La Agencia del Pecado Capítulo 1 — El comienzo #10
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Capítulo 1 — El comienzo #10

—Podríamos lavar un poco. Invertir en algo.

Jey lo miró en silencio por unos segundos.

—¿Y qué pensás? ¿Abrir una cafetería? ¿Un gimnasio?

—No sé, pero algo tenemos que encontrar. No podemos ser fantasmas con plata para siempre.

Jey no respondió enseguida. Miró la laptop, la lista de ingresos, los números que subían cada día. Sabía que esto no podía durar para siempre. Sabía que, eventualmente, iban a tener que encontrar una salida.

Pero todavía no.

—Vamos a pensarlo bien. No vamos a arruinar todo por apurarnos.

Martín suspiró, pero no discutió. Sabía que Jey tenía razón.

Lautaro tomó su celular y revisó las notificaciones de las modelos.

—Lucía quiere probar algo nuevo. Dice que quiere hacer una serie de fotos en un hotel caro, para que parezca que vive en otro nivel. Que la gente compre la fantasía.

Jey levantó una ceja.

—¿Y cómo carajo piensa pagar un hotel caro sin que la caguen descubriendo?

—Dice que lo arregla con un amigo. Que le debe un favor.

Jey no respondió de inmediato. Lucía tenía olfato para los negocios, pero también le gustaba jugar al límite. Era buena en lo que hacía, pero también le gustaba desafiar las reglas.

—Decile que lo estudie bien. Nada de arriesgarse por una idea barata.

Lautaro asintió y comenzó a escribir la respuesta.

El negocio seguía creciendo.

• • •

Jey sabía que el dinero era un problema, pero no por la falta de él, sino por lo contrario.

Ganaban demasiado, y ocultarlo era un desafío mayor que conseguirlo.

Hasta ahora, habían mantenido un perfil bajo, sin levantar sospechas.

Pero tarde o temprano, sus padres empezarían a notar que algo no cuadraba.

Esa noche, sentado en la mesa del comedor, Jey fingía leer en su celular mientras su madre acomodaba los platos. Su padre miraba el noticiero con el ceño fruncido, como siempre.

—¿Y en qué andás últimamente? —preguntó su madre con la ligereza de quien deja caer una bomba sin que parezca amenaza.

Jey levantó la vista sin apurarse.

—Nada raro. Laburo en algo de marketing digital con Martín y Lautaro.

—¿Marketing digital? —repitió su padre, girando apenas la cabeza.

—Sí, redes sociales, contenido, diseño de imagen. Ayudamos a clientes a posicionarse mejor en internet.

Era una mentira pulida con precisión quirúrgica. No estaba lejos de la verdad, pero distorsionaba los detalles lo suficiente para que sonara legítimo.

Su madre dejó un vaso sobre la mesa y se cruzó de brazos.

—¿Y te pagan bien por eso?

—Lo suficiente.

Silencio.

Su padre apagó el televisor.

—¿Y qué clase de clientes tenés?

Jey sostuvo la mirada sin pestañear. Sabía que cualquier vacilación lo hundiría.

—Pequeños emprendedores, gente que quiere hacer crecer su imagen. Algunos venden productos, otros servicios. Nosotros nos encargamos de que tengan una presencia atractiva en redes.

Su madre frunció el ceño.

—¿Y por qué nunca nos contaste nada?

—Porque es aburrido. —Se encogió de hombros—. No es como si estuviera salvando vidas.

Su padre apoyó los codos en la mesa.

—¿Y cómo manejan el dinero?

—Transferencias, pagos digitales, nada en efectivo. Todo legal.

Sabía que la clave no era solo qué decía, sino cómo lo decía. Tenía que sonar casual, como si realmente no le importara. Como si no estuviera escondiendo algo enorme detrás de cada palabra.

Su madre suspiró.

—Bueno, mientras no te metas en cosas raras…

—Nunca.

Su padre lo observó un segundo más antes de asentir y encender de nuevo el televisor.

Jey tomó su celular y desbloqueó la pantalla con calma.

Había superado otra prueba.

Pero sabía que no podía bajar la guardia.

• • •

Camila revisó la pantalla de su celular por tercera vez en la mañana.

El saldo en su monedero digital apenas había subido en comparación con el mes anterior.

Respiró hondo, tratando de no frustrarse, pero la realidad era clara: su contenido vendía, sí, pero no tanto como el de las otras.

Y aunque nunca las había visto ni sabía quiénes eran, podía adivinarlo.

Ellas mostraban más.

Ella no.

Suspiró y dejó el teléfono sobre la mesa de la cocina. El aroma a café recién hecho llenaba la casa, y desde el pequeño cuarto del fondo, su hijo tarareaba una canción infantil mientras jugaba.

La diferencia entre lo que ganaba y lo que ganaban las demás nunca le había importado demasiado…

hasta ahora. No era ambiciosa, solo quería estabilidad.

Quería lo suficiente para su hijo, para su casa, para no preocuparse cada mes.

Al principio, la cantidad que recibía le parecía más que suficiente.

Pero ahora, con los precios subiendo y los gastos acumulándose, empezaba a no alcanzar.

Un golpeteo en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se limpió las manos en el delantal y abrió. Era su vecina, una mujer mayor que siempre le traía alguna historia sobre el barrio.

—Cami, mi amor, disculpá que te moleste tan temprano.

—No hay problema, ¿qué pasó?

La mujer suspiró con un aire de pesar.

—Es sobre el alquiler. El dueño pasó ayer a decir que en dos meses va a subirlo otra vez.

Camila sintió un nudo en el estómago.

—¿Otra vez?

—Sí, hija. Y esta vez parece que va en serio. Dice que todo está más caro, que necesita ajustar los precios.

Camila asintió lentamente, agradeciendo la advertencia con una sonrisa forzada.

—Gracias por avisarme.

Cerró la puerta con suavidad y apoyó la espalda contra la madera. Su mente ya estaba en otra parte.

El alquiler subía.

La comida subía.

Y su dinero, en cambio, no.

Suspiró y tomó el celular otra vez. Había un mensaje de Jey.

Jey: Avisame cuándo podés para la próxima sesión.

Dudó antes de escribir.

Cami: ¿Cómo va la página?

La respuesta llegó rápido.

Jey: Las otras están vendiendo bien. Vos mantenés tu público, pero los números son más bajos. Si querés probar algo distinto, decime.

Apretó los labios. Sabía que “probar algo distinto” significaba lo que había estado evitando desde el principio.

Respiró hondo. Miró la casa, su hijo jugando en el cuarto.

Volvió al chat.

Cami: Quiero hablar de eso en la sesión.

Presionó "enviar" y dejó el celular a un lado.

No le gustaba la idea.

Pero tampoco le gustaba la idea de quedarse sin casa.