Capítulo 2 — El negocio #4
Bruno se encogió de hombros.
—El taller donde laburaba cerró. Nos rajaron a todos. Mi viejo también se quedó sin trabajo. Mi vieja está tratando de vender comida, pero… —se interrumpió y miró hacia otro lado—. No alcanza.
Jey vio el cartel de cartón apoyado contra la pared. "Hago lo que sea."
Lo que sea.
Sintió un peso en el pecho. No de culpa, sino de conciencia. Él, Lautaro y Martín estaban en el otro lado de la moneda. Mientras el pueblo se hundía, ellos prosperaban.
Bruno lo miró de nuevo y sonrió con ironía.
—¿Vos seguís con lo del marketing digital?
Jey sostuvo la mirada.
—Sí.
Bruno asintió lentamente.
—Debe estar bueno tener algo seguro ahora.
Jey no respondió.
El semáforo cambió a verde, pero Jey no aceleró.
—¿Tenés un celular que funcione? —preguntó de repente.
Bruno frunció el ceño, confundido.
—Sí. ¿Por?
Jey sacó su billetera, extrajo un billete y se lo tendió.
—Tomá algo para comer. Después mandame un mensaje. Capaz tengo algo para vos.
Bruno lo miró, dudando, pero terminó aceptando el dinero con un leve asentimiento.
—Gracias, loco.
Jey no respondió. Solo aceleró y se perdió en la calle.
No estaba seguro de qué iba a hacer con Bruno.
Pero algo le decía que no sería el último conocido en acercarse.
• • •
El supermercado estaba más silencioso de lo normal. La gente caminaba por los pasillos con bolsas a medio llenar, eligiendo con precisión lo que podían pagar. Ya no era cuestión de comprar lo que querían, sino lo que alcanzaba.
Jey avanzaba entre los estantes con una canasta en la mano, cuando vio a Naty en la sección de productos básicos. No estaba sola. Su mejor amiga, Sol, estaba a su lado, revisando precios con una expresión preocupada.
No se veían mal físicamente, pero la desesperación estaba en sus gestos, en la forma en que hablaban en susurros, en la manera en que Naty sostenía su teléfono como si estuviera esperando un mensaje que no llegaba.
Jey se quedó mirándolas por un momento antes de acercarse.
—Ey, Naty.
Ella levantó la cabeza y lo vio. Primero sorpresa, luego incomodidad.
—Jey… ¿Qué hacés acá?
—Comprando, como todos.
Sol se cruzó de brazos, mirando hacia otro lado. Naty forzó una sonrisa.
—Sí… nosotras también.
Jey bajó la mirada a su canasta. Apenas tenían arroz, fideos y unas latas de conserva.
Demasiado poco.
—¿Qué onda? —preguntó, directo—. ¿Todo bien?
Sol soltó una risa vacía.
—Sí, de diez. Re bien.
Naty le lanzó una mirada de advertencia y luego suspiró.
—Está difícil… pero nos arreglamos.
Jey las estudió en silencio. Sabía reconocer cuando alguien estaba al límite.
Sacó su billetera y les tendió un par de billetes.
—Tomen.
Las dos lo miraron con desconfianza.
—¿Por qué? —preguntó Naty.
—Porque pueden usarlo más que yo.
Naty dudó. Sol negó con la cabeza.
—No necesitamos caridad.
—No es caridad —respondió Jey—. Es una oportunidad.
Naty frunció el ceño.
—¿Qué querés decir?
Jey se tomó su tiempo antes de responder.
—Tengo un negocio. Un negocio que está funcionando bien. Y estoy buscando gente confiable.
Sol soltó una carcajada sarcástica.
—¿Querés darnos trabajo? ¿Así de la nada?
—Sí —respondió Jey sin rodeos—. Pero hay una condición.
Naty lo miró con cautela.
—¿Cuál?
Jey las observó con una calma absoluta antes de responder.
—Que las vea desnudas.
El silencio que siguió fue brutal.
Naty parpadeó, sin poder procesarlo del todo. Sol abrió la boca, indignada, pero Jey levantó una mano antes de que hablara.
—Antes de que me manden a la mierda, escuchen.
Esperó un segundo. Las dos lo miraban con una mezcla de confusión y enojo.
—No quiero acostarme con ustedes. No es por morbo ni porque sí. Si van a entrar a mi negocio, necesito ver si pueden hacer lo que se necesita hacer.
Sol se cruzó de brazos.
—¿Y qué mierda es lo que se necesita hacer?
—Vender imagen —respondió Jey—. Proyectar seguridad, control. No es porno, pero sí es saber manejar el deseo de la gente. Si no pueden estar cómodas con su propio cuerpo, no van a poder manejar lo que este negocio requiere.
Naty lo miró con desconfianza.
—¿Y qué pasa si decimos que no?
Jey se encogió de hombros.
—Nada. Siguen su vida como hasta ahora. Se quedan con la plata que les di y listo.
Sol apretó la mandíbula.
—Sos un hijo de puta.
Jey sonrió levemente.
—Tal vez. Pero soy un hijo de puta que puede ayudarlas a salir de esta.
Guardó la billetera, tomó su canasta y las miró una última vez.
—Si quieren, me mandan un mensaje. Si no, no pasa nada.
Y sin más, se fue, dejándolas con la decisión en el aire.
• • •
El departamento estaba iluminado solo por las pantallas de las laptops y el brillo de los celulares. Jey, Martín y Lautaro estaban sentados alrededor de la mesa, cada uno con su propia bebida, mientras discutían lo que había pasado esa tarde.
—Así que viste a Bruno en la calle pidiendo laburo —resumió Martín, rascándose la barbilla.
Jey asintió.
—Está hecho mierda. Se quedó sin trabajo, la familia no tiene guita y básicamente aceptaría cualquier cosa.
Lautaro resopló.
—Qué desastre, boludo. Hace unos meses éramos compañeros de clase, y ahora algunos están así.
—Nosotros tuvimos suerte —comentó Martín, pero Jey lo corrigió enseguida.
—Nosotros fuimos inteligentes.
Hubo un breve silencio. Los tres sabían que era cierto.
Lautaro giró su silla y miró a Jey.
—¿Y qué pensás hacer con Bruno?
Jey tomó un sorbo de su vaso antes de responder.
—Eso es lo que tenemos que decidir.
Martín tamborileó los dedos contra la mesa.
—Mirá, mano de obra siempre viene bien, pero ya tenemos a Santi manejando la parte técnica. ¿Qué más podríamos hacer con Bruno?
Jey se apoyó contra el respaldo de la silla.
—Podría ayudarnos con la logística. Manejo de redes, organización de contenido, distribución. Que haga el laburo pesado que nos saca tiempo.
Lautaro levantó una ceja.
—¿Y qué tan confiable es?
Martín soltó una risa corta.
—Era confiable en la escuela. Ahora está desesperado.
Jey asintió.
—Por eso lo vamos a probar primero. No le vamos a decir todo desde el principio. Lo vamos a meter en tareas simples y ver cómo responde.
Lautaro se rascó la nuca.
—Si habla más de la cuenta, lo rajamos.
—Exacto —confirmó Jey.
Martín revisó su celular y asintió.
—Ya le mandé mensaje. Dijo que puede venir ahora.
—Entonces esperémoslo —dijo Jey, cruzando los brazos—. Vamos a ver si es lo suficientemente vivo para entender dónde se está metiendo.
Diez minutos después, sonó el timbre.
Lautaro se levantó, fue a abrir y regresó con Bruno, quien entró con una expresión tensa. Estaba más delgado que la última vez que lo habían visto bien, con la ropa un poco más gastada y los ojos cansados.
—¿Qué onda, loco? —saludó con una sonrisa incómoda.
Martín le señaló una silla.
—Sentate.
Bruno se dejó caer en el asiento y miró alrededor.
—Bueno… acá estoy. ¿De qué va esto?
Jey entrelazó los dedos y lo miró fijamente.
—De un trabajo. Pero antes de explicarte, necesito saber algo.
Bruno ladeó la cabeza.
—¿Qué?
Jey se inclinó levemente hacia adelante.
—¿Sabés guardar un secreto?
Bruno se quedó en silencio. Luego soltó una risa nerviosa y asintió.
—Sí, obvio.
Jey sonrió levemente.
—Vamos a ver si es verdad.
• • •
Bruno se había adaptado mejor de lo esperado. No preguntaba demasiado, hacía su trabajo sin quejarse y, sobre todo, entendía la regla más importante: silencio absoluto.
Jey observaba desde lejos. Sabía que en este negocio no bastaba con ser eficiente, también había que ser confiable. Por ahora, Bruno parecía ser ambas cosas.
Pero esa noche, otro mensaje captó su atención.
Era de Naty.
Naty: “Podemos hablar?”
Jey frunció levemente el ceño. No había esperado que ella lo contactara primero.
Jey: “Decime.”
Naty: “Quiero saber si hay un puesto para mí. Pero te aclaro algo: no haría lo de las redes. Si me das algo que no implique eso, podemos hablar.”
Jey sonrió levemente, sin sorprenderse.
Jey: “Nos vemos en media hora. Donde siempre.”
Naty tardó solo unos segundos en responder.
Naty: “Ok.”
Jey bloqueó el celular y tomó su campera.
—¿Te vas? —preguntó Lautaro desde la mesa.
—Tengo una reunión.
—¿Negocios?
Jey sonrió de lado.
—Siempre.
Lautaro rió por lo bajo y volvió a su celular.
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El punto de encuentro era el café discreto donde solían cerrar tratos importantes. Jey llegó primero y se sentó en una mesa apartada. No pasó mucho tiempo antes de que Naty entrara.
Vestía ropa sencilla: jeans oscuros y una remera negra ajustada. Nada provocativo, nada llamativo. Se notaba que había perdido algo del brillo con el que solía moverse antes.
Se acercó a la mesa y se sentó frente a él.
—No me hagas perder el tiempo —dijo, cruzando los brazos—. Decime si hay algo o no.
Jey apoyó un codo en la mesa y la miró con calma.
—Siempre hay algo. Pero todo depende de qué estás dispuesta a hacer.
—Ya te lo dije. No lo de las redes.
—Lo sé.
Se hizo un breve silencio.
—Entonces, ¿qué tenés? —preguntó Naty con impaciencia.
Jey tomó su celular y deslizó la pantalla antes de hablar.
—Manejo de cuentas, control de pagos, atención a suscriptores. Todo lo que no implica exposición, pero que sigue siendo parte del negocio.
Naty lo miró con atención.
—¿Es seguro?
—Nada es más seguro que esto. No tenés que mostrarte, no tenés que hablar con nadie cara a cara. Solo manejar números y respuestas prehechas.
Naty tamborileó los dedos en la mesa.
—¿Cuánto pagan?
Jey sonrió levemente.
—Más de lo que estás ganando ahora.
Naty lo estudió en silencio. Sabía que era cierto.
—Está bien —dijo al final—. Lo hago.
Jey asintió.
—Perfecto. Mañana te paso los detalles.
Antes de que pudiera levantarse, una nueva voz interrumpió.
—Esperen.
Jey y Naty giraron la cabeza al mismo tiempo.
Sol estaba parada junto a la mesa, con una expresión seria.
—¿Qué hacés acá? —preguntó Naty, sorprendida.
—Escuché que ibas a hablar con él y decidí venir —dijo Sol, sin rodeos.
Jey entrecerró los ojos, curioso.
—¿Y qué querés?
Sol apretó los labios, dudando por un momento, pero luego se sentó sin pedir permiso.
—Trabajo —dijo, mirando directamente a Jey—. Pero a diferencia de ella, yo sí haría lo de las redes.