ella.

—Vengo con algo más grande.

Milena entrecerró los ojos.

—¿Más grande que lo que ya hicimos?

—Sí. Quiero modelos sin máscaras.

Silencio.

Milena dejó su bolígrafo y se cruzó de brazos.

—¿Querés que alguien del pueblo se muestre así?

—No alguien. Varias.

Milena exhaló lentamente.

—Es un movimiento arriesgado.

Jey se encogió de hombros.

—Todo lo que hicimos hasta ahora lo fue.

Milena apoyó los codos en la mesa.

—Ok, explicame cómo pensás hacerlo.

Jey tamborileó los dedos contra la madera.

—El sistema sigue igual. Pero ahora buscamos chicas que quieran aprovechar su imagen sin ocultarse.

—O sea, influencer style.

—Exacto. Gente con carisma, con confianza, que no tenga miedo de mostrarse.

Milena asintió.

—Tiene sentido. La gente siempre paga más por una cara real que por una borrosa.

Jey sonrió.

—Y ahí es donde entrás vos.

Milena levantó una ceja.

—¿Yo?

—Vos te encargás de encontrarlas en el pueblo.

Ella resopló con una media sonrisa.

—¿Y cómo se supone que haga eso? No es que las chicas vayan a levantar la mano y decir ‘¡yo quiero!’

Jey la miró fijo.

—No les vendemos un negocio, les vendemos una oportunidad. La diferencia entre que sigan en este pueblo sin futuro o que empiecen a vivir de verdad.

Milena apoyó la espalda en la silla, evaluándolo.

—Sabés que algunas van a querer hacerlo anónimo igual, ¿no?

—Sí —asintió Jey—. Las probamos también, pero no es el objetivo principal.

Milena lo pensó por unos segundos.

Luego, sonrió con un brillo astuto en los ojos.

—Ok, flaco. Yo me encargo.

Jey sonrió.

—Sabía que dirías eso.

• • •

Al día siguiente, Milena se puso en marcha.

Sabía que no iba a ser fácil.

Encontrar chicas dispuestas a mostrarse sin máscaras en un pueblo donde todos se conocían era un desafío enorme.

Pero si algo había aprendido en su tiempo con Jey, Martín y Lautaro, era que el dinero podía cambiar la mentalidad de cualquiera.

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Los primeros intentos le trajeron casos repetidos:

— Chicas dispuestas, pero solo si eran anónimas.

— Mujeres con reputación que perder.

— Familiares que no querían arriesgarse.

Era frustrante.

Sí, conseguía modelos, pero ninguna era lo que Jey pedía.

Hasta que, unos días después, recibió un mensaje inesperado.

Una mujer estaba dispuesta.

Pero había un problema.

Su vínculo con uno de los chicos lo complicaba todo.

Milena dudó antes de responder.

¿Sería posible que aceptaran algo así?

No lo sabía.

Pero tenía que averiguarlo.

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Milena eligió un café discreto, lejos de miradas curiosas.

Llegó temprano, con su laptop en la mesa y un café a medio tomar.

Unos minutos después, la mujer entró.

Era Rocío.

La hermana mayor de Martín.

Milena disimuló bien su sorpresa.

—No esperaba que fueras vos —dijo, tomando otro sorbo de café.

Rocío sonrió de lado y se acomodó en la silla.

—Lo imaginé.

Milena la miró con atención.

Rocío tenía 31 años.

Madre soltera, con un hijo pequeño, y con un pasado lleno de sacrificios.

No era alguien que tomaría esta decisión sin un motivo fuerte.

—Sabés que esto no va a ser fácil, ¿no? —dijo Milena, entrelazando los dedos sobre la mesa.

—Lo sé.

—Martín no va a reaccionar bien.

Rocío exhaló.

—No me importa lo que piense.

Milena apoyó la espalda en la silla.

—Decime por qué querés hacerlo.

Rocío mantuvo la mirada firme.

—Porque necesito estabilidad.

Milena no dijo nada, esperando que siguiera.

—Martín cree que porque soy su hermana, siempre voy a estar bien. Pero la realidad es que cada mes tengo que pelear para que mi hijo no pase necesidades.

Se inclinó hacia adelante, su tono más serio.

—No estoy haciendo esto porque me gusta la idea. Lo hago porque no quiero seguir en la mierda.

Milena asintió lentamente.

—¿Sabés en lo que te estás metiendo?

Rocío sonrió sin humor.

—¿Creés que no sé lo que hacen? Lo sé hace mucho. Y si antes no me metí fue porque creía que podía arreglármelas sola.

Bajó la mirada por un momento.

—Pero ya no.

Milena la observó en silencio.

Era un riesgo enorme.

Martín la mataría cuando se enterara.

Pero Rocío estaba decidida.

Y en este negocio, las decisiones firmes eran lo único que importaba.

Finalmente, Milena tomó aire y asintió.

—Voy a hablar con Jey.

Rocío sonrió levemente.

—Hacé lo que tengas que hacer.

Se levantó, tomó su bolso y salió del café.

Milena la observó irse, todavía procesando lo que acababa de pasar.

• • •

El ambiente en el departamento cambió en segundos cuando Milena entró con Rocío detrás.

Martín, Lautaro, Jey y Santi estaban reunidos, revisando los nuevos números cuando las vieron llegar.

La sorpresa fue instantánea.

Martín se congeló en su silla.

Jey levantó una ceja, evaluando la situación.

Lautaro silbó bajo, sin disimular su sorpresa.

—No me jodan…

Rocío se plantó en medio de la sala, con los brazos cruzados y la mirada fija en Martín.

—Antes de que digas algo, sí. Voy en serio.

Silencio.

Martín exhaló con incredulidad.

—No. No hay forma.

—Sí, la hay —intervino Milena—. Y es su decisión.

Martín miró a su hermana con una mezcla de enojo y desconcierto.

—¿Por qué harías esto, Rocío?

Ella lo miró fijo.

—Porque necesito estabilidad. Porque no quiero seguir dependiendo de trabajos de mierda que no me alcanzan ni para pagarle la escuela a mi hijo.

Jey observó la escena con calma, sin intervenir todavía.

Lautaro rascó su barbilla.

—Esto… no nos lo esperábamos.

Martín se pasó la mano por la cara.

—Hermana, es una locura.

—¿Por qué? —lo desafió ella—. ¿Porque soy tu hermana? ¿Porque no querés pensar en que me meto en esto?

Martín apretó la mandíbula.

—Porque no quiero que te expongas así.

Rocío soltó una risa sin humor.

—¿Exponerme? ¡Todo lo que hacen acá es anónimo! Ninguna modelo se ha filtrado. No es diferente a lo que ya hacen todas las demás.

Martín miró a los otros, buscando apoyo, pero nadie decía nada.

No tenían argumentos sólidos para frenarla.

Pero aún así, insistió.

—No quiero que la gente del pueblo te vea así.

Rocío entrecerró los ojos.

—¿Y qué? ¿Te molesta más a vos o a mí?

Martín se quedó en silencio.

Milena, hasta ahora callada, decidió hablar.

—Chicos, escuchen. Es una adulta. Sabe lo que hace y sabe por qué lo hace. Y siendo honesta… va a funcionar.

Jey asintió lentamente.

—No lo dudo.

Martín apoyó las manos en la mesa, frustrado.

—Rocío… ¿de verdad querés hacer esto?

Ella no titubeó.

—Sí.

Lautaro exhaló.

—Mierda… esto sí es inesperado.

Jey se reclinó en su silla y cruzó los brazos.

—Si está segura, no veo razón para decir que no.

Martín negó con la cabeza.

—No puedo apoyar esto.

Rocío lo miró sin pestañear.

—No te estoy pidiendo tu aprobación. Te estoy informando.

Silencio.

Jey sonrió levemente.

—Bienvenida al negocio, Rocío.

Martín no podía creerlo.

• • •

El ambiente en el departamento estaba cargado.

Después de que Rocío y Milena se fueran, Jey, Martín y Lautaro se quedaron solos en la sala.