Capítulo 2 — El negocio #3
El murmullo de las noticias llenaba la casa de los González.
La televisión estaba encendida en el canal local, donde un periodista hablaba sobre el cierre de otra fábrica en la zona.
"Más de cien empleados quedaron sin trabajo", decía con tono grave.
Las imágenes mostraban a un grupo de trabajadores protestando frente al portón cerrado, con carteles y rostros de desesperación.
Jey miraba la pantalla sin decir nada, sentado a la mesa con su madre y su padre. Había pasado a cenar por compromiso, pero la conversación había tomado un giro inesperado.
—Es una locura lo que está pasando —dijo su madre, sirviéndose un poco más de agua—. Hoy hablé con Nora, ¿te acordás de ella? La que trabaja en la panadería. Bueno, la echaron. La panadería cerró.
—Otra más —murmuró su padre, con el ceño fruncido—. La gente ya no compra como antes, todo está carísimo. Los negocios no aguantan.
Jey se pasó la lengua por los dientes, pensativo.
—¿Y qué va a hacer Nora ahora? —preguntó, sin mucho entusiasmo pero por mantener la charla.
—No tiene idea. Dice que va a ver si consigue algo en la ciudad, pero con la cantidad de gente buscando, es difícil.
Jey asintió lentamente. La crisis no era nueva. Había visto cómo los precios subían en todos lados, cómo la gente se quejaba más seguido, cómo el pueblo parecía apagarse poco a poco. Pero hasta ahora no lo había sentido tan cerca.
—El hijo de los Rodríguez también está jodido —agregó su padre—. Trabajaba en la ferretería, lo rajaron la semana pasada. Lo mismo con la prima de tu amigo, ese... ¿cómo se llamaba?
—¿Bruno? —preguntó Jey, con un vago interés.
—Ese. Su prima estaba en la farmacia y la despidieron.
Jey tomó un sorbo de su bebida y miró la pantalla de su celular. Mensajes de Martín y Lautaro llenaban la conversación grupal. Todo normal en el negocio. Nada de despidos, nada de problemas.
La diferencia era brutal.
Su madre suspiró y apoyó los codos en la mesa.
—Me preocupa lo que va a pasar con los chicos de tu edad. Muchos recién terminaron la escuela y ya están buscando trabajo sin suerte. Algunos quieren estudiar, pero no pueden pagar la universidad. Todo está patas para arriba.
Jey pensó en sus excompañeros. En los que se habían ido a la ciudad con la esperanza de encontrar algo mejor. En los que seguían en el pueblo, dando vueltas sin saber qué hacer.
—Sí, está complicado —dijo, casi por inercia.
Su padre lo miró con atención.
—¿Y vos? ¿Cómo te las estás arreglando?
Jey levantó la mirada y sostuvo la expresión neutral que había perfeccionado con el tiempo.
—Sigo con lo del marketing digital. Las cosas van bien.
Su madre lo observó con cierta preocupación.
—Pero si todo está tan difícil, ¿vos no estás perdiendo clientes también?
Jey negó con la cabeza, sin dudar.
—Nuestro mercado es otro. Trabajamos con gente que tiene poder adquisitivo, que sigue invirtiendo en su imagen. No nos afecta tanto.
Era una verdad a medias. Su negocio, irónicamente, prosperaba en tiempos de crisis. La gente buscaba escapes, distracciones, algo en lo que gastar su dinero para olvidar su propia realidad.
Pero sus padres no necesitaban saber eso.
Su padre asintió, aunque sin demasiada convicción.
—Bueno, mientras puedas mantenerte... Pero sé inteligente, Jey. No te confíes. En cualquier momento, todo se puede ir al carajo.
Jey sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario y luego sonrió levemente.
—Siempre lo soy.
Su madre suspiró y se levantó para empezar a recoger la mesa.
—Ojalá todos pudieran decir lo mismo.
Jey miró nuevamente su celular y vio que tenía un mensaje de Martín.
Martín: Cuando puedas, tenemos que hablar. Hay algo interesante en camino.
Jey bloqueó la pantalla y se apoyó en la silla.
Crisis o no, su mundo seguía girando.
• • •
El departamento olía a café y cansancio acumulado. Las pantallas iluminaban el rostro de Jey, Martín y Lautaro, quienes estaban sentados alrededor de la mesa, revisando opciones en sus celulares y laptops. No era una noche cualquiera.
Era una noche para decidir.
—Hay demasiadas ofertas —murmuró Lautaro, deslizando con el dedo las publicaciones de propiedades en venta—. Casas, locales, terrenos… la gente está desesperada.
—Es una mierda —agregó Martín, con el ceño fruncido—. Pero para nosotros es la oportunidad perfecta.
Jey giró la pantalla de su laptop y la empujó hacia ellos.
—Miren esto.
Los dos se inclinaron para ver. Era un local en el centro del pueblo, cerrado hacía meses. Antes había sido un café, pero con la crisis, el dueño ya no pudo sostenerlo y ahora lo vendía por casi nada.
—Ubicación perfecta —señaló Jey—. Grande, bien estructurado, con entrada trasera y planta alta. Nos serviría para lo que sea.
Lautaro soltó un silbido bajo.
—Nos serviría para lo que sea… ¿pero qué carajo haríamos con un local?
Martín se pasó una mano por la cara, pensativo.
—Podría ser una buena tapadera. Un negocio legal para mover plata sin que parezca sospechoso.
—O podríamos alquilarlo y generar ingresos extra sin meternos directamente en nada —sugirió Lautaro—. No nos ata a una actividad, pero nos da un activo.
Jey asintió lentamente.
—Exacto. Y si en algún momento queremos usarlo para algo más, ya lo tenemos.
Martín se cruzó de brazos y miró las otras opciones en su celular.
—También está esta casa. No está en el centro, pero tiene espacio, está barata y podríamos usarla como una segunda base. Algo más discreto.
Jey le echó un vistazo.
—No está mal… pero si vamos a hacer una compra ahora, quiero algo con más utilidad inmediata.
Lautaro miró el local otra vez.
—Entonces este es el indicado.
Martín tamborileó los dedos contra la mesa, como si analizara la decisión una vez más.
—¿Estamos seguros?
Jey lo miró con su habitual calma.
—Hace meses que guardamos la plata. La idea siempre fue invertir en algo inteligente. Esto es una apuesta segura.
Lautaro sonrió de lado.
—Bueno, entonces dejemos de dar vueltas. Si lo vamos a hacer, hagámoslo ya.
Martín soltó aire y asintió.
—Ok. Lo compramos.
Jey tomó su celular y buscó el número del vendedor.
—Voy a hacer la oferta.
Mientras marcaba, sintió esa satisfacción fría de saber que estaban dando otro paso.
El pueblo estaba cayendo.
Ellos estaban subiendo.
• • •
El contador los recibió en su oficina con la misma calma meticulosa de siempre. Era un hombre que no preguntaba más de lo necesario, pero siempre tenía las respuestas correctas.
Jey, Martín y Lautaro se sentaron frente a su escritorio, relajados pero atentos. Afuera, el pueblo seguía hundiéndose en la crisis, pero ellos estaban ahí para aprovecharla.
—Así que quieren comprar un local —dijo el contador, entrelazando los dedos sobre la mesa.
Jey asintió.
—Ya hablamos con el dueño. Quiere venderlo rápido, así que podemos conseguirlo a un precio ridículo.
El contador tomó un bolígrafo y empezó a anotar en un papel.
—Bien. ¿Lo van a comprar a título personal o a nombre de la empresa?
Martín y Lautaro intercambiaron una mirada antes de que Jey respondiera.
—Queremos hacerlo con la empresa. Necesitamos que parezca una inversión legítima.
El contador asintió, como si ya lo hubiera esperado.
—Eso facilita las cosas. Legalmente, la empresa puede comprar propiedades sin problemas. Pero tienen que justificar el dinero.
Lautaro chasqueó la lengua.
—¿Cómo lo hacemos sin que levante sospechas?
El contador giró el papel que estaba escribiendo y les mostró.
—Hay dos maneras. La primera es justificarlo como ingresos del negocio. Hacen una transferencia desde la cuenta de la empresa al vendedor y lo declaran como una inversión. Pagan impuestos, pero queda todo limpio.
Martín resopló.
—Eso nos come parte de la plata.
—Sí —admitió el contador—. Pero la otra opción es mejor: un préstamo interno.
Jey levantó una ceja.
—Explicá.
El contador apoyó el bolígrafo sobre el papel.
—La empresa les presta el dinero a ustedes tres como "socios". Ustedes compran el local a título personal y luego se lo alquilan a la empresa. Así el dinero sigue moviéndose sin levantar alarmas, y los ingresos del alquiler justifican el flujo de plata.
Martín sonrió de lado.
—Eso suena mucho mejor.
Lautaro asintió.
—Es como jugar con nuestras propias reglas.
El contador se inclinó hacia atrás en su silla.
—Exacto. Pero tienen que manejarlo con cuidado. Hay contratos que firmar, declaraciones que presentar. Yo puedo encargarme de eso.
Jey lo miró con aprobación.
—Hacelo. Que quede todo perfecto.
El contador tomó los papeles y comenzó a organizarlos.
—En una semana podemos cerrar la compra.
Martín sonrió y le dio un codazo a Lautaro.
—Bueno, muchachos… ahora sí somos dueños de algo de verdad.
Jey miró por la ventana, observando el pueblo que se desmoronaba.
—Sí —murmuró—. Y recién estamos empezando.
• • •
La crisis ya no era solo un rumor ni una noticia de la tele. Estaba en la calle, en las miradas perdidas, en la forma en que la gente se paraba en las esquinas con carteles escritos a mano.
"Se necesita trabajo."
"Se acepta comida."
"Tengo hijos, ayúdeme."
Jey pasó en su moto por la avenida principal, observando cómo el pueblo se desmoronaba más rápido de lo que nadie había imaginado. Frente a la iglesia, un grupo de personas hacía fila para recibir bolsas de comida que los comerciantes aún podían donar.
Pero lo peor no eran los desconocidos.
Eran los conocidos.
Al detenerse en un semáforo, vio a Bruno, un excompañero de la escuela, apoyado contra una pared con la mirada clavada en el suelo.
Lo reconoció al instante. Siempre había sido de los que hacían chistes, de los que no se tomaban nada en serio.
Pero ahora se veía apagado, con la ropa gastada y los ojos hundidos.
Jey pensó en ignorarlo.
Pero Bruno levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron.
Hubo un segundo de reconocimiento, de incomodidad. Bruno intentó sonreír, pero se notaba la vergüenza detrás del gesto.
—Ey, Jey. ¿Todo bien? —preguntó con voz áspera.
Jey asintió, sin bajarse de la moto.
—Todo tranqui. ¿Vos?
Bruno soltó una risa vacía.
—Miráme. Buscando laburo y esperando que no me echen de casa.
Jey no dijo nada.