La Agencia del Pecado Capítulo 2 — El negocio #6
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Capítulo 2 — El negocio #6

El cuchillo rasgaba la carne del plato con facilidad, el sonido del metal contra la porcelana era lo único que rompía el silencio. Jey estaba en la mesa con sus padres y Fer, su hermano, compartiendo una cena que, hasta hacía unos minutos, parecía normal.

Pero lo supo en el momento en que su madre dejó los cubiertos a un lado y cruzó los brazos.

—¿Cuánto hace que estás metido en esto, Jey?

Jey levantó la vista de su plato.

—¿En qué?

Su padre se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa.

—No te hagas el boludo. Sabés de qué hablamos.

Fer lo miraba fijo, con el ceño fruncido, como si intentara entender si su hermano era realmente la persona de la que todo el pueblo hablaba.

Jey dejó su tenedor sobre la mesa, con calma.

—Parece que alguien estuvo escuchando chismes.

Su madre resopló.

—No es un chisme cuando todo el pueblo lo comenta.

Jey mantuvo su expresión neutra.

—¿Y qué dicen exactamente?

—Que manejás un negocio sucio —disparó Fer—. Que estás vendiendo contenido de chicas en internet.

Jey sonrió levemente.

—¿Y?

Su madre abrió los ojos con incredulidad.

—¿"Y"? ¿Eso es todo lo que tenés para decir?

—Sí —respondió Jey, bebiendo un sorbo de agua con total tranquilidad—. Porque es cierto.

El silencio que cayó sobre la mesa fue denso.

Su padre entrecerró los ojos.

—¿Así que es verdad?

Jey apoyó el vaso en la mesa.

—Es verdad que tengo un negocio. Es verdad que vendemos contenido. Y es verdad que ganamos buena plata con eso.

Su madre negó con la cabeza, visiblemente alterada.

—¿Chicas del pueblo, Jey? ¿Vos las convencés?

Jey se mantuvo impasible.

—No convenzo a nadie. Ofrezco una oportunidad. Ellas deciden.

Fer bufó.

—Suena muy bonito dicho así.

—Es la verdad —dijo Jey, mirándolo fijamente—. No hay presiones, no hay engaños. Todas saben qué están haciendo.

Su padre exhaló fuerte.

—¿Y cuánto estás ganando con todo esto?

Jey sonrió.

—Mucho.

—No es una respuesta —dijo su padre con el ceño fruncido.

—Tampoco necesito darles cifras exactas —respondió Jey con calma—. Pero sí les puedo decir que es suficiente para que estemos terminando de comprar un local. Solo falta firmar.

Fer chasqueó la lengua.

—¿Para qué querés un local si tu negocio es online?

—Para mover la plata como corresponde —explicó Jey—. Todo es legal, registrado y en regla.

Su madre apretó los labios.

—¿Y si alguien descubre quiénes son las chicas?

—No va a pasar —aseguró Jey—. Cuidamos la privacidad de todas. Nadie sabe quiénes son, y así va a seguir siendo.

Su madre lo miró con frustración.

—No puedo creer que te metas en algo así…

Jey se recostó en la silla y la miró con tranquilidad.

—Te preocupa porque no lo entendés. Pero creeme, no hay nada ilegal ni inmoral en lo que hacemos.

Su padre resopló.

—Puede que sea legal, pero esto no es algo de lo que te puedas enorgullecer.

Jey se encogió de hombros.

—No me interesa el orgullo. Me interesa ganar.

Fer negó con la cabeza.

—Vos siempre pensando como un puto empresario.

Jey sonrió.

—Porque lo soy.

El silencio volvió a apoderarse de la mesa.

Su madre miró su plato, claramente afectada.

Su padre masajeó su frente, procesando todo.

Fer seguía observándolo, como si intentara descifrarlo.

Jey tomó su vaso y bebió otro sorbo de agua.

—Si eso era todo, ¿puedo terminar de comer?

• • •

El departamento estaba en penumbras, iluminado solo por las pantallas de las laptops y el resplandor tenue de la calle. Jey, Martín, Lautaro y Santi estaban reunidos, cada uno con una expresión seria.

El negocio había sido expuesto.

No los nombres, no los detalles, pero el pueblo ya sabía de qué se trataba. Y eso lo cambiaba todo.

—¿Cómo mierda se filtró? —preguntó Lautaro, golpeando la mesa con frustración—. Si siempre fuimos cuidadosos, ¿cómo carajo pasó esto?

Martín se pasó una mano por la cara.

—La gente no necesita pruebas para hablar. Solo necesitan algo de lo que sospechar.

Santi, que revisaba su laptop, negó con la cabeza.

—No fue solo chisme. Algo concreto tuvo que salir a la luz.

Jey estaba sentado en el sillón, con los dedos entrelazados, observándolos a todos.

—¿Alguien dijo algo? —preguntó, con voz neutra.

Martín y Lautaro negaron enseguida.

—Nunca hablamos con nadie de más —dijo Lautaro—. Pero las chicas…

El silencio se hizo más pesado.

—No creo que hayan dicho nada directo —intervino Martín—, pero ponele que alguna lo mencionó sin querer en una conversación privada…

—O que alguien las vio en un movimiento raro —agregó Lautaro—. Alguien pagó, vio el contenido y se dio cuenta de que algo pasaba en el pueblo.

Santi chasqueó la lengua.

—Puede ser que alguien haya comparado estilos, patrones en las fotos… si alguien tenía la mínima sospecha y buscó bien, pudo haber atado cabos.

Jey exhaló despacio.

—Lo que importa ahora no es cómo se supo. Es cómo vamos a manejarlo.

Los tres lo miraron.

—Tenemos que cambiar nuestra forma de operar —continuó Jey—. No podemos seguir como si nada.

Martín asintió.

—Sí, pero ¿cómo?

Jey enumeró con los dedos.

—Primero, reducimos las reuniones en lugares públicos. Nada de juntarnos en cafés o plazas con las chicas. Solo lugares controlados.

—Segundo —siguió Lautaro—, cuando hagamos sesiones, que todo parezca lo más profesional posible. Que no haya nada improvisado, nada que parezca sacado de un amateur con un celular.

Santi tecleó algo en su laptop.

—Voy a reforzar la seguridad digital. Asegurarme de que nadie pueda rastrear los perfiles hasta nosotros.

Jey asintió.

—Bien. Y tercero…

Se hizo un breve silencio antes de que terminara la frase.

—Si esto se sigue esparciendo, tenemos que estar preparados para cortar con todo y desaparecer.

Martín y Lautaro intercambiaron una mirada.

—¿Cerrar el negocio? —preguntó Lautaro, con incredulidad.

Jey mantuvo su expresión neutra.

—Si las cosas se ponen feas, sí. Pero mientras podamos controlarlo, seguimos.

Martín suspiró y se cruzó de brazos.

—Esto se siente como si estuviéramos en la cuerda floja.

—Porque lo estamos —dijo Jey, sin inmutarse—. Pero lo importante no es caer. Es saber cómo mantener el equilibrio.

Los cuatro se quedaron en silencio por un momento, procesando todo.

Finalmente, Santi habló.

—Mañana reviso todo. Si hay algún punto vulnerable en el sistema, lo refuerzo.

Lautaro asintió.

—Y nosotros hablamos con las chicas. Asegurarnos de que no haya filtraciones desde su lado.

Martín se pasó una mano por la nuca.

—Más vale que esto se enfríe rápido…

Jey tomó su celular y revisó los mensajes.

Varias de las chicas ya habían preguntado lo mismo: "¿Estamos en peligro?"

Jey tecleó una respuesta simple para todas.

"No. Pero sean más cuidadosas."

Bloqueó la pantalla y se reclinó en el sillón.

—Vamos a asegurarnos de que esto no nos toque.

• • •

El departamento estaba más silencioso de lo habitual. Jey, Martín, Lautaro y Santi estaban sentados en la mesa, cada uno con una bebida frente a ellos.

Habían pasado días desde que el escándalo estalló en el pueblo. Las aguas se habían calmado un poco, pero el riesgo seguía ahí.

Santi fue el que rompió el silencio.

—Tenemos que mudarnos a la ciudad.

Los otros tres lo miraron de inmediato.

—¿Qué? —preguntó Lautaro, confundido.

—El negocio —aclaró Santi—. Llevárnoslo a la ciudad.

Jey tamborileó los dedos sobre la mesa, procesando la idea.

Martín frunció el ceño.

—¿Y el local que estamos comprando?

—Lo mantenemos —respondió Santi—. Ahí podemos seguir con la logística, el manejo de cuentas, las operaciones que no requieran que estemos físicamente. Pero si queremos crecer, tenemos que salir de este pueblo.

Jey apoyó los codos en la mesa y lo miró con interés.

—Explicá.

Santi tomó aire.

—Mirá, acá ya nos conocen. Saben que tenemos un negocio. No saben los nombres de las chicas, pero saben que algo grande está pasando. Si seguimos acá, corremos el riesgo de que alguien empiece a investigar de verdad.

—¿Y en la ciudad qué cambia? —preguntó Lautaro.

—Todo —respondió Santi—. Allá hay más anonimato, más gente, más oportunidades. Podemos expandirnos sin que nadie esté observándonos todo el tiempo.

Martín se cruzó de brazos.

—Pero las chicas siguen acá.

—Por eso es que hay que pensarlo bien —dijo Santi—. No queremos perder a las modelos. Pero lo que podemos hacer es cambiar la dinámica. Mantenerlas trabajando, pero desde un sistema más seguro.

Jey se pasó la lengua por los dientes, pensativo.

—El local del pueblo nos serviría como base. Un lugar donde las sesiones se sigan haciendo sin que nadie sepa exactamente qué está pasando ahí.

—Exacto —asintió Santi—. Y en la ciudad podemos manejar el negocio sin que nos asocien directamente con lo que pasa acá.

Lautaro soltó un suspiro.

—Suena bien en teoría… pero es un quilombo.

—Es un cambio grande, sí —admitió Jey—. Pero tiene sentido.

Martín golpeó la mesa con los dedos, pensativo.

—A ver… Naty, Bruno y vos ya están trabajando en el local. Ya nos encargamos de la logística, de las cuentas. Lo único que se hace afuera son las sesiones.

—Exacto —dijo Santi—. Y mientras podamos garantizar que las chicas sigan siendo anónimas, no hay problema.

Jey asintió lentamente.

—Si lo hacemos bien, no solo nos protegemos. Crecemos.

Los cuatro se quedaron en silencio, procesando el plan.

Finalmente, Lautaro se recostó en la silla y sonrió de lado.

—Bueno… si vamos a hacer esto, hagámoslo bien.

Martín tomó su celular.

—Voy a revisar opciones de departamentos en la ciudad. Si nos mudamos, necesitamos un lugar seguro.

Santi asintió.

—Y yo voy a reforzar la seguridad digital. Que nadie pueda rastrear nada hasta acá.

Jey se levantó y se estiró los hombros.

—Entonces es oficial. Nos preparamos para la mudanza.

Era un riesgo.

Pero también, la mejor jugada que podían hacer.

• • •

El departamento estaba en su punto de ebullición. Laptops abiertas, papeles esparcidos sobre la mesa, celulares vibrando con mensajes de confirmación.

El plan estaba en marcha.

Jey, Martín, Lautaro y Santi habían pasado los últimos días organizando la mudanza a la ciudad. Ya tenían opciones de departamentos y estaban terminando los últimos detalles con el local del pueblo.

Pero faltaba un punto clave: las chicas.