Capítulo 2 — El negocio #8
—¿Hace falta que lo diga? Mi marido está al borde de la ruina. Si todo sigue así, en unos meses vamos a estar vendiendo hasta los muebles de la casa.
—Y esto es tu plan B.
—Esto es mi única opción.
Jey dejó la taza sobre la mesa con suavidad.
—¿Sabés lo que implica?
Gabriela asintió.
—Lo que sea, siempre y cuando nadie lo descubra.
Jey la miró por unos segundos más, midiendo su determinación.
—Si entrás en esto, tenés que entender algo. No hay espacio para titubeos. No hay margen para errores.
—Lo entiendo.
Jey sonrió levemente.
—Vamos a ver si es cierto.
________________________________________
El restaurante estaba lo suficientemente lleno como para que nadie pudiera escuchar su conversación.
Jey y Lautaro estaban sentados en una mesa del fondo cuando Noelia llegó.
Noelia era una de esas personas que crecieron con ellos. Habían ido juntos a la escuela, compartido veranos en la plaza, incluso habían tenido amigos en común.
Por eso, cuando los llamó, Lautaro pensó que era una broma.
Pero no lo era.
—Nunca pensé que los iba a llamar por esto —dijo Noelia, apenas sentándose.
—Nosotros tampoco —respondió Lautaro, sin rodeos.
Ella se pasó la mano por la cara y suspiró.
—No sé ni cómo decirlo…
Jey entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Decilo como es. Querés trabajar con nosotros.
Noelia asintió lentamente.
—Pero no quiero que nadie se entere. Nadie.
Lautaro apoyó un codo en la mesa y sonrió.
—Eso es lo que todas dicen.
—No, en serio —insistió ella—. Si mi familia se entera, me matan.
Jey la miró fijo.
—Si hacés bien las cosas, nadie se va a enterar. Pero eso depende de vos tanto como de nosotros.
Noelia tragó saliva.
—¿Qué tendría que hacer exactamente?
Lautaro se inclinó hacia adelante.
—Lo que ya sabés. Contenido privado. Exclusividad. Anonimato.
—¿Y cuánto puedo ganar?
Jey sonrió de lado.
—Eso depende de cuánto te animes.
Noelia miró hacia la mesa, dudando.
Lautaro cruzó los brazos.
—Si te vas a echar atrás, ahora es el momento.
Ella levantó la cabeza.
—No me voy a echar atrás.
Jey asintió.
—Entonces arranquemos.
________________________________________
Esta reunión fue en un parque de la ciudad. En un banco, lejos de la multitud, pero lo suficientemente visible como para que pareciera casual.
Cuando Martín las vio llegar, tardó un segundo en procesarlo.
Eran Marcela y Daniela.
Madre e hija.
Era impensado.
Marcela tenía 39 años, trabajaba en la administración de una empresa que estaba cerrando. Daniela, de 19, acababa de empezar la universidad y no tenía cómo mantenerse.
Cuando se sentaron frente a él, Martín no pudo evitar decirlo.
—Nunca hubiera imaginado verlas acá.
Marcela miró a su hija y luego a Martín.
—Nosotras tampoco.
Se hizo un silencio incómodo.
—¿Por qué? —preguntó Martín finalmente.
Daniela bajó la mirada. Fue Marcela quien habló.
—No tenemos otra opción.
Martín se pasó la mano por la nuca.
—Ustedes entienden lo que implica, ¿no?
Marcela asintió.
—Sí. Por eso vinimos juntas.
Martín frunció el ceño.
—¿Juntas?
Daniela levantó la cabeza, con las mejillas rojas de vergüenza.
—Nos apoyamos mutuamente.
Martín exhaló despacio.
—Nunca trabajamos con una situación como esta.
Marcela enderezó la espalda.
—Podemos hacer que funcione.
Martín la miró fijamente.
—Va a ser difícil.
—Nada es fácil ahora —dijo Daniela en voz baja.
Hubo otro silencio.
Finalmente, Martín asintió.
—Si van a hacer esto, tienen que entender que nadie puede saberlo.
Marcela sostuvo la mirada.
—No lo haríamos si no fuera seguro.
—Y si en algún momento quieren salir, tienen que decírmelo antes, no después de que sea tarde.
Las dos asintieron.
Martín suspiró y se reclinó en el banco.
—Bueno… entonces empecemos.
________________________________________
Jey, Martín y Lautaro nunca pensaron que verían a estas mujeres sentadas frente a ellos pidiendo entrar al negocio.
Pero la crisis las había empujado.
• • •
El sonido de teclas resonaba en el departamento mientras Santi revisaba las últimas estadísticas de suscriptores. Lautaro estaba tirado en el sillón con la cabeza hacia atrás, exhalando largo y pesado. Jey y Martín revisaban el calendario en la laptop, con ceños fruncidos.
Las sesiones se estaban acumulando demasiado.
Era un quilombo.
Moverse a la ciudad había sido la mejor decisión para la seguridad del negocio, pero el tiempo que les tomaba coordinar todo estaba empezando a convertirse en un problema real.
—No podemos seguir así —soltó Lautaro, sin levantar la cabeza—. Nos pasamos más tiempo yendo de un lado a otro que realmente trabajando.
Martín asintió, frotándose la cara con las manos.
—Tener que alquilar lugares distintos cada vez nos come una cantidad de horas ridícula.
—Y ni hablar de coordinar los horarios con cada una —agregó Jey, cruzándose de brazos—. Si seguimos a este ritmo, nos vamos a fundir de cansancio antes que de guita.
Santi se giró en su silla.
—Entonces tenemos que encontrar una forma más eficiente.
Se hizo un silencio mientras todos procesaban la idea.
Lautaro se enderezó en el sillón.
—¿Y si en vez de ir a distintos lugares traemos los lugares a nosotros?
Martín frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Un solo lugar para todas las sesiones —explicó Lautaro—. Pero sin que sea obvio.
Jey se quedó pensando.
—¿Un estudio?
—Algo así —asintió Lautaro—. Un espacio diseñado para que cada sesión parezca diferente sin tener que movernos de un lado a otro.
Santi alzó una ceja.
—Eso suena muy bien, pero… ¿cómo lo hacemos sin que se vuelva un punto de atención?
Jey tamborileó los dedos sobre la mesa.
—Tiene que estar en la ciudad. Nada cerca del pueblo. Un lugar que podamos usar sin que nadie haga preguntas.
—Y que se pueda adaptar fácilmente —añadió Martín—. Que no parezca el mismo fondo en todas las fotos.
Lautaro se pasó la mano por la barbilla.
—Podemos conseguir un departamento o un loft y equiparlo con diferentes estilos en cada habitación.
Santi sonrió.
—Un solo lugar, múltiples escenarios. Inteligente.
Jey asintió, convencido.
—Si hacemos esto bien, podemos reducir el tiempo de sesiones a la mitad.
Martín miró su celular.
—Voy a buscar opciones de lugares que podamos alquilar a largo plazo.
—Yo voy a encargarme de la logística —dijo Santi—. Tenemos que asegurarnos de que la ubicación sea segura y discreta.
Lautaro se levantó del sillón.
—Bueno, muchachos… parece que vamos a montar un estudio.
Jey sonrió levemente.
—Parece que sí.
• • •
Jey, Lautaro y Martín habían pasado días acondicionándolo. Habían creado diferentes escenarios dentro de un solo espacio: una habitación con luces cálidas y decoración elegante, otra con un estilo más urbano y atrevido, e incluso un rincón minimalista para sesiones más artísticas.
La clave era la variedad y la eficiencia.
Ahora, en vez de moverse de un lado a otro, las chicas vendrían a ellos.
Las primeras en probar el nuevo sistema serían Camila, Sol, Lucía y Valentina. Todas con horarios distintos, sin cruzarse nunca.
Cuando les avisaron del cambio, hubo sorpresa.
Mensajes en sus chats privados:
—Camila: "¿Cómo que ahora en un solo lugar? ¿Es seguro?"
—Sol: "¿Y no nos vamos a cruzar?"
—Lucía: "¿Es tipo un estudio? Suena más profesional."
—Valentina: "Solo quiero saber si va a ser más rápido. No me gusta perder tiempo."
Jey respondía a todas con la misma precisión fría de siempre:
—"Es más seguro, más rápido y más discreto. Van a entenderlo cuando lleguen."
________________________________________
Camila fue la primera en llegar.
Miró alrededor con los brazos cruzados, analizando el loft.
—Tengo que admitir que esto se ve bien.
—Mejor que estar buscando un lugar diferente cada vez —respondió Jey, ajustando la cámara.
Camila se quitó la campera y se acomodó el cabello.
—¿Cómo vamos a hacer ahora?
—Igual que siempre, solo que todo está optimizado. Cada sesión dura menos, sin perder calidad.
Ella alzó una ceja.
—¿Y las demás?
—No se cruzan. Cada una tiene su horario.
Camila sonrió levemente.
—Siempre tan meticuloso.
—Siempre tan profesional.
Ella se rió y se dirigió al set.
—Bueno, entonces hagamos esto.
________________________________________
Cuando Sol llegó, miró el loft con cautela.
—Esto parece de una productora real.
Lautaro, que estaba acomodando las luces, sonrió.
—Porque ahora es una productora real.
Sol dejó su bolso en un rincón y se pasó la mano por el cuello.
—No me esperaba esto.
Jey revisaba la pantalla de la cámara.
—Es más eficiente. Te acostumbrás rápido.
Sol asintió, pero seguía con cierta duda en la mirada.
—¿Y cómo manejamos el tema del contenido?
—Igual que antes. La única diferencia es que ahora todo se hace en un solo día.
Sol suspiró y sonrió.
—Bueno… si significa menos vueltas, me sirve.
Jey levantó la cámara.
—Entonces empecemos.
________________________________________
Lucía entró con una expresión de curiosidad.
—Esto se siente más profesional que la mierda que hacen algunas en Instagram.
Jey sonrió.
—Porque esto no es Instagram.
Ella dejó su bolso sobre el sofá y miró las distintas áreas del loft.
—¿Y cada una usa un fondo distinto o cómo es la cosa?
—Depende del perfil de cada una —explicó Lautaro—. No queremos que los clientes vean lo mismo repetido.
Lucía asintió, aprobando la idea.
—Eso me gusta. Se siente más exclusivo.
—Porque lo es.
Ella se cruzó de brazos y lo miró fijo.
—¿Esto significa que ahora vamos a hacer más contenido?
Jey inclinó la cabeza.
—Significa que ahora vamos a hacerlo mejor.
Lucía sonrió con malicia.
—Me gusta como suena eso.
________________________________________
Valentina llegó última, con su habitual aire de seguridad.
Se quitó el abrigo y recorrió el loft con la mirada.
—¿Cuánto tardaron en armar esto?
—Lo suficiente —respondió Jey, sin apartar la vista de su cámara.
Valentina dejó su bolso en el sofá.
—No me interesa el proceso, solo el resultado.
—El resultado es que ahora todo es más rápido y efectivo.
Ella sonrió con satisfacción.
—Perfecto. Menos tiempo perdido.
Jey levantó la cámara.
—Entonces, empecemos.
________________________________________
Las sesiones terminaron en tiempo récord.