La Agencia del Pecado Capítulo 2 — El negocio #10
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Capítulo 2 — El negocio #10

—¿Y qué tipo de contenido querés que hagamos juntas?

Jey sonrió levemente.

—Nada diferente a lo que ya hacen. Solo que en el mismo set.

Daniela frunció el ceño.

—¿Y por qué sería “una oportunidad enorme”?

Jey se reclinó en el sofá.

—Porque no hay muchas como ustedes. Madre e hija en un mismo perfil. Eso rompe cualquier estándar.

Marcela suspiró.

—Ya veo por dónde va esto…

—No se trata de cruzar límites raros ni de hacer algo incómodo —continuó Jey—. Se trata de explotar lo que ya tienen.

Daniela aún parecía escéptica.

—Pero si no vamos a hacer nada diferente… ¿por qué sería tan atractivo?

Jey la miró con paciencia.

—Porque lo que vende no es lo explícito. Es la idea.

Marcela apoyó los codos en la mesa.

—Explicá.

Jey se inclinó un poco hacia adelante.

—No estamos hablando de algo vulgar. Hablamos de la imagen, del concepto. La gente ve un perfil de una chica y está acostumbrada a lo mismo. Pero si de repente ven que en ese mismo perfil aparece su madre, con el mismo nivel de contenido pero desde otra perspectiva… eso genera impacto.

Marcela se mantuvo pensativa. Daniela, en cambio, apretó los labios.

—¿Y qué nos garantiza que esto no va a cruzar una línea incómoda?

Jey la miró con seriedad.

—Nada. Porque la línea la ponen ustedes.

Silencio.

Marcela apoyó la espalda en el sofá y miró a Jey con una expresión neutra.

—Tengo preguntas.

Jey asintió.

—Hacé todas las que quieras.

Marcela tomó aire.

—Primero: ¿el contenido va a ser diferente al nuestro o va a ser igual, pero en la misma foto o video?

—La base es la misma. Pero la idea es que se complementen, que se juegue con la dualidad de sus estilos. No tiene que ser forzado, solo estratégico.

Daniela intervino.

—¿Seguiríamos siendo anónimas?

—Sí. Absolutamente.

—Pero nuestra relación se va a revelar.

—Sí —admitió Jey—. Y eso es parte de lo que hace que funcione.

Marcela entrecerró los ojos.

—¿Cómo evitamos que la gente nos reconozca?

Jey sonrió.

—Ya lo evitamos con todas. Las máscaras, los ángulos, la iluminación… todo está planeado para mantenerlas anónimas. Pero la idea de que son madre e hija es lo que vende, no la identidad real.

Daniela aún se veía nerviosa.

—¿Cómo serían las sesiones?

—Como ahora, pero sincronizadas. Se puede trabajar en sets separados para que cada una tenga su contenido individual, y luego se hacen tomas juntas donde el juego es más visual que físico.

Marcela miró a Jey fijamente.

—¿Qué tanto interés hay en esto?

Jey apoyó los codos en la mesa y sonrió con confianza.

—Más del que te imaginás.

Daniela se mordió el labio.

—¿Cuánto más podríamos ganar?

Jey exhaló.

—Mínimo, un 30% más en suscriptores en el primer mes. Y eso sin contar el impacto en las renovaciones.

Marcela arqueó una ceja.

—Eso es bastante.

—Es solo el comienzo.

Daniela se removió en su asiento.

—¿Y si nos incomoda?

Jey la miró con seriedad.

—Si en algún momento sienten que no quieren seguir, lo hablan conmigo y ajustamos todo. Acá nadie hace nada que no quiera hacer.

Marcela entrecerró los ojos.

—¿Y si después querés que llevemos esto más lejos?

Jey negó.

—No es la dirección. No necesito más. Con solo presentarlas juntas, ya es suficiente para que la gente se vuelva loca.

Silencio.

Marcela miró a Daniela. Daniela la miró a ella.

No necesitaban decirse nada.

Después de treinta minutos de preguntas.

Después de diez respuestas bien pensadas.

Después de la negociación más delicada que Jey había manejado hasta ahora.

Marcela exhaló y asintió.

—Está bien. Lo hacemos.

Daniela tragó saliva, pero también asintió.

—Sí. Probemos.

Jey sonrió levemente.

Sabía que dirían que sí.

Y ahora, tenía en sus manos el contenido más exclusivo que jamás habían producido.

• • •

El estudio estaba en penumbras, con solo las luces estratégicas iluminando el set.

Jey estaba ajustando la cámara mientras Marcela y Daniela terminaban de acomodarse en el vestidor.

No era una sesión cualquiera.

Era la primera vez que trabajaban juntas.

La primera vez que unían su imagen como madre e hija.

Habían pedido que Jey estuviera solo en esta sesión. No querían a Martín ni a Lautaro.

Y Jey lo entendía perfectamente.

No era una sesión común, había que manejarla con cuidado.

Finalmente, Marcela y Daniela salieron del vestidor.

Las dos llevaban máscaras nuevas, diseñadas para combinar entre sí. Diferentes, pero con un estilo complementario.

La idea era clara: que se notara que eran madre e hija sin que nadie pudiera ver quiénes eran realmente.

Jey sonrió al verlas.

—Les quedan perfectas.

Marcela alzó una ceja.

—¿Ves? Te dije que podíamos hacerlas funcionar.

Daniela, en cambio, se miraba en el espejo con los brazos cruzados.

—Se siente raro.

—Todo se siente raro la primera vez —respondió Jey, acomodando la cámara—. Después, se vuelve natural.

Daniela suspiró.

—¿Cómo arrancamos?

Jey miró el monitor y sonrió.

—Tranquilas. Vamos de menos a más.

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Al principio, todo fue normal.

Fotos juntas, con ropa ajustada, pero sin que nada pareciera fuera de lo común.

Marcela con un pijama de seda negro, Daniela con un conjunto de algodón claro.

Posaban en el sillón, en la cocina, en el suelo del estudio con una luz cálida, como si fueran imágenes casuales de cualquier familia.

Pero Jey dirigía cada detalle.

—Marcela, apoyá la mano en su hombro.

—Daniela, mirala como si estuvieras hablando con ella.

—Ahora ríanse.

Las primeras fotos salieron naturales.

Pero a pesar de la fluidez, Jey sentía la tensión en ellas.

No era miedo.

Era la incomodidad de hacer algo nuevo.

Así que hizo lo que mejor sabía hacer.

Relajarlas.

—A ver, chicas… si seguimos así, parece un comercial de productos de belleza para mujeres maduras y jóvenes.

Marcela sonrió levemente.

—¿Y qué proponés, genio?

Jey miró a Daniela.

—Algo con más actitud. ¿Vos qué opinás?

Daniela lo miró con una ceja alzada.

—Que sos un cabrón perfeccionista.

Jey sonrió.