Capítulo 2 — El negocio #9
Cada chica había trabajado en su espacio, sin interrupciones, sin distracciones.
El nuevo sistema funcionaba a la perfección.
Jey cerró la laptop donde estaban organizando el material y se reclinó en la silla.
Lautaro se estiró y suspiró.
—Esto fue más fácil de lo que pensé.
Martín, que revisaba las fotos, sonrió de lado.
—Y esto solo es el comienzo.
Jey tomó su celular y revisó los próximos turnos.
—El sistema funciona. Ahora solo tenemos que llenarlo.
• • •
El local en el pueblo ya era oficialmente suyo. No quedaban trámites pendientes, no había papeles en el aire. Era de Jey, Martín y Lautaro.
Pero ahora venía la parte importante: ¿qué carajo iban a hacer con él?
Naty y Bruno lo estaban usando como oficina mientras tanto, pero sabían que no era suficiente. Necesitaban definir un uso permanente, algo que sirviera al negocio y que no levantara sospechas.
La idea de usarlo como una fachada real estaba descartada. Sería un riesgo innecesario. Sin embargo, el lugar tenía potencial: privado, discreto y con espacio de sobra.
Mientras discutían esto, otra situación empezó a salirse de control: la cantidad de gente que quería el "puesto".
No había ninguna oferta oficial, pero el rumor se había esparcido rápido.
Y lo que pasó después fue inesperado.
Familiares, amigos, conocidos de toda la vida. Gente que nunca se imaginaron pidiendo trabajo a ellos.
Algunos preguntaban directamente a Naty y Bruno. Otros, con más estrategia, intentaban llegar a Jey, Martín o Lautaro sin que los rechazaran de inmediato.
Al final del día, tenían dos candidatos serios.
Personas que no solo querían entrar, sino que estaban dispuestas a hacer lo que fuera necesario.
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El encuentro fue en la parte trasera del local, en una mesa improvisada con cajas aún sin abrir.
Jey, Lautaro y Martín estaban sentados cuando Santi entró.
No Santi el nerd.
Otro Santi.
Este era primo de Lautaro, de 22 años, flaco, siempre con cara de que podía venderte cualquier cosa. Tenía labia, tenía calle, y sabía cómo meterse donde nadie lo llamaba.
Se sentó sin ser invitado.
—¿Qué onda? —dijo, relajado—. Antes de que digan nada, ya sé que no me quieren acá.
Lautaro se cruzó de brazos y resopló.
—Entonces te podés ahorrar el discurso.
Santi sonrió de lado.
—Pero me van a escuchar igual.
Jey lo observó con calma.
—Dale, flaco. Hablá.
Santi se apoyó en la mesa.
—Mirá, yo no soy boludo. Sé lo que hacen. Sé que esto no es "una oficina común".
Martín frunció el ceño.
—¿Qué sabés exactamente?
Santi levantó las manos.
—Tranqui, no soy un soplón. Pero sé que hay guita. Sé que esto está creciendo. Y sé que si están buscando a alguien, es porque necesitan una persona que pueda moverse sin hacer quilombo.
Lautaro lo miró con desconfianza.
—¿Y vos te creés ese tipo de persona?
Santi sonrió.
—No me creo. Lo soy.
Silencio.
Jey apoyó los codos en la mesa.
—Convenceme.
Santi se inclinó hacia adelante.
—Mirá, primo —dijo, mirando a Lautaro—, nos conocemos desde pendejos. Sabés que tengo contactos, sabés que me metí en negocios antes. No soy un improvisado. Si me meto en algo, lo hago bien.
—¿Contactos para qué? —preguntó Jey, curioso.
Santi sonrió de lado.
—Para lo que necesiten. Distribución, conseguir cosas rápido, hablar con la gente correcta. Puedo manejar lo que se necesite sin que nadie pregunte nada.
Martín levantó una ceja.
—Eso suena a que ya hiciste cosas turbias antes.
Santi se encogió de hombros.
—Depende de qué llames "turbio". Solo hago que la plata se mueva.
Jey lo observó en silencio por un momento.
Finalmente, habló.
—Si trabajás con nosotros, hay reglas. Si la cagás, no hay vuelta atrás.
Santi lo miró fijo.
—No la voy a cagar.
Jey asintió.
—Te aviso si quedás.
Santi sonrió y se levantó.
—Voy a esperar ese llamado.
Y se fue.
Martín miró a Lautaro.
—Es tu primo. Decime la verdad, ¿es confiable?
Lautaro suspiró.
—Es un hijo de puta… pero nunca dejó un negocio a medias.
Jey se pasó la lengua por los dientes, pensativo.
—Vamos a ver quién más tenemos.
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La reunión con Milena fue distinta.
No se juntaron en el local. Se encontraron en un café discreto, lejos del pueblo.
Cuando Mili entró, Jey supo que la charla iba a ser diferente.
Porque ella no era como los otros.
Era hermana de Naty, 24 años, estudiante de administración. No tenía la actitud de Santi, pero tenía algo más importante: cabeza.
Se sentó y fue directa.
—Sé que están buscando a alguien. Quiero el puesto.
Jey apoyó la espalda en la silla.
—¿Por qué?
—Porque sé que les falta alguien que realmente organice esto. Bruno y Naty pueden hacer mucho, pero no tienen una estructura real. Y si quieren crecer, necesitan a alguien que sepa cómo manejar un negocio.
Jey levantó una ceja.
—¿Y vos sabés?
Milena entrelazó los dedos.
—Tengo formación en administración. Sé de números, logística, manejo de clientes. Pero más importante… sé lo que hacen.
Jey la miró fijo.
—¿Desde cuándo?
Milena sonrió con una mezcla de burla y astucia.
—Desde hace bastante. Naty no es tan cuidadosa como cree.
Martín cruzó los brazos.
—Si sabías, ¿por qué no dijiste nada antes?
Milena se encogió de hombros.
—No era mi problema. Pero ahora es mi oportunidad.
Jey tamborileó los dedos sobre la mesa.
—Si te damos el puesto, tenés que entender algo. Nada de preguntas. Nada de dudas. Si estás adentro, es para siempre.
Milena sostuvo su mirada.
—Lo entiendo.
Martín miró a Jey.
—Es diferente a los otros.
Jey asintió.
—Sí. Y eso puede ser bueno o malo.
Milena sonrió.
—Dame la oportunidad y te lo demuestro.
Jey la observó un segundo más.
—Te avisamos.
Milena se levantó.
—Espero su respuesta.
Y se fue.
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De vuelta en el local, Jey, Martín y Lautaro estaban en la oficina improvisada.
—¿Qué opinan? —preguntó Jey, cruzado de brazos.
Lautaro resopló.
—Santi es útil, pero puede ser un problema. Si se manda una cagada, nos arrastra con él.
Martín asintió.
—Milena es más estable. Pero… ¿cuánto sabemos realmente de ella?
Jey se pasó la mano por la barbilla.
—Elijan.
Silencio.
Finalmente, Lautaro habló.
—Milena.
Martín asintió.
—Milena.
Jey sonrió levemente.
—Entonces es ella.
Martín tomó su celular.
—Le aviso.
Jey miró la puerta del local.
• • •
Las semanas habían pasado y las nuevas modelos ya se estaban acomodando al ritmo del negocio.
Cada una tenía su estilo, su dinámica, su propio público.
Pero entre todas, había dos que representaban una oportunidad demasiado buena como para ignorarla: Marcela y Daniela.
Madre e hija.
Desde el principio, sus sesiones se habían hecho una tras otra, pero siempre por separado.
Jey las observó de cerca.
Analizó los números.
Si juntas ya generaban ingresos sólidos, imaginarlas en un solo set era una idea explosiva.
Una novedad.
Algo raro, arriesgado… pero jodidamente llamativo.
Por eso, una noche, Jey llamó a Lautaro y Martín al departamento.
Había que discutirlo.
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Los tres estaban sentados en la mesa, con sus laptops abiertas, revisando estadísticas.
Martín bostezó y se estiró.
—Si seguimos a este ritmo, vamos a necesitar más horas en el día.
Lautaro resopló, echándose hacia atrás en la silla.
—O clones.
Jey sonrió levemente.
—O una idea que haga que todo explote.
Los dos lo miraron con curiosidad.
—Dale —dijo Martín, cruzando los brazos—. Sorprendeme.
Jey deslizó su laptop hacia ellos y les mostró la pantalla.
En ella, las estadísticas de Marcela y Daniela.
Crecimiento rápido. Buena retención de clientes. Interacción constante.
Martín arqueó una ceja.
—Sí, están funcionando bien. Pero esto ya lo sabíamos.
Jey entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Lo que no hemos explotado… es que son madre e hija.
Silencio.
Lautaro dejó de tamborilear los dedos sobre la mesa y miró a Jey fijamente.
—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
Jey sonrió de lado.
—Estoy diciendo que hagamos algo nuevo.
Martín se inclinó hacia adelante.
—Nunca trabajaron juntas en una sesión.
—Exacto —asintió Jey—. Hacen sesiones seguidas, pero por separado. Imaginate el impacto si las ponemos en el mismo set.
Lautaro soltó un silbido.
—Es una locura.
—Es un negocio —corrigió Jey.
Martín lo pensó por un momento.
—Sería algo… único. Pero hay que manejarlo bien.
Jey asintió.
—No estamos hablando de algo explícito. No es cruzar una línea innecesaria. Es jugar con la imagen. La idea. Lo sugerente.
Lautaro sonrió levemente.
—A la gente le va a volar la cabeza.
Martín asintió, viendo la pantalla.
—Nos va a dar una ventaja enorme. Pero hay que convencerlas.
Jey se cruzó de brazos.
—Eso es lo que haremos en la próxima sesión.
Martín sonrió con un brillo calculador en los ojos.
—Bueno, Jey… veamos si podés vender esta idea tan bien como la imaginás.
Jey tomó su celular y escribió un mensaje.
Jey: “Marcela, Daniela. Necesito verlas en la próxima sesión. Hay algo que quiero discutir con ustedes.”
El mensaje fue entregado.
• • •
El estudio estaba listo para otra sesión.
Luces posicionadas, fondos preparados, cámaras cargadas.
Pero hoy no era un día normal.
Jey estaba sentado en el sofá del loft, con las piernas cruzadas y su celular en la mano. Frente a él, Marcela y Daniela.
Madre e hija.
Dos mujeres completamente distintas en actitud, pero unidas por la misma necesidad.
Cuando Jey les escribió para que vinieran, no les dio detalles. Solo que había algo que necesitaba discutir con ellas.
Marcela, siempre con su aire de mujer calculadora, tenía los brazos cruzados y una ceja arqueada.
Daniela, más joven e insegura, se removía en su asiento, claramente incómoda con la incertidumbre.
—Bueno, Jey —dijo Marcela, directa—. ¿Qué es lo que querés hablar con nosotras?
Jey deslizó su celular sobre la mesa y entrelazó los dedos.
—Quiero que trabajen juntas en una sesión.
Silencio.
Daniela parpadeó.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste —respondió Jey con calma—. Hasta ahora, cada una ha trabajado por su cuenta. Pero hay una oportunidad enorme que estamos dejando pasar.
Marcela exhaló por la nariz.