Capítulo 2 — El negocio
El aire en la habitación estaba cargado de una tensión silenciosa.
Camila había llegado puntual, con el cabello recogido en un moño alto y ropa cómoda, como siempre.
No mostraba nerviosismo, pero sus gestos la delataban: se frotaba las manos de vez en cuando, pasaba la lengua por sus labios sin darse cuenta.
Jey lo notó, pero no dijo nada de inmediato.
La dejó acomodarse, sacar su celular, respirar hondo. Sabía que tenía preguntas, que había venido con una decisión ya rondándole la cabeza.
Él cerró la laptop en la mesa y la miró con calma.
—Antes de empezar, decime qué querés saber.
Camila cruzó las piernas y lo miró directamente.
—¿Cuánto están ganando las otras?
Jey no se inmutó. Había esperado esa pregunta.
—Más que vos —respondió sin rodeos—. No te voy a dar números, pero es una diferencia considerable.
Camila sostuvo su mirada. No parecía molesta, pero sí calculadora.
—Porque muestran más.
—Exacto.
Ella asintió lentamente.
—Lo imaginaba.
Silencio.
Camila bajó la vista por un momento, como si ordenara sus pensamientos. Luego inspiró hondo y volvió a hablar, con un tono firme pero sin agresividad.
—Quiero aumentar mis ventas. Necesito ganar más.
Jey apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.
—Entonces tenés que hacer lo mismo que ellas.
Camila se tensó levemente, pero no se echó atrás.
—¿Qué significa exactamente?
Jey no dudó en responder.
—Significa que el contenido tiene que ser más provocador. No vulgar, no explícito. Pero sí con una intención más clara. Miradas, posturas, detalles que vendan la idea de cercanía sin mostrar demasiado. Lo que insinúa más de lo que revela.
Camila mantuvo su expresión neutra, aunque sus dedos tamborileaban levemente contra su pierna.
—¿Y cómo lo manejamos?
—Vamos a construir una imagen diferente para vos. Hasta ahora, te vendimos como algo más reservado. Ahora vamos a jugar con el misterio. Una mujer segura, que sabe lo que tiene y que lo muestra justo hasta donde quiere. Pero hay otra parte que tenés que aceptar.
Camila ladeó la cabeza.
—¿Cuál?
—Las redes.
Ella parpadeó, sorprendida.
—¿Las redes?
Jey asintió.
—Si querés que las ventas suban, tenés que estar ahí. No con tu nombre, no con tu cara. Como las otras. Con la máscara. Con un personaje. Es lo que funciona.
Camila se pasó una mano por la cara, pensativa.
—Nunca quise hacer eso.
—Lo sé —respondió Jey, sin suavizar su tono—. Pero si querés ganar más, es lo que hay. La gente paga por la fantasía. Y la fantasía no existe si nadie sabe que estás ahí.
Silencio otra vez.
Camila respiró hondo, evaluando cada palabra.
—Y todo se maneja igual —dijo al fin—. Sin riesgos.
Jey asintió.
—Nada cambia en seguridad. Vos decidís los límites. Nosotros controlamos el acceso. Todo sigue como hasta ahora, pero con más visibilidad.
Camila jugueteó con la manga de su buzo. No tenía miedo, pero estaba cruzando una línea que hasta ayer no pensó que cruzaría.
Finalmente, levantó la vista y lo miró con decisión.
—Está bien. Lo hago.
Jey no sonrió, no la felicitó. Solo asintió con la misma neutralidad calculada de siempre.
—Bien. Entonces empecemos.
• • •
La sesión con Camila había terminado tarde, pero Jey no perdió el tiempo. Apenas salió del departamento, le escribió a Martín y Lautaro para que se reunieran en la base de operaciones.
Esa noche, no había espacio para distracciones.
Camila ya había cruzado la línea. Ahora les tocaba a ellos hacer que valiera la pena.
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El departamento estaba en penumbras, iluminado solo por la luz azulada de las pantallas y el reflejo de los celulares.
Jey estaba sentado frente a su laptop, revisando las mejores fotos de la sesión.
Lautaro, en la mesa, armaba la estética de la cuenta nueva.
Martín, recostado en el sofá con su celular, se encargaba de la parte más delicada: la distribución y la estrategia de engagement.
—No podemos hacer esto a medias —dijo Jey, sin apartar la vista de la pantalla—. Camila ya está dentro. Ahora tenemos que asegurarnos de que la gente lo note.
Martín resopló, sin dejar de escribir.
—Sí, pero hay que tener cuidado. No podemos mandarnos con una cuenta que arranque con demasiada potencia de golpe. Tiene que parecer natural.
Lautaro asintió mientras ajustaba los filtros de las fotos.
—Exacto. Hacemos que el perfil crezca progresivamente. Al principio, como si fuera una más del montón, pero con un detalle que enganche.
—La máscara —intervino Jey—. Usamos eso como punto de atracción.
Lautaro chasqueó los dedos.
—Ahí está. Misterio. Que la gente se pregunte quién es. Que quieran ver más.
Martín levantó la vista de su celular.
—¿Cómo vamos a diferenciarla de la otra? No pueden ser dos perfiles iguales.
Jey se pasó la lengua por los dientes, pensativo.
—La otra es más agresiva, más dominante. Camila va a ser lo opuesto. Más reservada, pero con una sensualidad calculada. La que parece inalcanzable, pero que deja ver lo justo para que quieran más.
Lautaro sonrió.
—Juega con la fantasía de la chica tímida pero peligrosa.
—Exacto.
Martín siguió tecleando.
—Voy a hacer que la cuenta parezca activa desde hace tiempo. Subo algunas publicaciones viejas, armo interacciones falsas, comentarios estratégicos. Que parezca que hay gente que ya la sigue desde antes.
Jey asintió.
—Bien. Lautaro, encargate de las historias. Dos o tres fotos con algún texto sutil. Nada demasiado obvio. Que la gente se enganche y pregunte.
—En eso estoy.
La habitación quedó en silencio por varios minutos, solo con el sonido de los teclados y el leve zumbido del ventilador de la laptop.
Pasaron horas, pero no se detuvieron. Cada detalle importaba. Cada publicación, cada interacción. Todo tenía que estar medido.
Cuando amaneció, Jey se estiró en la silla y revisó el resultado final.
La nueva Camila ya estaba en el mundo.
Y en menos de dos días, todo iba a empezar a moverse.
• • •
Habían pasado dos meses desde que Camila aceptó el cambio. Y aunque al principio dudaba, ahora no había vuelta atrás.
Las ventas habían explotado. No era la que más ganaba, pero estaba en su mejor momento. El público se había enganchado con su imagen de misterio, con la máscara que la hacía inalcanzable, pero seductora. La estrategia había funcionado.
Y, con el tiempo, también su relación con Jey había cambiado.
Ya no era solo “negocios”. Se había generado una confianza distinta entre ellos. No eran amigos, pero tampoco solo socios. Había una comodidad, una naturalidad en cómo se hablaban.
Por eso, cuando terminaron la sesión de ese día, Camila no se fue enseguida.
Se quedó sentada en la mesa del departamento, con un vaso de agua en la mano, mirándolo mientras él revisaba las fotos en la laptop.
—Sabés que hace dos meses no me imaginaba en esto, ¿no? —dijo de repente.
Jey no levantó la vista.
—No me sorprende.
Camila rió suavemente y apoyó el vaso en la mesa.
—Pero ahora que estoy acá… empiezo a pensar más allá.
Jey tecleó algo en la laptop y luego la miró.
—¿Más allá cómo?
Ella giró el vaso entre sus manos.
—En mi casa propia. En no estar alquilando toda la vida. En que mi hijo tenga algo seguro.
Jey la observó por un momento.
—Buena meta.
—No es solo eso. Quiero estabilidad. No depender de nadie. Ni de un dueño de casa que suba el alquiler cuando quiera, ni de un trabajo de mierda que pague sueldos miserables.
Jey apoyó un codo en la mesa y la miró con interés.
—¿Y cómo pensás lograrlo?
Camila lo miró de reojo.
—Bueno… si sigo ganando como ahora, no es tan imposible. Pero tampoco quiero hacer esto para siempre.
—Nadie lo hace.
Ella asintió.
—Por eso quiero ahorrar bien. Hacer las cosas inteligentes. No gastarme todo porque sí.
Jey sonrió levemente.
—Eso no lo hacen muchas.
Camila rió con ironía.
—No soy muchas.
—Lo sé.
Se quedaron en silencio por un momento. Un silencio cómodo.
—¿Y vos? —preguntó Camila, mirándolo—. ¿Qué carajo querés hacer con todo esto?
Jey exhaló por la nariz y se recostó en la silla.
—Lo mismo que vos. Pero a otra escala.
Camila levantó una ceja.
—¿A otra escala cómo?
—No pienso estar haciendo esto para siempre. Quiero algo más grande. Algo estable.
—¿Negocios legales, decís?
Jey se encogió de hombros.
—Algo que me mantenga sin preocuparme por la guita nunca más.
Camila lo miró con una sonrisa de lado.
—Sos ambicioso.
—Si no lo sos, te comen.
Camila tomó su vaso y le dio un sorbo antes de mirarlo con picardía.
—¿Y dentro de esos planes entra conseguirte una novia, o solo te calienta la plata?
Jey sonrió de lado, divertido.
—Para eso necesitaría alguien que entienda cómo pienso. No muchas pueden.
Camila rió suavemente y apoyó el vaso en la mesa.
—O capaz no encontraste a la que pueda seguirte el ritmo.
Jey la miró con interés, como si analizara sus palabras.
—¿Vos podrías?
Camila se encogió de hombros con una sonrisa provocadora.
—No sé… capaz me cansaría de vos primero.
Jey soltó una risa baja y negó con la cabeza.
—Sos terrible.
—Y vos sos un egocéntrico —disparó ella, con una sonrisa burlona.
Se quedaron mirándose por un momento. No había tensión, solo esa complicidad que se había construido con el tiempo.
Jey desvió la mirada y cerró la laptop.
—Si querés esa casa, lo mejor que podés hacer es seguir enfocada. No dejar que nada te desenfoque.
Camila lo miró de reojo y sonrió.
—Lo mismo va para vos.
Jey se levantó y tomó las llaves de la mesa.
—Vamos. Te llevo a casa.
Camila se puso de pie, aún con la sonrisa en los labios.
—Qué caballero.
—No te acostumbres.
Salieron juntos, caminando bajo la noche, cada uno con sus propias ambiciones en la cabeza. Pero con algo en común: ninguno estaba dispuesto a perder.
• • •
El departamento estaba más desordenado que de costumbre. Papeles, laptops abiertas, celulares vibrando con notificaciones constantes. El negocio crecía más rápido de lo que podían manejar, y los tres lo sabían.
Martín revisaba las cuentas mientras Lautaro se masajeaba las sienes, cansado. Jey, como siempre, estaba concentrado, pero esta vez hasta él parecía reconocer que tenían un problema.