Capítulo 2 — El negocio #5
Naty la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué?
Sol ignoró su reacción y se enfocó en Jey.
—Necesito la plata. Y la necesito ya.
Jey apoyó la espalda contra la silla, evaluándola.
—¿Por qué el cambio de opinión?
Sol suspiró, tensando la mandíbula.
—Porque no me queda otra.
Naty la miró con el ceño fruncido.
—Pensé que estabas en contra de esto.
—Lo estaba —admitió Sol, sin mirarla—. Pero estar en contra no me da de comer.
Jey sonrió levemente.
—Buena respuesta.
Sol lo miró con dureza.
—Si voy a hacer esto, quiero saber exactamente cómo funciona.
Jey asintió.
—Igual que las otras. Control total sobre lo que mostrás, anonimato garantizado si lo querés, y seguridad en los pagos.
—¿Y la plata?
—Depende de lo que hagas. Cuanto más te animes, más ganás.
Sol apretó los labios, pero asintió.
—Ok. Lo hago.
Naty negó con la cabeza, aún sorprendida.
—No puedo creerlo.
Sol la miró con cansancio.
—No todas tenemos opciones.
Jey observó el intercambio en silencio.
Dos piezas nuevas en el tablero.
Y él, como siempre, sacando el máximo provecho.
—Mañana empiezo con vos, Naty —dijo, mirándola—. Y en dos días, con vos, Sol.
Las dos asintieron.
Negocio cerrado.
• • •
El departamento estaba en penumbras, con la luz suave de una lámpara iluminando lo justo.
Jey estaba apoyado contra la mesa, observando a Naty con una calma absoluta.
Ella, en cambio, estaba en el centro de la habitación, sin nada encima.
El aire tenía un peso distinto. No era solo la incomodidad del momento, sino la extraña mezcla de vulnerabilidad y control que flotaba entre ellos.
Naty respiró hondo y lo miró con el mentón en alto, como si no fuera a dejar que él viera ninguna debilidad.
—¿Listo? —preguntó con una voz que intentó sonar firme, pero que tenía un leve temblor en el fondo.
Jey no respondió enseguida.
La miró. No con morbo, sino con análisis. Como si estuviera estudiando cada centímetro de su lenguaje corporal.
—Tranquila —dijo finalmente, con una voz baja y sin apuro—. No estoy apurado.
Naty cruzó los brazos sobre su abdomen, como por reflejo.
Jey sonrió apenas.
—No hace falta que tapes nada. Ya estás acá.
Ella apretó los labios, pero bajó los brazos lentamente.
El silencio entre ellos se extendió por unos segundos.
Jey inclinó la cabeza levemente.
—¿Pensaste alguna vez que estarías en esta situación?
Naty resopló, desviando la mirada.
—No. Nunca.
—¿Y qué pensás ahora?
Ella lo miró con el ceño fruncido.
—Que esto es una locura.
Jey se cruzó de brazos.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Naty tragó saliva.
—Porque vos tenías lo que yo necesitaba.
Jey sonrió con la misma calma con la que hablaba.
—Dinero.
—Sí.
—¿Nada más?
Naty lo miró fijamente, sin responder.
Jey avanzó un paso, sin romper el contacto visual.
—Si solo fuera por la plata, no estaríamos hablando hace tanto.
Ella tensó la mandíbula, pero no se movió.
—¿Y vos? —preguntó, con un tono desafiante—. ¿Por qué me pediste esto?
Jey levantó una ceja.
—Para ver cómo reaccionabas.
—¿Y qué viste?
Él la recorrió con la mirada, lento, sin apuro.
—Que te gusta más de lo que querés admitir.
Naty soltó una risa seca.
—No me hagas reír.
—No te estoy haciendo reír.
Ella lo fulminó con la mirada.
Jey se mantuvo impasible.
—¿Qué pensabas de mí antes?
—Que eras un pibe más del montón.
—¿Y ahora?
Naty apretó los labios y desvió la mirada.
Jey sonrió.
—Eso pensé.
Hubo otro silencio, más largo esta vez.
Naty suspiró.
—¿Ya terminaste?
Jey inclinó la cabeza.
—Vos todavía no te fuiste.
Ella apretó los puños, pero no se movió.
—No te hagas el que no te gusta esto —soltó, con una media sonrisa amarga—. Disfrutás tenerme así.
Jey mantuvo la mirada fija en ella.
—No lo niego.
Esa respuesta la descolocó por un segundo.
—Pero —continuó Jey, con la misma calma de siempre—, lo disfruto porque sé que vos también lo sentís.
Naty respiró hondo y sacudió la cabeza.
—Sos un hijo de puta.
Jey se encogió de hombros.
—Y sin embargo, seguís acá.
Naty lo miró unos segundos más, con una mezcla de enojo y algo más que ni ella misma podía definir.
Finalmente, tomó aire, estiró los hombros y dio un paso atrás.
—Ya está —dijo, volviendo a vestirse.
Jey no le respondió. Solo la observó, sin apuro.
Cuando terminó, Naty lo miró una última vez antes de agarrar su bolso.
—Nos vemos mañana.
Jey sonrió levemente.
—Nos vemos.
Ella salió sin mirar atrás.
Jey se quedó en la penumbra, con las manos en los bolsillos y una sensación de triunfo frío en el pecho.
Había sido más que un simple momento.
Había sido un juego de poder.
Y él siempre jugaba para ganar.
• • •
El departamento estaba listo para la sesión.
Luz tenue, fondos simples pero efectivos, la cámara cargada y la estrategia clara. Jey revisaba la lista de tomas en su celular mientras Lautaro ajustaba los focos. Sol estaba en el baño, cambiándose para la primera tanda de fotos.
Era su primera vez, y se notaba.
Cuando salió, caminó despacio hasta donde estaban ellos, con una camiseta ancha y un short de algodón.
—Bueno… —dijo, abrazándose el brazo—. ¿Por dónde empezamos?
Jey levantó la mirada y la recorrió con la vista, analizando cada detalle.
—Vamos a empezar con lo básico —dijo, con voz neutra—. Fotos casuales, naturales. Que parezca algo espontáneo.
Sol asintió, pero se quedó quieta.
Lautaro le sonrió.
—Tranqui, no te pongas tensa. Cuanto más relajada, mejor salen.
Sol respiró hondo y se sentó en el borde del sillón, esperando instrucciones.
Jey levantó la cámara.
—Mirá para otro lado, como si estuvieras distraída. Eso. Ahora jugá con el pelo… Bien. Mové un poco los hombros, que parezca más suelto.
Sol seguía cada indicación, pero se notaba la rigidez en sus movimientos.
—Aflojá —dijo Jey—. Pensá que estás en tu casa.
Ella tragó saliva y asintió.
Siguieron con las fotos suaves. Tomaron varias con el short y la camiseta, con poses más naturales. Sol empezó a soltarse de a poco, aunque todavía tenía momentos de duda.
Pero cuando llegó el momento de cambiar al contenido para la venta, el aire en la habitación cambió.
Jey dejó la cámara sobre la mesa y cruzó los brazos.
—Ahora empezamos en serio.
Sol lo miró con el ceño fruncido.
—¿Qué significa "en serio"?
—Que lo que sigue no es un juego.
Ella se mojó los labios.
—Ok… ¿qué hago?
Jey señaló la bolsa de ropa que ella había traído.
—Ponete el conjunto negro. Sin camiseta.
Sol se quedó en silencio unos segundos, pero luego asintió y volvió al baño.
Lautaro la siguió con la mirada y luego se giró hacia Jey.
—¿Va a aguantar?
Jey no lo miró.
—Si quiere la plata, sí.
Cuando Sol salió otra vez, llevaba un conjunto de lencería negra. No era nada demasiado revelador, pero era un gran cambio respecto a lo anterior.
Se cruzó de brazos, incómoda.
—Esto es raro…
Jey tomó la cámara y la miró fijo.
—Entonces hacelo parecer normal.
Sol tragó saliva y se acercó al fondo donde iban a hacer las fotos.
—Ok. ¿Cómo querés que pose?
—Mostrate segura. No como si estuvieras nerviosa.
—Pero estoy nerviosa.
Jey bajó la cámara y la miró a los ojos.
—La gente no paga por nerviosismo. Paga por confianza.
Sol respiró hondo y trató de relajarse.
—Bien… vamos.
Las primeras fotos fueron simples. Jey se aseguraba de que cada encuadre transmitiera exactamente lo que querían vender.
Pero cuando llegó la parte más explícita, Sol volvió a dudar.
—Jey… no sé si…
—Respirá —la interrumpió él, sin bajar la cámara—. No pienses. Hacelo.
Ella cerró los ojos un segundo y luego asintió.
—Bien.
—Ahora, apoyate contra la pared. Bajá un poco los tirantes… ahí. No demasiado.
Sol obedeció.
—Mirame a cámara. No sonrías. Que parezca como si supieras algo que los demás no.
Ella lo intentó.
Jey tomó la foto.
—Mejor. Ahora girá un poco el cuerpo… bien.
Siguieron así por varios minutos. Cada pose, cada imagen, Jey la dirigía con precisión quirúrgica.
Cuando terminaron, Sol dejó escapar un suspiro largo y tomó una bata para cubrirse.
—Dios… eso fue intenso.
Lautaro rió.
—Te acostumbrás.
Jey guardó la cámara y la miró.
—Lo hiciste bien.
Sol lo miró, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. Pero la próxima, sin dudas.
Ella asintió.
—Ok. La próxima, sin dudas.
Jey sonrió de lado.
—Bienvenida al negocio.
• • •
El ambiente en la tienda de sus padres era diferente. Más silencioso. Más vacío.
Jey se apoyó en el mostrador, observando a su madre mientras acomodaba algunos productos en los estantes con una expresión de preocupación mal disimulada.
Su padre estaba en la caja, revisando facturas con la misma cara de frustración que había tenido las últimas semanas.
Jey suspiró.
—¿Cómo están las cosas?
Su madre se giró y sonrió de forma automática.
—Bien, hijo. Lo de siempre.
Su padre resopló.
—Lo de siempre significa que cada vez vendemos menos y los precios suben. No me acuerdo la última vez que tuvimos una semana buena.
Jey se cruzó de brazos.
—Déjenme ayudarlos.
Su madre negó con la cabeza enseguida.
—No, Jey. No queremos que te metas en esto. Vos tenés tus cosas, tu trabajo…
—Mi trabajo me deja plata. Mucha. Y ustedes la necesitan.
Su padre dejó las facturas sobre el mostrador y lo miró fijamente.
—No vamos a vivir de vos.
Jey sostuvo la mirada sin pestañear.
—No les estoy diciendo que vivan de mí. Les estoy diciendo que no sean boludos.
Su madre lo miró con una mezcla de reproche y cansancio.
—Jey…
—Escuchen —dijo él, apoyándose en el mostrador—. No es un regalo. Es una inversión. Podemos hacer que la tienda se mantenga a flote, mejorar algunas cosas. Pero si siguen con esa mentalidad de "nos arreglamos como sea", en unos meses van a tener que cerrar.
Su padre entrecerró los ojos.
—¿Y vos qué ganás con esto?
Jey sonrió levemente.
—Que ustedes no terminen como el resto.
Su madre suspiró y miró a su esposo.
Se hizo un silencio.
Finalmente, su padre asintió con un gesto seco.
—Está bien. Pero nada de regalos. Lo que pongas, lo devolvemos.
Jey se encogió de hombros.
—Lo que quieran.
Su madre le tocó el brazo con suavidad.
—Gracias, hijo.
Jey sonrió de lado.
—No me agradezcan. Asegúrense de que funcione.
• • •