La Agencia del Pecado Capítulo 2 — El negocio #7
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Capítulo 2 — El negocio #7

Había que asegurarse de que la transición fuera segura y sin riesgos.

Jey tomó su celular y empezó a mandar mensajes.

Jey: “Necesito verte. Es importante.”

Las respuestas llegaron rápido. Una a una, cada chica aceptó reunirse con él en distintos momentos, como siempre. Nunca juntas.

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Camila llegó puntual al departamento. Se sentó en el sillón con los brazos cruzados.

—¿Qué pasa?

Jey se apoyó en la mesa.

—Nos mudamos a la ciudad.

Camila parpadeó.

—¿Nos?

—Los chicos y yo —explicó—. Vamos a manejar el negocio desde allá.

Ella frunció el ceño.

—¿Y nosotras qué?

—Seguimos igual. Pero necesitamos asegurarnos de que las sesiones sean más seguras.

Camila se mordió el labio.

—¿Y eso cómo se hace?

Jey la miró fijo.

—¿Tenés alguna idea?

Camila se quedó en silencio unos segundos, pensando. Luego, chasqueó los dedos.

—Sí. ¿Por qué no alquilan un Airbnb en el pueblo, en distintas zonas? Un lugar diferente cada vez. Así nadie puede rastrear desde dónde trabajamos.

Jey levantó una ceja, considerando la idea.

—Mmm…

Camila se encogió de hombros.

—Si las sesiones son en lugares rotativos, es más difícil que alguien empiece a hacer preguntas raras.

Jey asintió lentamente.

—No es mala idea.

Sacó su celular y le mandó un mensaje a Martín.

Jey: “Mirá alquileres cortos en el pueblo. Necesitamos lugares rotativos.”

Camila sonrió con satisfacción.

—Te dije que tenía una buena.

Jey cruzó los brazos.

—Siempre lo hiciste.

Camila se rió y se puso de pie.

—Bueno, avisame cuándo es la próxima sesión.

Jey asintió.

—Siempre.

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Las demás chicas recibieron la noticia con distintas reacciones.

Valentina simplemente asintió y dijo que mientras siguiera ganando plata, no le importaba desde dónde manejaran todo.

Lucía se mostró más curiosa.

—O sea que ahora vamos a ser como una marca con sede en otro lado.

—Algo así —respondió Jey.

—Mmm. Me gusta. Le da más exclusividad.

Sol, por su parte, solo preguntó una cosa:

—¿Eso significa que ya no nos van a ver tan seguido?

Jey sonrió.

—Nos verán cuando sea necesario. Pero la seguridad es prioridad.

Sol asintió con un suspiro.

—Ok. Confío en vos.

Con todas alineadas, el plan estaba sellado.

Las sesiones seguirían, el negocio seguiría.

Pero ahora, nadie podría rastrearlos.

• • •

El eco de las voces resonaba en el departamento vacío. Cajas apiladas en las esquinas, muebles aún sin armar y el sonido de la ciudad filtrándose por las ventanas abiertas.

Después de tres semanas de organización frenética, finalmente estaban ahí.

Jey se apoyó contra la pared, observando el espacio. Era amplio, con un diseño moderno y lo suficientemente discreto como para no llamar la atención.

—Bueno, señores… —dijo Lautaro, dejando caer una caja sobre la mesa—. Bienvenidos a nuestra nueva base de operaciones.

Martín resopló mientras tiraba su mochila en el sofá.

—Sí, bueno… base de operaciones sin internet hasta que venga el técnico.

—Lo pedí para mañana —respondió Santi, sacando su laptop de una caja—. Pero hasta entonces podemos usar los datos móviles.

Jey revisó su celular. Notificaciones de pagos, mensajes de las chicas, recordatorios de reuniones. El negocio no se había detenido ni un segundo.

—Tenemos que armarnos rápido —dijo—. No podemos permitirnos perder días.

Martín se estiró y miró alrededor.

—Primero necesitamos lo básico. Escritorios, sillas… una cafetera, por el amor de Dios.

—Y que Lautaro aprenda a cocinar algo más que fideos —agregó Santi con una sonrisa burlona.

—Jódete —respondió Lautaro, riéndose.

Jey los dejó bromear mientras su mente ya estaba en el siguiente paso.

—Hoy nos enfocamos en instalarnos. Mañana retomamos el trabajo al 100%.

Martín asintió.

—¿Por dónde empezamos?

Jey miró las cajas, la laptop de Santi ya encendida, los mensajes que seguían llegando.

Sonrió levemente.

—Por todo.

• • •

El sol de la mañana entraba por las ventanas amplias del departamento, proyectando sombras largas en el suelo de madera pulida. Aún había cajas sin abrir, muebles sin acomodar y ropa tirada en los sillones. El aire olía a cartón y café recién hecho.

La ciudad tenía otro ritmo. Afuera, los bocinazos y las conversaciones de la gente se filtraban constantemente, recordándoles que ya no estaban en el pueblo.

Pero adentro, el verdadero desafío era otro.

Convivir y trabajar juntos.

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Jey salió de su habitación con su celular en la mano, revisando notificaciones mientras cruzaba la sala. Lautaro estaba en la cocina, con el torso desnudo y un paquete de galletas abierto sobre la mesada. Martín estaba sentado en el sofá con su laptop en las piernas, concentrado en algo.

Santi, como siempre, estaba en su rincón, rodeado de monitores, tecleando sin descanso.

—Espero que alguien tenga pensado cocinar algo que no sean fideos instantáneos —dijo Jey, sentándose en la mesa.

Lautaro levantó una ceja mientras se metía una galleta en la boca.

—Si querés gourmet, pagate un chef.

Martín resopló sin levantar la vista de la pantalla.

—A este ritmo vamos a terminar comiendo delivery todos los días.

—O podríamos aprender a cocinar algo decente —murmuró Santi sin dejar de escribir.

Lautaro lo miró con burla.

—Dale, genio de la informática. Mostranos tu talento culinario.

Santi finalmente dejó de teclear y lo miró serio.

—Si me pasás una receta que no implique prender fuego la cocina, lo intento.

Jey sonrió levemente y se reclinó en la silla.

—Lo importante es que nos acomodemos rápido. Todavía estamos en modo mudanza y ya tenemos que empezar a operar desde acá.

Martín cerró la laptop y se pasó una mano por la cara.

—Bueno, hablemos de eso. ¿Cómo nos organizamos?

Lautaro tomó una silla y se sentó con las piernas abiertas, apoyando los brazos en las rodillas.

—Tenemos tres habitaciones, un living grande y una cocina que apenas usamos. ¿Cómo lo repartimos?

—Las habitaciones ya están asignadas —dijo Jey—. Pero el tema no es dónde dormimos, sino cómo trabajamos sin pisarnos los talones.

Martín asintió.

—Lo más lógico sería dividir el espacio. Necesitamos una oficina de verdad.

Santi giró su silla hacia ellos.

—El rincón donde estoy yo puede ser la parte técnica. Monitoreo, seguridad, todo lo que pase por la red.

—Bien —asintió Jey—. Entonces dejamos el living como el centro de operaciones. Reuniones, estrategia, distribución de contenido.

Lautaro señaló la mesa.

—¿Y acá qué hacemos?

Martín se encogió de hombros.

—Podríamos usarlo como espacio de edición. Lo que se grabe o se produzca se revisa acá antes de subirlo.

Jey miró a Santi.

—¿Cuánto tardás en montar el sistema de seguridad completo?

Santi volvió a su laptop.

—Hoy a la noche lo termino. Firewalls, cifrado, accesos restringidos. Nadie va a poder rastrear nada hasta acá.

Lautaro chasqueó la lengua.

—Me gusta cómo suena eso.

Martín se estiró en el sofá.

—¿Y el tema de las chicas? ¿Cómo seguimos con las sesiones?

Jey revisó su celular.

—Camila tuvo una buena idea. Vamos a alquilar Airbnbs en distintas zonas del pueblo. Lugares rotativos para evitar patrones.

Lautaro asintió.

—Eso nos da más seguridad.

Martín apoyó los codos en sus rodillas.

—Y acá, ¿qué hacemos?

Jey lo miró.

—Desde acá manejamos todo. Cuentas, pagos, contacto con los clientes, planificación. Si vamos a crecer, tenemos que hacerlo con estructura.

Santi se giró en su silla.

—Hablando de crecer… si ya dimos este paso, ¿por qué no ampliamos el negocio?

Jey levantó una ceja.

—¿A qué te referís?

Santi cruzó los brazos.

—Ahora tenemos más anonimato, más acceso a redes, más conexiones. No tenemos que limitarnos solo al pueblo. Podemos expandirnos a clientes de otras provincias, incluso de otros países.

Martín y Lautaro intercambiaron una mirada.

—Eso suena grande —murmuró Lautaro.

—Eso suena a mucho más dinero —corrigió Martín.

Jey se quedó en silencio por un momento, pensando.

—Vamos por partes. Primero aseguramos lo que tenemos, después escalamos.

Santi asintió.

—Bien. Pero tenelo en mente.

Lautaro se puso de pie y estiró los brazos.

—Bueno, señores. ¿Nos ponemos a trabajar o seguimos pelotudeando?

Martín lo miró con una sonrisa cansada.

—Primero armemos un café. Esto va para largo.

Jey se levantó y tomó su celular.

—Entonces empecemos.

La ciudad era un terreno nuevo.

• • •

El negocio de Jey, Martín y Lautaro había pasado de ser un secreto a ser un rumor confirmado. Pero lo que realmente los tomó por sorpresa fue quiénes comenzaron a acercarse.

Personas que jamás habrían imaginado, mujeres con familias, relaciones y reputaciones que proteger. Cada una con sus propias condiciones, sus propios miedos, pero con algo en común: necesitaban el dinero.

Las reuniones no se hacían en el departamento. No eran idiotas.

Se encontraron en cafés, restaurantes discretos, incluso en plazas concurridas de la ciudad. Cuanto más público el lugar, más segura se sentía la otra persona.

Pero, al final, todas terminaron diciendo lo mismo.

"No puedo seguir así."

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Jey la vio entrar al café con la capucha puesta y los lentes de sol.

Ridículo. Si quería pasar desapercibida, lo estaba haciendo al revés.

Gabriela, 32 años, casada con uno de los comerciantes más conocidos del pueblo. Madre de una nena. Nadie en su sano juicio habría pensado que ella terminaría aquí.

Jey ya estaba sentado con un café frente a él cuando se acercó y se sentó rápidamente, sin mirarlo a los ojos.

—Gracias por venir —dijo en voz baja.

—Fuiste vos la que pidió la reunión —respondió Jey con calma, tomando su taza.

Ella tragó saliva, nerviosa.

—No quiero perder tiempo. Sé de qué se trata esto. Sé lo que hacés.

Jey la observó con expresión neutra.

—Entonces sabés que no es un juego.

—Lo sé —dijo ella, apretando las manos sobre la mesa—. Y también sé que vos te asegurás de que nadie sepa quiénes son las chicas.

—Así es.

—Entonces quiero entrar.

Jey inclinó la cabeza.

—¿Por qué?

Gabriela soltó una risa seca.