La Agencia del Pecado Capítulo 2 — El negocio #2
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Capítulo 2 — El negocio #2

—No damos abasto —dijo Martín, sin levantar la vista de la pantalla—. Cada vez tenemos más clientes, más suscripciones, más pedidos. Si seguimos así, en algún momento algo se nos va a escapar.

Lautaro soltó un resoplido.

—Sí, loco. No dormimos, no salimos, y apenas podemos con todo. Necesitamos a alguien más.

Jey, que estaba apoyado contra la mesa con los brazos cruzados, asintió lentamente.

—Sí. Pero no cualquiera.

Martín giró su silla hacia él.

—Eso es lo complicado. ¿A quién carajo metemos en esto sin que nos venda por dos mangos?

Hubo un silencio corto, hasta que Lautaro chasqueó los dedos.

—¿Y si traemos a alguien que no sepa exactamente qué hacemos, pero que pueda ayudarnos con la parte técnica?

Martín negó con la cabeza.

—No sirve. Tarde o temprano va a hacer preguntas, y la única forma de que funcione es que confíe en nosotros ciegamente.

Jey miró al techo, pensativo.

—Entonces tiene que ser alguien que ya entienda cómo nos manejamos.

Lautaro se rascó la cabeza.

—A ver, tiremos nombres.

Martín suspiró y apoyó los codos en la mesa.

—¿Rodri?

—Ni en pedo —negó Jey de inmediato—. Ese boludo no se puede guardar un secreto ni aunque le pagues.

Lautaro se rió.

—Ok, descartado. ¿Bruno?

Martín torció la boca.

—Bruno es buena onda, pero es medio pelotudo para esto. Nos haría más quilombo que otra cosa.

—¿Y Nacho?

—¿Nacho el que siempre está en la plaza tomando birra a las tres de la tarde? —preguntó Jey con una ceja levantada—. Dale, Lauti, pensá.

Lautaro levantó las manos en señal de rendición.

—Bueno, bueno. A ver… ¿Y Santi?

Martín frunció el ceño.

—¿Santi el nerd?

Jey levantó la cabeza, ahora sí interesado.

—Esperá. Eso… podría funcionar.

Lautaro sonrió.

—Es un genio con la tecnología. Sabe programar, hackear, encriptar. Y lo mejor es que no tiene vida social. No va a andar hablando de esto con nadie.

Martín se cruzó de brazos, considerándolo.

—Es verdad que si alguien puede ayudarnos con seguridad, es él. Pero… ¿nos va a querer ayudar?

Jey sonrió levemente.

—Si le pagamos bien, sí.

Los tres se miraron en silencio.

—Bueno —dijo Lautaro al final, soltando aire—. Si vamos a meter a alguien nuevo, mejor que sea alguien que pueda blindarnos más todavía.

Jey asintió.

—Entonces lo traemos a Santi. Pero primero, hablemos con él y veamos si realmente está a la altura.

Martín tomó su celular y empezó a buscar su contacto.

—Voy a mandarle un mensaje ahora mismo.

Lautaro sonrió con picardía.

—Bienvenidos al próximo nivel.

• • •

El café donde se juntaron estaba casi vacío. Era un lugar tranquilo, sin demasiada gente ni ojos curiosos. La elección no había sido al azar.

Jey, Martín y Lautaro ya estaban sentados en una mesa del fondo cuando Santi llegó.

El pibe era lo que siempre había sido: un nerd.

No de los que se vestían raro ni de los que hablaban como un robot, pero sí de los que preferían una computadora a una charla con desconocidos.

Delgado, con anteojos de marco grueso, auriculares colgando del cuello y una sudadera negra con un logo de un videojuego que probablemente solo él entendía.

—¿Qué onda? —saludó, sentándose frente a ellos con su mochila colgando de un hombro.

Lautaro le chocó los nudillos con una sonrisa.

—Todo bien, loco. ¿Vos?

—Bien, aunque me intriga para qué carajo me llamaron. No suelo recibir invitaciones misteriosas.

Martín sonrió de lado.

—No es tan misterioso, pero sí es serio.

Santi arqueó una ceja y miró a Jey, que había permanecido en silencio hasta ahora.

Jey apoyó los brazos en la mesa y lo miró fijo.

—Queremos ofrecerte un trabajo.

Santi parpadeó.

—¿Trabajo?

—Sí. Algo de programación, algo de edición. Nada ilegal, pero confidencial.

Santi ladeó la cabeza.

—A ver… explíquenme.

Jey se tomó un momento antes de hablar. Quería que cada palabra sonara clara, segura.

—Nosotros manejamos contenido digital. Redes, imagen, posicionamiento. Ayudamos a clientes a vender su contenido y a mantener una presencia atractiva en internet.

Santi los miró con el ceño fruncido.

—¿O sea que son una agencia de marketing?

Martín asintió.

—Más o menos. No es tan estructurado, pero sí, algo así.

Santi entrecerró los ojos.

—¿Y qué necesitan de mí?

Jey apoyó un codo en la mesa y se inclinó levemente hacia adelante.

—Que te ocupes de la parte técnica. Que optimices la seguridad, edites el contenido cuando sea necesario y manejes ciertos aspectos de las plataformas que usamos.

Santi chasqueó la lengua.

—Hmm. ¿Y por qué yo?

—Porque sos un genio con la tecnología —intervino Lautaro—. Y porque necesitamos a alguien de confianza.

Santi se rió por lo bajo.

—¿Confianza? Eso suena como si estuvieran en algo turbio.

Jey no titubeó.

—No es turbio, pero tampoco es algo que puedas contarle a cualquiera. Lo que hacemos funciona porque mantenemos el perfil bajo. Y si querés entrar, tenés que seguir la misma versión que seguimos todos.

Santi apoyó la espalda contra la silla y cruzó los brazos.

—¿Y cuál es esa versión?

Jey sonrió levemente.

—La que le di a mis viejos. Que trabajamos en marketing digital. Contenido, imagen, posicionamiento en redes. Es simple, suena creíble y es fácil de sostener.

Santi miró a cada uno de ellos, uno por uno.

—O sea que si me preguntan, digo lo mismo.

—Exactamente —respondió Jey—. Y mantenés la boca cerrada.

Hubo un breve silencio.

Santi tamborileó los dedos sobre la mesa, pensativo. Luego suspiró.

—Bueno… suena interesante. Pero necesito saber algo antes de aceptar.

—Decime.

Santi apoyó los codos en la mesa.

—¿Cuánto me van a pagar?

Lautaro se rió y le dio una palmada en el hombro.

—Te va a gustar el número.

Jey sonrió.

—Si hacés bien tu trabajo, no vas a tener que preocuparte por la guita.

Santi lo pensó un momento más. Finalmente, asintió.

—Bueno. Estoy dentro.

Martín sonrió y levantó su vaso en señal de brindis.

—Bienvenido al equipo, nerd.

Lautaro lo siguió, divertido.

—Sí, bienvenido a la fábrica de dinero.

Santi sonrió de lado.

—Solo espero que no me hagan arrepentirme.

Jey se reclinó en su asiento, satisfecho.

—Si jugamos bien, nadie se va a arrepentir.

• • •

Dos semanas después de que Santi se uniera al equipo, las cosas funcionaban mejor que nunca. El negocio había crecido, las ganancias se habían disparado y, por primera vez, todo parecía estar bajo control.

Pero algo seguía molestando a Martín.

Esa noche, en el departamento, mientras revisaban los ingresos del mes, soltó la idea sin rodeos:

—Tenemos que hacer esto legal.

Lautaro levantó la vista del celular, sorprendido.

—¿Qué?

Martín se encogió de hombros.

—Escuchame. Nos estamos llenando de guita, pero seguimos en las sombras. En algún momento, esto nos va a traer quilombos.

Jey, que estaba en la laptop, cerró la tapa lentamente.

—¿Y cómo proponés hacerlo?

Martín apoyó los codos en la mesa.

—Buscando la manera de blanquearlo. Hacer que esto parezca un negocio de verdad, que podamos mover la guita sin miedo a que nos investiguen.

Hubo un breve silencio.

Lautaro resopló.

—No es mala idea, pero… ¿cómo carajo hacemos para legalizar algo como esto?

Jey lo pensó por un momento, luego asintió.

—Con alguien que sepa.

—¿Un contador? —preguntó Santi desde el fondo, sin apartar la vista de su laptop.

—Exacto —confirmó Jey—. Vamos a hablar con alguien que entienda cómo funciona.

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Al día siguiente, estaban en una oficina discreta en el centro de la ciudad.

El contador que los recibió era un tipo de unos cuarenta años, prolijo, con anteojos rectangulares y un traje oscuro.

Se sentaron en la mesa de reuniones y esperaron a que el hombre hablara.

—Bueno, cuéntenme —dijo, cruzando las manos sobre el escritorio—. ¿De qué se trata el negocio?

Jey mantuvo la misma versión de siempre.

—Manejamos contenido digital. Redes sociales, imagen de marca, producción de material exclusivo para suscriptores.

El contador levantó una ceja.

—¿Exclusivo en qué sentido?

Jey no titubeó.

—Contenido premium. No cualquiera puede acceder sin pagar.

El hombre asintió lentamente.

—Ajá… ¿Y cómo manejan los pagos?

Martín se adelantó.

—Todo digital. Plataformas internacionales, suscripciones, compras individuales.

—¿Tienen declarados esos ingresos?

Se hizo un silencio.

—No —dijo Jey al final—. Y queremos hacerlo.

El contador los miró por un momento, luego asintió.

—Ok. Lo primero que tienen que hacer es formalizarse. Registrar una empresa. Lo más conveniente para ustedes sería una SAS (Sociedad por Acciones Simplificada). Es rápido, barato y les permite facturar sin tanto quilombo.

Lautaro se inclinó hacia adelante.

—¿Y con eso ya estamos cubiertos?

—No del todo. —El contador entrelazó los dedos—. Van a necesitar abrir una cuenta bancaria a nombre de la empresa para que los pagos entren ahí y no a cuentas personales. Y declarar los ingresos ante la AFIP para no levantar sospechas.

Santi, que había estado callado, intervino.

—¿Y los impuestos?

—Van a tener que pagar IVA e Impuesto a las Ganancias sobre lo que facturen. Pero si lo hacen bien, pueden deducir gastos y pagar lo mínimo posible.

Martín asintió.

—¿Y qué pasa con el tipo de contenido que vendemos?

El contador se reclinó en su asiento.

—Mientras no sea ilegal y se maneje dentro de las políticas de las plataformas, no hay problema. Pero si quieren más seguridad, pueden registrar el negocio como una agencia de marketing digital con servicios de producción audiovisual.

Jey sonrió levemente.

—Eso suena perfecto.

El contador tomó un papel y comenzó a anotar.

—Si quieren, me ocupo de todo el trámite. Registro de la empresa, inscripción en AFIP, habilitación de la cuenta.

Los cuatro se miraron entre sí.

Jey tomó la decisión.

—Hacelo.

El contador sonrió y extendió la mano.

—Bienvenidos al mundo de los negocios legales.

Lautaro le chocó el puño a Martín con una sonrisa.

—Mirá, somos empresarios.

Santi soltó una carcajada baja.

—Millonarios en regla.

Jey se reclinó en su silla, satisfecho.

El juego había cambiado. Ahora jugaban en serio.

• • •