Capítulo 1 — El comienzo #7
Camila entrecerró los ojos.
—¿Y qué proponés?
—Variar. Diferentes máscaras, diferentes estilos. Y nada en tu casa. Vamos a usar otro lugar. Mostrar demasiado del fondo siempre es un riesgo.
Camila asintió, aunque seguía algo tensa. Pero cuando Jey volvió a hablar, su tono cambió. Se volvió más crudo, más directo.
—Mirá, Camila, vamos a ser claros. Todo esto funciona por tu cuerpo. No por tu nombre, no por tu cara. Tu cuerpo tiene potencial, y ese potencial es lo que vende. No importa si usás una máscara o no, lo que la gente quiere es lo que mostrás y cómo lo mostrás. Cuanto mejor lo hagas, más van a pagar.
Ella lo miró con los labios apretados. No parecía sorprendida, pero sí levemente molesta.
—¿Y qué querés que haga con esa información? —preguntó con voz tensa.
Jey se encogió de hombros.
—Nada que no estés haciendo ya. Solo quiero que entiendas cómo funciona esto. Mientras lo hagas bien, nadie te va a joder. Y mientras la plata siga llegando, no vas a tener motivos para preocuparte.
Camila lo miró por un momento, como si intentara decidir si debía mandarlo a la mierda o simplemente aceptar que tenía razón. Finalmente, soltó un suspiro.
—¿Terminaste? —preguntó.
Jey sonrió levemente.
—Por ahora.
Ella se levantó y fue hacia la puerta, dejando en claro que la conversación había terminado. Jey tomó su celular y se guardó las manos en los bolsillos.
—Nos vemos en la próxima sesión.
Camila no respondió. Solo se quedó ahí, mirando cómo él se iba, con una expresión que no dejaba claro si estaba más aliviada o más atrapada.
• • •
Jey salió de la casa de Camila con las manos en los bolsillos, su mente trabajando a toda velocidad.
Sabía que la conversación había sido un punto de inflexión.
Camila no iba a exponerse más de lo necesario, y aunque seguiría trabajando con ellos, el negocio tenía un límite con ella.
Y Jey no estaba dispuesto a aceptar límites.
Sacó el celular y abrió el grupo que tenía con Lautaro y Martín.
—Júntense en media hora. Hay que hablar de algo —escribió sin más explicaciones.
No tardaron en responder. Sabían que si Jey pedía una reunión de esa manera, era porque había algo importante en juego.
Se encontraron en un descampado a las afueras del barrio, un lugar donde solían reunirse cuando necesitaban discutir cosas sin interrupciones. Lautaro llegó primero, con una bolsa de snacks en la mano, seguido de Martín, que se encendió un cigarrillo apenas bajó de la bicicleta.
—¿Qué pasó? —preguntó Lautaro, apoyándose contra una roca.
Jey se metió las manos en los bolsillos y fue directo al grano.
—Camila no va a hacer lo de las redes. No quiere ser vista, no quiere arriesgarse. Vamos a seguir con ella, pero hasta donde ella decida. No va a crecer más allá de esto.
Martín soltó una bocanada de humo y chasqueó la lengua.
—Era obvio. Es una mina con un hijo, no iba a querer quedar pegada así.
Lautaro asintió lentamente.
—Bueno, entonces necesitamos otra.
Jey sonrió de lado. Justamente lo que estaba pensando.
—Exacto. Hay que buscar a otra chica. Alguien que esté dispuesta a hacer lo que Camila no quiere. No significa que dejemos de trabajar con ella, pero si queremos expandirnos, necesitamos más opciones.
Martín dejó escapar un silbido bajo.
—Mierda… ¿Y a quién carajo vamos a convencer para hacer algo así? Camila aceptó porque la necesidad la arrinconó, pero no todas están en la misma.
Lautaro sacó su teléfono y empezó a deslizar por su lista de contactos, como si estuviera explorando posibilidades.
—Mirá, si me lo hubieras preguntado antes, no habría pensado en ninguna.
Pero ahora que lo decís… hay algunas que capaz sí lo harían.
No por necesidad, sino porque les gusta la atención.
Las minas que se sacan fotos todo el tiempo, que suben cosas provocativas porque quieren que las miren.
Si les das la manera de ganar plata con eso, capaz lo ven como una oportunidad.
Jey se cruzó de brazos, analizando la idea.
—Tiene que ser alguien que no tenga miedo de mostrarse un poco más. Alguien que ya tenga ese perfil.
Martín asintió.
—Sí, pero tampoco puede ser cualquiera. Tiene que ser alguien que no hable demasiado. Que entienda cómo funciona esto y no se mande cagadas.
Lautaro miró su pantalla un segundo más y luego levantó la vista con una sonrisa.
—Tengo tres nombres. Y te juro que nunca hubiera pensado en ellas antes para esto.
Jey y Martín intercambiaron una mirada.
—Decilos —ordenó Jey, con un brillo calculador en los ojos.
Lautaro les mostró la pantalla del celular, donde tenía las fotos de las posibles candidatas.
—Estas pueden ser las indicadas. Y si sabemos cómo manejarlo, no van a decir que no."
• • •
Martín y Lautaro decidieron moverse rápido. No podían perder tiempo, así que coordinaron encuentros separados con dos de las chicas que habían considerado. Jey prefirió quedarse al margen por ahora; quería ver si realmente había potencial antes de involucrarse.
Se encontraron con Micaela en una plaza poco concurrida.
Ella era de las que llamaban la atención sin esfuerzo: morocha, delgada, con facciones marcadas y una actitud siempre relajada.
Tenía un estilo entre urbano y provocador, con jeans ajustados y una campera de cuero.
Sus redes estaban llenas de selfies, algunas más sugerentes que otras, siempre recibiendo cientos de likes.
—Bueno, a ver, ¿qué onda? —dijo, cruzándose de brazos—. Me dijeron que tenían una propuesta "interesante".
Lautaro y Martín se miraron. Sabían que no podían tirarle todo de golpe.
—Mirá, lo hacemos corto —empezó Martín—. Sabemos que te gusta subir fotos, que te gusta la atención. Y pensamos que capaz te coparía ganar plata con eso.
Micaela arqueó una ceja y se echó hacia atrás en el banco de la plaza.
—¿Plata? ¿Por qué tipo de fotos estamos hablando?
—Nada que no estés subiendo ya —respondió Lautaro—. Pero con un propósito. Gente que está dispuesta a pagar para ver más.
Ella los miró fijamente por un momento, como evaluándolos. Luego soltó una risa breve y chasqueó la lengua.
—Nah, paso. No quiero quilombos. Una cosa es jugar en Insta, otra es que me anden comprando fotos raros que ni conozco.
Martín intentó insistir un poco más, explicándole que no era tan distinto de lo que ya hacía, pero Micaela se mantuvo firme.
—Miren, me copa la idea de hacer guita, pero no de esta forma. Busquen a otra.
Sin más, se levantó y se despidió con un gesto de la mano, dejándolos con la primera negativa de la tarde.
________________________________________
El siguiente encuentro fue en una cafetería con Valentina, o "Valen", como todos la llamaban.
Era distinta a Micaela. Más reservada, pero con un atractivo natural que no necesitaba exagerar.
Su estilo era más cuidado, más elegante sin ser ostentoso.
Rubia, de ojos claros, con una forma de moverse que parecía calculada, como si supiera que siempre la estaban observando.
Se sentó frente a ellos con un café en la mano y una mirada curiosa.
—Dale, cuéntenme, ¿qué están tramando? —dijo con una media sonrisa.
Lautaro apoyó los codos en la mesa y la miró de frente.
—Mirá, es simple. Queremos a alguien que sepa manejar la atención. Que entienda cómo funciona esto y que sepa sacarle provecho. Sabemos que te gusta jugar con la imagen que das. Te proponemos hacer lo mismo, pero ganando plata de verdad.
Valen entrecerró los ojos, pero no rechazó la idea de inmediato.
—Ajá… ¿y cómo sería eso? —preguntó, dándole un sorbo a su café.
Martín se adelantó.
—Básicamente, un perfil más trabajado. Imágenes con estrategia, que insinúen más que lo que muestren. Nada que no puedas manejar. Y todo bajo control, sin riesgos.
Valen se quedó en silencio por un momento, jugueteando con la tapa del vaso.
—¿Y cuánto se gana con esto? —preguntó finalmente.
Lautaro y Martín intercambiaron una mirada. Sabían que si había llegado a esa pregunta, significaba que estaba interesada.
—Bastante —respondió Lautaro—. Más de lo que imaginas. Y sin necesidad de hacer nada que no quieras hacer.
Ella lo pensó un segundo más y luego asintió lentamente.
—Bueno… suena interesante. Pero necesito detalles. ¿Cómo se manejaría todo? ¿Quién maneja qué? Quiero saber exactamente en qué me estoy metiendo.
Martín sonrió de lado.
—Si te animás, te lo contamos todo. Pero te aviso, una vez que entres, esto no es solo un juego.
Valen sonrió con confianza.
—No me gustan los juegos. Me gusta ganar.
Martín y Lautaro supieron en ese momento que tenían a su nueva candidata.
• • •
Lautaro y Jey esperaban en la mesa del fondo de un bar discreto, lejos del centro del pueblo. Era un lugar pequeño, con luces tenues y música baja, perfecto para conversaciones que necesitaban privacidad. Martín no pudo ir esta vez, pero confiaban en que con ellos dos bastaba.
La puerta se abrió y la vieron entrar.
Lucía.
Desde el principio, sabían que ella era diferente.
No tenía el desenfado de Micaela ni la elegancia calculada de Valentina.
Lucía era fuego controlado. Morena, de cabello largo y liso con reflejos rojizos en las puntas.
Ojos oscuros, profundos, de esos que te estudian sin que lo notes.
Su estilo mezclaba rebeldía y un aire seductor natural: chaqueta de jean, un top negro ajustado y pantalones de cuero que la hacían destacar sin esfuerzo.
No se esforzaba por llamar la atención, pero la conseguía.
Se acercó a la mesa y dejó caer su bolso sobre una silla.
—A ver, ¿qué onda? Lautaro me dice que tienen una "propuesta de negocios". —Hizo las comillas con los dedos, con una media sonrisa desafiante.
Jey, que había permanecido en silencio hasta ahora, entrelazó los dedos sobre la mesa y la miró directamente.
—Exacto —dijo con calma—. Pero no cualquier negocio. Un negocio que puede hacerte ganar plata rápido, sin moverte de tu casa y sin que nadie sepa que sos vos.
Lucía lo estudió un momento, apoyando un codo sobre la mesa y entrecerrando los ojos.
—Sigo escuchando.
Lautaro se acomodó en la silla, tomando la posta.